El retrato de Dorian Gray·Episodio 17

Capítulo VIII · I

~10 min · 1982 palabras

Pasaba ya mucho del mediodía cuando despertó. Su ayuda de cámara había entrado de puntillas varias veces en la alcoba para ver si se movía, preguntándose qué hacía dormir hasta tan tarde a su joven señor. Por fin sonó la campanilla y Víctor entró con sigilo portando una taza de té y un montón de cartas en una pequeña bandeja de antigua porcelana de Sèvres, y descorrió las cortinas de raso aceituna con brillante forro azul que cubrían los tres altos ventanales.

—El señor ha dormido bien esta mañana —dijo sonriendo.

—¿Qué hora es, Víctor? —preguntó Dorian Gray soñoliento.

—La una y cuarto, señor.

¡Qué tarde era! Se incorporó y, tras beber unos sorbos de té, examinó la correspondencia. Una de las cartas procedía de lord Henry y había sido entregada en mano aquella mañana. Vaciló un instante y la dejó a un lado. Abrió las demás con indolencia: contenían la habitual cosecha de tarjetas de visita, invitaciones a cenar, entradas para inauguraciones privadas, programas de conciertos benéficos y cosas por el estilo con que se colma a los jóvenes distinguidos cada mañana durante la temporada londinense. Había una factura bastante abultada por un juego de tocador de plata cincelada estilo Luis XV que aún no había tenido el valor de remitir a sus tutores, que eran personas extremadamente anticuadas y no acababan de comprender que vivimos en una época en que las cosas innecesarias son nuestras únicas necesidades; y había también varias comunicaciones redactadas en términos muy corteses de prestamistas de Jermyn Street que se ofrecían a adelantarle cualquier suma de dinero de inmediato y a los tipos de interés más ventajosos.

Al cabo de unos diez minutos se levantó y, echándose encima una primorosa bata de lana de cachemira bordada en seda, pasó al cuarto de baño solado de ónice. El agua fresca lo reanimó tras su largo sueño: pareció olvidar todo cuanto había acontecido. Una vaga sensación de haber intervenido en una extraña tragedia lo asaltó una o dos veces, pero revestida de la irrealidad de un sueño.

En cuanto estuvo vestido pasó a la biblioteca y se sentó ante un ligero desayuno francés dispuesto para él en una mesita redonda junto a la ventana abierta. Era un día exquisito: el aire tibio parecía cargado de especias. Una abeja penetró en la estancia y revoloteó en torno al cuenco con dragones azules que, repleto de rosas amarillo azufre, reposaba frente a él. Se sentía perfectamente feliz.

De pronto su mirada tropezó con el biombo que había colocado delante del retrato, y se sobresaltó.

—¿Demasiado frío para el señor? —preguntó el criado, depositando una tortilla en la mesa—. ¿Cierro la ventana?

Dorian sacudió la cabeza. «No tengo frío», murmuró.

¿Era todo verdad? ¿Había cambiado verdaderamente el retrato? ¿O había sido tan solo su propia imaginación lo que le había hecho ver una expresión de maldad donde solo había habido una expresión de alegría? Desde luego, un lienzo pintado no podía transformarse: la cosa era absurda. Serviría como anécdota para contársela a Basil algún día y hacerle sonreír.

Y, con todo, ¡qué vivo conservaba el recuerdo de lo ocurrido! Primero en la penumbra del crepúsculo y luego en la luminosa aurora, había contemplado el rasgo de crueldad en los labios deformados. Casi temía que su criado saliera de la estancia: sabía que en cuanto se quedara solo se vería obligado a examinar el cuadro. Temía la certidumbre. Cuando le hubieron servido el café y los cigarrillos y el hombre se disponía a marcharse, sintió un deseo desesperado de rogarle que se quedara. Cuando la puerta ya se cerraba tras de sí, lo llamó: el ayuda de cámara aguardó sus órdenes. Dorian lo miró durante un instante: «No estoy para nadie hoy, Víctor», dijo suspirando. El hombre hizo una reverencia y se retiró.

Entonces se levantó de la mesa, encendió un cigarrillo y se dejó caer en un sofá lujosamente mullido situado frente al biombo. El biombo era antiguo, de cordobán dorado, repujado y labrado con un dibujo bastante florido estilo Luis XIV. Lo examinó con curiosidad, preguntándose si alguna vez en el pasado habría ocultado ya el secreto de la vida de un hombre.

