El retrato de Dorian Gray·Episodio 25

Capítulo XI · II

~14 min · 2847 palabras

En una ocasión se dedicó al estudio de las joyas, y se presentó a un baile de disfraces caracterizado como Anne de Joyeuse, Almirante de Francia, con un traje cubierto por quinientas sesenta perlas. Esta afición lo subyugó durante años y, en verdad, puede afirmarse que jamás lo abandonó. Pasaba a menudo un día entero ordenando y reordenando en sus estuches las diversas gemas que había coleccionado: el crisoberilo verde oliva que se vuelve rojo a la luz de la lámpara; el cimofano con su hilo plateado semejante a un alambre; el peridoto de color pistacho; topacios rosa pálido y amarillo vino; carbunclos de un escarlata ígneo con estrellas trémulas de cuatro rayos; jacintos de color canela encendida; espinelas anaranjadas y violáceas; y amatistas con sus capas alternas de rubí y zafiro. Amaba el oro rojizo de la piedra del sol, la blancura perlada de la piedra de luna y el arco iris quebrado del ópalo lechoso. Se procuró desde Ámsterdam tres esmeraldas de extraordinario tamaño y riqueza de colorido, y poseía una turquesa de la vieille roche que era la envidia de todos los entendidos.

Descubrió también relatos maravillosos sobre las gemas. En la Disciplina Clericalis de Alfonso se mencionaba una serpiente con ojos de verdadero jacinto, y en la historia legendaria de Alejandro se decía que el Conquistador de Ematia había encontrado en el valle del Jordán serpientes «con collares de verdaderas esmeraldas creciendo sobre sus lomos». Había una gema en el cerebro del dragón, nos decía Filóstrato, y «mediante la exhibición de letras doradas y un manto escarlata» el monstruo podía ser sumido en un sueño mágico y muerto. Según el gran alquimista Pierre de Boniface, el diamante volvía invisible al hombre y el ágata de la India lo tornaba elocuente. La cornalina aplacaba la cólera, el jacinto provocaba el sueño y la amatista disipaba los vapores del vino. El granate expulsaba a los demonios y el hidrópico despojaba a la luna de su color. La selenita crecía y menguaba con la luna, y el meloceo, que descubre a los ladrones, solo podía ser aplacado por la sangre de cabrito. Leonardo Camilo había visto una piedra blanca extraída del cerebro de un sapo recién muerto que constituía un antídoto seguro contra el veneno. El bezoar, hallado en el corazón del ciervo arábigo, era un amuleto capaz de curar la peste. En los nidos de las aves árabes se encontraba el aspilates que, según Demócrito, preservaba a quien lo portase de cualquier peligro de fuego.

El rey de Ceylán cabalgó por su ciudad portando un gran rubí en la mano durante la ceremonia de su coronación. Las puertas del palacio del Preste Juan estaban «hechas de sardónice, con el cuerno de la serpiente cornuda incrustado para que nadie pudiera introducir veneno en él». Sobre el frontispicio había «dos manzanas de oro en las cuales relucían dos carbunclos», a fin de que el oro brillase de día y los carbunclos de noche. En la singular novela de Lodge, A Margarite of America, se afirmaba que en la cámara de la reina podían contemplarse «todas las damas castas del mundo, cinceladas en plata, mirándose en hermosos espejos de crisólitos, carbunclos, zafiros y verdes esmeraldas». Marco Polo había visto a los habitantes de Zipango depositar perlas rosadas en la boca de los difuntos. Un monstruo marino se había enamorado de la perla que el buzo llevó al rey Perozes, y había matado al ladrón, guardando luto durante siete lunas por su pérdida. Cuando los hunos atrajeron al rey a la gran fosa, él la arrojó lejos —refiere Procopio la historia—, y jamás volvió a ser hallada, aunque el emperador Anastasio ofreció quinientos quintales de piezas de oro por ella. El rey de Malabar había mostrado a cierto veneciano un rosario de trescientas cuatro perlas, una por cada dios al que adoraba.

