El retrato de Dorian Gray·Episodio 23

Capítulo X · II

~6 min · 1299 palabras

Haga pasar el cuadro, señor Hubbard, por favor —dijo con cansancio, volviéndose—. Siento haberles hecho esperar tanto tiempo: estaba pensando en otra cosa.

—Siempre se agradece un descanso, señor Gray —respondió el enmarcador, que aún respiraba con dificultad—. ¿Dónde lo colocamos, señor?

—¡Oh!, en cualquier parte. Aquí mismo: bastará con esto. No quiero colgarlo: simplemente apóyelo contra la pared. Gracias.

—¿Se podría contemplar la obra de arte, señor?

Dorian se sobresaltó. «No le interesaría, señor Hubbard», dijo, sin apartar los ojos del hombre: se sentía dispuesto a abalanzarse sobre él y arrojarlo al suelo si osaba alzar la rica colgadura que ocultaba el secreto de su vida. «No les molesto más por ahora. Les agradezco mucho su gentileza al haber venido».

—De ningún modo, señor Gray; no hay de qué. Siempre a su entera disposición, señor —y el señor Hubbard bajó la escalera con paso pesado, seguido por su ayudante, que miró hacia atrás contemplando a Dorian con una expresión de tímido asombro en su rostro rudo y vulgar: jamás había visto a nadie tan maravilloso.

Cuando el eco de sus pisadas se hubo extinguido, Dorian echó la llave a la puerta y se la guardó en el bolsillo. Ahora se sentía seguro: nadie contemplaría jamás aquella cosa abominable; ningún ojo salvo el suyo presenciaría su ignominia.

Al llegar a la biblioteca descubrió que pasaban apenas unos minutos de las cinco y que ya habían servido el té. Sobre una mesita de madera oscura y perfumada densamente incrustada de nácar —regalo de lady Radley, la esposa de su tutor, una bonita enferma profesional que había pasado el invierno precedente en El Cairo— reposaba una nota de lord Henry, y a su lado descansaba un libro encuadernado en papel amarillo, con la cubierta ligeramente desgarrada y los bordes manchados. Habían colocado un ejemplar de la tercera edición de The St. James’s Gazette en la bandeja del té. Resultaba evidente que Víctor había regresado: se preguntó si se habría cruzado en el vestíbulo con los operarios cuando salían de la casa y les habría arrancado lo que habían estado haciendo. Sin duda echaría de menos el cuadro... sin duda lo habría echado ya de menos mientras disponía las cosas del té: el biombo no había vuelto a colocarse en su sitio y quedaba un espacio vacío a la vista sobre la pared. Quizás alguna noche lo descubriera subiendo a hurtadillas la escalera e intentando forzar la puerta de la habitación. Era espantoso tener un espía en la propia casa: había oído hablar de hombres ricos chantajeados durante toda su vida por algún criado que había leído una carta, o escuchado casualmente una conversación, o recogido una tarjeta con una dirección, o encontrado bajo una almohada una flor marchita o un jirón de encaje arrugado.

Suspiró y, tras servirse un poco de té, abrió la nota de lord Henry: se limitaba a comunicarle que le enviaba el periódico vespertino y un libro que tal vez pudiera interesarle, y que se encontrarían en el club a las ocho y cuarto. Abrió The St. James’s con languidez y lo hojeó: una marca de lápiz rojo en la quinta página le llamó la atención. Señalaba el siguiente párrafo:

PESQUISA JUDICIAL SOBRE UNA ACTRIZ. —Esta mañana se ha celebrado una investigación judicial en la Taberna de la Campana, en Hoxton Road, presidida por el señor Danby, juez de instrucción del distrito, sobre el cadáver de Sibyl Vane, una joven actriz recientemente contratada por el Teatro Real de Holborn. Se ha dictaminado un veredicto de muerte accidental por desgracia. Se ha expresado considerable condolencia hacia la madre de la finada, sumamente afectada durante la declaración de su testimonio y el del doctor Birrell, encargado de practicar la autopsia del cadáver.

