Drácula·Episodio 36

Capítulo XIII · I

~12 min · 2447 palabras

DIARIO DEL DR. SEWARD: continuación.

El funeral se programó para el día siguiente, para que Lucy y su madre pudieran ser enterradas juntas. Me ocupé de todos los trámites espantosos, y el urbano director de funerarias demostró que su personal padecía —o gozaba— de algo de su propia y obsequiosa suavidad. Incluso la mujer que realizó los últimos preparativos para los difuntos me comentó, con un tono confidencial y de colega, al salir de la cámara mortuoria:

—Hace un cadáver muy hermoso, sir. ¡Es todo un privilegio atenderla! ¡No es exagerado decir que le hará honor a nuestro establecimiento!

Noté que Van Helsing nunca se alejaba mucho. Esto era posible debido al estado de desorden en el que se encontraba la casa. No había parientes a la mano; y como Arthur tenía que regresar al día siguiente para asistir al funeral de su padre, no pudimos avisar a nadie a quien se debiera haber convocado. Dadas las circunstancias, Van Helsing y yo nos tomamos la molestia de examinar papeles y demás. Él insistió en revisar los escritos de Lucy por sí mismo. Le pregunté por qué, pues temía que él, al ser extranjero, tal vez no conociera del todo los requisitos legales ingleses y pudiera, por ignorancia, causar algún problema innecesario. Él me respondió:

—Lo sé; lo sé. Olvidas que soy abogado además de médico. Pero esto no es del todo por la ley. Ya lo sabías cuando evitaste al forense. Tengo más cosas que evitar que a él. Puede haber papeles más... como este.

Mientras hablaba, sacó de su cartera el memorando que había estado en el pecho de Lucy y que ella había desgarrado en sueños.

—Cuando encuentres al abogado de la difunta señora Westenra, sella todos sus papeles y escríbele esta misma noche. Por mi parte, vigilaré aquí en la habitación y en la antigua habitación de la señorita Lucy durante toda la noche, y yo mismo buscaré lo que pueda haber. No es bueno que sus propios pensamientos caigan en manos de extraños.

Continué con mi parte del trabajo y, en media hora más, encontré el nombre y la dirección del abogado de la señora Westenra y le escribí. Todos los papeles de la pobre señora estaban en orden; se daban instrucciones explícitas sobre el lugar de sepultura. Apenas había sellado la carta cuando, para mi sorpresa, Van Helsing entró en la habitación diciendo:

—¿Puedo ayudarte, amigo John? Estoy libre y, si se me permite, mis servicios son para ti.

—¿Has encontrado lo que buscabas? —le pregunté, a lo que él replicó:

—No busqué nada específico. Solo esperaba encontrar, y he encontrado, todo lo que había: solo algunas cartas y unos pocos memorandos, y un diario recién comenzado. Pero los tengo aquí y, por el momento, no diremos nada de ellos. Veré a ese pobre muchacho mañana por la tarde y, con su autorización, usaré algunos.

Cuando terminamos la labor que teníamos entre manos, me dijo:

—Y ahora, amigo John, creo que podemos irnos a la cama. Necesitamos dormir, tanto tú como yo, y descansar para recuperarnos. Mañana tendremos mucho que hacer, pero por esta noche no nos necesitamos. ¡Ay!

Antes de acostarnos fuimos a ver a la pobre Lucy. El funerario sin duda había hecho bien su trabajo, pues la habitación se había transformado en una pequeña chapelle ardente. Había un mar de hermosas flores blancas, y la muerte se había hecho lo menos repulsiva posible. El extremo de la mortaja estaba colocado sobre el rostro; cuando el profesor se inclinó y lo retiró con suavidad, ambos nos estremecimos ante la belleza que teníamos ante nosotros, ya que las altas velas de cera proporcionaban suficiente luz para apreciarla bien. Toda la hermosura de Lucy había regresado a ella en la muerte, y las horas transcurridas, lejos de dejar rastros de «los dedos borradores de la descomposición», no habían hecho más que restaurar la belleza de la vida, hasta el punto de que positivamente no podía dar crédito a mis ojos de que estuviera contemplando un cadáver.

El profesor mostraba una expresión severa y grave. No la había amado como yo y no había necesidad de lágrimas en sus ojos. Me dijo: «Quédate hasta que regrese», y salió de la habitación. Volvió con un puñado de ajos silvestres del cajón que esperaba en el vestíbulo, el cual no había sido abierto, y colocó las flores entre las demás sobre la cama y a su alrededor. Luego se quitó del cuello, por dentro del cuello de la camisa, un pequeño crucifijo de oro y lo colocó sobre la boca. Volvió a poner la sábana en su sitio y nos fuimos.

Me estaba desnudando en mi propia habitación cuando, con un golpecito preliminar en la puerta, entró y comenzó a hablar de inmediato:

—Mañana quiero que me traigas, antes de que anochezca, un juego de cuchillos para autopsias.

—¿Tenemos que hacer una autopsia? —le pregunté.

