Diario fonográfico del doctor Seward, dictado por Van Helsing · II
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Pero ¿no tomará el Conde su revés con sensatez? Puesto que ha sido expulsado de Inglaterra, ¿no la evitará, como un tigre evita la aldea de la que ha sido cazado?».
—¡Ajá! —dijo—, su símil del tigre es bueno para mí, y voy a adoptarlo. Su devorador de hombres, como llaman en la India al tigre que ha saboreado una vez la sangre humana, ya no se preocupa por otra presa, sino que merodea sin cesar hasta conseguirla. Este que cazamos de nuestra aldea es también un tigre, un devorador de hombres, y nunca cesa de merodear. ¡Qué va!, por sí mismo no es de los que se retiran y se quedan lejos. En su vida, su vida terrenal, cruzó la frontera de Turquía y atacó a su enemigo en su propio terreno; fue rechazado, pero ¿se quedó quieto? ¡No! ¡Vino de nuevo, y otra vez, y una y otra vez! Mire su persistencia y su resistencia. Con el cerebro infantil que poseía, concibió desde hace mucho la idea de venir a una gran ciudad. ¿Qué hace? Busca el lugar de todo el mundo más prometedor para él. Luego se instala deliberadamente para prepararse para la tarea. Averigua con paciencia cómo es su fuerza y cuáles son sus poderes. Estudia nuevas lenguas. Aprende una nueva vida social; un nuevo entorno de viejas costumbres, la política, la ley, las finanzas, la ciencia, el hábito de una nueva tierra y de un nuevo pueblo que han surgido desde que él existió. El vistazo que ha echado no hace más que aiguar su apetito y aguzar su deseo. Es más, le ayuda a crecer en cuanto al cerebro; pues todo le demuestra lo acertado que estuvo al principio en sus conjeturas. ¡Ha hecho esto solo; todo él solo! Desde una tumba en ruinas en una tierra olvidada. Qué más no podrá hacer cuando el mayor mundo del pensamiento se abra ante él. Él, que puede sonreír ante la muerte, tal como la conocemos; que puede prosperar en medio de enfermedades que aniquilan a pueblos enteros. Oh, si semejante ser procediera de Dios y no del Diablo, ¡qué fuerza para el bien no podría ser en este viejo mundo nuestro! Pero nos hemos comprometido a liberar al mundo. Nuestra labor debe ser en silencio y nuestros esfuerzos todos en secreto, pues en esta época ilustrada, en la que los hombres ni siquiera creen lo que ven, el escepticismo de los sabios sería su mayor fuerza. Sería a la vez su vaina, su armadura y sus armas para destruirnos a nosotros, sus enemigos, que estamos dispuestos a arriesgar incluso nuestras propias almas por la salvación de alguien a quien amamos, por el bien de la humanidad y por la honra y gloria de Dios.
Tras un debate general, se determinó que por esta noche no se resolvería nada de forma definitiva; que debíamos dormir sobre los hechos e intentar sopesar las conclusiones adecuadas. Mañana, en el desayuno, volveremos a reunirnos y, tras dar a conocer nuestras conclusiones los unos a los otros, decidiremos un curso de acción definitivo.
Siento una paz y un descanso maravillosos esta noche. Es como si alguna presencia inquietante se hubiera alejado de mí. Tal vez...
Mi conjetura no estaba terminada, no podía estarlo; pues alcancé a ver en el espejo la marca roja en mi frente; y supe que aún estaba impura.
El diario del doctor Seward.
5 de octubre.—Nos levantamos todos temprano, y creo que el sueño hizo mucho por cada uno de nosotros y por todos en conjunto. Cuando nos reunimos en el desayuno temprano, hubo una alegría más general de la que ninguno de nosotros había esperado volver a experimentar.
