Drácula·Episodio 80

Diario de Mina Harker · IV

~8 min · 1574 palabras

El líder, con un rápido movimiento de las riendas, lanzó su caballo hacia delante y, señalando primero al sol —que ahora se hallaba muy cerca de las cumbres de los colinas— y luego al castillo, dijo algo que no comprendí. En respuesta, los cuatro hombres de nuestro grupo se echaron de sus caballos y corrieron hacia el carro. Habría sentido un miedo terrible al ver a Jonathan en semejante peligro, de no ser porque el ardor de la batalla debió de apoderarse de mí tanto como del resto de ellos; no sentí miedo, sino tan solo un deseo salvaje y desbordante de hacer algo. Al ver el rápido movimiento de los nuestros, el líder de los gitanos dio una orden; sus hombres se formaron al instante alrededor del carro en un esfuerzo algo indisciplinado, empujándose y codéandose unos a otros en su afán por cumplir la orden.

En medio de aquello pude ver que Jonathan, a un lado del círculo de hombres, y Quincey, al otro, se estaban abriendo paso a la fuerza hacia el carro; era evidente que se empeñaban en terminar su tarea antes de que se pusiera el sol. Nada parecía detenerlos ni siquiera estorbarlos. Ni las armas enarboladas ni los cuchillos relucientes de los gitanos que tenían delante, ni los aullidos de los lobos a sus espaldas, parecían atraer siquiera su atención. La impetuosidad de Jonathan y la manifiesta determinación de su propósito parecieron intimidar a los que tenía enfrente; instintivamente se encogieron a un lado y lo dejaron pasar. En un instante había saltado al carro y, con una fuerza que parecía increíble, levantó el gran arcón y lo arrojó por encima de la rueda al suelo. Entre tanto, el señor Morris había tenido que usar la fuerza para abrirse paso a través de su lado del círculo de szgany. Todo el tiempo que estuve observando sin aliento a Jonathan, había visto de reojo cómo avanzaba desesperadamente, y había visto los cuchillos de los gitanos brillar mientras él se abría paso y ellos le tiraban tajos. Él se había defendido con su gran cuchillo bowie y al principio pensé que también había salido sano y salvo; pero al saltar junto a Jonathan, que ya había bajado del carro, pude ver que con la mano izquierda se apretaba el costado y que la sangre brotaba a chorros entre sus dedos. A pesar de esto no se detuvo, pues mientras Jonathan, con energía desesperada, atacaba un extremo del cofre intentando arrancar la tapa con su gran cuchillo kukri, el otro lo atacaba frenéticamente con su bowie. Bajo los esfuerzos de ambos hombres la tapa comenzó a ceder; los clavos salieron con un chirrido seco y la parte superior de la caja fue arrojada hacia atrás.

Para entonces los gitanos, al verse encañonados por los Winchester y a merced de lord Godalming y el doctor Seward, se habían rendido y no opusieron resistencia. El sol estaba casi oculto en las cumbres de las montañas, y las sombras de todo el grupo se extendían largas sobre la nieve. Vi al conde yacente dentro del cofre sobre la tierra, parte de la cual le había caído encima al volcarse bruscamente el carro. Estaba pálido como la muerte, exactamente igual que una imagen de cera, y los ojos rojos miraban fijamente con la horrible expresión vengativa que yo conocía demasiado bien.

Mientras miraba, los ojos vieron el sol poniente, y la expresión de odio que había en ellos se tornó en triunfo.

Pero, al instante, se produjo el movimiento raudo y el destello del gran cuchillo de Jonathan. Solté un grito al ver cómo cortaba la garganta; al tiempo que, en ese mismo momento, el cuchillo bowie del señor Morris se hundía en el corazón.

Fue como un milagro; pero ante nuestros propios ojos, y casi en el espacio de un suspiro, todo el cuerpo se desmoronó en polvo y desapareció de nuestra vista.

Me alegraré mientras viva de que, incluso en aquel momento de disolución final, hubiera en su rostro una expresión de paz, tal como jamás habría podido imaginar que pudiera posarse allí.