—Sí y no. Quiero operar, pero no como tú crees. Déjame que te lo diga ahora, pero ni una palabra a nadie. ¡Quiero cortarle la cabeza y sacarle el corazón! ¡Ah, tú, un cirujano, y tan escandalizado! ¡Tú, a quien he visto sin que te tiemble el pulso ni el corazón, realizar operaciones de vida o muerte que hacen estremecer a los demás! ¡Oh!, pero no debo olvidar, mi querido amigo John, que tú la amabas; y no lo he olvidado, pues seré yo quien opere y tú solo debes ayudar. Me gustaría hacerlo esta noche, pero por Arthur no debo; él estará libre después del funeral de su padre mañana, y querrá verla... ver eso. Entonces, cuando esté en su ataúd lista para el día siguiente, tú y yo vendremos cuando todos duerman. Desenroscaremos la tapa del ataúd y haremos nuestra operación; y luego lo volveremos a colocar todo, para que nadie lo sepa, salvo nosotros dos.

—Pero ¿por qué hacerlo? La chica está muerta. ¿Por qué mutilar su pobre cuerpo sin necesidad? Y si no hay necesidad de una autopsia ni nada que ganar con ello —ningún bien para ella, para nosotros, para la ciencia, para el conocimiento humano—, ¿por qué hacerlo? Sin todo eso es algo monstruoso.

Como respuesta, puso su mano sobre mi hombro y dijo con infinita ternura:

—Amigo John, me compadezco de tu pobre corazón sangrante; y te amo aún más porque sangra de ese modo. Si pudiera, tomaría sobre mí la carga que tú soportas. Pero hay cosas que no sabes, pero que llegarás a saber, y me bendecirás por conocerlas, aunque no sean cosas agradables. John, hijo mío, has sido mi amigo desde hace muchos años y, sin embargo, ¿alguna vez me has visto hacer algo sin una buena causa? Puedo equivocarme; no soy más que un hombre; pero creo en todo lo que hago. ¿No fue por estas mismas razones que me enviaste a buscar cuando llegó el gran problema? ¡Sí! ¿No estabas asombrado, qué digo, horrorizado, cuando no quise dejar que Arthur besara a su amada —aunque se estaba muriendo— y lo aparté con todas mis fuerzas? ¡Sí! Y, sin embargo, ¿viste cómo me lo agradeció con sus ojos moribundos tan hermosos, y su voz también tan débil, y cómo besó mi tosca y vieja mano y me bendijo? ¡Sí! Y ¿no me oíste jurarle una promesa, de que así cerraría los ojos agradecida? ¡Sí!

—Bien, tengo una buena razón ahora para todo lo que quiero hacer. Has confiado en mí durante muchos años; has creído en mí estas últimas semanas, cuando ha habido cosas tan extrañas que bien podrías haber dudado. Créeme un poco más, amigo John. Si no confías en mí, entonces tendré que decir lo que pienso; y eso tal vez no sea bueno. Y si trabajo —como trabajaré, sin importar si hay confianza o no— sin la confianza de mi amigo en mí, trabajaré con el corazón apesadumbrado y me sentiré, ¡oh!, ¡tan solo cuando necesito toda la ayuda y el valor posibles! —Se detuvo un momento y continuó con solemnidad—: Amigo John, nos esperan días extraños y terribles. No seamos dos, sino uno, para que trabajemos hacia un buen fin. ¿No vas a tener fe en mí?

Le tomé la mano y se lo prometí. Tuve la puerta abierta mientras él se alejaba y lo vi entrar en su habitación y cerrar la puerta. Mientras permanecía inmóvil, vi a una de las sirvientas pasar silenciosamente por el pasillo —me daba la espalda, por lo que no me vio— y entrar en la habitación donde yacía Lucy. La visión me conmovió. La devoción es tan rara, y estamos tan agradecidos con quienes la muestran sin que se les pida hacia aquellos a quienes amamos. Ahí estaba una pobre muchacha dejando a un lado los temores que de manera natural le inspiraba la muerte para ir a velar sola junto al féretro de la ama a la que quería, para que el pobre barro no se sintiera solo hasta recibir el descanso eterno....

◇

Debo de haber dormido largo y tendido, pues ya era de día cuando Van Helsing me despertó al entrar en mi habitación. Se acercó a mi cabecera y dijo:

—No tienes que preocuparte por los cuchillos; no lo haremos.

—¿Por qué no? —pregunté. Pues la solemnidad que mostrara la noche anterior me había impresionado profundamente.

—Porque —dijo con severidad— es demasiado tarde, o demasiado temprano. ¡Mira! —En ese momento alzó el pequeño crucifijo de oro—. Esto fue robado durante la noche.

—¿Cómo que robado? —pregunté extrañado—, ¿puesto que ahora lo tienes tú?

—Porque lo recupero de la infame criatura que lo robó, de la mujer que saqueó a los muertos y a los vivos. Su castigo llegará sin duda, pero no por mi mano; ella no sabía del todo lo que hacía y así, sin saberlo, se limitó a robar. Ahora debemos esperar.

