El retrato de Dorian Gray·Episodio 18

Capítulo VIII · II

~10 min · 1974 palabras

—¡Harry, Harry, es espantoso! —exclamó el muchacho.

—Sí; es sumamente trágico, por supuesto, pero no debes mezclarte en ello. Veo en The Standard que tenía diecisiete años: yo la hubiera creído más joven todavía. Parecía una niña y parecía saber tan poco de interpretación. Dorian, no permitas que esto te desquicie los nervios: tienes que venir a cenar conmigo y luego nos dejaremos caer por la ópera. Es noche de Patti y estará allí todo el mundo: puedes venir al palco de mi hermana, que tiene consigo a señoras muy elegantes.

—De modo que he asesinado a Sibyl Vane —dijo Dorian Gray, casi para sí mismo—; la he asesinado con tanta seguridad como si le hubiera cortado el cuello con un cuchillo. Y sin embargo las rosas no son menos bellas por ello. Los pájaros cantan con la misma alegría en mi jardín. Y esta noche voy a cenar contigo, y luego iremos a la ópera y después cenaremos en alguna parte, supongo. ¡Qué extraordinariamente dramática es la vida! Si hubiera leído todo esto en un libro, Harry, creo que habría llorado. De algún modo, ahora que ha sucedido en la realidad, y a mí mismo, parece demasiado maravilloso para las lágrimas. He aquí la primera carta de amor apasionada que he escrito en mi vida: qué extraño que mi primera carta de amor apasionada haya ido dirigida a una mujer muerta. ¿Podrán sentir, me pregunto, esas criaturas blancas y silenciosas a las que llamamos los muertos? ¡Sibyl! ¿Puede sentir, o saber, o escuchar? ¡Oh, Harry, cómo la quise en otro tiempo! Ahora me parece cosa de hace años: ella lo era todo para mí. Luego sobrevino aquella noche terrible —¿fue de verdad anoche apenas?— en que actuó tan mal y casi se me partió el corazón. Me lo explicó todo: fue dolorosamente conmovedora, pero a mí no me conmovió lo más mínimo; la consideré frívola. De pronto sucedió algo que me infundió pavor. No puedo decirte qué fue, pero resultó espantoso. Me dije que volvería junto a ella; sentí que había obrado mal. Y ahora ha muerto. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Harry, ¿qué voy a hacer? Tú no conoces el peligro en que me encuentro, y ya no hay nada que me mantenga en el buen camino: ella lo habría hecho por mí. No tenía derecho a quitarse la vida: fue un acto egoísta de su parte.

—Mi querido Dorian —respondió lord Henry, sacando un cigarrillo de su pitillera y extrayendo una cerillera de latón dorado—, el único modo en que una mujer puede reformar a un hombre consiste en aburrirlo de tal manera que pierda todo el interés posible por la existencia. Si te hubieras casado con esa muchacha, habrías sido desgraciado. Por supuesto, la habrías tratado con benevolencia: siempre se puede ser benévolo con las personas que a uno no le importan nada. Pero pronto habría descubierto que le eras enteramente indiferente; y cuando una mujer descubre eso en su marido, o bien se vuelve espantosamente desaliñada o bien luce sombreros elegantísimos que el marido de otra tiene que pagar. No digo nada del error social que habría supuesto, que habría sido lamentable —y que, por descontado, yo no habría consentido—; pero te aseguro que, en cualquier caso, el asunto habría sido un fracaso total.

—Supongo que sí —murmuró el joven, paseando por la estancia sumamente pálido—. Pero creí que era mi deber: no es culpa mía que esta terrible tragedia me haya impedido obrar con rectitud. Recuerdo haberte oído decir una vez que las buenas resoluciones llevan consigo una fatalidad: que se toman siempre demasiado tarde. Las mías ciertamente llegaron tarde.

—Las buenas resoluciones son vanos intentos de entrometerse en las leyes de la ciencia. Su origen es la pura vanidad; su resultado es absolutamente nulo. Nos deparan, de cuando en cuando, esas emociones estériles y lujosas que poseen cierto encanto para los débiles: eso es todo cuanto puede decirse de ellas. Son simplemente cheques girados contra un banco donde no se tiene cuenta.