¿Debía apartarlo, después de todo? ¿Por qué no dejarlo en su sitio? ¿De qué servía saberlo? Si la cosa era cierta, resultaba terrible; si no lo era, ¿por qué atormentarse? Pero ¿y si, por algún azar del destino o una fatalidad más mortífera, otros ojos que no fuesen los suyos atisbaban detrás y descubrían la espantosa alteración? ¿Qué haría si se presentaba Basil Hallward pidiendo contemplar su propia pintura? Basil lo haría sin duda alguna. No: había que examinar el cuadro, y de inmediato. Cualquier cosa era preferible a aquella zozobra insoportable.

Se levantó y echó la llave a las dos puertas: al menos estaría a solas cuando contemplara la máscara de su vergüenza. Luego descorrió el biombo y se vio cara a cara. Era rigurosamente cierto: el retrato se había transformado.

Como a menudo recordaría más adelante, y siempre con no escaso asombro, descubrió que al principio contemplaba el lienzo con una curiosidad casi científica. Que se hubiera producido semejante mutación le parecía inconcebible. Y, no obstante, era un hecho palpable. ¿Existía acaso alguna sutil afinidad entre los átomos químicos que cobraban forma y color sobre la tela y el alma que habitaba en su pecho? ¿Podía ser que lo que aquella alma pensaba, ellos lo plasmaran; que lo que ella soñaba, ellos lo convirtieran en realidad? ¿O mediaba alguna otra razón más terrible? Se estremeció de espanto y, regresando al sofá, se tendió sobre él contemplando el cuadro con un horror nauseabundo.

Una cosa, sin embargo, sintió que el cuadro había hecho por él: le había hecho comprender cuán injusto y cuán cruel había sido con Sibyl Vane. No era demasiado tarde para reparar aquello: ella aún podía ser su esposa. Su amor egoísta e ilusorio cedería ante una influencia más sublime, se transfiguraría en una pasión más noble, y el lienzo que Basil Hallward le había pintado le serviría de guía a lo largo de la vida, siéndole lo que la santidad es para unos, la conciencia para otros y el temor de Dios para todos nosotros. Existían lenitivos para el remordimiento, drogas capaces de adormecer el juicio moral; pero allí tenía ante sí un símbolo patente de la degradación del pecado, una señal constante de la ruina que los hombres atraen sobre sus almas.

Dieron las tres, luego las cuatro, y la media hora resonó con su doble campanada, pero Dorian Gray no se movió. Procuraba enlazar los hilos escarlatas de la existencia y tejerlos en un diseño coherente; abrirse paso a través del laberinto sangriento de la pasión por donde vagaba. No sabía qué hacer ni qué pensar. Finalmente se acercó a la mesa y escribió una carta apasionada a la muchacha que había amado, implorándole perdón y acusándose a sí mismo de demencia. Cubrió pliego tras pliego con palabras desesperadas de aflicción y frases más desesperadas de dolor. Hay cierto deleite voluptuoso en el autorreproche: cuando nos culpamos a nosotros mismos, sentimos que nadie más tiene derecho a culparnos. Es la confesión, y no el sacerdote, lo que nos otorga la absolución. Cuando Dorian concluyó la misiva, sintió que ya había sido perdonado.

De pronto llamaron a la puerta y oyó la voz de lord Henry al otro lado: «Mi querido muchacho, tengo que verte. Déjame entrar en seguida: no puedo soportar que te encierres de este modo».

Al principio no respondió, permaneciendo inmóvil. Los golpes prosiguieron haciéndose más fuertes. Sí: era preferible franquearle la entrada a lord Henry y exponerle la nueva vida que pensaba emprender; discutir con él si la discusión resultaba forzosa; romper si la ruptura era inevitable. Se levantó de un salto, corrió apresuradamente el biombo ante el cuadro y abrió la puerta.

—Siento muchísimo todo esto, Dorian —dijo lord Henry al entrar—. Pero no debes cavilar demasiado sobre el asunto.

—¿Te refieres a lo de Sibyl Vane? —preguntó el muchacho.

