Drácula·Episodio 07

Diario de Jonathan Harker—continuación · I

~11 min · 2131 palabras

Cuando descubrí que era un prisionero, una especie de sentimiento salvaje se apoderó de mí. Subí y bajé corriendo las escaleras, probando todas las puertas y escudriñando por cada ventana que encontraba; pero al poco rato la convicción de mi impotencia se sobrepuso a cualquier otro sentimiento. Al echar la vista atrás al cabo de unas horas, creo que debí de volverme loco por un momento, pues me comporté casi igual que una rata en una ratona. Sin embargo, cuando me invadió la certeza de que estaba indefenso, me senté con tranquilidad —tan tranquilamente como jamás lo había hecho en mi vida— y me puse a reflexionar sobre qué era lo mejor que podía hacer. Sigo dándole vueltas y todavía no he llegado a una conclusión definitiva. De una sola cosa estoy seguro: de que no sirve de nada hacer partícipe al conde de mis ideas. Él sabe muy bien que estoy prisionero; y como lo ha hecho él mismo, y sin duda tiene sus propios motivos para ello, solo me engañaría si le confiase plenamente los hechos. Hasta donde alcanzo a ver, mi único plan será guardarme para mí mis conocimientos y mis temores, y mantener los ojos bien abiertos. Sé que, o bien me están engañando como a un tonto mis propios miedos, o bien me encuentro en una situación desesperada; y si se da este último caso, necesito y necesitaré de todo mi ingenio para salir adelante.

Apenas había llegado a esta conclusión cuando oí cerrarse la gran puerta de abajo y supe que el conde había regresado. No vino enseguida a la biblioteca, así que me fui con cuidado a mi habitación y lo encontré haciendo la cama. Esto era extraño, pero no hacía más que confirmar lo que había pensado todo el tiempo: que no había criados en la casa. Cuando más tarde lo vi a través de la rendija de los quicios de la puerta poniendo la mesa en el comedor, tuve la absoluta certeza; pues si él mismo realiza todas estas labores serviles, sin duda es prueba de que no hay nadie más para hacerlas. Esto me dio un buen susto, porque si no hay nadie más en el castillo, debió de ser el conde en persona quien conducía el carruaje que me trajo hasta aquí. Es un pensamiento terrible; pues si es así, ¿qué significa que pudiera dominar a los lobos, como lo hizo, con solo levantar la mano en silencio? ¿Cómo se explica que toda la gente de Bistritz y del carruaje sintiera un miedo terrible por mí? ¿Qué significaba que me diesen el crucificie, los ajos, la rosa silvestre, el serbal? ¡Bendita sea esa buena, buenísima mujer que me colgó el crucifijo al cuello!, pues es un consuelo y una fuerza para mí cada vez que lo toco. Es curioso que algo que me han enseñado a mirar con desdén y como idolátrico sea de ayuda en un momento de soledad y tribulación. ¿Será que hay algo en la esencia misma de la cosa, o que es un medio, una ayuda tangible para transmitir recuerdos de compasión y consuelo? Algún día, si es posible, tendré que examinar este asunto y tratar de formarme una opinión al respecto. Entre tanto, debo averiguar todo lo que pueda sobre el conde Drácula, ya que puede ayudarme a comprender. Esta noche puede que hable de sí mismo si encamino la conversación en esa dirección. No obstante, debo tener muchísimo cuidado de no despertar sus sospechas.

◇

Medianoche.—He tenido una larga charla con el conde. Le hice unas cuantas preguntas sobre la historia de Transilvania y se apasionó maravillosamente con el tema. Al hablar de las cosas y de las gentes, y especialmente de las batallas, lo hacía como si hubiera estado presente en todas ellas. Esto lo explicó más tarde diciendo que para un boyardo el orgullo de su casa y de su nombre es su propio orgullo, que la gloria de aquellos es su gloria, que el destino de ellos es su destino. Siempre que hablaba de su estirpe decía «nosotros», y hablaba casi en plural, como un rey cuando habla. Ojalá pudiera poner por escrito todo lo que dijo exactamente tal como lo dijo, pues para mí fue de lo más fascinante. Parecía encerrar en sí toda la historia del país. Se animaba mientras hablaba y se paseaba por la habitación tirándose del gran bigote blanco y agarrando cualquier cosa que caía en sus manos como si fuera a triturarla con su fuerza descomunal. Dijo una cosa que consignaré tan fielmente como me sea posible; pues cuenta a su manera la historia de su raza:

