Capítulo IX · I
~11 min · 2140 palabras
Mientras desayunaba a la mañana siguiente, anunciaron a Basil Hallward.
—Me alegro tanto de haberte encontrado, Dorian —dijo gravemente—. Pasé anoche y me dijeron que estabas en la ópera. Desde luego supe que era imposible, pero ojalá hubieras dejado dicho adónde habías ido en realidad. Pasé una velada espantosa, temiendo que a una tragedia pudiera seguir otra. Creo que debiste haberme puesto un telegrama en cuanto te enteraste: lo leí de pura casualidad en una edición tardía de The Globe que tomé en el club. Vine aquí de inmediato y me afligí al no hallarte. No puedo decirte lo acongojado que estoy por todo esto: sé lo que debes de estar sufriendo. Pero ¿dónde estabas? ¿Fuiste a ver a la madre de la muchacha? Por un momento pensé en seguirte hasta allí: daban la dirección en el periódico; en algún punto de Euston Road, ¿verdad? Pero temí importunar un dolor que yo no podía aliviar. ¡Pobre mujer! ¡En qué estado debe de hallarse! ¡Y su única hija, además! ¿Qué dijo de todo esto?
—Mi querido Basil, ¿cómo voy a saberlo? —murmuró Dorian Gray, bebiendo unos sorbos de un vino amarillo pálido en una delicada copa veneciana orlada de cuentas de oro y con aspecto sumamente aburrido—. Estuve en la ópera: debiste haber venido allí. Conocí a lady Gwendolen, la hermana de Harry, por primera vez: estábamos en su palco. Es perfectamente encantadora, y la Patti cantó divinamente. No hables de temas espantosos: si no se habla de una cosa, es como si jamás hubiera sucedido. La expresión es lo único, como dice Harry, que da realidad a las cosas. Debo aclarar que no era la única hija de esa mujer: hay un hijo, un muchacho encantador, según creo; pero no trabaja en el teatro: es marinero o algo parecido. Y ahora háblame de ti y de lo que estás pintando.
—¿Fuiste a la ópera? —dijo Hallward, hablando muy despacio y con un acento forzado de dolor en la voz—. ¿Fuiste a la ópera mientras Sibyl Vane yacía muerta en algún sórdido alojamiento? ¿Puedes hablarme de que otras mujeres son encantadoras y de que la Patti cantó divinamente antes de que la muchacha que amabas tenga siquiera la quietud de una tumba donde reposar? ¡Pero si a ese menudo cuerpo blanco suyo le aguardan espantos!
—¡Basta, Basil! ¡No quiero oírlo! —exclamó Dorian, poniéndose en pie de un salto—. No debes hablarme de esas cosas: lo hecho, hecho está; lo pasado, pasado es.
—¿Llamas pasado al día de ayer?
—¿Qué tiene que ver el transcurso efectivo del tiempo? Solo las personas superficiales necesitan años para deshacerse de una emoción. Un hombre que sea dueño de sí mismo puede poner fin a un pesar con tanta facilidad como puede inventar un placer. No quiero estar a merced de mis emociones: quiero emplearlas, disfrutarlas y dominarlas.
—¡Dorian, esto es atroz! Algo te ha transformado por completo. Tienes exactamente el mismo aspecto de muchacho admirable que día tras día venía a mi estudio a posar para su retrato; pero entonces eras sencillo, natural y afectuoso: eras la criatura más pura del mundo entero. Ahora no sé qué se ha apoderado de ti: hablas como si no tuvieras corazón ni compasión en el pecho. Todo es obra de la influencia de Harry: lo veo claramente.
El mozo se sonrojó y, acercándose a la ventana, miró durante unos instantes hacia el jardín verde, centelleante y bañado por el sol. «Le debo muchísimo a Harry, Basil», dijo al fin; «más de lo que te debo a ti: tú solo me enseñaste a ser vanidoso».
—Bueno, ya estoy castigado por ello, Dorian... o lo estaré algún día.
—No sé qué quieres decir, Basil —exclamó volviéndose—. No sé qué pretendes. ¿Qué es lo que deseas?
—Deseo al Dorian Gray que solía pintar —dijo el artista con tristeza.
—Basil —dijo el muchacho, acercándose a él y posándole una mano en el hombro—, has llegado demasiado tarde. Ayer, cuando supe que Sibyl Vane se había quitado la vida...
—¡Quitado la vida! ¡Cielo santo! ¿Es que no cabe duda alguna al respecto? —exclamó Hallward, mirándolo con expresión de horror.
—¡Mi querido Basil! ¿Acaso piensas que fue un vulgar accidente? Por supuesto que se quitó la vida.
