El mar que nadie mira·Episodio 02

El olor de la lluvia vieja

~4 min · 836 palabras

Camilo dejó escapar una sonrisa triste, condescendiente, de esas que los jóvenes de ciudad reservan para los parientes ancianos que confunden los cables de la luz con serpientes míticas.

—El aire es una mezcla de nitrógeno, oxígeno y argón, abuela —explicó con paciencia pedagógica—. No guarda nada. Es física elemental de bachillerato.

Remedios no se molestó en discutir. Tomó una botella panzuda de vidrio ámbar que descansaba sobre una repisa de salitre, sellada con un tapón cubierto de cera negra en cuya superficie se leía una inscripción grabada con la punta de una aguja de coser redes:

14 DE OCTUBRE DE 1974 / 4:15 A.M. / BRISA DEL CORDÓN DE AGUA.

—Tu abuelo Nicasio murió el quince de octubre de ese año —dijo la anciana con una voz tranquila como la resaca de medianoche—. La noche antes de que el corazón se le reventara en la canoa de pesca, bajó a la playa a las cuatro de la mañana. Me dijo: 'Remedios, este viento que viene del cabo no es de nosotros; es el viento que maduró los melones en los conucos de Carrizal hace cincuenta años. Guárdalo, que mañana no va a quedar nadie que sepa cómo olía la tierra antes de que la sequía le pusiera costra a los caminos'.

La casa entera parecía escuchar el relato. Las cuerdas de cáñamo que sostenían las garrafas en el porche vibraban con una melodía seca y continua, afinadas por el salitre como las cuerdas de un cuatro llanero abandonado en una enramada. En aquel rincón del mundo, donde no había televisión ni cobertura telefónica, el tiempo no avanzaba en línea recta: giraba sobre sí mismo como los remolinos de polvo que cruzaban la pista de aterrizaje vieja.

La mujer sostuvo la garrafa frente a la cara de Camilo. Con una navajita de cabo de hueso cortó el lacre negro con un movimiento limpio. Tiró del corcho con los dientes.

El corcho salió con un sonido hueco, idéntico al chasquido de una nuez partida bajo una piedra.

Camilo se inclinó hacia atrás por puro reflejo, pero antes de que pudiera apartarse, una bocanada de aire fresco, tibio y denso le inundó las fosas nasales.

No era el olor salado y asfixiante de la playa actual.

Olía a tierra negra empapada por un aguacero torrencial; a melón de pulpa amarilla recién abierto con machete; a hierba de pasto guinea aplastada por cascos de caballos y al perfume dulce y balsámico de las flores blancas del dividivi cuando abren en noche sin luna.

Camilo cerró los ojos sin quererlo. El corazón le dio un vuelco violento dentro del pecho: en un solo segundo se vio a sí mismo con seis años, corriendo descalzo por un patio de tierra que ya no existía, mientras una mujer de risa cantarina le secaba la cabeza con una toalla de rayas amarillas.

Un recuerdo atrapado en cristal no envejece jamás; lo que envejece es el miedo de quien no se atreve a respirarlo.

Cuando abrió los ojos, la botella estaba vacía sobre las rodillas de su abuela y el aire alrededor del porche había vuelto a oler a polvo quemado y a sulfato de magnesio.

Camilo miraba a la anciana con los ojos muy abiertos, sintiendo un temblor fino en los dedos que sostenían el contrato de la empresa danesa. Su mente racional de ingeniero intentaba articular una explicación lógica: partículas volátiles atrapadas en un medio estanco, degradación anaeróbica de resinas orgánicas. Pero ninguna fórmula termodinámica explicaba por qué sus ojos estaban llenos de lágrimas verdaderas.

—Tu abuelo no era hombre de discursos —continuó Remedios, pasando sus dedos ciegos por las ranuras del piso de madera—. Cuando los capataces de las salinas trajeron las primeras dragas de vapor desde Nueva Orleans, los pescadores viejos se quedaron mirando las chimeneas negras con las redes en los brazos. Nicasio me dijo: 'Remedios, el vapor apesta a grasa de ferrocarril; si dejamos que ese humo cubra la costa, nuestros nietos van a creer que el mar huele a calderas podridas'. Esa noche empezó a soplar dentro de los botellones.

El aire de la casa se había llenado de una quietud tan densa que se podía oír el roce menudo de los granos de sal al deslizarse por las pendientes de las dunas. Camilo apoyó las palmas sobre la madera del banco; la fibra del pino amarillo, pulida por medio siglo de brisas y sudores, conservaba el calor del mediodía con una fidelidad que ningún aislamiento sintético de laboratorio podía replicar.

—¿Qué... qué era eso, abuela?

—Era la última lluvia grande que cayó sobre la sabana de Manaure antes de que construyeran las esclusas de cemento —respondió Remedios, acariciando el cuello del frasco vacío—. Cada vez que descorcho una botella, el mundo pierde un día que no va a volver. Por eso cobro cien pesos a los viejos que vienen caminando desde Uribia a pedirme un suspiro de sus años mozos. Pero a ti no te voy a cobrar, Camilo. A ti te guardé la botella roja.

Fin del Episodio 2 · de 5

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Siguiente Episodio 3~4 minLa botella de cera roja“La voz de una madre que se fue antes de tiempo no se busca en los álbumes de fotos; se escucha en el aire que dejó escapar antes de cerrar la puerta.”Seguir leyendo
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