Drácula·Episodio 72

Diario del dr. Seward · II

~12 min · 2482 palabras

16 de octubre.—El informe de Mina sigue siendo el mismo: olas que chapotean y agua impetuosa, oscuridad y vientos favorables. Es evidente que vamos con buen tiempo, y cuando tengamos noticias de la Czarina Catalina estaremos listos. Como tiene que pasar por los Dardanelos, seguro que tendremos alguna noticia.

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17 de octubre.—Todo está ya bastante bien dispuesto, creo, para darle la bienvenida al Conde a su regreso de su viaje. Godalming les dijo a los navieros que sospechaba que la caja enviada a bordo podría contener algo robado a un amigo suyo, y obtuvo una semiconsentimiento para abrirla por su cuenta y riesgo. El dueño le dio un papel en el que le ordenaba al capitán que le diera todas las facilidades para hacer lo que quisiera a bordo del barco, y también una autorización similar para su agente en Varna. Hemos visto al agente, quien quedó muy impresionado por la amable actitud de Godalming hacia él, y todos estamos convencidos de que todo lo que pueda hacer para ayudar a nuestros deseos lo hará. Ya hemos dispuesto qué hacer en caso de que consigamos abrir la caja. Si el Conde está allí, Van Helsing y Seward le cortarán la cabeza inmediatamente y le clavarán una estaca en el corazón. Morris, Godalming y yo impediremos cualquier interferencia, aunque tengamos que usar las armas que tendremos preparadas. El profesor dice que si podemos tratar así el cuerpo del Conde, este pronto se convertirá en polvo. En tal caso no habría pruebas contra nosotros, por si surgiera alguna sospecha de asesinato. Pero aun si no fuera así, mantendremos o sucumbiremos por nuestro acto, y tal vez algún día este mismo escrito sirva de prueba entre alguno de nosotros y una soga. Por mi parte, aceptaría la oportunidad con muchísimo agrado si llegara a presentarse. No queremos dejar piedra sin remover para llevar a cabo nuestro propósito. Hemos acordado con ciertos funcionarios que, en cuanto se vea la Czarina Catalina, se nos avise mediante un mensajero especial.

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24 de octubre.—Una semana entera de espera. Telegramas diarios a Godalming, pero con la misma historia: «Aún sin noticias». La respuesta hipnótica matutina y vespertina de Mina no varía: olas que chapotean, agua impetuosa y crujido de mástiles.

Telegrama, 24 de octubre.

Rufus Smith, Lloyd’s, Londres, a lord Godalming, c/o del vicecónsul de S. M. B., Varna.

«La Czarina Catalina fue avistada esta mañana en los Dardanelos».

Diario del Dr. Seward.

25 de octubre.—¡Cómo echo de menos mi fonógrafo! Escribir el diario con pluma me resulta tedioso; pero Van Helsing dice que debo hacerlo. Ayer estábamos locos de emoción cuando Godalming recibió su telegrama de Lloyd’s. Ahora sé lo que sienten los hombres en la batalla cuando se oye la llamada a la acción. La señora Harker, la única de nuestro grupo, no mostró ninguna señal de emoción. Después de todo, no es extraño que no lo hiciera; pues tuvimos especial cuidado en no dejarle saber nada al respecto, y todos intentamos no mostrar ninguna emoción cuando estábamos en su presencia. En los viejos tiempos, estoy seguro, se habría dado cuenta, por mucho que hubiéramos intentado ocultarlo; pero en este aspecto ha cambiado mucho durante las últimas tres semanas. El letargo se apodera de ella, y aunque parece fuerte y saludable, y está recuperando algo de color, Van Helsing y yo no estamos satisfechos. Hablamos de ella a menudo; sin embargo, no hemos dicho una sola palabra a los demás. Le rompería el corazón al pobre Harker —y desde luego sus nervios— si supiera que tenemos siquiera una sospecha sobre el asunto. Van Helsing le examina los dientes con mucho cuidado, según me dice, mientras ella se encuentra en estado hipnótico, pues dice que mientras no empiecen a afilarse no hay peligro activo de que se produzca un cambio en ella. Si se produjera este cambio, ¡sería necesario tomar medidas!... Ambos sabemos cuáles tendrían que ser esas medidas, aunque no mencionamos nuestros pensamientos el uno al otro. Ninguno de los dos se echaría atrás en la tarea, por espantosa que sea de contemplar. ¡«Eutanasia» es una palabra excelente y reconfortante! Estoy agradecido a quien la haya inventado.

Hay apenas unas veinticuatro horas de navegación desde los Dardanelos hasta aquí, al ritmo que la Czarina Catalina ha venido desde Londres. Por lo tanto, debería llegar en algún momento de la mañana; pero como no puede llegar antes de ninguna manera, todos vamos a retirarnos temprano. Nos levantaremos a la una para estar listos.