El castillo de Drácula se recortaba ahora contra el cielo rojo, y cada piedra de sus almenas rotas se perfilaba nítida frente a la luz del sol poniente.

Los gitanos, tomándonos de algún modo como la causa de la extraordinaria desaparición del muerto, se volvieron sin decir palabra y cabalgaron a toda prisa como si les fuera la vida en ello. Los que iban a pie saltaron al carromato y gritaron a los jinetes que no los abandonaran. Los lobos, que se habían retirado a una distancia prudencial, siguieron tras sus pasos, dejándonos solos.

El señor Morris, que se había derrumbado en el suelo, se apoyó sobre un codo, manteniendo la mano presionada contra el costado; la sangre seguía brotando entre sus dedos. Volé hacia él, pues el círculo sagrado ya no me retenía; los dos doctores hicieron lo mismo. Jonathan se arrodilló detrás de él y el herido recostó la cabeza sobre su hombro. Con un suspiro tomó, con débil esfuerzo, mi mano entre la suya que estaba manchada. Debió de ver la angustia de mi corazón en mi rostro, pues me sonrió y dijo:—

—¡Soy más que feliz por haber sido de alguna utilidad! ¡Oh, Dios! —exclamó de pronto, incorporándose con esfuerzo hasta quedar sentado y señalándome—: ¡Valió la pena morir por esto! ¡Mire! ¡Mire!

El sol estaba ya sobre la misma cumbre de la montaña, y los destellos rojos cayeron sobre mi rostro, de modo que quedó bañado en una luz rosada. Con un solo impulso los hombres cayeron de rodillas y un profundo y ferviente «Amén» brotó de todos cuando sus ojos siguieron la dirección de su dedo. El moribundo habló:—

—¡Ahora demos gracias a Dios de que no todo haya sido en vano! ¡Mire! ¡La nieve no es más blanca que su frente! ¡La maldición ha desaparecido!

Y, con nuestro amargo pesar, con una sonrisa y en silencio, murió, un caballero intrépido.

NOTA

Hace siete años todos pasamos por el fuego; y la felicidad de algunos de nosotros desde entonces es, creemos, bien digna del dolor que padecimos. Es una alegría añadida para Mina y para mí que el cumpleaños de nuestro hijo coincida con el día en que murió Quincey Morris. Su madre alberga, bien lo sé, la firme creencia de que algo del espíritu de nuestro valiente amigo ha pasado a él. Su ramillete de nombres une a todo nuestro pequeño grupo de hombres; pero le llamamos Quincey.

En el verano de este año hicimos un viaje a Transilvania y recorrimos el viejo terreno que era, y es, para nosotros tan lleno de recuerdos vívidos y terribles. Era casi imposible creer que las cosas que habíamos visto con nuestros propios ojos y oído con nuestros propios oídos fuesen verdades vivas. Todo rastro de cuanto había quedado borrado. El castillo seguía en pie como antes, alzado muy por encima de un yermo de desolación.

Cuando volvimos a casa hablábamos de los viejos tiempos —de los cuales todos podíamos acordarnos sin desesperación, pues Godalming y Seward están felizmente casados—. Saqué los papeles de la caja de seguridad donde habían estado desde nuestro regreso, hacía ya tanto tiempo. Nos llamó la atención el hecho de que, en toda la masa de material de que se compone el registro, apenas hay un solo documento auténtico; nada más que una gran cantidad de mecanografiado, excepto los cuadernos de notas posteriores de Mina, de Seward y mío, y el memorándum de Van Helsing. Difícilmente podríamos pedir a nadie, ni aun deseándolo, que aceptase esto como pruebas de una historia tan descabellada. Van Helsing lo resumió todo al decir, con nuestro hijo sobre las rodillas:—

—¡No queremos pruebas; no pedimos que nadie nos crea! Este hijo nuestro sabrá algún día qué mujer tan valiente y audaz es su madre. Ya conoce su dulzura y su amoroso cuidado; más adelante comprenderá cómo algunos hombres la amaron tanto que osaron arriesgar mucho por ella.

JONATHAN HARKER.

FIN

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Fin del Episodio 80 · de 80

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