Drácula·Episodio 55

Diario de Jonathan Harker · III

~6 min · 1275 palabras

No consigo recordar bien cómo me quedé dormida anoche. Recuerdo haber oído el repentino ladrido de los perros y un montón de sonidos extraños, como de oraciones a escala muy tumultuosa, procedentes de la habitación del señor Renfield, que está situada en alguna parte debajo de esta. Y entonces se hizo el silencio sobre todo, un silencio tan profundo que me sobresaltó, así que me levanté y miré por la ventana. Todo estaba oscuro y silencioso, y las sombras negras proyectadas por la luz de la luna parecían repletas de un silencioso misterio propio. Ni una sola cosa parecía agitarse, sino que todo se mostraba sombrío y fijo como la muerte o el destino; de modo que una fina franja de niebla blanca, que se arrastraba con una lentitud casi imperceptible a través de la hierba hacia la casa, parecía poseer una sensibilidad y una vitalidad propias. Creo que la digresión de mis pensamientos debió de sentarme bien, pues al volver a la cama noté que un letargo se apoderaba de mí. Me quedé un rato echada, pero no lograba dormir del todo, así que me levanté y volví a mirar por la ventana. La niebla se iba extendiendo y ahora estaba muy cerca de la casa, de modo que podía verla espesa contra el muro, como si estuviera acechando hasta las ventanas. El pobre hombre gritaba más fuerte que nunca y, aunque no pude distinguir ni una sola palabra de lo que decía, alcancé a reconocer de algún modo en sus tonos un ruego apasionado por su parte. Luego se oyó el ruido de un forcejeo, y supe que los celadores se estaban ocupando de él. Estaba tan asustada que me metí en la cama, me tapé la cabeza con las sábanas y me metí los dedos en los oídos. En ese momento no tenía pizca de sueño, o al menos eso creía; pero debí de quedarme dormida, pues, salvo los sueños, no recuerdo nada hasta la mañana, cuando Jonathan me despertó. Creo que me costó un esfuerzo y un poco de tiempo darme cuenta de dónde estaba y de que era Jonathan quien se inclinaba sobre mí. Mi sueño fue muy peculiar, y casi representativo de la forma en que los pensamientos de la vigilia se funden en los sueños o continúan en ellos.

Creía que estaba dormida, esperando a que Jonathan regresara. Estaba muy preocupada por él, y me sentía incapaz de actuar; mis pies, mis manos y mi cerebro estaban agobiados, de modo que nada podía marchar al ritmo habitual. Y así dormí intranquila y pensando. Entonces empezó a amanecer en mi conciencia que el aire era pesado, húmedo y frío. Aparté las sábanas de mi rostro y comprobé, para mi sorpresa, que todo a mi alrededor estaba penumbroso. La luz del gas que había dejado encendida para Jonathan, pero bajada, llegaba sólo como una diminuta chispa roja a través de la niebla, que evidentemente se había vuelto más espesa y se había colado en la habitación. Entonces se me ocurrió que había cerrado la ventana antes de acostarme. Me habría levantado para asegurarme de ello, pero un letargo plomizo parecía encadenar mis miembros e incluso mi voluntad. Me quedé quieta y soporté; eso fue todo. Cerré los ojos, pero aún podía ver a través de mis párpados. (Es maravilloso las tretas que nos gastan los sueños, y con qué facilidad podemos imaginar). La niebla se fue volviendo cada vez más espesa y ahora podía ver cómo entraba, pues la veía como humo —o con la energía blanca del agua hirviendo— colándose, no a través de la ventana, sino por las rendijas de la puerta. Se espesó y espesó, hasta que pareció concentrarse en una especie de columna de nube dentro de la habitación, a través de cuya cúspide podía ver la luz del gas brillando como un ojo rojo. Las cosas empezaron a dar vueltas en mi cerebro tal como la columna nubosa giraba ahora en la habitación, y a través de todo ello acudieron a mi mente las palabras bíblicas: «Una columna de nube de día y de fuego de noche». ¿Era acaso una guía espiritual de esa clase la que acudía a mí en sueños? Pero la columna se componía tanto de la guía del día como de la de la noche, pues el fuego estaba en el ojo rojo, el cual, al pensarlo, cobró una nueva fascinación para mí; hasta que, mientras miraba, el fuego se dividió y pareció brillar sobre mí a través de la niebla como dos ojos rojos, de los cuales me habló Lucy en su momentáneo devaneo mental cuando, en el acantilado, la luz agonizante del sol iluminaba los ventanales de la iglesia de Santa María. De repente me sobrecogió el horror de que así era como Jonathan había visto a aquellas horribles mujeres cobrar realidad a través de la niebla giratoria a la luz de la luna, y en mi sueño debí de desmayarme, pues todo se volvió una negrura absoluta. El último esfuerzo consciente que hizo la imaginación fue mostrarme un rostro lívido y blanco inclinado sobre mí desde la niebla. Debo tener cuidado con tales sueños, porque harían perder la razón a cualquiera si se repitieran demasiado. Haría que el doctor Van Helsing o el doctor Seward me recetaran algo para dormir, de no ser porque temo alarmarlos. Un sueño así en este momento se entretejerá con los temores que abrigan por mí. Esta noche me esforzaré al máximo por dormir de forma natural. Si no lo consigo, mañana por la noche haré que me den una dosis de cloral; eso no puede hacerme daño por una vez, y me proporcionará una buena noche de sueño. La noche pasada me cansó más que si no hubiera dormido en absoluto.

◇

2 de octubre, 10 p. m.—Anoche dormí, pero no soñé. Debo de haber dormido profundamente, pues el despertar de Jonathan al venir a la cama no me desveló; sin embargo, el sueño no me ha repuesto, ya que hoy me siento terriblemente débil y desanimada. Me pasé todo el día de ayer intentando leer o tumbada cabeceando. Por la tarde, el señor Renfield preguntó si podía verme. Pobre hombre, fue muy amable, y cuando me fui me besó la mano y me encomendó a la bendición de Dios. No sé por qué me afectó mucho; estoy llorando al pensar en él. Esta es una nueva debilidad contra la que debo andar con cuidado. Jonathan se sentiría desgraciado si supiera que he estado llorando. Él y los demás estuvieron fuera hasta la hora de cenar, y entraron todos cansados. Hice cuanto pude para animarles, y supongo que el esfuerzo me sentó bien, pues olvidé lo cansada que estaba. Después de cenar me mandaron a la cama y se fueron todos a fumar juntos, según dijeron, pero yo sabía que querían contarse lo que le había ocurrido a cada uno durante el día; por los modales de Jonathan noté que tenía algo importante que comunicar. No tenía tanto sueño como debiera; así que, antes de que se fueran, le pedí al doctor Seward que me diera algún pequeño opiáceo, ya que la noche anterior no había dormido bien. Con mucha amabilidad me preparó una poción para dormir, que me dio diciéndome que no me haría daño, pues era muy suave... Ya me la he tomado y espero el sueño, que sigue sin venir. Espero no haber hecho mal, pues al empezar el sueño a coquetear conmigo surge un nuevo temor: el de haber sido insensata al privarme así del poder de despertar. Podría necesitarlo. Ahí viene el sueño. Buenas noches.

Fin del Episodio 55 · de 80

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