Diario del dr. Seward · II
~9 min · 1831 palabras
Corrimos hacia allí y le vimos saltar de la tierra sin sufrir daño. Él, subiendo las escaleras de un salto, cruzó el patio pavimentado y empujó la puerta del establo. Allí se giró y nos habló:
—¡Pensáis que podéis desconcertarme, vosotros, con vuestras caras pálidas alineadas como ovejas en el matadero! ¡Ya os arrepentiréis, cada uno de vosotros! ¡Creéis que me habéis dejado sin un lugar donde descansar, pero tengo más! ¡Mi venganza no ha hecho más que empezar! La extiendo a lo largo de los siglos, y el tiempo está de mi parte. Las muchachas que todos amáis ya son mías; y a través de ellas vosotros y otros seréis aún míos, mis criaturas, para cumplir mis órdenes y ser mis chacales cuando quiera alimentarme. ¡Bah! —Con una mueca despectiva, cruzó rápidamente la puerta, y oímos crujir el cerrojo oxidado al echarlo tras de sí. Una puerta más allá se abrió y se cerró. El primero de nosotros en hablar fue el profesor mientras, al comprender la dificultad de seguirle a través del establo, nos dirigíamos hacia el vestíbulo.
—¡Hemos aprendido algo, mucho! A pesar de sus valientes palabras, nos teme; ¡teme al tiempo, teme a la necesidad! Pues, si no, ¿por qué tiene tanta prisa? Su propio tono le delata, o mis oídos me engañan. ¿Para qué se lleva ese dinero? Seguidle deprisa. Sois cazadores de fieras y lo entendéis así. Por mi parte, me asegure de que nada de aquí le sirva de utilidad, por si acaso regresa. —Mientras hablaba, se metió el dinero restante en el bolsillo; tomó las escrituras de propiedad en el atado tal como las había dejado Harker, y barrió el resto de las cosas hacia la chimenea abierta, donde les prendió fuego con una cerilla.
Godalming y Morris habían salido corriendo al patio, y Harker se había dejado caer desde la ventana para seguir al conde. Sin embargo, este había echado el cerrojo de la puerta del establo, y para cuando consiguieron forzarla no había rastro de él. Van Helsing y yo intentamos preguntar en la parte trasera de la casa, pero el callejón de las caballerizas estaba desierto y nadie le había visto marchar.
Ya era avanzada la tarde y la puesta de sol no estaba lejos. Tuvimos que reconocer que nuestra partida había terminado; con el corazón apesadumbrado estuvimos de acuerdo con el profesor cuando dijo:
—Volvamos con la señora Mina, pobre, pobre y querida señora Mina. Todo lo que podemos hacer por ahora está hecho; y al menos allí podremos protegerla. Pero no debemos desesperar. Solo queda una caja de tierra más, y debemos intentar encontrarla; cuando eso esté hecho, aún puede salir todo bien. —Pude ver que hablaba con la mayor valentía posible para consolar a Harker. El pobre muchacho estaba totalmente destrozado; de vez en cuando emitía un gemido ahogado que no podía reprimir: estaba pensando en su esposa.
Con el corazón triste volvimos a mi casa, donde encontramos a la señora Harker esperándonos, con un aspecto de alegría que honraba su valentía y su desinterés. Cuando vio nuestros rostros, el suyo se puso pálido como la muerte; durante uno o dos segundos mantuvo los ojos cerrados como si estuviera rezando en secreto, y luego dijo alegremente:
—Jamás podré agradeceros lo bastante a todos. ¡Oh, mi pobre cariño! —Mientras hablaba, tomó la cabeza gris de su esposo entre las manos y la besó—. Apoya aquí tu pobre cabeza y descansa. ¡Todo irá bien, querido! Dios nos protegerá si así lo quiere en su santa voluntad. —El pobre muchacho gimió. No había lugar para las palabras en su sublime miseria.
Tomamos una cena un tanto rutinaria juntos, y creo que nos animó un poco a todos. Era, tal vez, el mero calor animal de la comida para personas hambrientas —pues ninguno de nosotros había probado bocado desde el desayuno— o la sensación de compañía pudo habernos ayudado; pero de cualquier modo todos nos sentíamos menos desgraciados y veíamos el día de mañana no del todo sin esperanza. Fieles a nuestra promesa, le contamos a la señora Harker todo lo que había pasado; y aunque se ponía de un blanco níveo a veces cuando el peligro parecía amenazar a su esposo, y encendida en otras cuando se manifestaba su devoción hacia ella, escuchó con valentía y calma. Cuando llegamos a la parte en la que Harker se había lanzado contra el conde tan temerariamente, ella se aferró al brazo de su esposo y lo sostuvo con fuerza, como si su abrazo pudiera protegerlo de cualquier daño que pudiera sobrevenir. No dijo nada, sin embargo, hasta que terminó la narración y los asuntos llegaron al momento presente. Entonces, sin soltar la mano de su esposo, se puso de pie entre nosotros y habló. ¡Oh, si pudiera dar alguna idea de la escena; de esa dulce, dulce, buena, buena mujer en toda la radiante belleza de su juventud y animación, con la cicatriz roja en su frente, de la cual era consciente, y que nosotros veíamos con el rechinar de nuestros dientes —recordando de dónde y cómo había venido—; su amorosa bondad contra nuestro sombrío odio; su tierna fe contra todos nuestros temores y dudas; y nosotros, sabiendo que, en lo que a símbolos se refiere, ella, con toda su bondad, pureza y fe, estaba excomulgada de Dios!