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25 de octubre, mediodía.—Aún no hay noticias de la llegada del barco. El informe hipnótico de la señora Harker esta mañana fue el de costumbre, así que es posible que recibamos noticias en cualquier momento. Los hombres estamos todos en una fiebre de emoción, excepto Harker, que está tranquilo; tiene las manos frías como el hielo y hace una hora lo encontré afilando el filo del gran cuchillo gorkha que ahora lleva siempre consigo. ¡Le irá muy mal al Conde si el filo de ese «kukri» llega a tocarle la garganta, empuñado por esa mano firme y helada!

Van Helsing y yo estábamos un poco alarmados por la señora Harker hoy. Al mediodía entró en una especie de letargo que no nos gustó; aunque guardamos silencio ante los demás, ninguno de los dos estaba contento con eso. Había estado inquieta toda la mañana, por lo que al principio nos alegró saber que estaba durmiendo. Sin embargo, cuando su marido mencionó casualmente que dormía tan profundamente que no podía despertarla, fuimos a su habitación para comprobarlo por nosotros mismos. Respiraba con naturalidad y se veía tan bien y pacífica que coincidimos en que el sueño le hacía más falta que cualquier otra cosa. Pobre muchacha, tiene tanto que olvidar que no es de extrañar que el sueño, si le trae el olvido, le haga bien.

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Más tarde.—Nuestra opinión quedó justificada, pues cuando tras un refrescante sueño de algunas horas se despertó, parecía más risueña y mejor que en muchos días. A la puesta del sol hizo el habitual informe hipnótico. ¡Dondequiera que esté en el mar Negro, el Conde se apresura hacia su destino. A su perdición, confío!

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26 de octubre.—Otro día y ninguna noticia de la Czarina Catalina. Ya debería estar aquí. Que sigue viajando hacia alguna parte es evidente, pues el informe hipnótico de la señora Harker al amanecer seguía siendo el mismo. Es posible que el buque esté capeando el temporal a ratos debido a la niebla; algunos de los vapores que entraron anoche informaron de bancos de niebla tanto al norte como al sur del puerto. Debemos continuar nuestra vigilancia, ya que el barco puede ser anunciado en cualquier momento.

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27 de octubre, mediodía.—Muy extraño; aún no hay noticias del barco que esperamos. La señora Harker informó anoche y esta mañana como de costumbre: «olas que chapotean y agua impetuosa», aunque añadió que «las olas eran muy débiles». Los telegramas de Londres han sido los mismos: «sin más informes». Van Helsing está terriblemente preocupado y me acaba de decir que teme que el Conde se nos esté escapando. Y añadió de manera significativa:

«No me gustó ese letargo de la señora Mina. Las almas y los recuerdos pueden hacer cosas extrañas durante el trance». Iba a preguntarle más, pero Harker entró en ese momento y él levantó una mano de advertencia. Debemos intentar esta noche a la puesta del sol que hable con más detalle cuando esté en su estado hipnótico.

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28 de octubre.—Telegrama. Rufus Smith, Londres, a lord Godalming, c/o del vicecónsul de S. M. B., Varna.

«La Czarina Catalina fue avistada al entrar en Galati a la una de hoy».

Diario del Dr. Seward.

28 de octubre.—Cuando llegó el telegrama anunciando la llegada a Galatz, no creo que para ninguno de nosotros fuera un golpe tan fuerte como cabría haber esperado. Es verdad que no sabíamos de dónde, ni cómo, ni cuándo vendría el rayo; pero creo que todos esperábamos que ocurriese algo extraño. La demora en la llegada a Varna nos había convencido individualmente de que las cosas no sucederían tal como las habíamos previsto; solo esperábamos saber dónde se produciría el cambio. No obstante, no dejó de ser una sorpresa. Supongo que la naturaleza obra sobre una base tan esperanzadora que creemos contra toda lógica que las cosas serán como deben ser, y no como sabemos que serán. El trascendentalismo es un faro para los ángeles, aunque sea un fuego fatuo para el hombre. Fue una experiencia extraña y cada uno de nosotros reaccionó de manera distinta. Van Helsing alzó la mano por un momento sobre su cabeza, como si protestara ante el Todopoderoso; pero no pronunció palabra y, a los pocos segundos, se puso de pie con el rostro severamente decidido. Lord Godalming se puso muy pálido y se sentó respirando con dificultad. Yo mismo me quedé medio aturdido y miraba con asombro a uno y a otro. Quincey Morris se apretó el cinturón con ese movimiento rápido que yo conocía tan bien; en nuestros viejos días de vagabundeo significaba «acción». La señora Harker se puso de un blanco cadavérico, de modo que la cicatriz de su frente parecía arder, pero cruzó las manos con mansedumbre y levantó la vista para rezar. Harker sonrió —en realidad sonrió—, la sonrisa oscura y amarga de alguien que está sin esperanza; pero al mismo tiempo su acción desmentía sus palabras, pues sus manos buscaron instintivamente la empuñadura del gran cuchillo kukri y se posaron en ella.—¿Cuándo sale el próximo tren para Galatz? —preguntó Van Helsing a todos en general.

—¡Mañana a las seis y media! —Todos dimos un salto, porque la respuesta vino de la señora Harker.