—Sí, desde luego —respondió lord Henry, dejándose caer en un sillón y quitándose despacio los guantes amarillos—. Es espantoso desde cierto punto de vista, pero no fue culpa tuya. Dime, ¿fuiste a verla entre bastidores al terminar la función?

—Sí.

—Estaba seguro de que lo habías hecho. ¿Tuviste una escena con ella?

—Fui brutal, Harry: un perfecto salvaje. Pero ahora todo está arreglado: no me pesa nada de lo ocurrido, porque me ha servido para conocerme mejor.

—¡Ah, Dorian, me alegro tanto de que lo tomes así! Temía encontrarte sumido en el remordimiento y mesándote esa hermosa cabellera rizada tuya.

—Ya he superado todo eso —dijo Dorian sacudiendo la cabeza y sonriendo—. Ahora soy completamente feliz. Para empezar, ya sé lo que es la conciencia: no es lo que tú me decías, sino lo más divino que hay en nosotros. No te burles más de ella, Harry... al menos no delante de mí. Quiero ser bueno: no puedo soportar la idea de que mi alma sea monstruosa.

—¡Un fundamento artístico sumamente seductor para la moral, Dorian! Te felicito por él. Pero ¿por dónde vas a empezar?

—Casándome con Sibyl Vane.

—¡Casándote con Sibyl Vane! —exclamó lord Henry, poniéndose en pie y contemplándolo con perplejo asombro—. Pero, mi querido Dorian...

—Sí, Harry, ya sé lo que vas a decir: alguna atrocidad sobre el matrimonio. No lo digas: no vuelvas a decirme cosas semejantes jamás. Hace dos días le pedí a Sibyl que se casara conmigo y no voy a faltar a mi palabra: ella será mi esposa.

—¡Tu esposa! ¡Dorian!... ¿Es que no recibiste mi carta? Te escribí esta mañana y te envié la nota con mi propio criado.

—¿Tu carta? Ah, sí, la recuerdo. No la he leído todavía, Harry: temía que contuviera algo desagradable. Haces pedazos la vida con tus paradojas.

—¿No sabes nada, entonces?

—¿Qué quieres decir?

Lord Henry cruzó la estancia y, sentándose al lado de Dorian Gray, tomó ambas manos del muchacho entre las suyas estrechándolas con fuerza. «Dorian», dijo, «mi carta —no te asustes— era para decirte que Sibyl Vane ha muerto».

Un grito de dolor brotó de los labios del joven, que se puso en pie de un salto soltándose de las manos de lord Henry. «¡Muerta! ¡Sibyl muerta! ¡No es verdad! ¡Es una mentira atroz! ¿Cómo te atreves a decir semejante cosa?»

—Es rigurosamente cierto, Dorian —dijo lord Henry con gravedad—. Aparece en todos los periódicos de la mañana. Te escribí pidiéndote que no recibieras a nadie hasta que yo viniera. Se celebrará una investigación judicial, por supuesto, y tú no debes verte envuelto en ella. Esas cosas ponen de moda a un hombre en París, pero en Londres la gente está cargada de prejuicios: aquí nunca debe uno hacer su debut con un escándalo; conviene reservarlo para dar interés a la vejez. Supongo que no conocen tu nombre en el teatro: si es así, no hay problema. ¿Te vio alguien entrar en su camerino? Ese es un detalle primordial.

Dorian no respondió durante unos instantes: estaba aturdido por el horror. Por fin balbuceó con voz sofocada: «Harry, ¿has dicho una investigación judicial? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Acaso Sibyl...? ¡Oh, Harry, no puedo soportarlo! Pero date prisa: cuéntamelo todo de inmediato».

—No tengo la menor duda de que no fue un accidente, Dorian, aunque así haya de presentarse al público. Parece ser que cuando salía del teatro con su madre, hacia las doce y media o cosa así, dijo que había olvidado algo arriba. Aguardaron un rato a que bajara, pero no regresó. Al cabo la encontraron tendida, muerta, sobre el suelo de su camerino: había ingerido algo por equivocación, algún producto espantoso de los que emplean en los teatros. No sé qué era, pero contenía o bien ácido prúsico o albayalde. Me inclino a pensar que fue ácido prúsico, puesto que debió de morir de manera instantánea.

Fin del Episodio 17 · de 41

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