Cuando el duque de Valentinois, hijo de Alejandro VI, visitó a Luis XII de Francia, su corcel iba cubierto de hojas de oro, según Brantôme, y su birrete lucía una doble hilera de rubíes que despedían gran resplandor. Carlos de Inglaterra había cabalgado sobre estribos guarnecidos con cuatrocientos veintiún diamantes. Ricardo II poseía una cota valorada en treinta mil marcos que estaba recubierta de rubíes espinelas. Hall describió a Enrique VIII, camino de la Torre en vísperas de su coronación, vistiendo «una casaca de oro en relieve, con la pechera bordada en diamantes y otras piedras ricas, y un gran tahalí al cuello cuajado de grandes espinelas». Los favoritos de Jacobo I lucían pendientes de esmeraldas engastadas en filigrana de oro. Eduardo II regaló a Piers Gaveston una armadura de oro rojo tachonada de jacintos, un collar de rosas de oro engastadas con turquesas y un casquete salpicado de perlas. Enrique II llevaba guantes enjoyados que le llegaban al codo, y un guantelete de halconero bordado con doce rubíes y cincuenta y dos grandes perlas de Oriente. El sombrero ducal de Carlos el Temerario, el último duque de Borgoña de su estirpe, estaba adornado con perlas periformes y tachonado de zafiros.

¡Cuán exquisita había sido la vida en otro tiempo! ¡Qué espléndida en su pompa y su artificio! El mero hecho de leer sobre el lujo de los muertos resultaba maravilloso.

Luego dirigió su atención a los bordados y a los tapices que hacían las veces de frescos en las frías mansiones de los pueblos del norte de Europa. Al investigar el tema —y poseía siempre una extraordinaria facultad para abstraerse por entero durante un tiempo en cualquier asunto que emprendiera— casi se entristecía al reflexionar sobre la ruina que el tiempo acarrea sobre las cosas hermosas y admirables. Él, al menos, había escapado a semejante destino: un verano sucedía a otro verano, los narcisos amarillos florecían y morían repetidas veces y noches de espanto reiteraban la historia de su ignominia; pero él continuaba inalterado: ningún invierno surcaba su rostro ni marchitaba su lozanía de flor. ¡Cuán diferente ocurría con las cosas materiales! ¿Adónde habían ido a parar? ¿Dónde estaba el gran manto color azafrán en el que los dioses combatían contra los gigantes, bordado por doncellas morenas para deleite de Atenea? ¿Dónde el inmenso velario que Nerón había tendido sobre el Coliseo de Roma, aquella vela titánica de púrpura en la que se representaba el cielo estrellado y a Apolo conduciendo un carro tirado por corceles blancos con riendas de oro? Ansiaba contemplar los singulares manteles de mesa elaborados para el Sacerdote del Sol, en los que figuraban todos los manjares y viandas imaginables para un banquete; el paño mortuorio del rey Childerico con sus trescientas abejas doradas; las fantásticas vestiduras que provocaron la indignación del obispo del Ponto, pobladas de «leones, panteras, osos, perros, bosques, rocas y cazadores... todo cuanto, en suma, un pintor puede copiar de la naturaleza»; y la casaca que vistió en otro tiempo Carlos de Orleans, en cuyas mangas estaban bordados los versos de una canción que comenzaba «Madame, je suis tout joyeux», con el acompañamiento musical de las palabras trazado en hilo de oro y cada nota, cuadradas en aquella época, formada por cuatro perlas. Leyó sobre la estancia dispuesta en el palacio de Reims para uso de la reina Juana de Borgoña, decorada con «mil trescientos veintiún loros bordados con las armas del rey y quinientas sesenta y una mariposas cuyas alas ostentaban asimismo las armas de la reina, todo ello primorosamente labrado en oro». Catalina de Médicis se hizo fabricar un lecho de duelo en terciopelo negro salpicado de lunas y soles: sus cortinajes eran de damasco con coronas y guirnaldas de follaje sobre fondo de oro y plata, guarnecidos en los bordes con bordados de perlas, y se alzaba en una cámara entelada con hileras de los emblemas de la reina en terciopelo negro recortado sobre tisú de plata. Luis XIV poseía en sus aposentos cariátides bordadas en oro de quince pies de altura. El lecho de gala de Sobieski, rey de Polonia, estaba confeccionado en brocado de oro de Esmirna bordado en turquesas con versículos del Corán: sus columnas eran de plata dorada primorosamente cincelada y profusamente enriquecida con medallones esmaltados y enjoyados; había sido tomado en el campamento turco ante Viena, y el estandarte de Mahoma había ondeado bajo el trémulo oro de su dosel.

