Diario de Mina Harker · III
~12 min · 2319 palabras
Luego me armé de nuevo de valor para mi horrible tarea, y descubrí al arrancar las losas de las tumbas a otra de las hermanas, la otra, la oscura. No me atreví a detenerme a mirarla como lo había hecho con su hermana, no fuera a ser que una vez más empezara a quedar hechizado; sino que seguí buscando hasta que, al poco, encontré en un gran sepulcro elevado, como hecho para alguien muy amado, a aquella otra hermana rubia que, al igual que Jonathan, había visto formarse a partir de los átomos de la niebla. Era tan hermosa de contemplar, tan radiantemente bella, tan exquisitamente voluptuosa, que el propio instinto de hombre que hay en mí, el cual llama a algunos de los de mi sexo a amar y a proteger a una de las suyas, hizo que mi cabeza diera vueltas con una emoción nueva. ¡Pero gracias a Dios que el lamento del alma de mi querida señora Mina no se había borrado de mis oídos!; y antes de que el hechizo pudiera ejercerse más sobre mí, me había repuesto para mi salvaje labor. Para entonces ya había registrado todas las tumbas de la capilla, hasta donde alcanzaba a saber; y como no había habido más que tres de aquellos fantasmas de No-Muertos a nuestro alrededor en la noche, dediqué que no existían más No-Muertos activos. Había una gran tumba más majestuosa que todas las demás; era enorme y de proporciones nobles. Sobre ella había una sola palabra
DRÁCULA.
Este era, pues, el hogar de No-Muerto del Rey-Vampiro, a quien se debían muchos más. Su vaciedad habló con elocuencia para confirmar lo que ya sabía. Antes de empezar a devolver a estas mujeres a sus yos muertos mediante mi terrible labor, coloqué en la tumba de Drácula algo de la Sagrada Forma, y así lo desterré de ella, hecho un No-Muerto, para siempre.
Entonces comenzó mi terrible tarea, y la temía. De haber sido tan solo una, habría sido fácil, en comparación. ¡Pero tres! Empezar dos veces más después de haber pasado por un acto de horror; pues si había sido terrible con la dulce señorita Lucy, ¿cómo no iba a serlo con estas extrañas criaturas que habían sobrevivido a través de los siglos, y que se habían fortalecido con el paso de los años; que habrían luchado, de haber podido, por sus sucias vidas...?
Oh, amigo mío John, pero fue un trabajo de carnicería; de no haberme animado con los pensamientos de otros muertos y de los vivos sobre los que pendía un cernidor tal de miedo, no habría podido continuar. Tiemblo y tiemblo todavía, aunque hasta que todo hubo terminado, gracias a Dios, mis nervios resistieron. De no haber visto el sosiego en el primer caso, y la alegría que se deslizó sobre él justo antes de que llegara la disolución final, como constatación de que el alma había sido ganada, no habría podido seguir adelante con mi carnicería. No habría podido soportar el horrible chirrido cuando la estaca penetraba hasta el fondo; la sacudida de la forma retorcida y los labios de espuma ensangrentada. Habría huido aterrorizado y dejado mi obra inacabada. ¡Pero ya ha pasado! Y a las pobres almas, ahora puedo compadecerlas y llorar al pensar en ellas, plácidas cada una en su sueño total de muerte por un breve instante antes de desvanecerse. Porque, amigo John, apenas mi cuchillo seccionó la cabeza de cada una, cuando todo el cuerpo comenzó a desintegrarse y desmoronarse en su polvo natal, como si la muerte que debió haber llegado siglos atrás se hubiera impuesto por fin y dijera al instante y en voz alta: «¡Aquí estoy!»
Antes de abandonar el castillo, modifiqué sus entradas de tal manera que el Conde jamás podrá volver a entrar allí como No-Muerto.
Cuando entré en el círculo donde dormía la señora Mina, se despertó de su sueño y, al verme, exclamó con dolor que yo había soportado demasiado.
—¡Ven —dijo—, aléjate de este horrible lugar! Vamos al encuentro de mi esposo, que sé que viene hacia nosotros. —Se veía delgada, pálida y débil; pero sus ojos eran puros y brillaban con fervor. Me alegró ver su palidez y su enfermedad, pues mi mente estaba llena del fresco horror de aquel sueño vampírico y rojizo.
Y así, con confianza y esperanza, pero también llenos de temor, marchamos hacia el este para encontrarnos con nuestros amigos —y con él—, a quien la señora Mina me dice que sabe que vienen a nuestro encuentro.
Diario de Mina Harker.