Es realmente maravilloso cuánta capacidad de recuperación hay en la naturaleza humana. Que cualquier causa obstructiva, sin importar cuál, sea eliminada de cualquier manera —incluso por la muerte—, y volvemos volando a los primeros principios de la esperanza y el disfrute. Más de una vez, mientras estábamos sentados alrededor de la mesa, mis ojos se abrieron con asombro preguntándome si todos los días pasados no habrían sido un sueño. Solo cuando alcancé a ver la mancha roja en la frente de la señora Harker regresé a la realidad. Incluso ahora, cuando medito solemnemente sobre el asunto, es casi imposible darme cuenta de que la causa de todos nuestros problemas sigue existiendo. Hasta la señora Harker parece perder de vista su problema por momentos enteros; es solo de vez en cuando, cuando algo se lo trae a la memoria, que piensa en su terrible cicatriz. Vamos a reunirnos aquí, en mi estudio, dentro de media hora para decidir nuestro curso de acción. Solo veo una dificultad inmediata, la conozco por instinto más que por la razón: todos tendremos que hablar con franqueza; y sin embargo temo que, de algún modo misterioso, la lengua de la pobre señora Harker esté atada. Sé que ella llega a sus propias conclusiones, y por todo lo ocurrido puedo adivinar cuán brillantes y cuán verdaderas deben de ser; pero no quiere, o no puede, darles voz. Le he mencionado esto a Van Helsing, y él y yo lo hablaremos cuando estemos a solas. Supongo que es parte de ese horrible veneno que ha entrado en sus venas empezando a hacer efecto. El Conde tenía sus propios propósitos cuando le dio lo que Van Helsing llamó «el bautismo de sangre del vampiro». Bien, ¡puede haber un veneno que se destile de las cosas buenas; en una era en la que la existencia de las ptomaínas es un misterio, no deberíamos asombrarnos de nada! Una cosa sé: que si mi instinto es cierto con respecto a los silencios de la pobre señora Harker, entonces hay una dificultad terrible —un peligro desconocido— en la labor que tenemos por delante. El mismo poder que obliga a su silencio puede obligar a su discurso. ¡No me atrevo a pensar más; pues de ese modo deshonraría en mis pensamientos a una noble mujer!
Van Helsing viene a mi estudio un poco antes que los demás. Intentaré sacarle el tema.
Más tarde.—Cuando el profesor entró, hablamos sobre el estado de las cosas. Pude ver que tenía algo en la cabeza que quería decir, pero sentía cierta vacilación al abordar el asunto. Tras andar con rodeos un poco, dijo de repente:
—Amigo John, hay algo de lo que usted y yo debemos hablar a solas, al menos al principio. Más tarde, tal vez tengamos que hacer a los demás partícipes de nuestra confianza; —entonces se detuvo, así que esperé; él continuó:
—Madam Mina, nuestra pobre y querida Madam Mina está cambiando. —Un escalofrío me recorrió al ver confirmados mis peores temores. Van Helsing continuó:
—Con la triste experiencia de la señorita Lucy, debemos esta vez estar sobre aviso antes de que las cosas vayan demasiado lejos. Nuestra tarea es ahora en realidad más difícil que nunca, y este nuevo problema hace que cada hora sea de la máxima importancia. Puedo ver los rasgos del vampiro asomando en su rostro. Ahora es muy, muy leve; pero se puede ver si tenemos ojos para notar sin prejuzgar. Sus dientes están algo más afilados, y a veces sus ojos son más duros. Pero eso no es todo, ahora se muestra a menudo silenciosa, tal como ocurrió con la señorita Lucy. Ella no habló, ni siquiera cuando escribió lo que deseaba que se supiera más tarde. Ahora bien, mi temor es este. Si se da el caso de que ella puede, mediante nuestro trance hipnótico, decir lo que el Conde ve y oye, ¿no es más cierto que aquel que la ha hipnotizado primero, y que ha bebido de su propia sangre y la ha hecho beber de la suya, deba, si lo desea, obligar a su mente a revelarle lo que ella sabe? —Asentí con la cabeza en señal de aquiescencia; él continuó:—
«—Entonces, lo que debemos hacer es evitar esto; debemos mantenerla ignorante de nuestro propósito, y así no podrá decir lo que no sabe. ¡Esta es una tarea dolorosa! ¡Oh, tan dolorosa que me parte el corazón de pensarlo; pero tiene que ser! Cuando nos reunamos hoy, debo decirle que por una razón de la que no queremos hablar ya no debe formar parte de nuestro consejo, sino ser simplemente custodiada por nosotros». Se secó la frente, que había roto en abundante transpiración ante la idea del dolor que tal vez tendría que infligir a la pobre alma ya tan atormentada. Yo sabía que le reconfortaría un poco que le dijese que yo también había llegado a la misma conclusión; pues al menos le quitaría el dolor de la duda. Se lo dije, y el efecto fue el que esperaba.
