Drácula·Episodio 32

Capítulo XI · III

~6 min · 1141 palabras

Memorándum dejado por Lucy Westenra.

17 de septiembre. Noche.—Escribo esto y lo dejo a la vista, para que nadie por casualidad pueda meterse en un lío por mi culpa. Este es un registro exacto de lo ocurrido esta noche. Siento que me muero de debilidad, y apenas tengo fuerzas para escribir, pero hay que hacerlo aunque muera en el intento.

Me fui a la cama como de costumbre, procurando que las flores estuvieran colocadas tal como ordenó el doctor Van Helsing, y pronto me quedé dormida.

Me despertó el aleteo en la ventana, que había empezado tras aquel sonambulismo en el acantilado de Whitby cuando Mina me salvó, y que ahora conozco tan bien. No tuve miedo, pero sí deseé que el señor Seward estuviera en la habitación contigua —tal como dijo el doctor Van Helsing que estaría— para haberle llamado. Intenté volver a dormir, pero no pude. Entonces me sobrevino el viejo temor al sueño, y decidí mantenerme despierta. ¡Perversamente, el sueño trataba de venir entonces cuando no lo deseaba!; así que, como temía estar sola, abrí la puerta y llamé: «¿Hay alguien ahí?». No hubo respuesta. Me dio miedo despertar a mamá, y volví a cerrar la puerta. Luego, afuera, en el arbustedo, oí una especie de aullido como el de un perro, pero más feroz y profundo. Fui a la ventana y miré afuera, pero no pude ver nada, excepto un gran murciélago que evidentemente había estado batiendo las alas contra el cristal. Así que volví a la cama una vez más, pero decidida a no dormir. Al poco rato se abrió la puerta y mamá asomó la cabeza; al ver por mis movimientos que no estaba dormida, entró y se sentó junto a mí. Me dijo, aún con más dulzura y suavidad que de costumbre:

«Estaba inquieta por ti, cariño, y entré a ver si estabas bien».

Temí que pudiera coger un frío terrible sentada allí, y le pedí que se viniera a la cama y durmiera conmigo; así que se metió en la cama y se tumbó a mi lado; no se quitó la bata, pues dijo que solo se quedaría un rato y luego regresaría a su propio lecho. Mientras yacía allí en mis brazos, y yo en los suyos, el aleteo y los golpes volvieron a la ventana. Ella se sobresaltó, se asustó un poco y exclamó: «¿Qué es eso?». Intenté tranquilizarla, y al fin lo conseguí, y se quedó quieta; pero aún podía oír latir terriblemente su pobre y querido corazón. Al poco rato se oyó de nuevo el bajo aullido en el arbustedo, y poco después hubo un estrépito en la ventana, y un montón de cristales rotos cayó al suelo. La persiana de la ventana retrocedió con el viento que entró raudo, y en la abertura de los cristales rotos apareció la cabeza de un gran lobo gris y famélico. Mamá exclamó aterrorizada, se incorporó con esfuerzo hasta quedar sentada y se aferró desesperadamente a cualquier cosa que pudiera ayudarla. Entre otras cosas, se aferró a la guirnalda de flores que el doctor Van Helsing insistió en que llevara al cuello, y me la arrancó. Durante uno o dos segundos se quedó sentada, señalando al lobo, y hubo un extraño y horrible gorgoteo en su garganta; luego se desplomó —como si la hubiera alcanzado un rayo— y su cabeza golpeó mi frente, mareándome por uno o dos momentos. La habitación y todo a su alrededor pareció dar vueltas. Mantuve los ojos fijos en la ventana, pero el lobo retiró la cabeza y toda una miríada de pequeñas motas pareció entrar soplada a través de la ventana rota, revoloteando y girando como la columna de polvo que describen los viajeros cuando hay un simún en el desierto. Intenté moverme, pero había algún hechizo sobre mí, y el pobre cuerpo de mi querida madre —que ya parecía enfriarse, pues su querido corazón había dejado de latir— me abrumaba; y no recordé nada más durante un rato.

El tiempo no pareció largo, sino muy, muy espantoso, hasta que recuperé la consciencia. En algún lugar cercano doblaba una campana de difuntos; los perros de todo el vecindario aullaban; y en nuestro arbustedo, al parecer justo afuera, cantaba un ruiseñor. Estaba aturdida y embotada por el dolor, el terror y la debilidad, pero el canto del ruiseñor parecía la voz de mi difunta madre que volvía para consolarme. Los ruidos también debían de haber despertado a las criada, pues podía oír el taconeo de sus pies descalzos fuera de mi puerta. Las llamé, entraron y, cuando vieron lo que había sucedido y qué era aquello que yacía sobre mí en la cama, dieron un grito. El viento sopló con fuerza a través de la ventana rota y la puerta se cerró de golpe. Retiraron el cuerpo de mi amada madre y la acostaron, cubierta con una sábana, en la cama después de que yo me hubiera levantado. Estaban tan asustadas y nerviosas que les mandé que fueran al comedor y se tomaran cada una un vaso de vino. La puerta se abrió de par en par por un instante y volvió a cerrarse. Las criadas gritaron y luego fueron en grupo al comedor; y yo coloqué las flores que me quedaban sobre el pecho de mi querida madre. Una vez allí, recordé lo que el doctor Van Helsing me había dicho, pero no me apetecía quitárselas y, además, quería que algunos de los sirvientes se quedaran despiertos conmigo ahora. Me sorprendió que las criadas no volvieran. Las llamé, pero no obtuve respuesta, así que fui al comedor a buscarlas.

El corazón se me encogió al ver lo que había pasado. Las cuatro yincían indefensas en el suelo, respirando pesadamente. La botella de jerez estaba sobre la mesa medio llena, pero había un olor extraño y acre. Sospeché y examiné la botella. olía a láudano y, al mirar en el aparador, descubrí que el frasco que el médico de mamá usa para ella —¡oh!, sí usaba— estaba vacío. ¿Qué voy a hacer?, ¿qué voy a hacer? Estoy de nuevo en la habitación con mamá. No puedo dejarla, y estoy sola, a excepción de los sirvientes dormidos, a quienes alguien ha drogado. ¡Sola con los muertos! No me atrevo a salir, pues puedo oír el bajo aullido del lobo a través de la ventana rota.

El aire parece lleno de motas que flotan y giran en la corriente de aire de la ventana, y las luces arden azules y tenues. ¿Qué voy a hacer? ¡Dios me proteja de todo mal esta noche! Esconderé este papel en mi pecho, donde habrán de encontrarlo cuando vengan a amortajarme. ¡Mi querida madre se ha ido! Es hora de que yo también me vaya. Adiós, querido Arthur, si no sobrevivo a esta noche. ¡Dios te guarde, amor mío, y Dios me ayude!

Fin del Episodio 32 · de 80

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