—Jonathan —dijo, y la palabra sonó como música en sus labios, tan llena de amor y ternura estaba—, querido Jonathan, y todos vosotros, mis fieles y verdaderos amigos, quiero que tengáis algo presente durante todo este terrible tiempo. Sé que debéis luchar, que debéis destruir incluso del modo en que destruisteis a la falsa Lucy para que la verdadera Lucy pudiera vivir en el futuro; pero no es una obra de odio. Esa pobre alma que ha causado toda esta desgracia es el caso más triste de todos. Pensad tan solo en cuál será su alegría cuando él también sea destruido en su parte peor para que su parte mejor pueda alcanzar la inmortalidad espiritual. Debéis ser clementes con él también, aunque eso no detenga vuestras manos para destruirlo.
Mientras hablaba, pude ver cómo el rostro de su esposo se oscurecía y contraía, como si la pasión que llevaba dentro estuviera marchitando su ser hasta la médula. Instintivamente, el apretón sobre la mano de su esposa se hizo más fuerte, hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Ella no se encogió ante el dolor que sabía que debía de estar sufriendo, sino que le miró con unos ojos que suplicaban más que nunca. Cuando dejó de hablar, él saltó sobre sus pies, casi arrancando su mano de la de ella mientras decía:
—¡Que Dios me lo entregue en las manos el tiempo justo para destruir esa vida terrenal suya que estamos persiguiendo! ¡Si más allá de eso pudiera enviar su alma por los siglos de los siglos al infierno ardiente, lo haría!
—¡Oh, calla! ¡Oh, calla! En el nombre del buen Dios. No digas esas cosas, Jonathan, esposo mío; o me machacarás de miedo y horror. Piensa tan solo, querido —llevo pensando en ello todo este largo y largo día—, que... quizás... algún día... yo también necesite tal clemencia; ¡y que algún otro como tú —y con igual motivo de ira— me la niegue! ¡Oh, esposo mío! ¡Esposo mío, en verdad te habría ahorrado semejante pensamiento de haber habido otro modo!; pero ruego que Dios no haya tomado en cuenta tus palabras salvajes, salvo como el lamento desgarrado de un hombre muy amoroso y gravemente afligido. Oh, Dios, deja que estas pobres canas sirvan de testimonio de lo que ha sufrido él, que en toda su vida no ha hecho mal alguno, y sobre el que han caído tantas penas.
Nosotros los hombres estábamos todos en lágrimas ahora. No había forma de resistirse, y lloramos abiertamente. Ella lloró también al ver que sus dulces consejos habían prevalecido. Su esposo se arrojó de rodillas junto a ella y, rodeándola con los brazos, ocultó el rostro entre los pliegues de su vestido. Van Helsing nos hizo señas y salimos a hurtadillas de la habitación, dejando a los dos corazones amantes a solas con su Dios.
Antes de retirarse, el profesor arregló la habitación contra cualquier llegada del vampiro, y le aseguró a la señora Harker que podía descansar en paz. Ella intentó persuadirse de esa creencia y, manifiestamente por el bien de su esposo, trató de parecer contenta. Fue una valiente lucha y, según pienso y creo, no careció de recompensa. Van Helsing había colocado a mano una campanilla que cualquiera de los dos debía tocar en caso de cualquier emergencia. Cuando se hubieron retirado, Quincey, Godalming y yo dispusimos permanecer despiertos, dividiéndonos la noche entre nosotros, para velar por la seguridad de la pobre y abatida dama. El primer turno le corresponde a Quincey, así que el resto de nosotros nos iremos a la cama tan pronto como podamos. Godalming ya se ha acostado, pues suyo es el segundo turno. Ahora que mi trabajo ha terminado, yo también me iré a la cama.
Diario de Jonathan Harker.
3-4 de octubre, cerca de la medianoche.—Pensé que el día de ayer no terminaría jamás. Sentía un anhelo incontenible de dormir, bajo la ciega creencia de que despertar equivaldría a encontrar las cosas cambiadas, y de que cualquier cambio tenía que ser ya para bien. Antes de separarnos, discutimos cuál habría de ser nuestro siguiente paso, pero no pudimos llegar a ninguna conclusión. Todo lo que sabíamos era que quedaba una caja de tierra, y que solo el conde sabía dónde estaba. Si decide mantenerse oculto, podrá burlarnos durante años; y entretanto... ¡la idea es demasiado horrible, no me atrevo ni a pensar en ella ahora mismo! Esto es lo que sé: que si alguna vez ha habido una mujer que fuera la perfección misma, esa es mi pobre y agraviada adorada. La amo mil veces más por su dulce compasión de anoche, una compasión que hizo que mi propio odio hacia el monstruo pareciera despreciable. Ciertamente Dios no permitirá que el mundo sea más pobre por la pérdida de una criatura semejante. Esto es lo que me da esperanza. Todos vamos a la deriva hacia los arrecifes ahora, y la fe es nuestra única áncora. ¡Gracias a Dios! Mina está durmiendo, y duerme sin sueños. Temo cómo podrían ser sus sueños, con recuerdos tan terribles en los que fundamentarse. No ha estado tan tranquila, que yo haya visto, desde la puesta del sol. Entonces, por un momento, apareció en su rostro un sosiego que era como la primavera tras los vendavales de marzo. Pensé en aquel momento que era la suavidad de la puesta de sol roja sobre su rostro, pero de algún modo ahora creo que tiene un significado más profundo. Yo mismo no tengo sueño, aunque estoy cansado... cansado a más no poder. No obstante, debo intentar dormir; pues hay que pensar en el día de mañana, y no hay descanso para mí hasta que...
Fin del Episodio 66 · de 80
Diario del dr. Seward · II
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