Diario de Jonathan Harker—continuación · III
~8 min · 1580 palabras
Más tarde: la mañana del 16 de mayo.—¡Dios preserve mi juicio, pues a esto he quedado reducido! La seguridad y la certidumbre de estar a salvo son cosas del pasado. Mientras siga viviendo aquí, solo queda esperar una cosa: no volverme loco, si es que, en verdad, no lo estoy ya. Si conservo la razón, resulta sin duda enloquecedor pensar que, de todas las inmundicias que acechan en este lugar aborrecible, el conde es lo que menos pavor me infunde; que solo en él puedo buscar amparo, aun cuando esto sea únicamente mientras sirva a sus propósitos. ¡Dios todopoderoso! ¡Dios misericordioso! Permíteme conservar la calma, pues perderla conduce sin duda a la locura. Empiezo a ver bajo una nueva luz ciertas cosas que me tenían perplejo. Hasta ahora nunca comprendí del todo qué quiso decir Shakespeare cuando hizo decir a Hamlet:—
—¡Mis tablillas! ¡Pronto, mis tablillas! Conviene que lo consigne...—, etcétera,
pues ahora, sintiendo como si se me hubiera trastornado el cerebro o como si se hubiera producido la conmoción llamada a causar su ruina, recurro a mi diario en busca de reposo. El hábito de registrar todo con precisión ha de ayudar a calmarme.
La misteriosa advertencia del conde me asustó en su momento; me asusta aún más ahora cuando pienso en ella, pues en adelante ejercerá sobre mí un dominio aterrador. ¡Temeré dudar de cualquier cosa que diga!
Cuando hube escrito en mi diario y, por fortuna, hube devuelto el libro y la pluma a mi bolsillo, sentí sueño. Me vino a la memoria la advertencia del conde, pero sentí cierto placer en desobedecerla. La sensación de modorra se apoderó de mí, y con ella la obstinación que el sueño trae consigo como heraldo. La suave luz de la luna me sosegaba, y la vasta extensión del exterior me proporcionaba una sensación de libertad que me reconfortaba. Decidí no regresar esta noche a las sombrías estancias, sino dormir aquí, donde en otros tiempos las damas se sentaban, cantaban y vivían dulces vidas mientras sus tiernos pechos se afligían por los hombres ausentes en medio de crueles guerras. Aparté un gran diván de su sitio junto al rincón, de modo que, al acostarme, pudiera contemplar la hermosa vista hacia el este y el sur, y, sin pensar en el polvo ni preocuparme por él, me dispuse a dormir. Supongo que debí de quedarme dormido; así lo espero, pero me temo lo contrario, pues todo lo que siguió fue sobrecogedoramente real; tan real que ahora, sentado aquí a la plena y clara luz de la mañana, no puedo creer en absoluto que no fuera más que un sueño.
No estaba solo. La habitación era la misma, sin cambio alguno desde que entré en ella; a la luz brillante de la luna podía ver en el suelo mis propias pisadas, marcadas allí donde había removido la larga acumulación de polvo. En la luz de la luna, frente a mí, había tres mujeres jóvenes, damas por su vestido y sus maneras. Pensé entonces que debía de estar soñando al verlas, pues, aunque la luna estaba a sus espaldas, no proyectaban sombra alguna en el suelo. Se acercaron a mí, me miraron un rato y luego cuchichearon entre ellas. Dos eran morenas, de nariz alta y aguileña como la del conde, y grandes ojos oscuros y penetrantes que parecían casi rojos en contraste con el pálido amarillo de la luna. La otra era rubia, rubísima, con grandes ondas de cabello dorado y ojos como zafiros pálidos. Me parecía conocer de algún modo su rostro, y conocerlo unido a algún miedo de ensueño, pero en ese momento no lograba recordar cómo ni dónde. Las tres tenían unos dientes blanquísimos que brillaban como perlas contra el rubí de sus labios voluptuosos. Había algo en ellas que me inquietaba, cierto anhelo y a la vez un miedo mortal. Sentí en el corazón un deseo perverso y ardiente de que me besaran con aquellos labios rojos. No está bien dejar esto por escrito, no sea que algún día llegue a los ojos de Mina y le cause dolor; pero es la verdad. Cuchichearon entre ellas y luego se rieron las tres; una risa argentina, musical, pero tan dura como si aquel sonido jamás hubiera podido pasar por la suavidad de unos labios humanos. Era como la dulzura insoportable y vibrante de unas copas de agua tocadas por una mano diestra. La rubia sacudió la cabeza con coquetería y las otras dos la animaron. Una dijo:
—¡Adelante! Tú eres la primera y nosotras te seguiremos; tuyo es el derecho a empezar. —La otra añadió:—
—Es joven y fuerte; hay besos para todas. Yo seguía inmóvil, mirando por entre las pestañas en una agonía de deliciosa expectación. La rubia avanzó y se inclinó sobre mí hasta que pude sentir el movimiento de su aliento. Era dulce en cierto sentido, dulce como la miel, y me recorría los nervios con el mismo estremecimiento que su voz, pero bajo lo dulce había un amargor, un amargor repugnante, como el que se huele en la sangre.