Y así, durante un año entero, se esforzó por atesorar los ejemplares más exquisitos que pudo hallar de labores textiles y bordados, haciéndose con las primorosas muselinas de Delhi laboradas con palmas de hilo de oro y recamadas de alas irisadas de escarabajo; las gasas de Dacca que por su diafanidad son llamadas en Oriente «aire tejido», «agua corriente» y «rocío del anochecer»; extraños paños con dibujos de Java; elaboradas colgaduras amarillas chinas; libros encuadernados en rasos leonados o sedas azul celeste y bordados con flores de lis, aves y figuras; velos de red laborados en punto de Hungría; brocados sicilianos y rígidos terciopelos españoles; labores georgianas con sus monedas doradas y fukusas japonesas con sus oros de tonos verdosos y sus aves de plumaje asombroso.

Sentía una pasión especial, asimismo, por las vestiduras eclesiásticas, como en verdad la sentía por todo lo relacionado con el servicio de la Iglesia. En las largas arcas de cedro que bordeaban la galería occidental de su mansión había guardado muchas piezas raras y hermosas de lo que en verdad constituye el ajuar de la Esposa de Cristo, que debe vestir púrpura, gemas y lino fino para ocultar el cuerpo pálido y macerado que desgasta el sufrimiento que ella misma busca y vulneran los dolores autoinfligidos. Poseía una magnífica capa pluvial de seda carmesí y damasco de hilo de oro, decorada con un motivo repetido de granadas doradas enmarcadas en flores de seis pétalos, más allá de las cuales, a cada lado, figuraba el emblema de la piña bordado en aljófares. Las orlas se hallaban divididas en paneles que representaban escenas de la vida de la Virgen, y la coronación de Nuestra Señora aparecía bordada en sedas de colores sobre el capillo: era una labor italiana del siglo quince. Otra capa pluvial era de terciopelo verde, bordada con ramilletes de hojas de acanto en forma de corazón de los que brotaban flores blancas de largos tallos, cuyos detalles estaban realzados con hilo de plata y cristales de colores; el broche ostentaba la cabeza de un serafín en relieve de hilo de oro; las orlas estaban tejidas en un damero de seda roja y dorada y salpicadas de medallones de numerosos santos y mártires, entre ellos san Sebastián. Tenía casullas, asimismo, de seda color ámbar, y de brocado de seda azul y oro, y de damasco de seda amarilla y tisú de oro, figuradas con representaciones de la Pasión y la Crucifixión de Cristo y bordadas con leones, pavos reales y otros emblemas; dalmáticas de raso blanco y damasco de seda rosa decoradas con tulipanes, delfines y flores de lis; frontales de altar de terciopelo carmesí y lino azul; y numerosos corporales, velos de cáliz y sudarios. En los oficios místicos a los que tales objetos se destinaban había algo que avivaba poderosamente su fantasía.

Pues aquellos tesoros, y todo cuanto atesoraba en su hermosa mansión, habían de ser para él medios de olvido, formas mediante las cuales escapar por un tiempo del terror que se le antojaba a veces casi superior a sus fuerzas. En los muros de la solitaria habitación cerrada con llave donde había transcurrido gran parte de su niñez había colgado con sus propias manos el terrible retrato cuyos rasgos cambiantes le mostraban la degradación real de su existencia, y delante de él había suspendido el paño de púrpura y oro a modo de cortina. Pasaba semanas enteras sin acudir allí, olvidando la abominable figura pintada y recobrando su corazón ligero, su maravilloso júbilo y su apasionada entrega al mero hecho de vivir. Luego, de pronto, alguna noche salía a hurtadillas de la casa, descendía a lugares espantosos cerca de Blue Gate Fields y permanecía allí, día tras día, hasta que lo echaban. A su regreso se sentaba frente al cuadro, unas veces aborreciéndolo a él y a sí mismo, pero colmado otras de aquel orgullo individualista que constituye la mitad de la seducción del pecado, y sonriendo con secreto placer ante la sombra deforme que debía cargar con el peso que debió haber sido el suyo propio.

Al cabo de unos años no pudo soportar permanecer mucho tiempo fuera de Inglaterra, y renunció a la villa que había compartido en Trouville con lord Henry, así como a la casita blanca cercada de muros en Argel donde en más de una ocasión habían pasado el invierno. Odiaba verse separado del cuadro que formaba parte tan entrañable de su vida, y temía también que durante su ausencia alguien pudiera penetrar en la habitación, a pesar de los elaborados cerrojos que había mandado colocar en la puerta.

