El fantasma de Canterville·Episodio 02

Capítulo II

~6 min · 1238 palabras

La tormenta rugió con furia toda aquella noche, pero no ocurrió nada digno de particular mención. Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando bajaron a desayunar, encontraron de nuevo la terrible mancha de sangre sobre el suelo. —No creo que sea culpa del Detergente Paragon —dijo Washington—, pues lo he probado con todo. Debe de ser el fantasma. En consecuencia, borró la mancha por segunda vez, pero a la mañana siguiente volvió a aparecer. La tercera mañana también estaba allí, a pesar de que el propio señor Otis había cerrado con llave la biblioteca por la noche y se había llevado la llave al piso de arriba. Toda la familia estaba ya muy intrigada; el señor Otis empezó a sospechar que había pecado de dogmático en su negación de la existencia de los fantasmas; la señora Otis expresó su intención de afiliarse a la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, y Washington preparó una larga carta para los señores Myers y Podmore acerca de «La persistencia de las manchas sanguíneas en relación con el crimen». Aquella noche, toda duda acerca de la existencia objetiva de los espectros quedó despejada para siempre.

El día había sido cálido y soleado; y, al fresco del atardecer, toda la familia salió a dar un paseo en carruaje. No regresaron a casa hasta las nueve, hora en que tomaron una cena ligera. La conversación no versó en modo alguno sobre fantasmas, de suerte que no se dieron siquiera aquellas condiciones primarias de expectación receptiva que con tanta frecuencia preceden a la manifestación de fenómenos psíquicos. Los temas debatidos, según supe después por el señor Otis, fueron tan sólo los que constituyen la charla habitual de los estadounidenses cultos de la mejor clase, tales como la inmensa superioridad de la señorita Fanny Devonport sobre Sarah Bernhardt como actriz; la dificultad de conseguir maíz tierno, tortitas de alforfón y sémola de maíz incluso en las mejores casas inglesas; la importancia de Boston en el desarrollo del alma universal; las ventajas del sistema de facturación de equipajes en los viajes en ferrocarril; y la dulzura del acento neoyorquino en comparación con el tono arrastrado de Londres. No se hizo mención alguna a lo sobrenatural, ni se aludió en absoluto a sir Simon de Canterville. A las once la familia se retiró, y a las once y media estaban ya todas las luces apagadas. Poco después, el señor Otis se despertó a causa de un curioso ruido en el pasillo, fuera de su habitación. Sonaba como un tintineo metálico y parecía acercarse a cada momento. Se levantó de inmediato, encendió una cerilla y miró la hora. Era exactamente la una en punto. Se hallaba completamente tranquilo y se tomó el pulso, que no presentaba la menor fiebre. El extraño ruido persistía y, junto con él, oyó con total claridad el sonido de unos pasos. Se calzó las zapatillas, sacó un pequeño frasco oblongo de su neceser y abrió la puerta. Justo enfrente de él vio, a la pálida luz de la luna, a un anciano de aspecto terrible. Sus ojos eran como carbones encendidos; una larga cabellera gris caía sobre sus hombros en mechones apelmazados; sus ropas, de corte antiguo, estaban manchadas y harapientas, y de sus muñecas y tobillos colgaban pesadas esposas y grillos oxidados.

—Mi estimado señor —dijo el señor Otis—, me veo verdaderamente en la necesidad de insistir en que engrase esas cadenas, y para tal fin le he traído un frasquito de lubricante Sol Naciente de Tammany. Se afirma que resulta de absoluta eficacia con una sola aplicación, y en el prospecto figuran varios testimonios en este sentido de algunos de nuestros teólogos autóctonos más eminentes. Se lo dejaré aquí, junto a las velas de la alcoba, y me complacerá proporcionarle más si llega a necesitarlo. Con estas palabras, el ministro de los Estados Unidos posó el frasco sobre una mesa de mármol y, cerrando su puerta, se retiró a descansar.

Durante unos instantes, el fantasma de Canterville permaneció inmóvil, presa de una indignación lógica; luego, arrojando con furia el frasco contra el suelo encerado, huyó por el corredor emitiendo sordos gemidos y despidiendo una lúgubre luz verde. Sin embargo, justo cuando llegaba a lo alto de la gran escalera de roble, una puerta se abrió de golpe, aparecieron dos menudas figuras vestidas de blanco ¡y una enorme almohada le pasó zumbando junto a la cabeza! Evidentemente no había tiempo que perder; de modo que, recurriendo a toda prisa a la cuarta dimensión del espacio como vía de escape, se desvaneció a través del friso de madera, y la casa recuperó una quietud absoluta.

Al llegar a una pequeña estancia secreta en el ala izquierda, se apoyó contra un rayo de luna para recobrar el aliento y comenzó a reflexionar sobre su situación. Jamás, en una brillante e ininterrumpida carrera de trescientos años, se le había insultado de un modo tan soez. Pensó en la duquesa viuda, a quien le había provocado un síncope de terror mientras se contemplaba ante el espejo cubierta de encajes y diamantes; en las cuatro doncellas, a las que les habían dado ataques de histeria cuando se limitó a sonreírles entre las cortinas de uno de los dormitorios de invitados; en el párroco, cuya vela había apagado de un soplo cuando regresaba tarde de la biblioteca una noche, y que desde entonces estaba bajo el cuidado de sir William Gull, convertido en un perfecto mártir de los trastornos nerviosos; y en la anciana madame de Tremouillac, quien, tras despertarse muy temprano una mañana y ver a un esqueleto sentado en un sillón junto al fuego leyendo su diario, había permanecido postrada en cama durante seis semanas con un ataque de fiebre cerebral y, al sanar, se había reconciliado con la Iglesia y roto sus relaciones con aquel célebre escéptico, monsieur de Voltaire. Recordó la terrible noche en que el malvado lord Canterville fue hallado asfixiándose en su vestidor con la sota de diamantes atragantada en la garganta, y confesó, justo antes de morir, que había estafado cincuenta mil libras a Charles James Fox en Crockford’s por medio de esa misma carta, jurando que el fantasma le había obligado a tragársela. Todas sus grandes hazañas acudieron de nuevo a su memoria: desde el mayordomo que se había pegado un tiro en la despensa porque vio una mano verde que golpeaba en los cristales de la ventana, hasta la bellísima lady Stutfield, que se vio siempre obligada a llevar una cinta de terciopelo negro ceñida a la garganta para ocultar la marca de cinco dedos quemados en su blanca piel, y que acabó ahogándose en el estanque de las carpas, al final del Paseo del Rey. Con el entusiasta egoísmo del auténtico artista, pasó revista a sus interpretaciones más célebres y sonrió con amargura al evocar su última comparecencia como «Rubén el Rojo, o el infante estrangulado», su debut como «Gibeón el Escuálido, el vampiro del páramo de Bexley», y el clamor que había provocado una hermosa tarde de junio con tan sólo jugar a los bolos con sus propios huesos en la pista de tenis. ¡Y después de todo aquello, unos miserables estadounidenses modernos venían a ofrecerle el lubricante Sol Naciente y a tirarle almohadas a la cabeza! Resultaba del todo intolerable. Además, a ningún fantasma en la historia se le había tratado jamás de semejante manera. Por consiguiente, resolvió vengarse, y permaneció hasta el amanecer sumido en una profunda meditación.

Fin del Episodio 2 · de 7

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