Drácula·Episodio 68

Diario fonográfico del doctor Seward, dictado por Van Helsing · I

~13 min · 2573 palabras

Esto para Jonathan Harker.

Has de quedarte con tu querida señora Mina. Nosotros iremos a hacer nuestra búsqueda —si puedo llamarla así, pues no es búsqueda sino certeza, y solo buscamos confirmación—. Pero quédate tú y cuida de ella hoy. Este es tu mejor y más sagrado deber. Hoy nada podrá encontrarle aquí. Permítenos decirte esto para que sepas lo que nosotros cuatro ya sabemos, pues ya se lo he dicho. Él, nuestro enemigo, se ha marchado; ha regresado a su castillo en Transilvania. Lo sé tan bien como si una gran mano de fuego lo hubiese escrito en la pared. Él se ha preparado para esto de algún modo, y esa última caja de tierra estaba lista para ser embarcada a alguna parte. Para esto tomó el dinero; para esto se apresuró al final, no sea que le atrapáramos antes de que el sol se pusiera. Era su última esperanza, a menos que pudiera esconderse en la tumba que él piensa que la pobre señorita Lucy, siendo como él pensaba, mantiene abierta para ella. Pero no hubo tiempo. Cuando eso falló, acudió directamente a su último recurso —su última obra de tierra, podría decir si quisiera hacer un doble entente—. ¡Es listo, oh, tan listo! Sabe que su juego aquí ha terminado; y así decide volver a casa. Encuentra un barco que va por la ruta por la que vino, y se embarca en él. Partimos ahora para averiguar qué barco y a qué puerto se dirige; cuando hayamos descubierto eso, regresaremos y se lo contaremos todo. Entonces os consolaremos a ti y a la pobre y querida señora Mina con una nueva esperanza. Pues será una esperanza cuando lo penséis bien: que no todo está perdido. Esta misma criatura a la que perseguimos, tarda cientos de años en llegar tan lejos como Londres; y sin embargo, en un solo día, cuando sabemos cómo deshacernos de él, lo expulsamos. Él es finito, aunque es poderoso para hacer mucho mal y no sufre como nosotros. Pero nosotros somos fuertes, cada uno en nuestro propósito; y todos juntos somos más fuertes. Cobra ánimos de nuevo, querido esposo de la señora Mina. Esta batalla no ha hecho más que empezar, y al final venceremos, tan seguro como que Dios está en el cielo velando por Sus hijos. Por tanto, recobra mucho consuelo hasta que regresemos.

VAN HELSING.

Diario de Jonathan Harker.

4 de octubre.—Cuando leí a Mina el mensaje de Van Helsing en el fonógrafo, la pobre muchacha se animó considerablemente. Ya la certeza de que el conde está fuera del país le ha dado consuelo; y el consuelo es fuerza para ella. Por mi parte, ahora que su horrible peligro no está cara a cara con nosotros, parece casi imposible creer en él. Incluso mis propias terribles experiencias en el castillo Drácula parecen un sueño olvidado hace mucho tiempo. Aquí, en el fresco aire otoñal bajo la brillante luz del sol——

¡Ay! ¡Cómo puedo dejar de creer! En medio de mi pensamiento, mi vista recayó sobre la cicatriz roja en la blanca frente de mi pobre adorada. Mientras eso dure, no puede haber incredulidad. Y después, el mero recuerdo de ello mantendrá la fe nítida y cristalina. Mina y yo tememos estar ociosos, así que hemos repasado todos los diarios una y otra vez. De algún modo, aunque la realidad parece mayor cada vez, el dolor y el miedo parecen menores. Hay algo de propósito rector manifiesto a lo largo de todo, lo cual es reconfortante. Mina dice que tal vez somos los instrumentos del bien supremo. ¡Puede ser! Intentaré pensar como ella. Todavía no nos hemos hablado el uno al otro del futuro. Es mejor esperar hasta que veamos al profesor y a los demás después de sus investigaciones.

El día transcurre más rápido de lo que jamás pensé que un día pudiera transcurrir para mí de nuevo. Son ahora las tres.

Diario de la señora Mina Harker.

5 de octubre, 5 p. m.—Nuestra reunión para informar. Presentes: el profesor Van Helsing, lord Godalming, el doctor Seward, el señor Quincey Morris, Jonathan Harker, Mina Harker.

