Capítulo VII · I
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Por una u otra razón, la sala estaba abarrotada aquella noche, y el gordo empresario judío que los recibió a la puerta sonreía de oreja a oreja con una mueca viscosa y temblorosa. Los condujo a su palco con una especie de pomposa humildad, agitando sus manos regordetas y enjoyadas y hablando con la voz más potente que pudo. Dorian Gray lo aborreció más que nunca: sintió como si hubiera ido en busca de Miranda y le hubiera salido al paso Calibán. A lord Henry, por el contrario, le cayó más bien en gracia. Al menos declaró que le agradaba, e insistió en estrecharle la mano y asegurarle que se sentía orgulloso de conocer a un hombre que había descubierto a un genio verdadero y se había arruinado por un poeta. Hallward se entretuvo contemplando los rostros del patio de butacas. El bochorno era terriblemente opresivo, y la inmensa lámpara de gas ardía como una dalia monstruosa de pétalos de fuego amarillo. Los muchachos del paraíso se habían quitado las chaquetas y los chalecos, colgándolos de la barandilla. Hablaban a gritos de un lado a otro del teatro y compartían naranjas con las muchachas pintarrajeadas sentadas a su lado. Varias mujeres reían en el patio de butacas con carcajadas horriblemente chillonas y discordantes. Desde el bar llegaba el estampido de los descorches.
—¡Qué lugar para hallar a la propia divinidad! —dijo lord Henry.
—¡Sí! —respondió Dorian Gray—. Fue aquí donde la encontré, y ella es divina por encima de todas las cosas vivientes. Cuando actúe, lo olvidaréis todo. Esta gente común y ruda, con sus rostros toscos y sus modales brutales, se transforma enteramente cuando ella pisa el escenario. Permanecen sentados en silencio contemplándola; lloran y ríen según ella dispone. Los vuelve tan sensibles como un violín. Los espiritualiza, y uno siente que son de la misma carne y la misma sangre que uno mismo.
—¡De la misma carne y la misma sangre que uno mismo! ¡Oh, espero que no! —exclamó lord Henry, que examinaba a los ocupantes del paraíso con sus gemelos de teatro.
—No le hagas ningún caso, Dorian —dijo el pintor—. Comprendo lo que quieres decir, y tengo fe en esa muchacha. Cualquiera a quien tú ames ha de ser maravillosa, y cualquier joven capaz de producir el efecto que describes debe de ser noble y exquisita. Espiritualizar a la propia época: esa sí es una empresa digna de vivirse. Si esta muchacha puede insuflar un alma a quienes han vivido desprovistos de ella, si es capaz de suscitar el sentido de la belleza en gentes cuyas vidas han sido sórdidas y feas, si logra despojarlos de su egoísmo y prestarles lágrimas para pesares que no son los suyos, es digna de toda tu adoración y digna de la veneración del mundo. Este matrimonio es del todo acertado: al principio no lo creía, pero lo reconozco ahora. Los dioses modelaron a Sibyl Vane para ti. Sin ella habrías quedado incompleto.
—Gracias, Basil —respondió Dorian Gray, apretándole la mano—. Sabía que tú me comprenderías. Harry es tan cínico que me aterra. Pero he aquí la orquesta: es espantosa, pero solo dura unos cinco minutos. Luego se alzará el telón y veréis a la mujer a quien voy a entregar toda mi vida, a quien he entregado todo lo que hay de bueno en mí.
Un cuarto de hora después, en medio de un formidable tumulto de aplausos, Sibyl Vane pisó las tablas. Sí, sin duda era primorosa de contemplar: una de las criaturas más hermosas, pensó lord Henry, que jamás hubiera visto. Había algo cerval en su gracia esquiva y en sus ojos asustadizos. Un tenue rubor, como la sombra de una rosa en un espejo de plata, asomó a sus mejillas al contemplar la sala abarrotada y entusiasta. Retrocedió un par de pasos y sus labios parecieron temblar. Basil Hallward se puso de pie de un salto y comenzó a aplaudir. Inmóvil, y como sumido en un sueño, permanecía Dorian Gray mirándola. Lord Henry observaba a través de sus lentes murmurando: «¡Encantadora! ¡Encantadora!»