6 de noviembre.—Era ya avanzada la tarde cuando el Profesor y yo emprendimos el camino hacia el este de donde sabía que venía Jonathan. No fuimos rápido, aunque el camino era una fuerte pendiente hacia abajo, pues teníamos que llevar mantas pesadas y abrigos con nosotros; no nos atrevíamos a afrontar la posibilidad de quedarnos sin calor en el frío y la nieve. También tuvimos que llevar algunas de nuestras provisiones, pues estábamos en una absoluta desolación y, hasta donde alcanzábamos a ver a través de la nevada, no había ni rastro de habitación. Cuando habíamos recorrido una milla más o menos, estaba cansada de caminar con tanto peso y me senté a descansar. Entonces miramos hacia atrás y vimos dónde la línea nítida del castillo de Drácula cortaba el cielo; pues estábamos tan hondo bajo la colina sobre la que se alzaba que el ángulo de perspectiva de las montañas de los Cárpatos quedaba muy por debajo de él. Lo vimos en todo su esplendor, encaramado a mil pies en la cima de un precipicio escarpado, y con Aparentemente un gran vacío entre este y el escarpado de la montaña adyacente por cualquier lado. Había algo salvaje y misterioso en el lugar. Podíamos oír el aullido lejano de los lobos. Estaban muy lejos, pero el sonido, aun llegando amortiguado por la apagadora nevada, estaba lleno de terror. Por la forma en que el doctor Van Helsing estaba registrando los alrededores, supe que trataba de buscar algún punto estratégico donde estuviéramos menos expuestos en caso de ataque. El áspero camino seguía descendiendo; podíamos rastrearlo a través de la nieve acumulada.
Al poco rato el Profesor me hizo señales, así que me levanté y me reuní con él. Había encontrado un lugar maravilloso, una especie de oquedad natural en una roca, con una entrada a modo de puerta entre dos peñascos. Me tomó de la mano y me adentró: —¡Mira! —dijo—, aquí estarás a buen recaudo; y si los lobos vienen, podré enfrentarme a ellos uno por uno. —Trajo nuestras pieles, me hizo un nido acogedor, sacó algunas provisiones y me obligó a comerlas. Pero no pude comer; hasta el simple intento me resultaba repulsivo y, por mucho que hubiera querido complacerlo, no fui capaz de intentarlo. Él lucía muy triste, pero no me reprochó. Sacando sus prismáticos del estuche, se subió a lo alto de la roca y comenzó a escrutar el horizonte. De repente exclamó:—
—¡Mira! ¡Señora Mina, mira! ¡Mira! —Me puse en pie de un salto y me paré junto a él en la roca; él me entregó sus prismáticos y señaló. La nieve caía ahora con más fuerza y remolineaba con furia, pues empezaba a soplar un viento fuerte. Sin embargo, a veces había pausas entre las ventiscas de nieve y podía ver muy lejos a la redonda. Desde la altura en que nos hallábamos era posible divisar una gran distancia; y a lo lejos, más allá del páramo blanco de nieve, pude ver el río tendido como una cinta negra en curvas y rizos mientras serpenteaba. Justo frente a nosotros y no muy lejos —de hecho, tan cerca que me extrañaba que no lo hubiéramos notado antes— venía un grupo de hombres a caballo que avanzaban apresuradamente. En medio de ellos había un carro, un carro largo de escalera que oscilaba de un lado a otro, como el rabo de un perro al menearse, con cada abrupta irregularidad del camino. Silueteados contra la nieve como estaban, pude ver por las ropas de los hombres que eran campesinos o gitanos de algún tipo.
