El fantasma de Canterville·Episodio 01

Capítulo I

~8 min · 1550 palabras

Cuando el señor Hiram B. Otis, ministro de los Estados Unidos, compró Canterville Chase, todo el mundo le dijo que cometía una gran insensatez, pues no cabía la menor duda de que el lugar estaba embrujado. En verdad, el mismísimo lord Canterville, hombre de un honor sumamente escrupuloso, había considerado un deber mencionar el hecho al señor Otis cuando se reunieron a discutir las condiciones.

—Nosotros mismos no hemos querido vivir en este sitio —dijo lord Canterville—, desde que a mi tía abuela, la duquesa viuda de Bolton, le dio un ataque de espanto del que en verdad nunca llegó a recuperarse, debido a que dos manos de esqueleto se posaron sobre sus hombros mientras se vestía para la cena; y me creo en el deber de decirle, señor Otis, que el fantasma ha sido visto por varios miembros vivos de mi familia, así como por el rector de la parroquia, el reverendo Augustus Dampier, que es miembro del King’s College de Cambridge. Tras el desdichado percance de la duquesa, ninguno de nuestros criados más jóvenes quiso seguir a nuestro servicio, y lady Canterville a menudo apenas lograba conciliar el sueño por las noches, a consecuencia de los misteriosos ruidos que procedían del corredor y de la biblioteca.

—Milord —respondió el ministro—, me quedaré con el mobiliario y con el fantasma según inventario y tasación. Procedo de un país moderno, donde tenemos todo cuanto el dinero puede comprar; y con todos nuestros jóvenes avispados haciendo estragos en el Viejo Mundo y llevándose a sus mejores actores y primadonnas, calculo que, si hubiese algo parecido a un fantasma en Europa, en muy poco tiempo lo tendríamos allá en casa, en alguno de nuestros museos públicos o de gira en un espectáculo.

—Temo que el fantasma existe —dijo lord Canterville, sonriendo—, aunque tal vez se haya resistido a las proposiciones de sus emprendedores empresarios. Se le conoce bien desde hace tres siglos, desde 1584 en realidad, y siempre hace su aparición antes del fallecimiento de cualquier miembro de nuestra familia.

—Bueno, en ese sentido, también el médico de la familia, lord Canterville. Pero no existe tal cosa, señor, como un fantasma, y me imagino que las leyes de la Naturaleza no van a quedar en suspenso por la aristocracia británica.

—Desde luego, son ustedes muy naturales en América —respondió lord Canterville, que no comprendía del todo la última observación del señor Otis—, y si a usted no le importa tener un fantasma en la casa, todo está bien. Solo recuerde que se lo advertí.

Pocas semanas después quedó cerrada la compra y, al concluir la temporada, el ministro y su familia se trasladaron a Canterville Chase. La señora Otis, que en su época de señorita Lucretia R. Tappan, de la calle Cincuenta y Tres Oeste, había sido una célebre beldad neoyorquina, era ahora una mujer muy hermosa, de mediana edad, con unos ojos magníficos y un perfil soberbio. Muchas damas americanas, al abandonar su tierra natal, adoptan un aspecto de mala salud crónica, bajo la impresión de que se trata de una forma de refinamiento europeo; pero la señora Otis jamás había incurrido en semejante error. Gozaba de una constitución magnífica y de una vitalidad verdaderamente asombrosa. En verdad, en muchos aspectos resultaba sumamente inglesa, y constituía un excelente ejemplo de que en la actualidad lo tenemos todo en común con América, salvo, por supuesto, la lengua. Su hijo mayor, bautizado Washington por sus padres en un arrebato de patriotismo que nunca dejó de lamentar, era un joven rubio y bastante bien parecido, que se había capacitado para la diplomacia americana dirigiendo el cotillón en el casino de Newport durante tres temporadas consecutivas, e incluso en Londres era reputado como un excelente bailarín. Las gardenias y los pares de Inglaterra eran sus únicas debilidades; por lo demás, era sumamente sensato. La señorita Virginia E. Otis era una muchachita de quince años, grácil y hermosa como un cervatillo, con un destello de libertad en sus grandes ojos azules. Era una jinete maravillosa y en cierta ocasión había competido en una carrera con su poni contra el viejo lord Bilton dando dos vueltas al parque, venciéndolo por un cuerpo y medio justo ante la estatua de Aquiles, para inmenso deleite del joven duque de Cheshire, quien le propuso matrimonio en el acto y fue devuelto a Eton esa misma noche por sus tutores, deshecho en un mar de lágrimas. Después de Virginia venían los gemelos, a quienes solían llamar «Barras y Estrellas», porque no paraban de recibir azotes. Eran unos chiquillos encantadores y, a excepción del digno ministro, los únicos republicanos verdaderos de la familia.