La escena representaba el salón de la mansión de los Capuleto, y Romeo, con su atuendo de peregrino, había hecho su entrada con Mercucio y sus demás amigos. La banda de música, tal como era, entonó unos compases y dio comienzo la danza. A través de la comparsa de actores desgarbados y pobremente vestidos, Sibyl Vane se movía como una criatura venida de un mundo más refinado. Su cuerpo oscilaba, mientras bailaba, como se mece una planta en el agua. Las curvas de su cuello eran las de un lirio blanco. Sus manos parecían talladas en marfil fresco.
Y, sin embargo, se mostraba extrañamente indolente. No dio la menor señal de júbilo cuando sus ojos se posaron en Romeo. Las escasas palabras que debía pronunciar...
«Si con mi indigna mano profano tan santo relicario, / este es el piadoso castigo: / mis labios, dos peregrinos avergonzados, están prestos / a borrar el áspero contacto con un tierno beso».
junto con el breve diálogo subsiguiente, fueron pronunciadas de un modo enteramente afectado. La voz era exquisita, pero desde el punto de vista de la entonación resultaba absolutamente falsa. Tenía un timbre equivocado: despojaba de toda vida al verso y convertía la pasión en algo irreal.
Dorian Gray palideció al contemplarla. Estaba perplejo y angustiado. Ninguno de sus dos amigos se atrevió a decirle palabra. Les parecía absolutamente inepta: la decepción fue terrible.
Con todo, consideraban que la verdadera prueba de fuego para cualquier Julieta residía en la escena del balcón del segundo acto. Aguardaron a verla: si fracasaba allí, no había nada en ella.
Apareció encantadora bajo el resplandor de la luna: eso no cabía negarlo. Pero la falsedad teatral de su interpretación resultaba insufrible, y fue empeorando conforme avanzaba la escena. Sus ademanes se volvieron absurdamente fingidos; recargaba el énfasis de todo lo que decía. El hermoso pasaje:
«Bien sabes que el velo de la noche cubre mi rostro; / de lo contrario, un virginal rubor teñiría mis mejillas / por lo que me has oído decir esta noche».
fue declamado con la dolorosa precisión de una colegiala a quien ha enseñado a recitar algún oscuro profesor de declamación. Cuando se asomó al balcón y llegó a aquellos versos sublimes:
«Aunque en ti hallo mi dicha, no me gozo en nuestro pacto esta noche: / es demasiado brusco, imprudente y repentino; / demasiado parecido al relámpago, que cesa antes / de que uno pueda decir: «¡Albricias!». ¡Amor, buenas noches! / Este capullo de amor, madurado por el hálito estival, / tal vez sea hermosa flor cuando volvamos a vernos».
pronunció las palabras como si carecieran del menor significado para ella. No se trataba de timidez nerviosa; en verdad, lejos de estar nerviosa, se mostraba del todo dueña de sí misma. Era simple y llanamente mal arte: un fracaso absoluto.
Incluso el público vulgar y desprovisto de cultura del patio y del paraíso perdió todo interés por la representación. Se volvieron inquietos y comenzaron a hablar en voz alta y a silbar. El empresario judío, que permanecía al fondo del anfiteatro, pateaba y maldecía de rabia. La única persona impasible era la muchacha.
Al concluir el segundo acto sobrevino una tormenta de silbidos, y lord Henry se levantó de su butaca y se puso el abrigo. «Es muy hermosa, Dorian», dijo, «pero no sabe actuar. Vámonos».
—Voy a ver la obra hasta el final —respondió el muchacho con voz dura y amarga—. Lamento infinitamente haberos hecho perder la velada, Harry. Os pido perdón a los dos.
