Diario del dr. Seward · III
~10 min · 1989 palabras
Más tarde.—¡Ah, me hizo tanto bien ver la forma en que trabajaban estos hombres valientes! ¡Cómo no van a amar las mujeres a los hombres cuando son tan sinceros, y tan leales, y tan valientes! Y además, ¡me hizo pensar en el maravilloso poder del dinero! Qué no puede hacer cuando se aplica debidamente, y qué podría hacer cuando se usa vilmente. Me sentí tan agradecida de que lord Godalming sea rico, y de que tanto él como el señor Morris, que también tiene mucho dinero, estén dispuestos a gastarlo con tanta generosidad. Pues, de no ser así, nuestra pequeña expedición no podría zarpar ni con tanta rapidez ni tan bien equipada como lo estará dentro de otra hora. No han pasado tres horas desde que se dispuso la parte que cada uno de nosotros debía cumplir; y ahora lord Godalming y Jonathan tienen una hermosa lancha de vapor, con la caldera a presión, lista para zarpar al menor aviso. El doctor Seward y el señor Morris tienen media docena de buenos caballos, bien pertrechados. Tenemos todos los mapas y avíos de diversa índole que se pueden conseguir. El profesor Van Helsing y yo hemos de partir en el tren de las 11:40 de esta noche hacia Veresti, donde debemos conseguir un carruaje para ir en coche al desfiladero de Borgo. Llevamos una buena cantidad de dinero en efectivo, pues hemos de comprar un carruaje y caballos. Conduciremos nosotros mismos, porque no tenemos a nadie en quien podamos confiar en este asunto. El profesor conoce un poco muchísimas lenguas, así que nos apañaremos muy bien. Todos llevamos armas, incluso para mí un revólver de gran calibre; Jonathan no habría estado contento a menos que yo fuera armada como los demás. ¡Ay! No puedo llevar un arma como los otros; la cicatriz en mi frente lo prohíbe. El querido doctor Van Helsing me consuela diciéndome que voy plenamente armada ya que puede haber lobos; el tiempo se vuelve más frío a cada hora, y hay ráfagas de nieve que van y vienen a modo de advertencia.
Más tarde.—Me costó todo mi valor despedirme de mi amor. Quizá no volvamos a vernos jamás. ¡Valor, Mina! El profesor te mira fijamente; su mirada es una advertencia. No debe haber lágrimas ahora —a menos que Dios permita que caigan de alegría—.
Diario de Jonathan Harker.
30 de octubre. Noche.—Estoy escribiendo esto a la luz de la puerta del hogar de la lancha de vapor: lord Godalming está avivando el fuego. Es un experto en la tarea, ya que durante años ha tenido una lancha propia en el Támesis y otra en los Broads de Norfolk. En cuanto a nuestros planes, decidimos por fin que la conjetura de Mina era correcta, y que si se elegía alguna vía fluvial para la huida del conde de regreso a su castillo, el Sereth y luego el Bistritza en su confluencia serían la elegida. Dimos por sentado que en algún lugar alrededor del grado 47 de latitud norte estaría el sitio escogido para cruzar el país entre el río y los Cárpatos. No tememos navegar a buena velocidad río arriba por la noche; hay agua de sobra, y las orillas están lo suficientemente separadas como para que la navegación a vapor, aun en la oscuridad, sea bastante fácil. Lord Godalming me dice que duerma un rato, pues por el momento basta con que uno monte guardia. Pero no puedo dormir; ¿cómo voy a hacerlo con el terrible peligro que se cierne sobre mi adorada, y ella yendo hacia ese lugar espantoso...? Mi único consuelo es que estamos en manos de Dios. Solo por esa fe sería más fácil morir que vivir, y librarse así de todos los problemas. El señor Morris y el doctor Seward salieron en su largo cabalgaje antes de que partiéramos; han de mantenerse por la orilla derecha, lo suficientemente alejados como para alcanzar tierras más altas desde donde puedan ver un buen trecho de río y evitar el seguir sus curvas. Tienen, para las primeras etapas, a dos hombres para montar y llevar de tiro sus caballos de reserva —cuatro en total—, para no llamar la atención. Cuando despidan a los hombres, lo cual será en breve, se encargarán ellos mismos de los caballos. Puede que sea necesario que unamos nuestras fuerzas; si es así, podrán montar a todo nuestro grupo. Una de las sillas de montar tiene un arzón móvil y puede adaptarse fácilmente para Mina, si fuera necesario.
