Drácula·Episodio 03

Diario de Jonathan Harker · III

~8 min · 1613 palabras

Denn die Todten reiten schnell» («Pues los muertos viajan aprisa»).

El extraño cochero oyó evidentemente las palabras, pues alzó la vista con una sonrisa relampagueante. El pasajero apartó el rostro, al tiempo que extendía dos dedos y se santiguaba. «Dadme el equipaje del herr», dijo el cochero; y con extremada presteza mis maletas fueron bajadas y colocadas en el carruaje. Luego descendí por el costado del carruaje público, ya que el calesín estaba pegado a él, y el cochero me ayudó con una mano que me atrapó el brazo con un apretón de acero; su fuerza debía de ser prodigiosa. Sin decir palabra sacudió las riendas, los caballos giraron y nos adentramos raudos en la oscuridad del desfiladero. Al mirar atrás vi el vaho de los caballos del carruaje a la luz de los faroles, y recortadas contra él las figuras de mis antiguos compañeros santiguándose. Entonces el cochero chasqueó el látigo y llamó a sus caballos, y partieron a toda velocidad rumbo a Bucovina. Al sumirse en la oscuridad sentí un escalofrío extraño y una sensación de soledad se apoderó de mí; pero me echaron una capa a los hombros y una manta a las rodillas, y el cochero dijo en un alemán excelente:

—La noche es fría, mein Herr, y mi amo el Conde me ordenó que os cuidara con esmero. Hay un frasco de slivovitz (el aguardiente de ciruela del país) debajo del asiento, por si lo necesitáis. No tomé nada, pero era un consuelo saber que estaba ahí de todos modos. Me sentía un tanto extraño, y no poco asustado. Pienso que, de haber tenido alguna alternativa, la habría tomado en vez de proseguir aquel viaje nocturno desconocido. El carruaje avanzaba a buen ritmo en línea recta, luego dimos un giro completo y recorrimos otro camino recto. Me pareció que estábamos recorriendo una y otra vez el mismo terreno; y así, al fijarme en algún punto sobresaliente, comprobé que era así. Me habría gustado preguntar al cochero qué significaba todo aquello, pero la verdad es que temía hacerlo, pues pensé que, tal como estaban las cosas, cualquier protesta no habría servido de nada en caso de que hubiera intención de demorarnos. Al cabo de un rato, sin embargo, como tenía curiosidad por saber cómo pasaba el tiempo, encendí una cerilla y a su luz miré el reloj; faltaban pocos minutos para la medianoche. Esto me produjo una especie de impacto, pues supongo que la superstición general en torno a la medianoche se veía acrecentada por mis recientes experiencias. Esperé con una nauseabunda sensación de suspense.

Entonces un perro comenzó a aullar en alguna granja, muy lejos en el camino; un aullido largo y agonizante, como de miedo. El sonido fue recogido por otro perro, y luego por otro y otro más, hasta que, llevado por el viento que ahora suspiraba suavemente a través del desfiladero, empezó un aullido salvaje que parecía proceder de todas partes del país, hasta donde la imaginación podía abarcarlo a través de la penumbra de la noche. Al primer aullido los caballos empezaron a tensarse y a encabritarse, pero el cochero les habló con suavidad y se calmaron, aunque tiritaban y sudaban como si vinieran de huir despavoridos por un repentino susto. Luego, muy lejos en la distancia, desde las montañas a ambos lados de nuestro camino comenzó un aullido más fuerte y agudo —el de los lobos—, que afectó a los caballos y a mí mismo del mismo modo, pues a mí me daban ganas de saltar del calesín y huir, mientras que ellos volvían a encabritarse y a dar corvadas con furia, de modo que el cochero tuvo que emplear toda su gran fuerza para impedir que se desbocaran. Al cabo de unos minutos, sin embargo, mis propios oídos se acostumbraron al sonido, y los caballos se tranquilizaron hasta tal punto que el cochero pudo bajar y situarse frente a ellos. Los acarició y calmó, y les susurró algo a los orejas, como he oído que hacen los domadores de caballos, y con un efecto extraordinario, pues bajo sus caricias volvieron a ser perfectamente manejables, aunque seguían temblando. El cochero volvió a ocupar su asiento y, sacudiendo las riendas, partió a gran velocidad. Esta vez, tras ir al extremo más alejado del desfiladero, torció de repente por un camino estrecho que se desviaba bruscamente hacia la derecha.