—¿Cómo demonios lo sabe? —dijo Art.

—Ustedes olvidan —o tal vez no lo sepan, aunque Jonathan sí y el doctor Van Helsing también— que yo soy el demonio de los horarios. En nuestra casa de Exeter siempre solía confeccionar las guías de trenes para serle útil a mi marido. Lo encontré a veces tan útil que ahora siempre estudio los horarios de los trenes. Sabía que si algo nos llevaba al castillo de Drácula iríamos por Galatz, o al menos a través de Bucarest, así que aprendí los horarios con mucha atención. Por desgracia no hay muchos que aprender, ya que el único tren de mañana sale tal como digo.

—¡Mujer maravillosa! —murmuró el profesor.

—¿No podemos conseguir un tren especial? —preguntó lord Godalming. Van Helsing meneó la cabeza—: Me temo que no. Esta tierra es muy diferente a la vuestra o a la mía; incluso aunque tuviéramos un tren especial, probablemente no llegaría tan pronto como nuestro tren regular. Además, tenemos algo que preparar. Debemos pensar. Ahora organicémonos. Tú, amigo Arthur, ve a la estación, saca los billetes y haz que todo esté listo para que partamos por la mañana. Tú, amigo Jonathan, ve al agente de la naviera y consíguele cartas para el agente en Galatz, con autorización para registrar el barco tal como se hizo aquí. Morris Quincey, busca al vicecónsul y consigue su ayuda con su colega en Galatz y todo lo que pueda hacer para allanarnos el camino, de modo que no se pierda tiempo una vez cruzado el Danubio. John se quedará con la señora Mina y conmigo, y deliberaremos. Así, si el tiempo se alarga, podréis retrasaros; y no importará a qué hora se ponga el sol, puesto que estoy aquí con la señora para informar.

—Y yo —dijo la señora Harker con alegría, y más parecida a su antiguo ser de lo que había estado en muchos y largos días—, intentaré ser útil en todo sentido, y pensaré y escribiré para ustedes como solía hacerlo. ¡Algo se está apartando de mí de un modo extraño y me siento más libre de lo que he estado últimamente! Los tres hombres más jóvenes se veían más felices en ese momento al parecer comprender el significado de sus palabras; pero Van Helsing y yo, al volvemos el uno hacia el otro, nos cruzamos con una mirada grave y turbada. Sin embargo, en ese momento no dijimos nada.

Cuando los tres hombres hubieron salido a cumplir sus tareas, Van Helsing le pidió a la señora Harker que buscara la copia de los diarios y le encontrara la parte del diario de Harker en el castillo. Ella se fue a buscarlo; cuando la puerta se cerró tras ella, me dijo:—

—¡Pensamos lo mismo! ¡Habla claro!

—Hay algún cambio. Es una esperanza que me enferma, pues puede engañarnos.

—Exacto. ¿Sabe por qué le pedí que trajera el manuscrito?

—¡No! —dije—, a menos que fuera para conseguir la oportunidad de verme a solas.

—Tiene usted parte de razón, amigo John, pero solo parte. Quiero decirle algo. Y oh, amigo mío, estoy corriendo un gran, un terrible riesgo; pero creo que es lo correcto. En el momento en que la señora Mina pronunció esas palabras que detienen nuestra comprensión, me vino una inspiración. En el trance de hace tres días, el conde le envió su espíritu para leer su mente; o más bien se la llevó para que lo viera a él en su caja de tierra en el barco con el agua corriendo, tal como se libera a la salida y a la puesta del sol. Se enteró entonces de que estamos aquí; porque ella tiene más que contar en su vida abierta, con ojos para ver y oídos para oír, que él, encerrado como está en su caja de ataúd. Ahora hace su mayor esfuerzo para eludirnos. Por el momento no la quiere.

—Está seguro con su gran saber de que ella acudirá a su llamada; pero la corta —se la lleva, como puede hacerlo, fuera de su propio poder, para que así ella no venga a él. ¡Ah! Ahí tengo la esperanza de que nuestras mentes humanas, que han sido humanas durante tanto tiempo y que no han perdido la gracia de Dios, se elevarán por encima de su mente infantil que yace en su tumba durante siglos, que aún no ha crecido hasta nuestra estatura y que solo obra de manera egoísta y por lo tanto pequeña. Aquí viene la señora Mina; ¡ni una palabra sobre su trance! Ella no lo sabe; y la abrumaría y la sumiría en la desesperación justo cuando necesitamos toda su esperanza, todo su valor; cuando más necesitamos su gran cerebro, que está entrenado como el cerebro de un hombre, pero que es el de una dulce mujer y tiene un poder especial que el conde le da, y que él no puede arrebatarle del todo, aunque no lo crea así. ¡Chist! ¡Déjeme hablar y usted se enterará! Oh, John, amigo mío, nos encontramos en una situación espantosa. Temo como nunca antes había temido. Solo podemos confiar en el buen Dios. ¡Silencio! ¡Aquí viene!

Fin del Episodio 72 · de 80

Diario del dr. Seward · II

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