—Harry —exclamó Dorian Gray, acercándose y sentándose a su lado—, ¿por qué será que no puedo sentir esta tragedia tanto como desearía? No creo que carezca de corazón, ¿tú qué piensas?

—Has hecho demasiadas tonterías en los últimos quince días para tener derecho a darte ese título, Dorian —respondió lord Henry con su dulce y melancólica sonrisa.

El muchacho frunció el ceño. «No me gusta esa explicación, Harry», replicó, «pero me alegro de que no pienses que no tengo corazón: no carezco de él en absoluto, sé que no. Y sin embargo debo admitir que esto que ha ocurrido no me conmueve como debiera: me parece simplemente un desenlace maravilloso para una obra maravillosa. Posee toda la terrible belleza de una tragedia griega: una tragedia en la que desempeñé un papel primordial, pero que no me ha dejado herido».

—Es un problema interesante —dijo lord Henry, que hallaba un deleite exquisito en pulsar el egoísmo inconsciente del muchacho—; un problema de sumo interés. Me parece que la verdadera explicación es la siguiente: sucede con frecuencia que las tragedias reales de la vida ocurren de una manera tan poco artística que nos hieren por su violencia descarnada, su incoherencia absoluta, su absurda carencia de sentido y su total falta de estilo. Nos turban exactamente igual que nos turba la vulgaridad: nos producen la impresión de una fuerza bruta aplastante y nos rebelamos contra ella. A veces, sin embargo, cruza nuestra existencia una tragedia dotada de elementos artísticos de belleza; si estos elementos de belleza son genuinos, el conjunto apela sencillamente a nuestro sentido dramático. De súbito descubrimos que ya no somos los actores, sino los espectadores de la función; o más bien ambas cosas a la vez: nos contemplamos a nosotros mismos y la mera maravilla del espectáculo nos fascina. En el caso presente, ¿qué es lo que realmente ha ocurrido? Alguien se ha quitado la vida por amor a ti. ¡Ojalá hubiera tenido yo alguna vez semejante vivencia! Me habría hecho estar enamorado del amor por el resto de mis días. Las personas que me han adorado —no han sido muchísimas, pero sí algunas— han insistido siempre en seguir viviendo mucho después de que yo hubiese dejado de preocuparme por ellas, o ellas por mí. Se han vuelto gruesas y pesadas y, cuando me las encuentro, se entregan de inmediato a los recuerdos. ¡Esa memoria implacable de las mujeres! ¡Qué cosa tan aterradora! ¡Y qué estancamiento intelectual tan absoluto revela! Uno debería absorber el color de la vida, pero jamás recordar sus pormenores: los detalles son siempre vulgares.

—Debo sembrar amapolas en mi jardín —suspiró Dorian.