El doctor Van Helsing describió los pasos que se dieron durante el día para descubrir en qué barco y con qué destino huyó el conde Drácula:

«Como sabía que quería regresar a Transilvania, estaba seguro de que debía ir por la desembocadura del Danubio, o por algún lugar del mar Negro, puesto que por ese camino vino. Era un vacío desolador el que teníamos ante nosotros. Omne ignotum pro magnifico; y así, con el corazón apesadumbrado, nos ponemos a averiguar qué barcos salieron hacia el mar Negro anoche. Él iba en un velero, ya que la señora Mina habló de que se izaban velas. Estas no son lo suficientemente importantes como para figurar en vuestra lista de envíos del Times, y así vamos, por sugerencia de lord Godalming, a vuestro Lloyd’s, donde hay nota de todos los barcos que zarpan, por pequeño que sea. Allí encontramos que un solo barco con destino al mar Negro sale con la marea. Es el Czarina Catherine, y zarpa del muelle de Doolittle hacia Varna, y de allí a otras partes y río arriba por el Danubio. «¡Ajá!», dije, «este es el barco en el que va el conde». Así que nos vamos al muelle de Doolittle, y allí encontramos a un hombre en una caseta de madera tan pequeña que el hombre parece más grande que la caseta. A él le preguntamos por los movimientos del Czarina Catherine. Él jura mucho, y es de rostro rojo y voz alta, pero es un buen tipo a fin de cuentas; y cuando Quincey le da algo de su bolsillo que cruje al enrollarlo y lo mete en un bolsillito que tiene escondido en lo más profundo de su ropa, se vuelve aún mejor tipo y humilde servidor nuestro. Viene con nosotros y pregunta a muchos hombres que son rudos y ásperos; estos resultan ser mejores tipos también cuando ya no tienen tanta sed. Dicen mucho sobre sangre y pestes, y de otras cosas que no comprendo, aunque adivino lo que quieren decir; pero a pesar de todo nos cuentan todo lo que queremos saber».

«Ellos nos hicieron saber cómo ayer por la tarde, a eso de las cinco, se presenta un hombre con mucha prisa. Un hombre alto, delgado y pálido, de nariz aguileña y dientes muy blancos, y ojos que parecen quemar. Que va todo de negro, excepto que lleva un sombrero de paja que no le pega ni a él ni al momento. Que reparte su dinero al hacer indagaciones rápidas sobre qué barco zarpa hacia el mar Negro y hacia dónde. Algunos lo llevaron a la oficina y luego al barco, adonde él no quiere subir a bordo, sino que se detiene en el extremo del muelle de la pasarela y pide que el capitán acuda a él. El capitán acude, al enterarse de que le pagarán bien; y aunque al principio jura mucho, acepta las condiciones. Luego el hombre delgado se va y alguien le dice dónde se puede alquilar un caballo y un carro. Él va allí y pronto regresa conduciendo él mismo un carro sobre el cual hay una gran caja; esta la baja él mismo con sus propias manos, aunque hacen falta varios para subirla al carro de plataforma para el barco. Le habla mucho al capitán sobre cómo y dónde debe colocarse su caja; pero al capitán no le gusta y le jura en muchos idiomas, y le dice que si quiere puede ir a ver dónde será colocada. Pero él dice que «no»; que aún no va, porque tiene mucho que hacer. Tras lo cual el capitán le dice que más le vale darse prisa —¡por la sangre!— porque su barco abandonará el lugar —¡de la sangre!— antes de que cambie la marea —¡por la sangre!— Entonces el hombre delgado sonríe y dice que por supuesto debe marchar cuando lo crea oportuno; pero que se sorprenderá si se va tan pronto. El capitán vuelve a jurar, de forma políglota, y el hombre delgado le hace una reverencia, y le da las gracias, y dice que abusará tanto de su amabilidad como para subir a bordo antes de la salida. Por último, el capitán, más rojo que nunca y en más idiomas, le dice que no quiere franceses —con florecimiento en ellos y también con sangre— en su barco —¡con sangre en él también!—. Y así, tras preguntar dónde podría haber muy cerca una tienda donde comprar formularios marítimos, se marchó».

«Nadie supo adónde fue ni le importó un bledo, como decían, pues tenían otras cosas en qué pensar —otra vez con sangre por medio—; pues pronto se hizo evidente para todos que el Czarina Catherine no zarparía como se esperaba. Una ligera bruma comenzó a deslizarse desde el río, y creció y creció; hasta que pronto una densa niebla envolvió el barco y todo lo que lo rodeaba. El capitán juró en políglota —muy políglota—, un políglota con florecimientos y sangre; pero no pudo hacer nada. El agua subió y subió; y empezó a temer que perdería la marea por completo. No estaba de muy buen humor cuando, justo con la marea alta, el hombre delgado volvió a subir por la pasarela y pidió ver dónde habían estibado su caja. Entonces el capitán respondió que ojalá él y su caja —vieja y con muchos florecimientos y sangre— estuvieran en el infierno. Pero el hombre delgado no se ofendió, bajó con el segundo oficial y vio dónde estaba colocada, y subió y se quedó un rato en la cubierta entre la niebla. Debía de haber venido solo, pues nadie lo había reparado. De hecho, no pensaban en él; pues pronto la niebla comenzó a disiparse y todo quedó despejado de nuevo. Mis amigos de la sed y del lenguaje plagado de florecimientos y sangre se rieron al contar cómo los juramentos del capitán superaban incluso a su habitual políglota, y estaban más llenos de colorido que nunca cuando, al interrogar a otros marineros que circulaban arriba y abajo por el río a esa hora, descubrió que pocos de ellos habían visto nada de niebla, excepto allí donde se cernía sobre el muelle. Sin embargo, el barco salió con la marea bajante y a la mañana siguiente estaría sin duda muy lejos de la desembocadura del río. Para cuando nos lo contaron, ya se encontraba mar adentro».

