El mar que nadie mira·Episodio 03

La botella de cera roja

~4 min · 832 palabras

Del fondo de un arcón de madera de cedro amargo envuelto en sacos de sal marina, Remedios extrajo un frasco pequeño, no más largo que el dedo índice de un hombre, soplado en vidrio grueso con un tono verde musgo casi opaco.

El tapón estaba sellado con una capa gruesa de cera roja de abejas de monte, sobre la cual alguien había impreso la huella dactilar de un pulgar pequeño.

—Tu madre nació en este rancho una noche de marea muerta de 1953 —dijo la anciana, colocando el frasco sobre la palma abierta de Camilo—. Se llamaba Jacinta. Tenía diecinueve años cuando te tuvo a ti en el hospital de Maicao y le dio la fiebre puerperal que se la llevó en tres días. Antes de que la ambulancia se la llevara en la trocha, salió a este porche descalza, con el camisón de dormir empapado en sudor, y sopló dentro de este vidrio.

Camilo sintió que el frasco le quemaba la piel. Durante treinta años había crecido con una sola fotografía borrosa de su madre en la mesa de noche: un retrato de carné en blanco y negro donde una muchacha seria, con el pelo negro recogido en dos trenzas wayúu, miraba al objetivo sin sonreír.

En la familia nadie hablaba de Jacinta. Decían que recordar a los que mueren jóvenes en el parto atrae los vientos malos de la serranía, esos que tuercen la boca de los niños dormidos y secan la leche de las chivas. Pero allí, en aquella palma de la mano, reposaba el último aliento tibio de una muchacha que había preferido dejar un suspiro en una botella antes que marcharse al cementerio sin despedirse.

—Ella sabía que no iba a volver del hospital, Camilo —continuó Remedios con un susurro que parecía fundirse con el silbido del viento en las tablas del techo—. Me dijo: 'Madre, cuando mi hijo sea grande y tenga las manos cansadas de hacer cosas que no entiende, dale este frasco. No le digas nada; solo dile que lo abra en la orilla del mar'.

Camilo miró el maletín de cuero sobre la mesa. El cheque de gerencia por cuatrocientos millones de pesos estaba allí, impecable, firmado por el apoderado judicial de la empresa energética. Ese papel representaba su ascenso a supervisor regional, su apartamento propio con vista al mar en el barrio El Rodadero de Santa Marta, su jubilación anticipada antes de los cincuenta años.

Y en su mano izquierda reposaba un frasco de vidrio viejo sellado con cera roja que pesaba menos que una pluma de pelícano.

La voz de una madre que se fue antes de tiempo no se busca en los álbumes de fotos; se escucha en el aire que dejó escapar antes de cerrar la puerta.

El pueblo de Manaure dormía la siesta de los cuarenta grados detrás de sus postigos de madera encalada. En los patios de las casas bajas, las mujeres wayúu tejían chinchorros de hilo fino con una lentitud milenaria, dejando que los husos giraran sobre el suelo de tierra sin mirar el reloj. Para ellas, el tiempo no era una carretera recta que conducía hacia el progreso financiero, sino un tejido circular donde cada generación volvía a cruzar por los mismos nudos de arena y sal.

Camilo recordó las tardes de su infancia en las que su madre lo cargaba sobre los hombros para llevarlo a buscar caracoles de nácar en los charcos que dejaba la bajamar. Jacinta cantaba canciones en wayuunaiki, versos antiguos sobre pescadores que se transformaban en delfines blancos para escapar de las redes de los buques perleros. Su risa era limpia y clara como el agua de los pozos de la serranía.

—Las compañías de la capital creen que esta tierra está desierta porque no ven chimeneas ni torres de telecomunicaciones —murmuró Remedios, cuya voz parecía salir de las profundidades de la tierra—. Pero debajo de esta arena blanca están enterrados los huesos de siete generaciones de tu sangre. Cada vez que una pala mecánica clava sus dientes en el terraplén, le arranca un pedazo al descanso de tus mayores.

El sol de las cuatro de la tarde comenzó a inclinarse sobre los cardonales, bañando las charcas salinas de un resplandor cobrizo y violáceo. A lo lejos, el rugido de dos motores diésel rompió la calma del desierto: eran las camionetas blindadas de la gerencia de la compañía eólica que venían a recoger la firma de Camilo.

En la repisa del porche descansaban también las botellas que guardaban las brisas de las noches de cometa, los soplos de los vientos alisios que empujaban las goletas contrabandistas holandesas hacia Curazao y el aire tibio de las madrugadas en que las abuelas wayúu enseñaban a hilar a las muchachas del clan.

Camilo apretó el frasco contra su pecho, sintiendo el latido sordo de su propia sangre en las sienes. Por primera vez en su carrera profesional, las cifras del presupuesto le parecieron una ilusión hueca frente al peso mineral de la memoria.

Fin del Episodio 3 · de 5

La botella de cera roja

Siguiente Episodio 4~4 minEl precio del viento“El progreso que no sabe guardar la memoria de sus muertos solo construye molinos para triturar el silencio.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.