Capítulo XI · I
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Durante años enteros, Dorian Gray no pudo liberarse de la influencia de aquel libro; o quizá fuese más exacto decir que jamás procuró desasirse de él. Se procuró desde París no menos de nueve ejemplares en papel de gran lujo de la primera edición y los mandó encuadernar en diferentes colores para que armonizaran con sus diversos estados de ánimo y con los caprichos mudables de una naturaleza sobre la cual parecía haber perdido a veces el dominio por completo. El héroe, aquel maravilloso joven parisino en quien los temperamentos romántico y científico se hallaban tan extrañamente fundidos, se convirtió para él en una suerte de prefiguración de sí mismo. Y ciertamente el libro entero le parecía contener la historia de su propia existencia, escrita antes de que él la hubiese vivido.
En un aspecto fue más afortunado que el fantástico protagonista de la novela: jamás conoció —nunca tuvo motivo alguno para conocerlo— aquel pavor un tanto grotesco a los espejos, a las superficies metálicas pulimentadas y a las aguas dormidas que asaltó al joven parisino tan temprano en su vida, provocado por la súbita decadencia de una belleza que antaño había sido tan notable. Con un placer casi cruel —y tal vez en casi toda alegría, como con certeza en todo placer, la crueldad tiene su cabida— solía leer la última parte del libro, con su relato verdaderamente trágico, aunque un tanto recargado, del dolor y la desesperación de quien había perdido aquello que en los demás y en el mundo más entrañablemente había valorado.
Pues la maravillosa hermosura que tanto había fascinado a Basil Hallward y a tantos otros junto a él parecía no abandonarlo jamás. Incluso aquellos que habían oído las peores habladurías contra su persona —y de cuando en cuando extraños rumores sobre su tenor de vida se filtraban por Londres y se convertían en la comidilla de los clubes— no podían creer nada en deshonor suyo en cuanto lo contemplaban: conservaba siempre el porte de quien se ha mantenido inmaculado frente al mundo. Hombres que se expresaban con grosería enmudecían cuando Dorian Gray entraba en el salón: había algo en la pureza de sus facciones que los reprendía; su sola presencia parecía evocarles el recuerdo de aquella inocencia que ellos mismos habían mancillado. Se preguntaban con asombro cómo alguien tan encantador y agraciado como él había podido salir indemne del estigma de una época a la vez sórdida y sensual.
A menudo, al regresar al hogar de una de aquellas ausencias misteriosas y prolongadas que daban pábulo a tan singulares conjeturas entre quienes eran sus amigos, o se creían tales, él mismo subía a hurtadillas a la habitación cerrada, abría la puerta con la llave que jamás se apartaba ya de su lado y permanecía, con un espejo en la mano, ante el retrato que Basil Hallward le había pintado, contemplando ora el semblante envejecido y perverso del lienzo, ora el rostro lozano y juvenil que le sonreía desde el cristal bruñido. La viva aspereza del contraste avivaba su sentimiento de deleite: se sentía cada vez más prendado de su propia belleza, cada vez más interesado en la corrupción de su propia alma. Examinaba con minucioso cuidado, y en ocasiones con un monstruoso y terrible gozo, las líneas atroces que surcaban la frente arrugada o reptaban en torno a la boca pesada y sensual, preguntándose a veces cuáles resultaban más horribles: si las señales del pecado o los estigmas de la vejez. Colocaba sus manos blancas junto a las manos toscas y abotargadas de la pintura, y sonreía: se burlaba del cuerpo contrahecho y de los miembros vacilantes.
Hubo instantes, ciertamente, durante la noche en que, desvelado en su propia alcoba delicadamente perfumada o en la sórdida habitación de la tabernucha de mala fama cercana a los muelles que, con nombre fingido y disfrazado, acostumbraba frecuentar, meditaba sobre la ruina que había atraído sobre su alma con una compasión que resultaba tanto más punzante cuanto que era puramente egoísta. Pero instantes semejantes eran raros: aquella curiosidad por la existencia que lord Henry había despertado por primera vez en él mientras descansaban juntos en el jardín de su amigo parecía acrecentarse con la satisfacción. Cuanto más sabía, más deseaba saber: albergaba hambres demenciales que se tornaban más voraces a medida que las alimentaba.
