El retrato de Dorian Gray·Episodio 19

Capítulo VIII · III

~6 min · 1189 palabras

Al cabo de un rato Dorian Gray alzó la mirada. «Me has explicado a mí mismo, Harry», murmuró con una especie de suspiro de alivio. «Sentía todo lo que has dicho, pero de algún modo le temía y no lograba expresármelo a mí mismo. ¡Qué bien me conoces! Pero no hablemos más de lo que ha sucedido: ha sido una experiencia maravillosa, eso es todo. Me pregunto si la vida me reservará todavía algo tan maravilloso».

—La vida lo tiene todo reservado para ti, Dorian. No hay nada que tú, con tu extraordinaria belleza, no seas capaz de alcanzar.

—¿Pero y si me volviera demacrado, viejo y arrugado, Harry? ¿Qué pasaría entonces?

—¡Ah!, entonces —dijo lord Henry, levantándose para marcharse—, entonces, mi querido Dorian, tendrías que luchar por tus victorias. Tal como están las cosas, te las traen a las manos. No: debes conservar tu hermosura. Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabia y piensa demasiado para ser hermosa. No podemos prescindir de ti. Y ahora harías bien en vestirte y acudir en coche al club: ya llegamos bastante tarde, de por sí.

—Creo que me uniré a vosotros en la ópera, Harry. Me siento demasiado fatigado para cenar nada. ¿Cuál es el número del palco de tu hermana?

—El veintisiete, me parece. Está en el piso principal: verás su nombre en la puerta. Pero lamento que no vengas a cenar.

—No me siento con ánimos —dijo Dorian con desgana—. Pero te agradezco en el alma todo lo que me has dicho: eres ciertamente mi mejor amigo. Nadie me ha comprendido jamás como tú.

—Apenas estamos en el comienzo de nuestra amistad, Dorian —respondió lord Henry, estrechándole la mano—. Adiós. Espero verte antes de las nueve y media. Recuerda que canta la Patti.

En cuanto cerró la puerta tras de sí, Dorian Gray tocó la campanilla, y a los pocos minutos apareció Víctor con las lámparas y bajó las cortinas. Aguardó impaciente a que se marchara: el criado parecía tomarse un tiempo interminable para todo.

Tan pronto hubo salido, corrió hacia el biombo y lo descorrió. No: no había ningún cambio nuevo en el lienzo. Había recibido la noticia de la muerte de Sibyl Vane antes de que él mismo la conociera: era consciente de los acontecimientos de la vida a medida que sucedían. La perversa crueldad que afeaba los finos trazos de la boca había aparecido, sin duda, en el instante exacto en que la muchacha ingería el veneno, fuese el que fuese. ¿O acaso permanecía indiferente a los resultados y se limitaba a registrar lo que acontecía en el interior del alma? Se preguntaba con asombro, y deseaba que algún día le fuera dado contemplar la mutación operándose ante sus propios ojos, estremeciéndose al concebir semejante anhelo.

¡Pobre Sibyl! ¡Qué romance había sido todo aquello! A menudo había imitado a la muerte en las tablas; luego la Muerte en persona la había tocado y se la había llevado consigo. ¿Cómo habría interpretado aquella última y espantosa escena? ¿Acaso lo había maldecido al morir? No: había muerto por amor a él, y el amor sería siempre para él un sacramento a partir de ahora. Ella lo había expiado todo con el sacrificio de su existencia. No volvería a pensar en lo que le había hecho padecer en aquella velada atroz en el teatro: cuando pensara en ella, lo haría como en una admirable figura trágica enviada al teatro del mundo para proclamar la realidad suprema del amor. ¿Una admirable figura trágica? Las lágrimas asomaron a sus ojos al recordar su aire de niña, sus modales seductores y caprichosos y su gracia tímida y temblorosa. Se las enjugó con premura y miró de nuevo el cuadro.

Sintió que había llegado verdaderamente el momento de elegir. ¿O acaso su elección estaba ya tomada? Sí: la vida lo había decidido por él; la vida y su propia curiosidad infinita acerca de la existencia. Eterna juventud, pasiones ilimitadas, placeres sutiles y secretos, goces desenfrenados y pecados aún más salvajes: todo aquello habría de pertenecerle. El retrato cargaría con el peso de su vergüenza: eso era todo.

Una punzada de dolor se apoderó de él al pensar en la profanación que le aguardaba al hermoso rostro del lienzo. En otro tiempo, en una burla adolescente a Narciso, había besado, o fingido besar, aquellos labios pintados que ahora le sonreían con tanta crueldad. Mañana tras mañana se había sentado ante el retrato maravillándose de su hermosura, casi enamorado de él, según le parecía a veces. ¿Habría de alterarse ahora con cada pasión a la que él se rindiera? ¿Habría de convertirse en una cosa monstruosa y abominable, digna de ser ocultada bajo llave en una estancia cerrada, privada de la luz solar que con tanta frecuencia había encendido en oro más brillante la ondulada maravilla de sus cabellos? ¡Qué lástima! ¡Qué infinita lástima!

Por un instante pensó en rezar para que cesara aquella horrible afinidad que existía entre él y la pintura. Había cambiado en respuesta a una plegaria: tal vez en respuesta a otra plegaria pudiera permanecer inalterada. Y sin embargo, ¿quién que supiese algo de la vida renunciaría a la oportunidad de permanecer eternamente joven, por fantástica que fuese esa ventura o por preñada de funestas consecuencias que estuviese? Además, ¿estaba verdaderamente bajo su dominio? ¿Había sido en verdad una súplica lo que había provocado la sustitución? ¿No mediaría acaso alguna extraña razón científica en todo aquello? Si el pensamiento podía ejercer su influjo sobre un organismo vivo, ¿no podría el pensamiento ejercer su influjo sobre las cosas muertas e inorgánicas? Más aún: aun sin mediar pensamiento ni deseo consciente, ¿no podían acaso las cosas exteriores a nosotros vibrar al unísono con nuestros humores y pasiones, llamándose átomo a átomo en un amor secreto o una extraña afinidad? Pero la causa carecía de importancia: jamás volvería a tentar mediante una plegaria a ningún poder terrible. Si el cuadro había de transformarse, se transformaría: eso era todo. ¿Por qué escudriñar con excesiva minuciosidad el misterio?

Pues habría un placer genuino en contemplarlo: le permitiría seguir a su propio espíritu hasta sus más recónditos escondrijos. Aquel retrato sería para él el más mágico de los espejos: al igual que le había revelado su propio cuerpo, así le desvelaría su propia alma. Y cuando el invierno cayera sobre él, él continuaría en aquel punto donde la primavera tiembla al borde del verano. Cuando la sangre huyera de aquel semblante dejándole una pálida máscara de tiza con ojos de plomo, él conservaría todo el fulgor de la juventud. Ni una sola flor de su hermosura se marchitaría jamás; ni un solo latido de su vida flaquearía. Como los dioses de los griegos, sería fuerte, ágil y gozoso. ¿Qué importaba lo que le aconteciese a la imagen coloreada sobre la tela? Él estaría a salvo: eso lo era todo.

Volvió a colocar el biombo en su sitio primitivo delante del cuadro, sonriendo al hacerlo, y pasó a su dormitorio, donde su ayuda de cámara lo aguardaba ya. Una hora más tarde se hallaba en la ópera, y lord Henry se inclinaba sobre su butaca.

Fin del Episodio 19 · de 41

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