Es una aventura salvaje en la que estamos. Aquí, mientras avanzamos velozmente a través de la oscuridad, con el frío del río que parece ascender y golpearnos; con todas las voces misteriosas de la noche a nuestro alrededor, todo cobra realidad. Parecemos ir la deriva hacia lugares desconocidos y caminos desconocidos; hacia un mundo entero de cosas oscuras y espantosas. Godalming está cerrando la puerta del hogar...
31 de octubre.—Aún apresurándonos. Ha llegado el día y Godalming duerme. Yo hago la guardia. La mañana es terriblemente fría; el calor del hogar es de agradecer, aunque llevamos abrigos pesados de piel. Hasta ahora solo hemos cruzado unas pocas barcas abiertas, pero ninguna llevaba a bordo ningún cajón o paquete que se parezca en nada al tamaño del que buscamos. Los hombres se asustaban cada vez que les enfocábamos nuestra lámpara eléctrica, y caían de rodillas y rezaban.
1 de noviembre, atardecer.—Sin noticias en todo el día; no hemos hallado nada de lo que buscamos. Hemos entrado ya en el Bistritza; y si nos equivocamos en nuestra conjetura, nuestra oportunidad se habrá esfumado. Hemos revisado minuciosamente cada barca, grande y pequeña. Temprano esta mañana, una tripulación nos tomó por una embarcación del Gobierno y nos trató en consecuencia. Vimos en ello una manera de suavizar las cosas, así que en Fundu, donde el Bistritza desemboca en el Sereth, conseguimos una bandera rumana que ahora ondeamos de forma bien visible. Con cada barca que hemos revisado desde entonces este ardid ha dado resultado; se nos ha mostrado toda clase de deferencias, y ni una sola vez objeción alguna a lo que hayamos querido pedir o hacer. Algunos de los eslovacos nos dicen que una gran barca pasó junto a ellos, navegando a mayor velocidad de la habitual ya que llevaba una tripulación doble a bordo. Esto fue antes de llegar a Fundu, de modo que no pudieron decirnos si la embarcación entró en el Bistritza o continuó río arriba por el Sereth. En Fundu no pudimos averiguar nada de tal barca, así que debió de pasar por allí durante la noche. Me siento muy somnoliento; el frío tal vez empieza a hacer mella en mí, y la naturaleza necesita descansar en algún momento. Godalming insiste en hacer el primer turno de guardia. Dios le bendiga por toda su bondad hacia la pobre y querida Mina y hacia mí.
2 de noviembre, mañana.—Es plena luz del día. Ese buen hombre no quiso despertarme. Dice que habría sido un pecado hacerlo, pues dormí plácidamente y estaba olvidando mi tribulación. Me parece de un egoísmo brutal haber dormido tanto y dejarle hacer guardia toda la noche; pero tenía toda la razón. Soy un hombre nuevo esta mañana; y, mientras me siento aquí y le miro dormir, puedo hacer todo lo necesario tanto en lo que respecta a vigilar el motor, timonear y montar guardia. Noto que mis fuerzas y mi energía están volviendo a mí. Me pregunto dónde estará Mina ahora, y Van Helsing. Deberían haber llegado a Veresti hacia el mediodía del miércoles. Les llevaría un tiempo conseguir el carruaje y los caballos; así que si hubieran partido y viajado con dureza, estarían más o menos ahora en el desfiladero de Borgo. ¡Que Dios los guíe y los socorra! Me da miedo pensar en lo que pueda suceder. ¡Si tan solo pudiéramos ir más rápido! Pero no podemos; las máquinas palpitan y hacen su mayor esfuerzo. Me pregunto cómo les irá al doctor Seward y al señor Morris. Parece haber torrentes interminables que bajan por las montañas hacia este río, pero como ninguno de ellos es muy grande —al menos por ahora, aunque sin duda son terribles en invierno y cuando se derrite la nieve—, es posible que los jinetes no hayan encontrado muchos obstáculos. Espero que antes de llegar a Strasba podamos verlos; pues si para entonces no hemos alcanzado al conde, puede ser necesario consultarnos mutuamente sobre qué hacer a continuación.