—Los sículos tenemos derecho a sentirnos orgullosos, pues por nuestras venas corre la sangre de muchas razas valientes que lucharon como leones por la supremacía. Aquí, en el torbellino de las razas europeas, la tribu úgrica trajo desde Islandia el espíritu guerrero que Thor y Odín les infundieron, que sus Berserkers desplegaron con tan funesto propósito en las costas de Europa, ¡sí, y también de Asia y África!, hasta que los pueblos creyeron que los propios hombres lobo habían llegado. Aquí también, a su llegada, hallaron a los hunos, cuya furia guerrera arrasó la tierra como una llama viva, hasta el punto de que los pueblos moribundos creían que por sus venas corría la sangre de aquellas viejas brujas que, expulsadas de Escitia, se habían apareado con los demonios en el desierto. ¡Necios, necios! ¿Qué demonio o qué bruja fue jamás tan grande como Atila, cuya sangre corre por estas venas? —Alzó los brazos—. ¿Es de extrañar que hayamos sido una raza conquistadora, que hayamos estado orgullosos, que cuando el magiar, el lombardo, el ávaro, el búlgaro o el turco vertieron sus millares en nuestras fronteras, los hayamos rechazado? ¿Es extraño que cuando Árpad y sus legiones barrieron la patria húngara nos hallaran aquí al llegar a la frontera, que allí se completara el Honfoglalas? Y cuando la marea húngara barrió hacia el este, los sículos fuimos reclamados como parientes por los victoriosos magiares, y a nosotros se nos confió durante siglos la guarda de la frontera de la tierra turca; ¡sí, y más aún!, el sinfín de deberes de la guardia fronteriza, pues, como dicen los turcos, «el agua duerme y el enemigo no descansa». ¿Quiénes, con más alegría que nosotros en las Cuatro Naciones, recibieron la «espada sangrienta», o acudieron con mayor rapidez a su llamada guerrera bajo el estandarte del Rey? ¿Cuándo fue redimida esa gran afrenta de mi nación, la afrenta de Kosovo, cuando las banderas del valaco y del magiar cayeron bajo el Creciente? ¿Quién fue sino uno de los de mi propia raza quien, como voivoda, cruzó el Danubio y venció al turco en su propia tierra? ¡Este sí que fue un Drácula! ¡Desdichado el momento en que su propio y desmerecedor hermano, una vez caído aquél, vendió a su pueblo al turco y atrajo sobre él la vergüenza de la esclavitud! ¿No fue acaso este mismo Drácula quien inspiró a aquel otro de su estirpe que, en una época posterior, una y otra vez condujo a sus fuerzas al otro lado del gran río, hacia la tierra turca; quien, al ser rechazado, regresó una, y otra, y otra vez, aunque tuviera que volver a solas desde el sangriento campo donde sus tropas estaban siendo masacradas, sabiendo que solo él podía triunfar al fin! Decían que solo pensaba en sí mismo. ¡Bah!, ¿para qué sirven los campesinos sin un líder? ¿Dónde termina la guerra sin un cerebro y un corazón que la dirijan? De nuevo, cuando tras la batalla de Mohács nos quitamos de encima el yugo húngaro, los de la sangre de Drácula estuvimos entre sus líderes, pues nuestro espíritu no toleraba no ser libres. Ah, joven sir, los sículos —y los Drácula como la sangre de su corazón, sus cerebros y sus espadas— pueden jactarse de un historial al que los brotes de🍄 como los Habsburgo y los Románov jamás podrán aspirar. Los días guerreros han terminado. La sangre es algo demasiado precioso en estos días de paz deshonrosa, y las glorias de las grandes razas son como un cuento que ya se ha contado.

Por entonces ya casi era de mañana, y nos fuimos a la cama. (Mem., este diario parece horriblemente el principio de «Las mil y una noches», pues todo tiene que interrumpirse al canto del gallo, o como el fantasma del padre de Hamlet).