—No hay necesidad —repuso su compañero—. La vida lleva siempre amapolas en las manos. Desde luego, de cuando en cuando las cosas se prolongan: una temporada entera no me vestí más que de violeta, como una especie de luto artístico por un romance que se resistía a morir. Al cabo, sin embargo, murió; he olvidado qué lo mató: creo que fue el ofrecimiento de ella de sacrificar el mundo entero por mí. Ese es siempre un momento espantoso: le llena a uno con el terror de la eternidad. Bueno, ¿lo creerás?, hace una semana, en casa de lady Hampshire, me encontré sentado en la cena al lado de la dama en cuestión, y ella se empeñó en repasar todo de nuevo, desenterrando el pasado y removiendo el porvenir. Yo había sepultado mi idilio en un lecho de asfódelos; ella lo sacó otra vez a relucir y me aseguró que yo le había destrozado la vida. Debo hacer constar que devoró una cena pantagruélica, así que no sentí inquietud alguna; ¡pero qué falta de gusto demostró! El único encanto del pasado reside en que es pasado. Pero las mujeres no saben nunca cuándo ha caído el telón: reclaman siempre un sexto acto y, en cuanto el interés de la pieza ha terminado por completo, proponen continuarla. Si las dejaran salirse con la suya, toda comedia concluiría en tragedia y toda tragedia culminaría en farsa. Son primorosamente artificiales, pero carecen de sentido artístico. Tú has sido más afortunado que yo: te aseguro, Dorian, que ninguna de las mujeres que he conocido habría hecho por mí lo que Sibyl Vane hizo por ti. Las mujeres ordinarias siempre encuentran consuelo: algunas lo consiguen aficionándose a colores sentimentales. Desconfía siempre de una mujer que vista de malva, tenga la edad que tenga, o de una mujer de más de treinta y cinco años apasionada por las cintas rosas: siempre significa que tienen un pasado. Otras hallan un inmenso consuelo descubriendo de pronto las buenas cualidades de sus maridos: le restriegan a uno su dicha conyugal por la cara como si fuera el más seductor de los pecados. A algunas las consuela la religión: sus misterios poseen todo el atractivo de un devaneo amoroso, me confió una vez una dama, y puedo comprenderlo perfectamente. Además, nada enorgullece tanto a uno como que le digan que es un pecador: la conciencia nos convierte a todos en egoístas. Sí; en verdad no tienen fin los consuelos que las mujeres descubren en la vida moderna. De hecho, no he mencionado el más importante de todos.

—¿Cuál es ese, Harry? —dijo el muchacho con desgana.

—¡Oh!, el consuelo más evidente: quedarse con el admirador de otra cuando se pierde el propio. En la buena sociedad eso siempre rehabilita a una mujer. Pero en verdad, Dorian, ¡cuán distinta debió de ser Sibyl Vane de todas las mujeres que uno trata! Hay algo para mí verdaderamente hermoso en su muerte: me alegro de vivir en un siglo en el que suceden tales prodigios, pues nos hacen creer en la realidad de las cosas con las que todos jugamos, tales como la pasión, el romance y el amor.

—Fui terriblemente cruel con ella. Olvidas eso.

—Temo que las mujeres aprecian la crueldad, la crueldad declarada, más que ninguna otra cosa: tienen instintos prodigiosamente primitivos. Las hemos emancipado, pero siguen siendo esclavas en busca de dueño a pesar de todo; les encanta ser dominadas. Estoy seguro de que estuviste soberbio: jamás te he visto enfadado de verdad y con rabia, pero puedo imaginar qué aspecto tan delicioso debías de tener. Y, después de todo, me dijiste anteayer algo que en su momento me pareció una simple fantasía poética, pero que ahora veo que era rigurosamente cierto y encierra la clave de todo.

—¿Qué fue eso, Harry?

—Me dijiste que Sibyl Vane encarnaba para ti a todas las heroínas del romance: que era Desdémona una noche y Ofelia la siguiente; que si moría como Julieta, resucitaba como Imogen.

—Ya no volverá a resucitar jamás —murmuró el joven, hundiendo el rostro entre las manos.

—No, jamás volverá a la vida: ha interpretado su último papel. Pero debes contemplar esa muerte solitaria en el sórdido camerino simplemente como un extraño y sombrío fragmento de alguna tragedia jacobina, como una escena sublime de Webster, de Ford o de Cyril Tourneur. La muchacha jamás vivió en la realidad y, por consiguiente, jamás ha muerto en verdad: para ti al menos fue siempre un sueño, una sombra que cruzaba por los dramas de Shakespeare dejándolos más hermosos con su presencia, una caña a través de la cual la música de Shakespeare resonaba más honda y colmada de alegría. En el instante en que rozó la vida real la mancilló, y la vida la quebrantó a ella, y así se extinguió. Llora por Ofelia, si te place; cúbrete la cabeza de ceniza porque Cordelia fue estrangulada; clama contra el cielo porque la hija de Brabancio pereció; pero no malgastes tus lágrimas por Sibyl Vane: ella era menos real que todas ellas.

Se hizo el silencio. La tarde fue oscureciendo la estancia. Sin ruido, con pies de plata, las sombras penetraron desde el jardín. Los colores fueron desvaneciéndose fatigosamente de las cosas.

Fin del Episodio 18 · de 41

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