Diario del doctor Seward.
2 de noviembre.—Tres días en el camino. No hay noticias, y no habría tiempo para escribirlas de haberlas, pues cada momento es precioso. Solo hemos tenido el descanso necesario para los caballos; pero ambos lo estamos soportando de maravilla. Aquellos días de aventuras nuestros están resultando útiles. Debemos seguir adelante; nunca nos sentiremos tranquilos hasta que volvamos a tener a la lancha a la vista.
3 de noviembre.—Nos enteramos en Fundu de que la lancha había remontado el Bistritza. Ojalá no hiciera tanto frío. Hay señales de que se avecina nieve; y si cae con fuerza nos detendrá. En tal caso deberemos conseguir un trineo y continuar, al estilo ruso.
4 de noviembre.—Hoy supimos que la lancha había sufrido un retraso debido a un percance al intentar abrirse paso por los rápidos. Las barcas eslovacas suben sin problema, sirviéndose de una cuerda y guiadas por alguien que conoce el terreno. Algunas subieron apenas unas horas antes. Godalming es un mecánico aficionado, y es evidente que fue él quien puso la lancha a punto de nuevo. Por fin, superaron los rápidos sin contratiempos, con ayuda de los lugareños, y han reanudado la persecución. Me temo que la embarcación no esté en mejores condiciones tras el accidente; los campesinos nos dicen que, una vez que llegó a aguas tranquilas, seguía deteniéndose de vez en cuando todo el tiempo que estuvo a la vista. Debemos avanzar con más fuerza que nunca; nuestra ayuda puede ser necesaria muy pronto.
Diario de Mina Harker.
31 de octubre.—Llegada a Veresti al mediodía. El profesor me dice que esta madrugada al amanecer apenas ha podido hipnotizarme, y que todo lo que he podido decir ha sido: «oscuridad y silencio». Ya se ha marchado a comprar un carruaje y caballos. Dice que más tarde intentará adquirir más caballos, para que podamos cambiarlos por el camino. Tenemos por delante algo más de 70 millas. El país es precioso y de lo más interesante; si tan solo estuviéramos bajo otras circunstancias, qué encantador sería verlo todo. Si Jonathan y yo viajáramos por él solos, qué placer sería. ¡Detenernos a ver a la gente, y aprender algo de su vida, y llenar nuestras mentes y recuerdos con todo el colorido y lo pintoresco de esta tierra agreste y hermosa y de sus singulares gentes! Pero, ¡ay!—
Más tarde.—El doctor Van Helsing ha regresado. Ya ha conseguido el carruaje y los caballos; vamos a almorzar y partiremos en una hora. La dueña del hostal nos está preparando una enorme cesta de provisiones; parece suficiente para una compañía de soldados. El profesor la anima, y me susurra que quizás pase una semana antes de que podamos volver a comer algo decente. Él también ha estado de compras, y ha mandado traer una cantidad increíble de abrigos de piel, mantas y toda clase de prendas de abrigo. No habrá ninguna posibilidad de que pasemos frío.
Pronto partiremos. Me da miedo pensar en lo que pueda sucedernos. Estamos verdaderamente en las manos de Dios. Solo Él sabe lo que será de nosotros, y Le ruego, con todas las fuerzas de mi triste y humilde alma, que vele por mi amado esposo; que pase lo que pase, Jonathan sepa que lo amé y lo honré más de lo que puedo expresar, y que mi último y más sincero pensamiento será siempre para él.
Fin del Episodio 76 · de 80
Diario del dr. Seward · III
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