El mar que nadie mira·Episodio 04

El precio del viento

~4 min · 856 palabras

La camioneta blindada de vidrios oscuros frenó en seco sobre el terraplén de conchuela, levantando una nube de polvo blanco que cubrió las primeras botellas del porche de una pátina fantasmal.

Bajó el ingeniero Holger Lindqvist, director regional de adquisiciones para el Caribe: un hombre rubio de cincuenta años con gafas de aviador doradas, camisa safari de secado rápido y una tableta electrónica protegida contra golpes. Caminó hacia la enramada con ese paso enérgico de los ejecutivos que están acostumbrados a cerrar compras de terrenos antes del almuerzo.

—Buenas tardes, Camilo —saludó el europeo con acento impecable—. Vimos la camioneta desde la antena repetidora. ¿Tenemos la firma de la señora? El equipo de perforación geotécnica está esperando la orden en el puerto de Maicao.

Remedios no se movió de su mecedora. Sus ojos ciegos apuntaban hacia el mar, pero su oído seguía cada movimiento del forastero con la precisión de un halcón de manglar.

—Esta señora tiene nombre, señor ingeniero —dijo Camilo, levantándose del cajón y colocándose entre Lindqvist y la mecedora—. Se llama Remedios Uriana y lleva setenta años viviendo en esta salina.

Lindqvist frunció el ceño con una sonrisa profesional.

—Por supuesto, Camilo. Doña Remedios. El consorcio tiene el mayor respeto por las comunidades ancestrales. Por eso la compensación económica incluye un bono de reubicación y una renta vitalicia indexada a la inflación danesa. Cuatrocientos millones de pesos en efectivo. En este desierto nadie ha visto esa cantidad de dinero junta.

—Aquí nadie come dinero, míster —intervino la anciana con una voz tranquila y cortante como una lasca de pedernal—. El dinero no calma la sed cuando el viento del norte se lleva el agua dulce de los pozos.

Lindqvist suspiró, mirando su reloj suizo.

—Mire, doña Remedios: el parque eólico Guajira I es un proyecto de interés nacional. Cuarenta turbinas de cinco megavatios que van a generar energía limpia para un millón de hogares. Si no llegamos a un acuerdo amistoso hoy, la Agencia Nacional de Tierras iniciará el trámite de expropiación por vía administrativa el próximo lunes. Y en ese caso, la indemnización por el rancho será apenas una décima parte del cheque.

El silencio que siguió a las palabras del ingeniero fue denso como el salitre que cuajaba en las charcas.

El progreso que no sabe guardar la memoria de sus muertos solo construye molinos para triturar el silencio.

Camilo miró a su abuela, luego miró al ejecutivo extranjero con sus botas de senderismo impecables que nunca habían pisado el barro salobre de una cosecha comunal. Comprendió con súbita lucidez que para Lindqvist aquel desierto era solo un mapa de vectores de viento y kilovatios por hora, una superficie vacía lista para ser explotada por máquinas.

—El consorcio tendrá que buscar otra franja para sus turbinas, ingeniero Lindqvist —dijo Camilo con voz firme.

Lindqvist miró el cheque roto en el suelo con una expresión de desconcierto que rápidamente se transformó en cólera burocrática. El sudor le empapaba el cuello de la camisa safari, creando un cerco oscuro sobre la tela técnica. A su alrededor, los cardonales guardaban silencio, como si el desierto entero estuviera juzgando la soberbia del emisario extranjero.

—Estás arruinando tu futuro profesional por un puñado de vidrio viejo y supersticiones campesinas, Camilo —escupió el europeo, ajustándose las gafas de sol con dedos rígidos—. Cuando los abogados de la fiduciaria presenten la demanda en el tribunal de Bogotá, no habrá indemnización, no habrá reubicación y no quedará una sola tabla en pie sobre este lodazal.

—Las tablas pueden caerse, míster —respondió Remedios, levantándose lentamente de la mecedora con una dignidad que hizo retroceder medio paso al ejecutivo—. Pero el viento no tiene dueño ni paga peaje a los bancos. Y mientras quede un solo uriana sobre esta orilla, ningún molino de hierro va a cortarle la voz a nuestros muertos.

Lindqvist contempló a la mujer ciega, miró la hilera de botellas que tintineaban bajo el alero como un ejército de centinelas de cristal y comprendió que en aquel rincón del mundo su dinero no tenía ningún poder de convicción. Dio media vuelta sin despedirse, subió al vehículo blindado y azotó la portezuela con un golpe sordo.

—¿Qué estás diciendo, Camilo? ¿Has perdido la cabeza? Tu puesto de director regional depende de este contrato.

—Estoy diciendo que este rancho no está en venta —respondió Camilo, sacando el cheque de cuatrocientos millones de pesos de su maletín y rompiéndolo por la mitad ante la mirada estupefacta del danés—. Y yo presento mi renuncia a la compañía a partir de este minuto.

Los dos trozos del cheque flotaron un segundo sobre el polvo antes de que el viento del este los empujara hacia la charca salina. Camilo sintió una extraña paz en el pecho, esa calma definitiva de quien ha dejado de fingir que pertenece a un mundo que mide la dignidad humana en hojas de balance y dividendos trimestrales.

El sol comenzó a teñir las pirámides de sal de un tono anaranjado encendido. Los flamencos del estero levantaron el vuelo con un aleteo rítmico que resonó sobre las aguas tranquilas, despidiendo al enviado extranjero mientras el desierto recuperaba su soberanía silenciosa.

Fin del Episodio 4 · de 5

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