—Mi querido Dorian, me atrevería a decir que la señorita Vane está enferma —interrumpió Hallward—. Vendremos alguna otra noche.
—¡Ojalá estuviera enferma! —replicó él—. Pero me parece simplemente insensible y fría. Se ha transformado por completo: anoche era una gran artista; esta noche no pasa de ser una cómica vulgar y mediocre.
—No hables así de nadie a quien ames, Dorian. El amor es algo mucho más maravilloso que el arte.
—Ambos no son más que formas de imitación —observó lord Henry—. Pero vámonos, por favor. Dorian, no debes permanecer aquí un minuto más: no es bueno para la moral presenciar malas actuaciones. Además, supongo que no querrás que tu mujer trabaje en el teatro, de modo que ¿qué importa si interpreta a Julieta como una muñeca de madera? Es sumamente hermosa, y si sabe de la vida tan poco como sabe de arte dramático, resultará una experiencia deliciosa. Solo existen dos clases de personas verdaderamente fascinantes: las que lo saben absolutamente todo y las que no saben absolutamente nada. ¡Cielo santo, mi querido muchacho, no pongas esa cara tan trágica! El secreto para conservarse joven radica en no experimentar jamás una emoción que resulte poco favorecedora. Ven al club con Basil y conmigo: fumaremos cigarrillos y brindaremos por la belleza de Sibyl Vane. Ella es hermosa: ¿qué más puedes pedir?
—¡Marchaos, Harry! —exclamó el mozo—. Quiero estar solo. Basil, tienes que irte. ¡Ah, es que no veis que se me está partiendo el corazón! —las lágrimas ardientes asomaron a sus ojos. Sus labios temblaron y, corriendo hacia el fondo del palco, se apoyó contra la pared ocultando el rostro entre las manos.
—Vámonos, Basil —dijo lord Henry con una extraña ternura en la voz, y los dos amigos salieron juntos.
Unos instantes más tarde se encendieron las candilejas y se alzó el telón para el tercer acto. Dorian Gray volvió a su asiento. Lucía pálido, orgulloso e indiferente. La representación se arrastró de manera interminable. La mitad del público abandonó la sala, pisando fuerte con sus pesadas botas y riéndose. Todo fue un fiasco consumado. El último acto se representó ante bancos casi desiertos. El telón cayó entre risitas burlonas y algunos abucheos.
Tan pronto concluyó la función, Dorian Gray corrió entre bastidores hacia el foso de actores. La muchacha permanecía allí sola, con una expresión de triunfo en el semblante. Sus ojos brillaban con un fuego exquisito. Flotaba un fulgor a su alrededor. Sus labios entreabiertos sonreían ante algún secreto íntimo.
Cuando él entró, ella lo miró y una dicha infinita iluminó sus facciones. «¡Qué mal he actuado esta noche, Dorian!», exclamó.
—¡Horriblemente! —respondió él, mirándola con asombro—. ¡Horriblemente! Ha sido espantoso. ¿Estás enferma? No tienes idea de lo que ha sido: no imaginas lo que he sufrido.
La muchacha sonrió. «Dorian», respondió ella, recreándose en su nombre con una cadencia prolongada en la voz, como si fuera más dulce que la miel para los pétalos rojos de su boca. «Dorian, debiste haberlo comprendido. Pero lo comprendes ahora, ¿verdad?».
—¿Comprender qué? —preguntó él, irritado.
—Por qué he estado tan mal esta noche. Por qué estaré siempre mal. Por qué jamás volveré a actuar bien.
Él se encogió de hombros. «Estás enferma, supongo. Y cuando una está enferma no debe actuar: haces el ridículo. Mis amigos se han aburrido como ostras. Yo me he aburrido».
Ella pareció no escucharlo: estaba transfigurada de gozo. Un éxtasis de felicidad la dominaba por entero.