Sobre el carro había un gran arcón cuadrado. El corazón me dio un vuelco al verlo, pues sentía que el fin se acercaba. La tarde tocaba ya a su fin, y bien sabía yo que a la puesta del sol el Ser que hasta entonces había estado prisionero en él cobraría una nueva libertad y, bajo cualquiera de sus múltiples formas, eludiría toda persecución. Aterrorizada, me volví hacia el profesor; para mi consternación, sin embargo, no estaba allí. Un instante después lo vi abajo. Alrededor de la roca había trazado un círculo, como aquel en el que nos habíamos refugiado la noche anterior. Cuando hubo terminado, se detuvo de nuevo a mi lado y dijo:—
—¡Al menos aquí estaréis a salvo de él! —Me quitó los anteojos y, en la siguiente pausa de la nieve, barrió todo el espacio que teníamos debajo—. Mirad —dijo—, vienen deprisa; están fustigando a los caballos y galopando con todas sus fuerzas. —Hizo una pausa y continuó con voz hueca:—
—Corren una carrera hacia la puesta del sol. Puede que lleguemos demasiado tarde. ¡Hágase la voluntad de Dios! —Cayó otra ráfaga cegadora de nieve espesa y todo el paisaje quedó borrado. Sin embargo, pasó pronto y una vez más sus anteojos se fijaron en la llanura. Entonces se oyó un grito repentino:—
—¡Mirad! ¡Mirad! ¡Mirad! Ved, dos jinetes los siguen de cerca, acercándose desde el sur. Tienen que ser Quincey y John. Tomad los anteojos. ¡Mirad antes de que la nieve lo borre todo! —Lo tomé y miré. Los dos hombres bien podían ser el doctor Seward y el señor Morris. Al menos sabía yo que ninguno de los dos era Jonathan. Al mismo tiempo sabía que Jonathan no estaba lejos; mirando a mi alrededor, vi en el lado norte del grupo que se acercaba a otros dos hombres que cabalgaban a velocidad vertiginosa. Supe que uno de ellos era Jonathan y supuse, por supuesto, que el otro era lord Godalming. Ellos también perseguían al grupo del carro. Cuando se lo dije al profesor, gritó de júbilo como un escolar y, tras mirar fijamente hasta que una nevada hizo imposible la vista, dejó su rifle Winchester listo para usar contra el peñasco en la abertura de nuestro refugio—. Todos están convergiendo —dijo—. Cuando llegue el momento tendremos gitanos por todas partes. —Saqué mi revólver y lo puse a mano, pues mientras hablábamos el aullido de los lobos se volvía más fuerte y cercano. Cuando la tormenta de nieve amainó un momento, volvimos a mirar. Era extraño ver caer la nieve en copos tan densos muy cerca de nosotros y, más allá, el sol brillando cada vez con más fuerza a medida que descendía hacia las lejanas cumbres de las montañas. Barriendo con los anteojos todo a nuestro alrededor, pude ver aquí y allá puntos que se movían solos, de dos en dos, de tres en tres y en mayor número; los lobos se estaban congregando para su presa.
Cada instante parecía un siglo mientras esperábamos. El viento soplaba ahora en ráfagas feroces, y la nieve era arrastrada con furia al abatirse sobre nosotros en remolinos circulares. A veces no podíamos ver a un brazo de distancia ante nosotros; pero en otras ocasiones, al pasar el viento de sonido hueco, parecía despejar el espacio aéreo a nuestro alrededor de modo que podíamos ver a lo lejos. Estábamos últimamente tan acostumbrados a vigilar la salida y la puesta del sol que sabíamos con bastante exactitud cuándo se producirían; y sabíamos que antes de mucho el sol se pondría. Costaba creer que, según nuestros relojes, faltara menos de una hora para que esperáramos en aquel refugio rocoso antes de que los distintos grupos empezaran a converger estrechamente sobre nosotros. El viento soplaba ahora con ráfagas más feroces y amargas, y de manera más constante desde el norte. Al parecer, había alejado de nosotros las nubes de nieve, pues, salvo por ocasionales ráfagas, la nieve caía. Podíamos distinguir claramente a los individuos de cada bando, los perseguidos y los perseguidores. Curiosamente, los perseguidos no parecían darse cuenta, o al menos no les importaba, de que los perseguían; parecían, sin embargo, apresurarse con velocidad redoblada a medida que el sol descendía más y más sobre las cumbres de las montañas.
Cada vez se acercaban más. El profesor y yo nos agachamos tras nuestra roca y mantuvimos nuestras armas listas; pude ver que él estaba decidido a que no pasaran. Todos y cada uno de ellos ignoraban por completo nuestra presencia.
—¡Alto! —gritaron de pronto dos voces. Una era la de mi Jonathan, alzada en un tono agudo de pasión; la otra, el tono firme y resuelto de tranquila orden del señor Morris. Los gitanos tal vez no conocieran el idioma, pero no cabía equivocarse respecto al tono, en la lengua en que se pronunciaran las palabras. Instintivamente frenaron en seco, y al instante lord Godalming y Jonathan aparecieron a galope por un lado y el doctor Seward y el señor Morris por el otro. El cabecilla de los gitanos, un tipo de magnífico aspecto que montaba a caballo como un centauro, les hizo señas para que retrocedieran y dio a sus compañeros alguna orden de continuar con voz feroz. Fustigaron a los caballos, que dieron un salto al frente; pero los cuatro hombres levantaron sus rifles Winchester y les ordenaron detenerse de un modo inconfundible. En el mismo momento, el doctor Van Helsing y yo nos alzamos tras la roca y les apuntamos con nuestras armas. Al verse rodeados, los hombres tensaron las riendas y se detuvieron. El líder se volvió hacia ellos y dio una orden con la que todos y cada uno de los gitanos desenvainaron el arma que portaban, cuchillo o pistola, y se prepararon para atacar. El combate se trabó en un instante.
Fin del Episodio 79 · de 80
Diario de Mina Harker · III
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