El pintor hundió el rostro entre las manos. «Qué espanto», murmuró, y un estremecimiento lo sacudió.
—No —dijo Dorian Gray—; no tiene nada de espantoso: es una de las grandes tragedias románticas de nuestra época. Por regla general, los comediantes llevan las existencias más vulgares: son buenos maridos, esposas fieles o algo igualmente tedioso; ya sabes a qué me refiero: virtud de clase media y todas esas pequeñeces. ¡Cuán distinta era Sibyl! Vivió su más sublime tragedia; fue siempre una heroína. La última noche que actuó —la noche en que tú la viste— lo hizo mal porque había conocido la realidad del amor; al comprender su irrealidad, murió como habría muerto Julieta: regresó a la esfera del arte. Hay algo de mártir en ella: su muerte tiene toda la patética inutilidad del martirio, toda su belleza desperdiciada. Pero, como te decía, no debes creer que no he sufrido: si hubieses entrado ayer en un momento determinado —hacia las cinco y media, quizá, o las seis menos cuarto— me habrías hallado bañado en lágrimas. Ni siquiera Harry, que estuvo aquí y me trajo la noticia, tuvo idea de lo que yo estaba pasando: sufrí inmensamente. Luego se disipó: no puedo repetir una emoción; nadie puede, salvo los sentimentales. Y eres sumamente injusto conmigo, Basil: vienes aquí a consolarme —lo cual es muy amable de tu parte—, me encuentras ya consolado y te pones furioso. ¡Qué propio de las almas caritativas! Me recuerdas una historia que me refirió Harry sobre cierto filántropo que pasó veinte años intentando reparar una injusticia o abolir una ley inicua... no recuerdo con exactitud. Al fin lo consiguió, y nada pudo igualar su decepción: se quedó sin nada que hacer, casi se murió de tedio y se convirtió en un misántropo empedernido. Además, mi buen Basil, si de veras deseas consolarme, enséñame más bien a olvidar lo sucedido o a contemplarlo desde un punto de vista puramente artístico. ¿Acaso no era Gautier quien escribía sobre la consolation des arts? Recuerdo haber tomado en tu estudio un librito encuadernado en vitela y haber tropezado con esa deliciosa sentencia. Bien: no soy como aquel joven de quien me hablaste cuando estuvimos juntos en Marlow, aquel muchacho que aseguraba que el raso amarillo bastaba para consolar a uno de todas las miserias de la vida. Amo las cosas bellas que se pueden tocar y palpar: brocados antiguos, bronces verdosos, lacas, marfiles tallados, ambientes exquisitos, lujo, pompa... mucho puede obtenerse de todo ello. Pero el temperamento artístico que crean, o que al menos revelan, es aún más importante para mí. Convertirse en espectador de la propia existencia, como dice Harry, es escapar al sufrimiento de la vida. Sé que te sorprende oírme hablar así: no te has dado cuenta de cómo he madurado. Era un escolar cuando me conociste; ahora soy un hombre. Tengo pasiones nuevas, pensamientos nuevos, ideas nuevas: soy diferente, pero no debes quererme menos. He cambiado, pero debes seguir siendo mi amigo. Por supuesto, le tengo mucho afecto a Harry, pero sé que tú eres mejor que él: no eres más fuerte —le tienes demasiado miedo a la vida—, pero eres mejor. ¡Y qué felices solíamos ser juntos! No me abandones, Basil, y no riñas conmigo. Soy lo que soy: no hay nada más que decir.
El pintor se sintió extrañamente conmovido. El joven le era infinitamente querido, y su persona había constituido el gran punto de inflexión en su arte. No podía soportar la idea de seguir reprochándole nada: después de todo, aquella indiferencia era tan solo un estado de ánimo pasajero. Había tantas cosas buenas en él, tantas cosas nobles...
—Bien, Dorian —dijo al fin con una triste sonrisa—, no volveré a hablarte de este asunto atroz después de hoy. Solo confío en que tu nombre no sea mencionado a propósito de esto. La investigación judicial se celebrará esta tarde: ¿te han citado?
Dorian sacudió la cabeza, y una sombra de fastidio cruzó por su rostro al oír la palabra «investigación». Había algo tan tosco y vulgar en todo lo de esa clase... «No conocen mi nombre», respondió.
—¿Pero acaso ella no lo sabía?
—Solo mi nombre de pila, y estoy plenamente seguro de que jamás se lo mencionó a nadie. Me contó una vez que todos sentían cierta curiosidad por averiguar quién era yo, y que ella les respondía invariablemente que mi nombre era el Príncipe Azul. Fue muy dulce de su parte. Tienes que hacerme un dibujo de Sibyl, Basil: me gustaría conservar de ella algo más que el recuerdo de unos cuantos besos y unas cuantas frases entrecortadas y conmovedoras.