Frunció el ceño y, rasgando el periódico en dos, cruzó la estancia arrojando los pedazos lejos. ¡Qué feo era todo aquello! ¡Y qué horriblemente real volvía las cosas la fealdad! Se sintió un tanto molesto con lord Henry por haberle enviado la reseña; y ciertamente había sido una estupidez de su parte haberla señalado con lápiz rojo: Víctor podría haberla leído, pues sabía más que suficiente inglés para ello.

Quizá la había leído y había comenzado a sospechar algo. Y, no obstante, ¿qué importaba? ¿Qué tenía que ver Dorian Gray con la muerte de Sibyl Vane? No había nada que temer: Dorian Gray no la había matado.

Su mirada se posó sobre el libro amarillo que lord Henry le había remitido. Se preguntó de qué se trataría: se acercó al pequeño velador octogonal de color perla que siempre le había parecido obra de extrañas abejas egipcias laborando en plata y, tomando el volumen, se dejó caer en un sillón y comenzó a pasar las páginas. Al cabo de unos minutos quedó absorto: era el libro más singular que jamás había leído; le parecía que con ropajes exquisitos y al son delicado de las flautas, los pecados del mundo desfilaban en muda pantomima ante sus ojos. Cosas que apenas había soñado vagamente cobraban de pronto realidad ante él; cosas que jamás había soñado se le revelaban paso a paso.

Era una novela sin argumento y con un solo personaje: constituía en verdad un mero estudio psicológico de cierto joven parisino que consumía su existencia intentando hacer realidad en pleno siglo diecinueve todas las pasiones y formas de pensamiento propias de cualquier siglo excepto del suyo, y resumir, por así decirlo, en sí mismo los diversos estados de ánimo por los que el espíritu humano había atravesado a lo largo de los tiempos, amando por su mera artificialidad aquellas renuncias a las que los hombres han llamado imprudentemente virtudes tanto como aquellas rebeldías naturales a las que los sabios aún llaman pecado. El estilo en que estaba escrita era aquel estilo enjoyado y singular, vívido y oscuro a un tiempo, cuajado de germanías y arcaísmos, de términos técnicos y perífrasis primorosas, que caracteriza la obra de algunos de los más insignes artistas de la escuela simbolista francesa. Había en ella metáforas tan monstruosas como orquídeas y tan sutiles en su cromatismo: la vida de los sentidos se hallaba descrita en los términos de la filosofía mística; apenas sabía uno en ocasiones si estaba leyendo los éxtasis espirituales de algún santo medieval o las confesiones mórbidas de un pecador moderno. Era un libro ponzoñoso: el pesado aroma del incienso parecía impregnar sus páginas y turbar el cerebro. La mera cadencia de las frases, la sutil monotonía de su música —tan repleta como estaba de estribillos complejos y movimientos primorosamente repetidos— suscitaba en el espíritu del muchacho, conforme pasaba de capítulo en capítulo, una especie de ensueño, una dolencia del soñar que lo volvía ajeno a la caída de la tarde y al avance sigiloso de las sombras.

Despejado y horadado por una solitaria estrella, un cielo de verde cobrizo relucía a través de los ventanales. Siguió leyendo bajo su luz cenicienta hasta que no pudo leer más. Luego, después de que su criado le hubiese recordado en repetidas ocasiones lo avanzado de la hora, se levantó y, pasando a la habitación contigua, depositó el libro sobre la mesilla florentina que siempre se alzaba junto a su lecho y comenzó a vestirse para la cena.

Eran casi las nueve de la noche cuando llegó al club, donde halló a lord Henry sentado a solas en el salón de descanso, con aspecto sumamente aburrido.

—Lo siento muchísimo, Harry —exclamó—, pero de verdad ha sido enteramente culpa tuya: ese libro que me enviaste me ha fascinado tanto que olvidé el transcurso de las horas.

—Sí, imaginé que te agradaría —respondió su anfitrión, levantándose de la butaca.

—No he dicho que me agradara, Harry: he dicho que me fascinó; hay una gran diferencia.

—¡Ah!, ¿has descubierto eso? —murmuró lord Henry; y pasaron al comedor.

Fin del Episodio 23 · de 41

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