Se marchó al decir esto, dejándome un nuevo misterio en el que pensar, un nuevo enigma con el que lidiar.

La mañana fue un tiempo tedioso, pero a mediodía vino el procurador: el señor Marquand, de Wholeman, Sons, Marquand & Lidderdale. Fue muy afable y supo apreciar lo que habíamos hecho, quitándonos de encima todas las preocupaciones respecto a los detalles. Durante el almuerzo nos contó que la señora Westenra hacía tiempo que temía una muerte súbita a causa del corazón, y que había dejado sus asuntos en absoluto orden; nos informó de que, a excepción de cierta propiedad vinculada del padre de Lucy que ahora, a falta de descendencia directa, volvía a una rama lejana de la familia, toda la hacienda, tanto inmueble como mueble, se le legaba por entero a Arthur Holmwood. Cuando nos hubo contado tanto, prosiguió:

—Francamente, hicimos todo lo posible por impedir tal disposición testamentaria, y señalamos ciertas contingencias que podrían dejar a su hija sin un céntimo o no tan libre como debiera para actuar en lo referente a una alianza matrimonial. De hecho, presionamos tanto el asunto que casi entramos en conflicto, pues nos preguntó si estábamos o no dispuestos a cumplir sus deseos. Por supuesto, entonces no tuvimos más alternativa que aceptar. Teníamos razón en principio, y noventa y nueve veces de cada cien habríamos demostrado, por la lógica de los hechos, la exactitud de nuestro juicio. Francamente, sin embargo, debo admitir que en este caso cualquier otra forma de disposición habría hecho imposible el cumplimiento de sus deseos. Pues al morir ella antes que su hija, esta habría entrado en posesión de la propiedad y, aun cuando solo hubiera sobrevivido a su madre cinco minutos, su propiedad habría sido tratada tras su fallecimiento, en caso de no haber testamento —y un testamento era una imposibilidad práctica en tal circunstancia—, como si hubiera muerto abintestato. En cuyo caso lord Godalming, a pesar de ser un amigo tan querido, no habría tenido derecho alguno en el mundo; y los herederos, al ser lejanos, no habrían sido propensos a abandonar sus justos derechos por razones sentimentales hacia una total desconocida. Les aseguro, mis queridos señores, que me regocijo por el resultado, me regocijo por completo.

Era un buen tipo, pero su regocijo por la pequeña parte —en la que él estaba interesado oficialmente— de una tragedia tan grande constituía una lección práctica sobre las limitaciones de la comprensión empática.

No se quedó mucho tiempo, pero dijo que se pasaría más tarde durante el día para ver a lord Godalming. Su visita, sin embargo, había supuesto un cierto consuelo para nosotros, ya que nos aseguraba que no tendríamos que temer críticas hostiles acerca de ninguno de nuestros actos. Se esperaba a Arthur a las cinco, así que un poco antes de esa hora fuimos a la cámara mortuoria. Y lo era en verdad, pues ahora madre e hija yacían en ella. El enterrador, fiel a su oficio, había hecho la mejor exhibición posible de sus mercancías, y había en el lugar un aire funerario que abatió nuestros ánimos de inmediato. Van Helsing ordenó que se mantuviera la disposición anterior, explicando que, como lord Godalming vendría muy pronto, resultaría menos desgarrador para sus sentimientos ver todo lo que quedaba de su fiancée completamente a solas. El enterrador pareció escandalizado por su propia estupidez y se esmeró en devolver las cosas al estado en que las habíamos dejado la noche anterior, de modo que cuando Arthur llegó se evitaron aquellos golpes a sus sentimientos que pudimos eludir.

¡Pobre hombre! Se le veía desesperadamente triste y abatido; incluso su robusta hombría parecía haberse encogido un tanto bajo la tensión de sus tan probadas emociones. Sabía que había estado muy sincera y devotamente unido a su padre; y perderlo, y en semejante momento, era un amargo golpe para él. Conmigo se mostró tan afectuoso como siempre, y con Van Helsing fue de una dulzura cortés; mas no pude evitar ver que había cierta tirantez en él. El profesor también lo notó y me hizo gestos para que lo subiera. Así lo hice, y lo dejé a la puerta de la habitación, pues sentí que le gustaría estar a solas con ella, pero él me cogió del brazo y me condujo adentro, diciendo con voz ronca:

—Tú también la querías, viejo amigo; me lo contó todo, y no hubo amigo que ocupara un lugar más cercano en su corazón que tú. No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por ella. Todavía no puedo pensar....

Aquí se derrumbó de repente, pasó los brazos alrededor de mis hombros y recostó la cabeza en mi pecho, exclamando entre sollozos:

—¡Oh, Jack! ¡Jack! ¡Qué voy a hacer! Toda la vida parece habérseme ido de golpe, y no hay nada en el vasto mundo por lo que merezca la pena vivir.

Fin del Episodio 36 · de 80

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