—¡Dorian, Dorian! —exclamó—. Antes de conocerte a ti, el teatro era la única realidad de mi vida. Solo en el escenario vivía. Creía que todo aquello era verdad: era Rosalinda una noche y Porcia la siguiente. La alegría de Beatriz era mi propia alegría, y los pesares de Cordelia eran también los míos. Creía en todo: los humildes actores que actuaban a mi lado me parecían semejantes a dioses; los decorados pintados constituían mi mundo. No conocía más que sombras, y las juzgaba reales. Llegaste tú —¡oh, mi hermoso amor!— y liberaste mi alma de su prisión. Me enseñaste lo que es verdaderamente la realidad. Esta noche, por primera vez en mi vida, he comprendido la vacuidad, la farsa y la necedad del simulacro hueco en el que siempre había actuado. Esta noche, por primera vez, fui consciente de que Romeo era horrible, viejo y pintarrajeado; de que la luz de luna en el huerto era falsa; de que el decorado era vulgar y de que las palabras que me tocaba pronunciar eran irreales, no eran mis palabras, no eran lo que yo deseaba expresar. Tú me habías traído algo más sublime, algo de lo cual todo el arte no es más que un pálido reflejo. ¡Me habías hecho comprender lo que es verdaderamente el amor! ¡Amor mío! ¡Amor mío! ¡Príncipe Azul! ¡Príncipe de la vida! Me he cansado de las sombras. Eres para mí más de lo que todo el arte podrá ser jamás. ¿Qué tengo yo que ver con los títeres de una farsa? Cuando salí a escena esta noche, no lograba comprender cómo todo se había desvanecido en mí: creí que iba a estar magnífica, y descubrí que no podía hacer nada. De pronto iluminó mi alma el sentido de todo aquello: la revelación me resultó exquisita. Los oí silbar y sonreí: ¿qué podían saber ellos de un amor como el nuestro? Llévame lejos, Dorian... llévame contigo adonde podamos estar enteramente a solas. Detesto las tablas. Podría fingir una pasión que no siento, pero no puedo fingir una que me consume como el fuego. ¡Oh, Dorian, Dorian! ¿Comprendes ahora lo que significa? Aunque pudiera hacerlo, constituiría una profanación ponerme a jugar a estar enamorada. Tú me has hecho ver eso.
Él se dejó caer sobre el sofá volviendo el rostro. «Has matado mi amor», murmuró.
Ella lo miró con asombro y echó a reír. Él no respondió. Ella cruzó la estancia hacia él y con sus pequeños dedos le acarició el cabello. Se arrodilló y le apretó las manos contra los labios. Él las apartó con brusquedad, recorrido por un escalofrío.
Luego se puso en pie de un salto y fue hacia la puerta. «¡Sí!», exclamó. «Has matado mi amor. Antes despertabas mi fantasía: ahora ni siquiera despiertas mi curiosidad. Sencillamente no me produces el menor efecto. Te amaba porque eras maravillosa, porque poseías genio e inteligencia, porque dabas vida a los sueños de los grandes poetas y prestabas forma y sustancia a las sombras del arte. Lo has arrojado todo por la borda: eres frívola y estúpida. ¡Dios mío! ¡Qué loco estaba al amarte! ¡Qué insensato he sido! Ya no eres nada para mí: jamás volveré a verte, jamás volveré a pensar en ti, jamás pronunciaré tu nombre. No sabes lo que fuiste para mí en otro tiempo... Sí, en otro tiempo... ¡Oh, no puedo soportar pensar en ello! ¡Ojalá no te hubiera visto jamás! Has arruinado el romance de mi vida. ¡Qué poco puedes saber del amor si afirmas que estropea tu arte! Sin tu arte, no eres nada. Te habría hecho famosa, espléndida, magnífica: el mundo te habría adorado y habrías llevado mi nombre. ¿Qué eres ahora? Una actriz de tercera fila con una cara bonita».
Fin del Episodio 15 · de 41
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