El fantasma de Canterville·Episodio 03

Capítulo III

~12 min · 2341 palabras

A la mañana siguiente, cuando la familia Otis se reunió durante el desayuno, hablaron del fantasma con cierto detenimiento. El ministro de los Estados Unidos estaba, como es natural, un tanto molesto al advertir que su regalo no había sido aceptado. —No tengo ningún deseo —dijo— de causar daño personal alguno al fantasma, y debo decir que, considerando el tiempo que lleva en la casa, no me parece nada educado tirarle almohadas —observación muy justa ante la cual, lamento decirlo, los gemelos prorrumpieron en sonoras carcajadas—. Por otra parte —continuó—, si de verdad rehúsa usar el lubricante Sol Naciente, tendremos que despojarlo de sus cadenas. Sería del todo imposible dormir con semejante estruendo junto a los dormitorios.

Durante el resto de la semana, no obstante, no sufrieron perturbación alguna; lo único que despertó cierta atención fue la continua reaparición de la mancha de sangre sobre el suelo de la biblioteca. Aquello ciertamente resultaba muy extraño, pues el señor Otis cerraba siempre la puerta con llave por las noches y las ventanas se mantenían firmemente atrancadas. El camaleónico color de la mancha suscitó también numerosos comentarios. Algunas mañanas era de un rojo apagado (casi indio); luego amanecía bermellón; otras, de un púrpura intenso, y en una ocasión, cuando bajaron para las oraciones familiares según los sencillos ritos de la Iglesia episcopal reformada libre de América, la encontraron de un verde esmeralda brillante. Aquellos cambios caleidoscópicos divirtieron, como es natural, sobremanera a la familia, y todas las tardes se cruzaban apuestas al respecto sin reparo. La única persona que no participó de la broma fue la pequeña Virginia, quien, por alguna razón inexplicable, se mostraba siempre muy afligida a la vista de la mancha de sangre, y a punto estuvo de llorar la mañana en que apareció de color verde esmeralda.

La segunda aparición del fantasma tuvo lugar la noche del domingo. Poco después de haberse acostado, se sobresaltaron de pronto por un estrépito espantoso en el vestíbulo. Al bajar a toda prisa, descubrieron que una gran armadura antigua se había desprendido de su pedestal y había caído sobre el suelo de piedra, mientras que, sentado en una silla de respaldo alto, se hallaba el fantasma de Canterville, frotándose las rodillas con una expresión de aguda agonía en el rostro. Los gemelos, que habían bajado provistos de sus cerbatanas, le dispararon de inmediato dos proyectiles con esa puntería infalible que solo se adquiere tras una larga y concienzuda práctica con el maestro de caligrafía, mientras el ministro de los Estados Unidos lo encañonaba con su revólver y le intimaba, conforme a la etiqueta californiana, ¡a levantar las manos! El fantasma se puso en pie de un salto con un alarido salvaje de cólera y cruzó velozmente entre ellos como una niebla, apagando al pasar la vela de Washington Otis y dejándolos a todos en la más absoluta oscuridad. Al llegar a lo alto de la escalera se recobró y decidió lanzar su célebre carcajada demoníaca. Esta le había resultado, en más de una ocasión, de extrema utilidad: se decía que había vuelto blanca la peluca de lord Raker en una sola noche y, sin duda, había inducido a tres de las institutrices francesas de lady Canterville a despedirse antes de cumplir el mes. En consecuencia, soltó su risotada más horrenda, hasta que las viejas bóvedas resonaron una y otra vez; pero apenas se había extinguido el temible eco cuando se abrió una puerta y apareció la señora Otis con una bata azul claro. —Temo que no se encuentre usted nada bien —dijo—, y le he traído un frasco de tintura del doctor Dobell. Si se trata de una indigestión, verá que es un remedio excelente. El fantasma la miró con furia y comenzó al punto los preparativos para transformarse en un gran perro negro, proeza por la que era justamente renombrado y a la que el médico de la familia atribuía siempre la imbecilidad permanente del tío de lord Canterville, el honorable Thomas Horton. Sin embargo, el ruido de pasos que se aproximaban le hizo vacilar en su funesto propósito, de suerte que se contentó con volverse débilmente fosforescente y se esfumó con un hondo gemido sepulcral, justo cuando los gemelos llegaban a su lado.