Con todo, no era imprudente en verdad; al menos en lo tocante a sus relaciones con la sociedad. Una o dos veces al mes durante el invierno, y cada miércoles por la noche mientras duraba la temporada, abría de par en par al mundo su hermosa mansión y hacía que los más afamados músicos del momento cautivaran a sus invitados con los prodigios de su arte. Sus pequeñas cenas, en cuya organización lord Henry siempre le prestaba ayuda, eran tan renombradas por la esmerada selección y colocación de los comensales como por el exquisito gusto demostrado en el adorno de la mesa, con sus sutiles disposiciones sinfónicas de flores exóticas, manteles bordados y vajillas antiguas de oro y plata. En verdad no eran pocos, en especial entre los más jóvenes, los que veían, o imaginaban ver, en Dorian Gray la cabal encarnación de un prototipo con el que a menudo habían soñado en sus días de Eton o de Oxford: un tipo que debía aunar algo de la auténtica cultura del erudito con toda la gracia, la distinción y los modales irreprochables del ciudadano del mundo. A sus ojos parecía pertenecer a la estirpe de aquellos a quienes Dante describe como quienes buscaron «hacerse perfectos mediante la veneración de la belleza». Al igual que Gautier, era uno de aquellos para quienes «el mundo visible existía».
Y, ciertamente, para él la vida misma constituía la primera y más sublime de las artes, para la cual todas las demás no parecían ser más que una preparación. La moda, mediante la cual lo que es verdaderamente fantástico se vuelve universal por un instante, y el dandismo, que a su manera es una tentativa de proclamar la absoluta modernidad de la hermosura, tenían, por supuesto, su fascinación para él. Su modo de vestir y los estilos particulares que de cuando en cuando adoptaba ejercían una influencia manifiesta en los jóvenes elegantes de los bailes de Mayfair y de los ventanales de los clubes de Pall Mall, que lo imitaban en todo cuanto hacía e intentaban reproducir el encanto fortuito de sus gracias afectadas, aunque para él fuesen tan solo a medias solemnes.
Pues si bien se hallaba más que presto a aceptar la posición que casi de inmediato se le brindó al alcanzar la mayoría de edad, y hallaba en verdad un sutil deleite en la idea de que pudiera convertirse para el Londres de su tiempo en lo que el autor del Satiricón había sido antaño para la Roma neroniana, en lo más hondo de su corazón ansiaba ser algo más que un simple arbiter elegantiarum al que se consulta sobre el lucimiento de una joya, el nudo de una corbata o el porte de un bastón. Pretendía elaborar un nuevo plan de vida dotado de su filosofía razonada y sus principios ordenados, que hallase en la espiritualización de los sentidos su más encumbrada realización.
El culto a los sentidos ha sido a menudo, y con harta razón, condenado, experimentando los hombres un pavor instintivo ante pasiones y sensaciones que parecen más fuertes que ellos mismos y que son conscientes de compartir con las formas menos evolucionadas de la existencia. Pero a Dorian Gray se le antojaba que la verdadera naturaleza de los sentidos jamás había sido comprendida, y que habían permanecido salvajes y animales meramente porque el mundo había pretendido someterlos por hambre o aniquilarlos mediante el dolor, en vez de aspirar a convertirlos en elementos de una nueva espiritualidad de la cual un refinado instinto para la belleza habría de ser el rasgo predominante. Al contemplar la marcha del hombre a través de la historia, lo atormentaba un sentimiento de pérdida: ¡tanto se había entregado y para tan exiguo fruto! Había habido renuncias demenciales y caprichosas, formas monstruosas de automortificación y abnegación cuyo origen era el miedo y cuyo desenlace fue una degradación infinitamente más terrible que aquella degradación imaginaria de la que, en su ignorancia, habían intentado escapar; arrojando la Naturaleza, en su admirable ironía, al anacoreta a alimentarse junto a las fieras del desierto y dando al eremita a las bestias del campo como compañeras.
Sí: debía nacer, tal como lord Henry había profetizado, un nuevo Hedonismo que recrease la existencia y la salvase de aquel puritanismo áspero e ingrato que asiste, en nuestros días, a su curioso renacimiento. Debía contar con el concurso del intelecto, ciertamente; pero jamás habría de aceptar teoría ni sistema alguno que implicase el sacrificio de cualquier modalidad de experiencia apasionada. Su fin, en verdad, había de ser la experiencia misma, y no los frutos de la experiencia, fuesen dulces o amargos. Del ascetismo que amortigua los sentidos, tanto como de la vulgar disipación que los embota, nada debía saber; pero había de enseñar al hombre a concentrarse en los instantes de una vida que en sí misma no es más que un instante.