Como Canterville Chase se halla a siete millas de Ascot, la estación de ferrocarril más cercana, el señor Otis había telegrafiado pidiendo una carretela descubierta para que fuera a buscarlos, y emprendieron el trayecto con el mejor de los ánimos. Era una hermosa tarde de julio y el aire traía el delicado aroma de los pinares. De vez en cuando oían a una torcaz arrullarse con su dulce voz, o divisaban en la espesura del susurrante helechal el lustroso pecho del faisán. Unas ardillitas los atisbaban desde las hayas a su paso, y los conejos huían veloces entre la maleza y por los oteros musgosos, con la cola blanca en alto. Sin embargo, al entrar en la avenida de Canterville Chase, el cielo se cubrió súbitamente de nubarrones, una extraña quietud pareció apoderarse de la atmósfera, una gran bandada de grajos cruzó en silencio sobre sus cabezas y, antes de que alcanzaran la casa, habían caído ya unos gruesos goterones de lluvia.

De pie sobre la escalinata para recibirlos se encontraba una anciana pulcramente vestida de seda negra, con cofia y delantal blancos. Se trataba de la señora Umney, el ama de llaves, a quien la señora Otis, ante los fervientes ruegos de lady Canterville, había consentido en mantener en su antiguo puesto. Les hizo a cada uno una profunda reverencia a medida que apeaban, y dijo con modales anticuados y pintorescos: —Les doy la bienvenida a Canterville Chase—. Siguiéndola, pasaron por el soberbio vestíbulo de estilo Tudor hasta la biblioteca, una estancia larga y de techo bajo, revestida de roble negro, al fondo de la cual había una gran vidriera. Allí encontraron el té dispuesto para ellos y, tras quitarse la ropa de abrigo, tomaron asiento y empezaron a mirar a su alrededor, mientras la señora Umney los atendía.

De pronto, la señora Otis descubrió una mancha de color rojo apagado en el suelo, justo al lado de la chimenea, y, completamente ajena a lo que en realidad significaba, le dijo a la señora Umney: —Me temo que se ha derramado algo ahí.

—Sí, señora —respondió la anciana ama de llaves en voz baja—, ahí se ha derramado sangre.

—¡Qué horror! —exclamó la señora Otis—; no me gustan en absoluto las manchas de sangre en una sala de estar. Hay que quitarla de inmediato.

La anciana sonrió y respondió con la misma voz baja y misteriosa: —Es la sangre de lady Eleanore de Canterville, que fue asesinada en ese mismo sitio por su propio esposo, sir Simon de Canterville, en 1575. Sir Simon le sobrevivió nueve años y desapareció de repente en circunstancias sumamente misteriosas. Su cuerpo jamás ha sido hallado, pero su espíritu culpable continúa rondando por Canterville Chase. La mancha de sangre ha sido muy admirada por turistas y curiosos, y no es posible quitarla.

—¡Todo eso son tonterías! —exclamó Washington Otis—; el Quitamanchas Campeón y Detergente Insuperable de Pinkerton la limpiará en un santiamén. —Y antes de que la aterrorizada ama de llaves pudiera impedirlo, ya se había puesto de rodillas y frotaba afanosamente el suelo con una barrita de lo que parecía cosmético negro. En pocos instantes no quedaba ni rastro de la mancha de sangre.

—¡Sabía que Pinkerton lo conseguiría! —exclamó triunfante, mirando en derredor a su admirada familia; pero apenas hubo pronunciado estas palabras, un relámpago pavoroso iluminó la sombría estancia, un trueno espantoso los hizo ponerse en pie de un salto y la señora Umney se desmayó.

—¡Qué clima tan monstruoso! —dijo con calma el ministro americano, mientras encendía un largo veguero—. Me parece a mí que la vieja patria está tan superpoblada que no tienen suficiente buen tiempo para todos. Siempre he sido de la opinión de que la emigración es la única solución para Inglaterra.

—¡Mi querido Hiram! —exclamó la señora Otis—, ¿qué podemos hacer con una mujer que se desmaya?

—Descuénteselo como roturas —respondió el ministro—; no volverá a desmayarse después de eso; y, en efecto, a los pocos instantes la señora Umney volvió en sí. No cabía duda, sin embargo, de que estaba sumamente alterada, y advirtió con severidad al señor Otis que tuviese cuidado con las desgracias que amenazaban la casa.

—He visto cosas con mis propios ojos, señor —dijo—, que le pondrían los pelos de punta a cualquier cristiano, y muchas, muchísimas noches no he podido pegar ojo por las cosas espantosas que aquí suceden. Sin embargo, el señor Otis y su esposa aseguraron con afecto a aquella buena alma que no temían a los fantasmas, y, tras invocar las bendiciones de la Providencia para sus nuevos amos y concertar un aumento de sueldo, la anciana ama de llaves se retiró tambaleante a su habitación.

Fin del Episodio 1 · de 7

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