Era bien consciente de que aquello no les revelaría nada: era verdad que el retrato conservaba todavía, bajo toda la vileza y la fealdad del semblante, su señalado parecido con su persona; pero ¿qué podrían deducir de ello? Se burlaría de cualquiera que intentara afrentarlo: él no lo había pintado; ¿qué le importaba a él cuán ruin e ignominioso luciera? Incluso si se lo dijera, ¿acaso iban a creerlo?

Y, con todo, sentía miedo. A veces, cuando se hallaba en su gran mansión solariega de Nottinghamshire, agasajando a los jóvenes distinguidos de su propio rango que eran sus principales acompañantes y asombrando a la comarca por el lujo desenfrenado y el fastuoso esplendor de su tenor de vida, abandonaba de improviso a sus huéspedes y corría de regreso a la ciudad para cerciorarse de que no habían forzado la puerta y de que el cuadro continuaba allí. ¿Y si se lo robaban? El mero pensamiento lo helaba de espanto: con certeza el mundo conocería entonces su secreto; tal vez el mundo ya lo sospechaba.

Pues si bien fascinaba a muchos, no eran pocos los que desconfiaban de él. Estuvo a punto de ser rechazado en un club del West End del que su cuna y posición social le daban pleno derecho a ser miembro; y se decía que en una ocasión en que un amigo lo introdujo en el fumadero del Churchill, el duque de Berwick y otro caballero se pusieron en pie de manera ostensible y abandonaron la sala. Comenzaron a circular singulares historias sobre él a partir de que cumplió los veinticinco años: se rumoreaba que lo habían visto enzarzado en reyertas con marineros extranjeros en una taberna inmunda de los confines de Whitechapel, y que trataba con ladrones y falsificadores de moneda conociendo los misterios de su oficio. Sus ausencias extraordinarias se hicieron notorias y, cuando reaparecía en sociedad, los hombres cuchicheaban en los rincones al verlo, o pasaban a su lado con una mueca desdeñosa, o lo miraban con ojos fríos e inquisidores, como si estuviesen resueltos a descubrir su secreto.

De tales insolencias y desaires velados él, por supuesto, no hacía el menor caso; y en opinión de la mayoría de las gentes sus modales francos y desenvueltos, su encantadora sonrisa juvenil y la gracia infinita de aquella maravillosa juventud que parecía no abandonarlo jamás constituían en sí mismos una respuesta cumplida a las calumnias —pues así las denominaban ellos— que circulaban sobre su persona. Se observaba, sin embargo, que algunos de los que habían mantenido mayor intimidad con él parecían rehuirlo al cabo de un tiempo. Mujeres que lo habían adorado con locura y que por su causa habían desafiado toda censura social y pisoteado los convencionalismos palidecían de vergüenza o de espanto si Dorian Gray entraba en el salón.

Y, no obstante, aquellos escándalos susurrados tan solo acrecentaban a los ojos de muchos su extraño y peligroso atractivo. Su inmensa fortuna constituía una indudable garantía de seguridad: la sociedad —la sociedad civilizada, al menos— jamás está muy dispuesta a creer nada en menoscabo de quienes son a la vez ricos y fascinantes. Intuye por instinto que las buenas maneras tienen mayor trascendencia que la moralidad y, a su juicio, la más intachable respetabilidad encierra mucho menos valor que la posesión de un buen cocinero. Y, después de todo, resulta un consuelo muy pobre que a uno le aseguren que el anfitrión que le ha servido una mala cena o un vino mediocre es irreprochable en su vida privada: ni siquiera las virtudes cardinales pueden compensar unos entrantes a medio calentar, como observó lord Henry en cierta ocasión durante una discusión sobre el tema, y es muy posible que asista bastante razón a su punto de vista. Pues los cánones de la buena sociedad son, o deberían ser, idénticos a los cánones del arte: la forma es en ella del todo imprescindible; debe revestir la dignidad de una ceremonia tanto como su irrealidad, y combinar la naturaleza insincera de una pieza dramática romántica con el ingenio y la hermosura que hacen que tales piezas nos resulten deliciosas. ¿Acaso la insinceridad constituye una cosa tan terrible? Me parece que no: es meramente un método mediante el cual podemos multiplicar nuestras personalidades.

Fin del Episodio 25 · de 41

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