—Intentaré hacer algo, Dorian, si eso te complace. Pero tienes que venir a posar para mí otra vez: no puedo trabajar sin ti.
—Jamás podré volver a posar para ti, Basil. ¡Es imposible! —exclamó, retrocediendo asustado.
El pintor se quedó mirándolo fijamente. «¡Mi querido muchacho, qué disparate!», exclamó. «¿Quieres decir que no te gusta el retrato que te hice? ¿Dónde está? ¿Por qué has puesto ese biombo delante? Déjame verlo: es la mejor obra que he pintado en mi vida. Quita el biombo, Dorian; es intolerable que tu criado oculte mi trabajo de ese modo. Nada más entrar advertí que la estancia parecía distinta».
—Mi criado no tiene nada que ver con esto, Basil. ¿No te imaginarás que le permito disponer mi habitación a su antojo? Me arregla las flores a veces, eso es todo. No: lo hice yo mismo. La luz daba con demasiada fuerza sobre el lienzo.
—¡Con demasiada fuerza! ¿De veras lo crees, amigo mío? Es un emplazamiento inmejorable: déjame verlo —y Hallward caminó hacia el rincón de la estancia.
Un grito de espanto brotó de los labios de Dorian Gray, que corrió a interponerse entre el pintor y el biombo. «¡Basil!», dijo, sumamente pálido, «no debes mirarlo: no quiero que lo mires».
—¡No mirar mi propia obra! No hablas en serio: ¿por qué no habría de mirarla? —exclamó Hallward riendo.
—Si intentas mirarlo, Basil, por mi palabra de honor que jamás volveré a dirigirte la palabra mientras viva. Lo digo completamente en serio: no te ofrezco ninguna explicación y no debes pedirme ninguna; pero recuerda: si tocas ese biombo, todo habrá terminado entre nosotros.
Hallward se quedó anonadado: contempló a Dorian Gray con absoluto asombro. Jamás lo había visto así: el muchacho estaba verdaderamente lívido de ira. Tenía los puños apretados y las pupilas semejaban discos de fuego azul. Temblaba de pies a cabeza.
—¡Dorian!
—¡No hables!
—Pero ¿qué sucede? Por supuesto que no lo miraré si no quieres que lo haga —dijo con cierta frialdad, dando media vuelta y encaminándose hacia la ventana—. Pero francamente parece bastante absurdo que no pueda ver mi propio cuadro, máxime cuando voy a exponerlo en París este otoño. Probablemente tenga que darle otra mano de barniz antes, de modo que tendré que verlo algún día: ¿por qué no hoy?
—¡Exponerlo! ¿Deseas exponerlo? —exclamó Dorian Gray, sintiendo que un extraño pavor se apoderaba de él. ¿Iba a mostrarse su secreto al mundo entero? ¿Iba la gente a contemplar boquiabierta el enigma de su vida? Aquello era inadmisible: algo— no sabía qué —debía hacerse de inmediato.
—Sí; no imagino que pongas reparos a eso. Georges Petit va a reunir todas mis mejores obras para una exposición especial en la Rue de Sèze, que se inaugurará la primera semana de octubre. El retrato solo estará fuera un mes: supongo que podrás prescindir de él fácilmente durante ese tiempo; de hecho, seguro que estarás fuera de la ciudad. Y si lo tienes siempre detrás de un biombo, no parece que le tengas demasiado aprecio.
Dorian Gray se pasó la mano por la frente: la sentía perlada de sudor. Presentía hallarse al borde de un peligro horrendo. «Me dijiste hace un mes que jamás lo expondrías», exclamó. «¿Por qué has cambiado de parecer? Vosotros, los que os jactáis de ser consecuentes, tenéis tantos caprichos como los demás: la única diferencia estriba en que vuestros caprichos carecen de sentido. No puedes haber olvidado que me aseguraste con la mayor solemnidad que nada en el mundo te induciría a enviarlo a ninguna exposición: le dijiste exactamente lo mismo a Harry». Se detuvo bruscamente y un destello de luz brilló en sus ojos: recordó que lord Henry le había dicho en una ocasión, medio en broma y medio en serio: «Si quieres pasar un cuarto de hora singular, pídele a Basil que te explique por qué no quiere exponer tu retrato: a mí me lo dijo, y fue toda una revelación». Sí: tal vez Basil también tuviese su propio secreto. Se lo preguntaría a ver qué ocurría.
Fin del Episodio 20 · de 41
Capítulo IX · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.