Tenía miedo de alzar los párpados, pero miraba por entre las pestañas y lo veía todo perfectamente. La muchacha se arrodilló y se inclinó sobre mí, sencillamente regodeándose. Había una voluptuosidad deliberada que era a la vez estremecedora y repulsiva, y al arquear el cuello se lamió de veras los labios como un animal, hasta que pude ver a la luz de la luna la humedad que brillaba en los labios escarlata y en la lengua roja mientras lamía los dientes blancos y afilados. Su cabeza bajaba más y más, y los labios pasaron por debajo de mi boca y de mi barbilla y parecieron a punto de posarse en mi garganta. Entonces se detuvo, y pude oír el chasquido de su lengua al lamerse los dientes y los labios, y sentir el aliento caliente en el cuello. Entonces la piel de la garganta empezó a hormiguearme como hormiguea la carne cuando se acerca más y más la mano que va a hacerle cosquillas. Sentí el roce suave y trémulo de los labios en la piel sensibilísima de mi garganta, y la presión firme de dos dientes afilados que me tocaban y se quedaban allí. Cerré los ojos en un éxtasis lánguido y esperé; esperé con el corazón palpitante.
Pero en aquel instante, otra sensación me recorrió veloz como el rayo. Fui consciente de la presencia del conde y de que se hallaba como envuelto en una tempestad de furia. Al abrirse mis ojos involuntariamente, vi su mano vigorosa aferrar el esbelto cuello de la mujer rubia y apartarlo con fuerza de gigante; los ojos azules de ella estaban transformados por el furor, los dientes blancos rechinaban de rabia y sus mejillas pálidas ardían enrojecidas por la pasión. ¡Pero el conde! Jamás imaginé semejante ira y furia, ni aun en los demonios del abismo. Sus ojos literalmente ardían. La luz roja en ellos era siniestra, como si las llamas del fuego del infierno ardiesen tras sus pupilas. Su rostro estaba mortalmente pálido y sus facciones eran duras como alambres tensados; las espesas cejas que se juntaban sobre la nariz semejaban ahora una ondulante barra de metal al rojo blanco. Con un fiero ademán de su brazo, arrojó a la mujer lejos de sí y luego hizo un gesto a las otras, como si las obligara a retroceder; fue el mismo ademán imperioso que le había visto emplear con los lobos. Con una voz que, aunque baja y casi un susurro, pareció cortar el aire y resonar luego por toda la habitación, dijo:—
—¿Cómo os atrevéis a tocarlo, ninguna de vosotras? ¿Cómo os atrevéis a poner los ojos en él cuando os lo había prohibido? ¡Atrás, os digo a todas! ¡Este hombre me pertenece! ¡Cuidado con meteros con él, o tendréis que vérselas conmigo! —La muchacha rubia, con una risa de procaz coquetería, se volvió para responderle:—
—¡Tú mismo nunca has amado; jamás amas! —A esto se unieron las otras mujeres, y una risa tan desprovista de alegría, tan dura y desalmada resonó en la habitación que casi me hizo desfallecer al oírla; parecía el regocijo de los demonios. Entonces el conde se volvió, tras mirarme el rostro con atención, y dijo en un suave susurro:—
—Sí, yo también sé amar; vosotras mismas podéis dar testimonio por el pasado. ¿Acaso no es así? Bien, ahora os prometo que cuando haya terminado con él podréis besarlo a vuestro antojo. ¡Ahora marchaos! ¡Marchaos! Debo despertarlo, pues hay trabajo por hacer.
—¿Acaso no tendremos nada esta noche? —dijo una de ellas con una risa baja, mientras señalaba la bolsa que él había arrojado al suelo, y que se movía como si hubiera algún ser vivo en su interior. Por respuesta, él asintió con la cabeza. Una de las mujeres se lanzó hacia delante y la abrió. Si mis oídos no me engañaron, se oyó un jadeo y un gemido tenue, como de un niño medio asfixiado. Las mujeres se agolparon alrededor, mientras yo quedaba sobrecogido de espanto; pero, al mirar, desaparecieron, y con ellas la terrible bolsa. No había ninguna puerta cerca de ellas, y no habrían podido pasar a mi lado sin que me diera cuenta. Simplemente parecieron desvanecerse en los rayos de la luna y salir por la ventana, pues pude distinguir afuera las formas tenues y sombrías por un instante antes de que se disiparan por completo.
Entonces el horror se apoderó de mí, y caí desvanecido.
Fin del Episodio 9 · de 80
Diario de Jonathan Harker—continuación · III
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