«Y así, mi querida señora Mina, es como tenemos que descansar por un tiempo, pues nuestro enemigo está en el mar, con la niebla a su disposición, de camino a la desembocadura del Danubio. Navegar en un barco lleva tiempo, por muy rápido que vaya; y cuando nosotros partimos vamos por tierra más deprisa, y nos encontraremos con él allí. Nuestra mejor esperanza es dar con él cuando esté en la caja entre la salida y la puesta del sol; porque entonces no podrá ofrecer resistencia, y podremos tratar con él como es debido. Tenemos unos días por delante para preparar nuestro plan. Lo sabemos todo sobre adónde va; pues hemos visto al armador, que nos ha mostrado facturas y todos los papeles posibles. La caja que buscamos ha de ser desembarcada en Varna y entregada a un agente, un tal Ristics, que presentará allí sus credenciales; y así nuestro amigo comerciante habrá cumplido su parte. Cuando él pregunta si hay algún problema, para que así pueda telegrafiar y hacer averiguaciones en Varna, nosotros decimos que no; pues lo que hay que hacer no es cosa de la policía ni de las aduanas. Debe hacerlo nosotros solos y a nuestra manera».

Cuando el doctor Van Helsing hubo terminado de hablar, le pregunté si estaba seguro de que el conde había permanecido a bordo del barco. Él respondió: —Tenemos la mejor prueba de ello: vuestro propio testimonio, al estar en trance hipnótico esta mañana. —Le volví a preguntar si era realmente necesario que persiguieran al conde, ¡pues oh!, temo que Jonathan me deje, y sé que sin duda iría si los demás iban. Él contestó con pasión creciente, al principio con calma. A medida que avanzaba, sin embargo, se volvió más irritado y enérgico, hasta que al final no pudimos por menos que ver dónde residía al menos algo de aquel dominio personal que le había hecho durante tanto tiempo un líder entre los hombres:—

«¡Sí, es necesario—necesario—necesario! Por tu bien en primer lugar, y luego por el bien de la humanidad. Este monstruo ya ha hecho mucho daño, en el estrecho ámbito donde se halla, y en el breve tiempo en que aún no era más que un cuerpo que tanteaba su diminuta medida en la oscuridad sin saber. Todo esto se lo he contado a los demás; usted, querida señora Mina, lo sabrá por el fonógrafo de mi amigo John, o por el de su esposo. Les he contado cómo la empresa de abandonar su propia tierra estéril —estéril de gentes— y venir a una nueva tierra donde la vida del hombre bulle hasta parecerse a la multitud del maíz en pie, fue obra de siglos. Si otro de los No-Muertos, como él, intentara hacer lo que él ha hecho, tal vez ni todos los siglos del mundo que han sido, o que serán, podrían ayudarle. Con este, todas las fuerzas de la naturaleza que son ocultas, profundas y fuertes han tenido que obrar juntas de algún modo prodigioso. El lugar mismo donde ha estado vivo, No-Muerto durante todos estos siglos, está lleno de extrañezas del mundo geológico y químico. Hay cavernas profundas y fisuras que nadie sabe a dónde conducen. Ha habido volcanes, algunas de cuyas aberturas aún arrojan aguas de extrañas propiedades, y gases que matan o vivifican. Sin duda, hay algo magnético o eléctrico en algunas de estas combinaciones de fuerzas ocultas que obran en pro de la vida física de extraña manera; y en él mismo hubo desde el principio grandes cualidades. En una época dura y guerrera fue célebre por tener más nervio de hierro, cerebro más sutil y corazón más valiente que ningún hombre. En él algún principio vital ha hallado de extraña manera su límite supremo; y a medida que su cuerpo se mantiene fuerte, crece y prospera, su cerebro también crece. Todo ello sin esa ayuda diabólica que sin duda le asiste, pues esta ha de rendirse ante los poderes que provienen de lo bueno y son su símbolo. Y ahora esto es lo que él representa para nosostros. Te ha infectado—oh, perdóname, querida, que tenga que decir tal cosa; pero hablo por tu bien. Te ha infectado de tal modo que, aun si no hace nada más, te basta con vivir—vivir a tu antigua y dulce usanza; y así, con el tiempo, la muerte, que pertenece al destino común del hombre y cuenta con la sanción de Dios, hará que seas como él. ¡Esto no debe ser! Hemos jurado juntos que no debe ser. Así somos ministros de la voluntad misma de Dios: que el mundo y los hombres por los que Su Hijo murió no sean entregados a monstruos cuya mera existencia le difamaría. Él nos ha permitido redimir ya un alma, y salimos como los antiguos caballeros de la Cruz para redimir a más. Como ellos viajaremos hacia la salida del sol; y como ellos, si caemos, caemos por una buena causa». Se detuvo y yo dije:—

Fin del Episodio 68 · de 80

Diario fonográfico del doctor Seward, dictado por Van Helsing · I

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