Al llegar a su habitación se vino abajo por completo y cayó presa de la más violenta agitación. La vulgaridad de los gemelos y el grosero materialismo de la señora Otis resultaban, naturalmente, exasperantes en grado sumo; pero lo que de verdad más lo afligía era no haber podido llevar puesta la armadura. Había confiado en que hasta los modernos americanos se estremecerían ante la visión de un Espectro con armadura, si no por otra razón más sensata, al menos por respeto a Longfellow, su poeta patrio, con cuya poesía primorosa y seductora él mismo había entretenido tantas horas tediosas cuando los Canterville estaban en la ciudad. Además, era su propia armadura. La había llevado con gran éxito en el torneo de Kenilworth y había recibido grandes elogios nada menos que de la mismísima Reina Virgen. Con todo, al ponérsela, se había visto completamente abrumado por el peso del enorme peto y del casco de acero, cayendo pesadamente sobre el pavimento de piedra, desollándose de gravedad ambas rodillas y magullándose los nudillos de la mano derecha.

Durante varios días después de aquello estuvo sumamente enfermo y apenas se movió de su cuarto, salvo para mantener la mancha de sangre en debido estado. No obstante, cuidándose mucho, se restableció y resolvió hacer un tercer intento para aterrorizar al ministro de los Estados Unidos y a su familia. Escogió el viernes 17 de agosto para su aparición y pasó la mayor parte de aquella jornada examinando su guardarropa, decidiéndose finalmente por un sombrero chambergo de ala ancha con una pluma roja, un sudario con volantes en cuello y puños, y una daga mohosa. Hacia el atardecer se desencadenó una violenta tempestad de lluvia, y el viento soplaba con tal fuerza que todas las puertas y ventanas de la vieja casa se estremecían y castañeteaban. En realidad, era justo la clase de tiempo que le entusiasmaba. Su plan de acción era el siguiente: se deslizaría sigilosamente hasta la habitación de Washington Otis, le farfullaría incoherencias desde el pie de la cama y se asestaría tres puñaladas en el cuello al son de una música suave. Le guardaba un rencor especial a Washington, pues sabía de sobra que era él quien tenía la costumbre de borrar la famosa mancha de sangre de Canterville mediante el Limpiador Incomparable de Pinkerton. Una vez reducido el temerario e insensato joven a un estado de abyecto terror, pasaría a la habitación que ocupaban el ministro de los Estados Unidos y su esposa, y allí posaría una mano helada sobre la frente de la señora Otis, al tiempo que susurraría al oído de su tembloroso marido los espantosos secretos del osario. Respecto a la pequeña Virginia, aún no se había decidido del todo. Jamás lo había insultado de modo alguno, y era bonita y dulce. Unos cuantos gemidos sordos desde el armario ropero, pensó, bastarían con creces; o, si eso no lograba despertarla, podría arañar el cobertor con dedos trémulos de parálisis. En cuanto a los gemelos, estaba firmemente decidido a darles una lección. Lo primero que debía hacer era, desde luego, sentarse sobre sus pechos para causarles la sofocante sensación de la pesadilla. Luego, dado que sus camas estaban muy juntas, erguirse entre ellos con la apariencia de un cadáver verde y gélido hasta dejarlos paralizados de miedo y, por último, despojarse del sudario y arrastrarse por la habitación, con huesos blancos y mondos y un solo ojo desorbitado, en el papel de «Daniel el Mudo, o el Esqueleto del Suicida», personaje con el que en más de una ocasión había causado formidable efecto y al que consideraba a la par de su célebre papel de «Martín el Maníaco, o el Misterio Enmascarado».

A las diez y media oyó que la familia se acostaba. Durante algún tiempo le turbaron los salvajes estallidos de risa de los gemelos, que, con la despreocupada alegría de los colegiales, se divertían a todas luces antes de retirarse a descansar; pero a las once y cuarto todo quedó en silencio y, al dar la medianoche, se puso en marcha. La lechuza chocaba contra los cristales de las ventanas, el cuervo graznaba desde el viejo tejo y el viento vagaba gimiendo alrededor de la casa como un alma en pena; pero la familia Otis dormía ajena a su destino, y por encima de la lluvia y la tormenta se oían los acompasados ronquidos del ministro de los Estados Unidos. Salió sigilosamente del revestimiento de madera, con una sonrisa aviesa en su boca cruel y arrugada, y la luna ocultó su rostro tras una nube mientras él se deslizaba junto al gran ventanal voladizo, donde sus propias armas y las de su asesinada esposa estaban blasonadas en azur y oro. Avanzaba y avanzaba deslizándose como una sombra maléfica, y las mismas tinieblas parecían detestarle a su paso. En cierta ocasión le pareció oír que alguien llamaba y se detuvo; pero no era más que el aullido de un perro desde la Granja Roja, y continuó su camino, murmurando extraños improperios del siglo dieciséis y blandiendo de vez en cuando la herrumbrosa daga en el aire de la medianoche. Por fin llegó a la esquina del pasadizo que conducía a la habitación del desdichado Washington. Por un momento se detuvo allí, mientras el viento agitaba sus largos mechones grises alrededor de su cabeza y retorcía en pliegues grotescos y fantásticos el horror indecible del sudario de muerto. Entonces el reloj dio el cuarto y sintió que había llegado la hora. Se rió entre dientes y dobló la esquina; pero apenas lo hubo hecho cuando, con un lastimero gemido de terror, retrocedió y ocultó su rostro lívido entre sus manos largas y huesudas. ¡Justo delante de él se erguía un espectro horrible, inmóvil como una imagen esculpida y monstruoso como el sueño de un loco! Tenía la cabeza calva y reluciente; la cara, redonda, gorda y blanca; y una risa espantosa parecía haberle retorcido las facciones en una mueca eterna. De los ojos manaban rayos de luz escarlata, la boca era un ancho pozo de fuego, y una vestidura espantosa, semejante a la suya, envolvía con sus nieves silenciosas la figura titánica. Sobre el pecho llevaba un cartel con una extraña inscripción en caracteres antiguos, una especie de registro de infamia, al parecer, una relación de pecados salvajes, algún calendario atroz de crímenes; y en la mano derecha sostenía en alto un alfanje de acero reluciente.