Pocos somos los que no nos hemos despertado alguna vez antes del alba, bien tras una de esas noches sin sueños que casi nos enamoran de la muerte, o bien tras una de esas noches de horror y deforme regocijo en que cruzan por las estancias del cerebro fantasmas más terribles que la propia realidad, animados de esa vida intensa que anida en todos los seres grotescos y que presta al arte gótico su perdurable vigor; siendo este arte, podría pensarse, especialmente el arte de aquellos cuyos espíritus han sido turbados por la dolencia del soñar. Poco a poco dedos blancos se deslizan a través de las cortinas, pareciendo temblar. Con siluetas negras y fantásticas, sombras mudas reptan hacia los rincones de la estancia y se agazapan allí. Fuera se percibe el revoloteo de los pájaros entre el follaje, o el rumor de los hombres que marchan al trabajo, o el suspiro y sollozo del viento que baja de las colinas y deambula alrededor de la casa silente, como si temiese despertar a los durmientes y, no obstante, se viese forzado a convocar al sueño desde su gruta purpúrea. Velo tras velo de tenue gasa sombría se alza, y por grados las formas y los colores de las cosas les son restituidos, y contemplamos la aurora rehaciendo el mundo según su antiguo diseño. Los desvaídos espejos recobran su vida fingida. Los cirios apagados permanecen donde los habíamos dejado, y a su lado reposa el libro a medio abrir que habíamos estado examinando, o la flor enramada que habíamos lucido en el baile, o la carta que habíamos temido leer o que habíamos leído con excesiva frecuencia. Nada nos parece alterado: de las sombras irreales de la noche renace la vida verdadera que habíamos conocido; tenemos que reanudarla donde la habíamos dejado, y se apodera de nosotros una penosa certidumbre de la necesidad de continuar desplegando energía en la misma ronda fatigosa de hábitos estereotipados, o un desesperado anhelo, tal vez, de que nuestros párpados pudieran abrirse alguna mañana sobre un mundo rehecho de nuevo en las tinieblas para nuestro deleite: un mundo en el que las cosas mostrasen formas y colores inéditos, y estuviesen mudadas o guardasen otros secretos; un mundo donde el pasado tuviese escasa o nula cabida, o perviviese, en todo caso, sin forma consciente alguna de deber o remordimiento, teniendo el recuerdo incluso del gozo su amargura y las memorias del placer su dolor.
Era la creación de mundos semejantes lo que a Dorian Gray se le antojaba el auténtico objeto, o uno de los auténticos objetos, de la vida; y en su búsqueda de sensaciones que fuesen a la vez nuevas y deleitosas, y poseyesen ese elemento de extrañeza tan esencial al romance, solía adoptar ciertas modalidades de pensamiento que sabía del todo ajenas a su naturaleza, abandonándose a sus sutiles influjos para luego, tras haber captado por así decirlo su colorido y saciado su curiosidad intelectual, abandonarlas con aquella curiosa indiferencia que no es incompatible con un verdadero ardor de temperamento, y que en verdad, según afirman ciertos psicólogos modernos, suele constituir una condición inherente al mismo.
Se rumoreó en cierta ocasión que estaba a punto de abrazar la comunión católica romana, y ciertamente el ritual romano había ejercido siempre una poderosa fascinación sobre él. El sacrificio cotidiano, más solemne y tremendo en verdad que todos los sacrificios del mundo antiguo, lo conmovía tanto por su soberbio desdén hacia el testimonio de los sentidos como por la primitiva sencillez de sus elementos y el eterno patetismo de la tragedia humana que pretendía simbolizar. Le complacía arrodillarse sobre el frío pavimento de mármol y contemplar al sacerdote con su rígida dalmática floreada apartar despacio, con manos blancas, el velo del sagrario, o alzar en lo alto la custodia enjoyada en forma de linterna con aquella hostia pálida que a veces, a uno le gustaría pensar, es en verdad el panis cælestis, el pan de los ángeles; o, revestido con los ornamentos de la Pasión de Cristo, partir la Hostia sobre el cáliz y golpearse el pecho por sus pecados. Los incensarios humeantes que los graves monaguillos, vestidos de encaje y púrpura, lanzaban al aire como grandes flores doradas poseían para él un sutil encanto. Al salir solía contemplar con asombro los negros confesionarios y anhelaba sentarse en la penumbra de uno de ellos a escuchar a hombres y mujeres susurrando a través de la gastada celosía la verdadera historia de sus vidas.