Se acerca ya la hora de nuestra reunión general. Van Helsing se ha marchado para preparar el encuentro y su dolorosa parte del mismo. Realmente creo que su propósito es poder rezar a solas.
Más tarde.—Desde el mismo comienzo de nuestra reunión experimentamos un gran alivio personal tanto Van Helsing como yo. La señora Harker había enviado un recado por medio de su esposo para decir que no se nos uniría por el momento, ya que creía preferible que tuviéramos libertad para debatir nuestros movimientos sin su presencia para avergonzarnos. El profesor y yo nos miramos un instante, y de algún modo ambos pareci-mos aliviados. Por mi parte, pensé que si la señora Harker comprendía el peligro por sí misma, se evitaba tanto mucho dolor como mucho peligro. Dadas las circunstancias, acordamos, mediante una mirada y una respuesta interrogativas, con el dedo en los labios, mantener el silencio sobre nuestras sospechas hasta que volviésemos a poder conferenciar a solas. Pasamos de inmediato a nuestro plan de campaña. Van Helsing expuso primero los hechos a grandes rasgos:—
«El Czarina Catherine zarpó del Támesis ayer por la mañana. A la velocidad más rápida que jamás haya alcanzado, tardará al menos tres semanas en llegar a Varna; pero nosotros podemos viajar por tierra al mismo lugar en tres días. Ahora bien, si descontamos dos días al viaje del barco debido a las influencias meteorológicas que ya sabemos que el conde puede provocar; y si concedemos un día y una noche enteros para cualquier retraso que pueda ocurrírsenos, entonces tenemos un margen de casi dos semanas. Por lo tanto, para ir sobre seguro, debemos partir de aquí el 17 a más tardar. Así estaremos de todos modos en Varna un día antes de que llegue el barco, y podremos hacer los preparativos necesarios. Por supuesto, iremos todos armados, armados contra las fuerzas del mal, tanto espirituales como físicas». Aquí Quincey Morris añadió:—
«Tengo entendido que el conde procede de un país de lobos, y puede que llegue allí antes que nosotros. Propongo que añadamos Winchesters a nuestro armamento. Confío bastante en un Winchester cuando anda por medio algún problema de esa clase. ¿Te acuerdas, Art, de cuando tuvimos la jauría tras nosotros en Tobolsk? ¡Qué no habríamos dado entonces por un fusil de repetición cada uno!».
«¡Bien! —dijo Van Helsing—, Winchesters serán. Quincey tiene la cabeza bien amueblada en todo momento, pero más aún cuando hay que cazar, por mucho que la metáfora sea más deshonrosa para la ciencia de lo que los lobos son un peligro para el hombre. Mientras tanto, aquí no podemos hacer nada; y como creo que Varna no le resulta familiar a ninguno de nosotros, ¿por qué no ir allí más pronto? Da igual esperar aquí que allí. Esta noche y mañana podemos prepararnos y luego, si todo va bien, los cuatro podremos emprender nuestro viaje».
«¿Los cuatro? —dijo Harker con tono interrogativo, mirando del uno al otro—.
«¡Por supuesto! —respondió el profesor con rapidez—, ¡usted debe quedarse a cuidar de su tan dulce esposa!». Harker se quedó en silencio un momento y luego dijo con voz hueca:—
«Hablemos de esa parte por la mañana. Quiero consultarlo con Mina». Pensé que había llegado el momento de que Van Helsing le advirtiera que no nos revelara nuestros planes; pero no hizo caso. Lo miré con elocuencia y tosí. En respuesta, se puso el dedo en los labios y se dio la vuelta.
Diario de Jonathan Harker.
5 de octubre, tarde.—Durante un buen rato después de nuestra reunión de esta mañana no he podido pensar. Las nuevas fases de los acontecimientos dejan mi mente en un estado de asombro que no deja espacio para el pensamiento activo. La determinación de Mina de no tomar parte en la discusión me hizo meditar; y como no podía debatir el asunto con ella, solo podía hacer conjeturas. Sigo tan lejos como siempre de una solución. La forma en que los demás lo recibieron también me desconcertó; la última vez que hablamos del tema acordamos que no habría más ocultaciones de nada entre nosotros. Mina duerme ahora, tranquila y dulcemente como una niña pequeña. Sus labios están curvados y su rostro irradia felicidad. Gracias a Dios, todavía hay momentos así para ella.
Fin del Episodio 69 · de 80
Diario fonográfico del doctor Seward, dictado por Van Helsing · II
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