Como jamás había visto un fantasma, era natural que se asustase terriblemente, y tras una segunda y presurosa ojeada al espantoso espectro, huyó de vuelta a su habitación, tropezando con su larga mortaja mientras corría por el corredor, y dejando caer finalmente la herrumbrosa daga dentro de las botas altas del ministro, donde a la mañana siguiente la encontró el mayordomo. Una vez en la intimidad de su propio aposento, se arrojó sobre un pequeño jergón y ocultó el rostro bajo las mantas. Al cabo de un tiempo, sin embargo, el viejo y valeroso espíritu de los Canterville se sobrepuso, y decidió ir a hablar con el otro fantasma tan pronto como se hiciera de día. Por consiguiente, justo cuando el alba teñía de plata las colinas, regresó hacia el lugar donde había visto por primera vez al espantoso fantasma, sintiendo que, a fin de cuentas, dos fantasmas eran mejor que uno, y que, con la ayuda de su nuevo amigo, bien podría enfrentarse con seguridad a los gemelos. Sin embargo, al llegar al sitio, una visión terrible salió a su encuentro. Algo le había ocurrido a todas luces al espectro, pues la luz se había apagado por completo en sus ojos huecos, el reluciente alfanje se le había caído de la mano y yacía apoyado contra la pared en una postura forzada e incómoda. Se abalanzó hacia delante y lo estrechó entre sus brazos, cuando, para su horror, la cabeza se desprendió y rodó por el suelo, el cuerpo adoptó una postura yacente, ¡y se encontró abrazando una cortina de cama de fustán blanco, con una escoba de barrer, una cuchilla de cocina y un nabo hueco tirados a sus pies! Incapaz de comprender tan curiosa transformación, agarró el cartel con febril premura, y allí, a la grisácea luz matutina, leyó estas temibles palabras:—

+——————————————————+ | EL FANTASMA DE LOS OTIS | | El Único y Auténtico Espectro Original, | | Desconfiad de las Imitaciones. | | Todos los demás son Falsificaciones. | +——————————————————+

Comprendió todo en un instante. ¡Había sido burlado, frustrado y aventajado en astucia! La vieja mirada de los Canterville asomó a sus ojos; rechinó sus encías desdentadas y, alzando sus marchitas manos por encima de su cabeza, juró, según la pintoresca fraseología de la antigua escuela, que, cuando Cantaclaro hubiese hecho sonar dos veces su alegre cuerno, se consumarían hechos de sangre y el asesinato andaría suelto con pasos silenciosos.

Apenas hubo terminado este espantoso juramento cuando, desde el tejado de tejas rojas de una granja lejana, cantó un gallo. Rió con una risa prolongada, sorda y amarga, y esperó. Hora tras hora esperó, pero el gallo, por alguna extraña razón, no volvió a cantar. Por fin, a las siete y media, la llegada de las doncellas le obligó a abandonar su terrible vigilia, y regresó con paso solemne a su habitación, pensando en su vano juramento y en su frustrado propósito. Allí consultó varios libros de caballerías antiguas, por los que sentía una enorme predilección, y descubrió que, en cuantas ocasiones se había empleado aquel juramento, Cantaclaro siempre había cantado por segunda vez. —¡Que la perdición caiga sobre esa ave infame! —murmuró—. ¡Tiempos he visto en que, con mi recia lanza, le habría atravesado el gaznate y le habría hecho cantar para mí aunque fuese en la muerte!— Se retiró luego a un cómodo ataúd de plomo y permaneció allí hasta el anochecer.

Fin del Episodio 3 · de 7

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