Las botellas de la salina
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El asfalto de la carretera entre Riohacha y Manaure terminaba en una franja de arena blanca donde los cardones espinosos se inclinaban hacia el suroeste con la terquedad de los viejos castigados por el sol.
Camilo apagó el aire acondicionado de la camioneta de la compañía eólica antes de abrir la puerta. La bofetada térmica le secó la saliva en el paladar en dos segundos: eran cuarenta y un grados a la sombra de las gaviotas, con ese tufo salobre y metálico de las charcas de evaporación donde el agua de mar, antes de cuajarse en cristales, adquiere un tono rosado y espeso como jarabe de granadina.
Caminó por el terraplén de conchuela triturada llevando en la mano diestra el maletín de cuero donde reposaban los tres juegos de planos del parque eólico y el cheque de gerencia por cuatrocientos millones de pesos. Su camisa de lino azul, comprada en el centro comercial de Barranquilla, crujió bajo la primera capa de salitre que el viento le arrojó a la espalda.
La península de La Guajira no perdonaba a los que intentaban vestirse de ciudad. La sal se metía entre las costuras de la tela, oxidaba las hebillas de los relojes y convertía el cuero de los mocasines en una lija áspera que llagaba los tobillos en veinte pasos. A lo lejos, las pirámides blancas de las salinas industriales brillaban contra el cielo con una blancura tan enceguecedora que dolía mirar hacia el mar.
La casa de Remedios era una osamenta de tablas de pino amarillo descoloridas por cincuenta años de intemperie, levantada sobre cuatro pilotes de mangle negro clavados en el lecho seco de una charca marina abandonada. Bajo el alero del porche, protegidas del sol por una estera de palma amarga, colgaban más de doscientas botellas de vidrio soplado de diferentes formas y tamaños: botellones de aguardiente anisado de la década de los cuarenta, frascos de medicina con sellos de corcho carcomido y garrafas de vino verde portugués con las etiquetas borradas por el polvo.
En una mecedora de mimbre deshilachado estaba sentada su abuela. Tenía los ojos cubiertos por unas cataratas tan densas que parecían dos botones de nácar pulido, y las manos, nudosas como raíces de trupillo, sostenían con delicadeza un embudo de hojalata sobre la boca de una botella alargada de color verde esmeralda.
—No pises la grava con esos zapatos de goma, Camilo —dijo la anciana sin girar la cabeza—. Espantas la corriente de las cinco, que viene limpia desde los bancos de Aruba.
Camilo se detuvo sobre el tablón del puente. Tragó saliva con dificultad. Hacía doce años que no ponía un pie en Manaure, desde la tarde en que empacó dos mudas de ropa en una caja de cartón para ingresar a la facultad de ingeniería en la capital departamental.
—Hola, abuela. ¿Cómo supiste que era yo?
—Porque caminas con la prisa de los que miden el tiempo en minutos en vez de medirlo en mareas —respondió Remedios, tapando la botella con un tapón de corcho nuevo y apretándolo con un golpe seco de la palma—. Además, hueles a plástico de carro nuevo y a aire enfriado por máquina. Ese frío no es de Dios; huele a agua estancada en tubos de hierro.
Los arrieros que bajaban con recuas de mulas desde Nazareth solían detenerse en el terraplén para dejarle a Remedios una totuma de agua dulce de manantial a cambio de un frasco de brisa fresca del mar. En la alta península, donde no crecen los naranjos ni los almendros, los hombres envejecían añorando el rumor de las olas, y el único consuelo para quien pasaba meses en los salitrales interiores era descorchar un vidrio al atardecer y dejar que el aliento salino le acariciara la barba.
Camilo subió los tres peldaños de madera que crujieron bajo su peso. Se sentó en el borde de un cajón de madera que había contenido jabón de lavar hace medio siglo. El olor a brea vegetal, salitre cocido y yerbabuena silvestre que emanaba del delantal de su abuela le trajo de golpe la memoria física de los almuerzos de chivo asado y chicha de maíz fermentada.
—Abuela, los ingenieros de la compañía danesa ya tienen las coordenadas de los aerogeneradores —dijo con voz suave, sacando la carpeta del maletín—. Si firmas hoy, te compran el rancho por diez veces lo que vale y te entregan una casa con terraza y tres aires acondicionados en el barrio El Prado de Riohacha. Ya no vas a tener que pasar las tardes tragando polvo en este desierto.
Remedios pasó la yema del pulgar sobre el vientre curvo de la botella verde.
—¿Y quién va a guardar el viento cuando pongan esos molinos de hierro, muchacho? Las aspas pican el aire en pedazos chiquitos. Si el viento se corta, los recuerdos se mueren antes de llegar a la orilla.
Camilo miró el horizonte donde la sal marina formaba un espejo deslumbrante. Durante un segundo, el silencio del desierto pesó más que todo el dinero que traía en el maletín. Sobre el mar turquesa del norte, una bandada de flamencos rosados volaba en formación cerrada, cruzando la línea invisible donde los ingenieros de Copenhague habían trazado el eje de la turbina número catorce.
Fin del Episodio 1 · de 5
Las botellas de la salina
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