◇

12 de mayo.—Permítaseme empezar por los hechos: hechos puros y escuetos, verificados mediante libros y cifras, y sobre los cuales no puede haber duda alguna. No debo confundirlos con experiencias que habrán de basarse en mi propia observación, o en mi recuerdo de ellas. Ayer noche, cuando el conde salió de su habitación, comenzó haciéndome preguntas sobre asuntos legales y sobre la gestión de ciertos tipos de negocios. Yo me había pasado el día cansadamente inclinado sobre los libros y, simplemente para mantener la mente ocupada, repasé algunas de las cuestiones que había estado examinando en Lincoln’s Inn. Había un cierto método en las pesquisas del conde, así que trataré de ponerlas por orden; el conocimiento puede serme útil de algún modo o en algún momento.

Primero preguntó si un hombre en Inglaterra podía tener dos procuradores o más. Le contesté que podía tener una docena si lo deseaba, pero que no sería prudente tener a más de un procurador ocupado en una sola transacción, ya que solo uno podía actuar a la vez, y que cambiar iría con certeza en contra de sus intereses. Pareció comprenderlo a la perfección y pasó a preguntar si habría alguna dificultad práctica en encargar a un hombre, digamos, la banca, y a otro que se ocupara de los envíos, en caso de que se necesitara ayuda local en un lugar lejano al domicilio del procurador bancario. Le pedí que se explicara con más detalle, para no inducirle a error por ningún motivo, a lo que replicó:

«Voy a ilustrarlo. Su amigo y mío, el señor Peter Hawkins, desde la sombra de su hermosa catedral de Exeter, que está lejos de Londres, compra para mí, a través de su amable persona, mi propiedad en Londres. ¡Bien! Permítaseme ahora decir con franqueza, no sea que le parezca extraña mi búsqueda de los servicios de alguien tan alejado de Londres en lugar de alguien residente allí, que mi motivo fue que no se sirviera ningún interés local salvo el de mi exclusivo deseo; y como alguien con residencia en Londres podría tal vez tener algún propósito propio o de un amigo que servir, acudí así tan lejos en busca de mi agente, cuyos trabajos debían limitarse a mi interés. Ahora bien, supóngase que yo, que tengo muchos negocios, deseo enviar mercancías, digamos, a Newcastle, o Durham, o Harwich, o Dover, ¿no podría ser que se hiciera con mayor facilidad consignándolas a alguien en dichos puertos?». Respondí que ciertamente sería lo más fácil, pero que nosotros, los procuradores, tenemos un sistema de representación recíproca, de modo que el trabajo local puede hacerse localmente por indicación de cualquier procurador, de forma que el cliente, limitándose a ponerse en manos de una sola persona, puede ver cumplidos sus deseos por medio de ella sin más molestias.

«Pero —dijo él—, yo tendría la libertad de dirigirme por mí mismo. ¿No es así?».

«Por supuesto —repliqué—, y así lo hacen a menudo los hombres de negocios a quienes no les gusta que la totalidad de sus asuntos sea conocida por una sola persona».

«¡Bien! —dijo—, y luego continuó preguntando sobre los medios para realizar consignaciones y las formalidades que debían cumplirse, así como sobre toda clase de dificultades que pudieran surgir, pero que mediante la previsión podían evitarse. Le expliqué todas estas cosas lo mejor que supe, y sin duda me dejó con la impresión de que habría sido un procurador extraordinario, pues no hubo nada en lo que no pensara o que no previera. Para un hombre que nunca había estado en el país, y que al parecer no se dedicaba mucho a los negocios, sus conocimientos y su perspicacia eran admirables. Cuando se hubo convencido acerca de estos puntos de los que había hablado, y hube verificado todo lo posible con los libros disponibles, se levantó de repente y dijo:

«¿Ha escrito desde su primera carta a nuestro amigo el señor Peter Hawkins, o a cualquier otro?». Fue con cierta amargura en el corazón como contesté que no, que hasta entonces no había visto la oportunidad de enviar cartas a nadie.

—Pues escriba ahora, joven amigo —dijo, poniendo una pesada mano sobre mi hombro—: escriba a nuestro amigo y a cualquier otro; y diga, si le complace, que se quedará conmigo hasta dentro de un mes.

Fin del Episodio 7 · de 80

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