Pero jamás incurrió en el error de detener su desarrollo intelectual mediante la aceptación formal de ningún credo o dogma, ni en el de confundir con una mansión donde morar un albergue que solo es apropiado para el reposo de una noche, o para unas pocas horas de una noche sin estrellas en que la luna se halla en sombras. El misticismo, con su maravillosa virtud de volvernos extraño lo cotidiano, y el sutil antinomismo que siempre parece acompañarlo, lo cautivó durante una temporada; y durante otra temporada se inclinó hacia las doctrinas materialistas del movimiento darwinista en Alemania, hallando un singular deleite en rastrear los pensamientos y las pasiones del hombre hasta alguna célula perlada del cerebro o algún nervio blanquecino del cuerpo, gozándose en la concepción de la absoluta dependencia del espíritu respecto a ciertas condiciones físicas, enfermizas o saludables, normales o mórbidas. Con todo, como se ha dicho antes de él, ninguna teoría sobre la existencia le parecía de importancia alguna comparada con la vida misma: era vivamente consciente de cuán estéril resulta toda especulación intelectual cuando se divorcia de la acción y del experimento; sabía que los sentidos, no menos que el alma, tienen sus misterios espirituales que desvelar.
Y así se entregaba ahora a estudiar los perfumes y los secretos de su elaboración, destilando aceites de pesada fragancia y quemando gomas olorosas traídas de Oriente. Comprendió que no existe estado del ánimo que no tenga su correspondencia en la vida sensorial, y se consagró a desentrañar sus verdaderas relaciones, preguntándose qué había en el incienso que volvía místico al hombre, y en el ámbar gris que encendía las pasiones, y en las violetas que despertaban la memoria de romances extintos, y en el almizcle que turbaba el cerebro, y en el champaca que mancillaba la imaginación; procurando a menudo elaborar una auténtica psicología de los perfumes y calibrar las diversas influencias de las raíces odoríferas y de las flores perfumadas cargadas de polen; de los bálsamos aromáticos y de las maderas oscuras y fragantes; del nardo, que enferma; de la hovenia, que enloquece a los hombres; y del áloe, del cual se asegura que posee la virtud de expulsar la melancolía del alma.
En otra época se consagró por entero a la música, y en una espaciosa sala enrejada, con techo de bermellón y oro y muros de laca verde oliva, solía ofrecer singulares conciertos en los que gitanos enfebrecidos arrancaban melodías salvajes a pequeñas cítaras, o graves tunecinos envueltos en chales amarillos pulsaban las cuerdas tensas de laúdes monstruosos, mientras negros sonrientes batían monótonamente tambores de cobre y, acurrucados sobre esteras escarlatas, esbeltos indios con turbante soplaban a través de largas flautas de caña o de bronce y encantaban —o fingían encantar— a grandes cobras encapuchadas y espantosas víboras cornudas. Los intervalos ásperos y las disonancias chillonas de la música bárbara lo conmovían a veces cuando la gracia de Schubert, las hermosas tristezas de Chopin y las imponentes armonías del mismísimo Beethoven caían desoídas en sus oídos. Reunió de todas las partes del globo los instrumentos más extraños imaginables, ya fuese en las tumbas de naciones extintas o entre las pocas tribus salvajes que han sobrevivido al contacto con la civilización occidental, y se deleitaba en tocarlos y ponerlos a prueba. Poseía los misteriosos juruparis de los indios del Río Negro, que a las mujeres les está vedado contemplar y que ni siquiera los jóvenes pueden ver hasta haber pasado por rigurosos ayunos y azotes; los cántaros de barro de los peruanos, dotados del silbido chillón de las aves; flautas fabricadas con huesos humanos como las que oyó Alfonso de Ovalle en Chile; y los sonoros jaspes verdes que se encuentran cerca de Cuzco y despiden una nota de singular dulzura. Tenía calabazas pintadas llenas de guijarros que chasqueaban al agitarse; el largo clarín de los mexicanos, por el cual el intérprete no sopla, sino que aspira el aire; el ronco ture de las tribus amazónicas, que hacen sonar los vigías apostados durante todo el día en lo alto de los árboles y que, según afirman, puede escucharse a tres leguas de distancia; el teponaztli, provisto de dos lengüetas vibratorias de madera y percutido con baquetas untadas de una goma elástica obtenida del látex de las plantas; los cascabeles yotl de los aztecas, que cuelgan en racimos como uvas; y un colosal tambor cilíndrico forrado con las pieles de grandes serpientes, idéntico al que contempló Bernal Díaz al entrar con Cortés en el templo mexicano y de cuyo lúgubre tañido nos ha dejado tan vívida descripción. El carácter fantástico de aquellos instrumentos lo subyugaba, y experimentaba un singular deleite al pensar que el arte, al igual que la Naturaleza, tiene sus propios monstruos: criaturas de formas bestiales y de voces abominables. Con todo, al cabo de un tiempo se fatigaba de ellos, y se sentaba en su palco de la ópera, a solas o con lord Henry, escuchando con absorto placer el Tannhäuser y contemplando en el preludio de aquella magna obra la plasmación de la tragedia de su propia alma.
Fin del Episodio 24 · de 41
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