Capítulo IV · III
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Era consciente —y el pensamiento encendió un destello de placer en sus ojos de ágata castaña— de que era gracias a ciertas palabras suyas, palabras musicales pronunciadas con cadencia melodiosa, como el alma de Dorian Gray se había vuelto hacia aquella muchacha pálida y se había postrado en adoración ante ella. En gran medida, el muchacho era una creación propia. Lo había hecho madurar prematuramente. Ya era algo. La gente común aguardaba a que la vida les desvelara sus secretos, pero a los pocos, a los elegidos, los misterios de la vida se les revelaban antes de que el velo fuera descorrido. A veces esto era efecto del arte, y principalmente del arte de la literatura, que trataba de manera inmediata con las pasiones y el intelecto. Pero de cuando en cuando una personalidad compleja ocupaba el lugar del arte y asumía su función; era en verdad, a su modo, una auténtica obra de arte, pues la vida tiene sus elaboradas obras maestras, al igual que las tiene la poesía, la escultura o la pintura.
Sí, el muchacho era prematuro. Recogía su cosecha mientras aún era primavera. El pulso y la pasión de la juventud latían en él, pero empezaba a ser consciente de sí mismo. Era delicioso contemplarlo. Con su hermoso rostro y su hermosa alma, era una maravilla digna de asombro. Poco importaba cómo concluyera todo o qué destino le aguardara. Se asemejaba a una de esas graciosas figuras de un desfile o de un drama, cuyas alegrías parecen lejanas a uno, pero cuyos pesares estimulan el sentido de la belleza, y cuyas heridas son como rosas rojas.
Alma y cuerpo, cuerpo y alma: ¡qué misteriosos resultaban! Había animalidad en el alma, y el cuerpo gozaba de sus instantes de espiritualidad. Los sentidos podían refinarse, y el intelecto podía degradarse. ¿Quién podía asegurar dónde cesaba el impulso carnal o comenzaba el impulso psíquico? ¡Qué superficiales eran las definiciones arbitrarias de los psicólogos ordinarios! ¡Y, sin embargo, qué difícil resultaba decidir entre las pretensiones de las diversas escuelas! ¿Era el alma una sombra aposentada en la morada del pecado? ¿O estaba el cuerpo verdaderamente en el alma, como pensaba Giordano Bruno? La separación del espíritu respecto a la materia era un misterio, y la unión del espíritu con la materia era igualmente un misterio.
Comenzó a preguntarse si alguna vez lograríamos hacer de la psicología una ciencia tan exacta que cada pequeño resorte de la vida nos fuera revelado. En el estado actual, siempre nos malinterpretábamos a nosotros mismos y rara vez comprendíamos a los demás. La experiencia carecía de valor ético: no era más que el nombre que los hombres daban a sus equivocaciones. Por regla general, los moralistas la habían considerado una forma de advertencia, le habían atribuido cierta eficacia moral en la formación del carácter, la habían elogiado como algo que nos enseñaba qué camino seguir y nos mostraba qué debíamos evitar. Pero no había fuerza motriz en la experiencia. Era tan poco una causa activa como la propia conciencia. Todo lo que realmente demostraba era que nuestro porvenir sería igual a nuestro pasado, y que el pecado que habíamos cometido una vez con aversión, lo cometeríamos muchas veces más con regocijo.
Le resultaba evidente que el método experimental era el único camino mediante el cual se podía alcanzar algún análisis científico de las pasiones; y ciertamente Dorian Gray era un sujeto hecho a su medida, que parecía prometer resultados copiosos y fecundos. Su súbito y enloquecido amor por Sibyl Vane era un fenómeno psicológico de no escaso interés. No cabía duda de que la curiosidad tenía mucho que ver en ello; curiosidad y afán de sensaciones nuevas; y, no obstante, no era una pasión simple, sino muy compleja. Lo que en ella había de puro instinto sensorial propio de la adolescencia había sido transformado por la acción de la fantasía, trocado en algo que al muchacho mismo le parecía ajeno a los sentidos, y que por esa misma razón resultaba aún más peligroso. Eran las pasiones sobre cuyo origen nos engañábamos las que nos tiranizaban con mayor fuerza. Nuestros impulsos más débiles eran aquellos de cuya naturaleza éramos conscientes. A menudo sucedía que, creyendo experimentar sobre los demás, en realidad experimentábamos sobre nosotros mismos.
Mientras lord Henry soñaba con estas cosas, llamaron a la puerta y entró su criado para recordarle que era hora de vestirse para la cena. Se levantó y miró hacia la calle. La puesta de sol había bañado en oro escarlata las ventanas superiores de las casas de enfrente. Los cristales resplandecían como planchas de metal al rojo. El cielo sobre ellas semejaba una rosa marchita. Pensó en la vida joven y ardiente de su amigo y se preguntó cómo iba a terminar todo.
Cuando regresó a casa, hacia las doce y media de la noche, vio un telegrama sobre la mesa del vestíbulo. Lo abrió y comprobó que era de Dorian Gray. Venía a anunciarle que se había comprometido para casarse con Sibyl Vane.
Fin del Episodio 10 · de 41
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