Pronto nos vimos cercados por árboles, que en algunos puntos formaban bóveda sobre la calzada de modo que pasábamos como por un túnel; y de nuevo grandes rocas ceñudas nos custodiaban audaces a ambos lados. Aunque estábamos a resguardo, podíamos oír el viento creciente, pues gemía y silbaba entre las rocas, y las ramas de los árboles chocaban estrepitosamente mientras avanzábamos a toda velocidad. Cada vez hacía más frío, y comenzó a caer una nieve fina y polvorienta, de modo que al poco tiempo nosotros y todo lo que nos rodeaba quedamos cubiertos por un manto blanco. El viento helado seguía trayendo el aullido de los perros, aunque este se iba desvaneciendo a medida que proseguíamos nuestro camino. Los ladridos de los lobos sonaban cada vez más cerca, como si nos estuvieran cercando por todas partes. Un miedo terrible se apoderó de mí, y los caballos compartieron mi temor. El cochero, sin embargo, no se inmutó lo más mínimo; no hacía más que volver la cabeza a izquierda y derecha, pero yo no conseguía ver nada a través de la oscuridad.

De pronto, a lo lejos, a nuestra izquierda, vi una débil y parpadeante llama azul. El cochero la vio en el mismo instante; detuvo de inmediato a los caballos y, saltando al suelo, desapareció en la oscuridad. No supo qué hacer, tanto más cuanto que el aullido de los lobos se acercaba; pero mientras yo dudaba, el cochero apareció de repente de nuevo y, sin decir una palabra, ocupó su asiento y reanudamos el viaje. Creo que debí de haberme quedado dormido y seguí soñando con el incidente, pues parecía repetirse sin fin y, ahora, al recordarlo, es como una especie de horrible pesadilla. Una vez la llama apareció tan cerca del camino que, aun en la oscuridad que nos rodeaba, pude observar los movimientos del cochero. Fue rápidamente hacia donde surgía la llama azul —debía de ser muy débil, pues no parecía iluminar en absoluto el lugar a su alrededor— y, reuniendo unas pocas piedras, las dispuso en alguna clase de figura. Una vez se produjo un extraño efecto óptico: cuando él se puso entre mí y la llama, no la obstruyó, pues pude ver su parpadeo fantasmal de todos modos. Esto me alarmó, pero como el efecto fue solo momentáneo, supuse que mis ojos me habían engañado al esforzar durante la oscuridad. Luego, durante un tiempo, no hubo llamas azules y avanzamos a toda velocidad a través de la penumbra, con el aullido de los lobos a nuestro alrededor, como si nos siguieran en un círculo en movimiento.

Llegó por fin un momento en el que el cochero se alejó más que nunca, y durante su ausencia los caballos empezaron a temblar peor que nunca y a resoplar y chillar aterrorizados. No lograba ver ninguna causa para ello, pues los aullidos de los lobos habían cesado por completo; pero justo en ese instante la luna, surcando las nubes negras, apareció tras la cresta recortada de una roca escarpada y cubierta de pinos, y a su luz vi a nuestro alrededor un corro de lobos, con dientes blancos y rojas lenguas colgantes, de largas y nervudas extremidades y pelo lanudo. Eran cien veces más terribles en aquel silencio lúgubre que los envolvía que incluso cuando aullaban. En cuanto a mí, sentí una especie de parálisis de miedo. Solo cuando un hombre se halla cara a cara con tales horrores puede comprender su verdadero significado.

De pronto, los lobos empezaron a aullar como si la luz de la luna ejerciera sobre ellos algún efecto peculiar. Los caballos saltaban y se encabritaban, y miraban a su alrededor con impotencia y con los ojos en blanco de un modo doloroso de ver; pero el círculo viviente del terror los rodeaba por todas partes, y no les quedó más remedio que permanecer dentro de él. Llamé al cochero para que viniera, pues me parecía que nuestra única oportunidad era intentar romper el cerco y ayudarle a acercarse. Grité y golpeé el costado del carruaje, esperando espantar con el ruido a los lobos de ese lado para darle la oportunidad de llegar hasta la portezuela. Cómo llegó hasta allí, no lo sé, pero oí su voz alzarse en un tono de mando imperioso y, mirando hacia donde venía el sonido, lo vi de pie en el camino. Al agitar sus largos brazos, como si apartara algún obstáculo impalpable, los lobos retrocedieron cada vez más. Justo en ese momento, una densa nube pasó por la faz de la luna, de modo que volvimos a quedar en la oscuridad.

Cuando pude ver de nuevo, el cochero estaba subiendo al carruaje y los lobos habían desaparecido. Todo esto era tan extraño y misterioso que un miedo terrible se apoderó de mí, y temía hablar o moverme. El tiempo pareció interminable mientras avanzábamos a toda velocidad, ahora casi en completa oscuridad, ya que las nubes errantes oscurecían la luna. Continuamos ascendiendo, con breves períodos de descenso rápido, pero en lo fundamental siempre ascendiendo. De repente, cobré consciencia de que el cochero estaba deteniendo a los caballos en el patio de un vasto castillo en ruinas, de cuyas altas y negras ventanas no emanaba ni un rayo de luz, y cuyas almenas rotas dibujaban una línea dentada contra el cielo iluminado por la luna.

Fin del Episodio 3 · de 80

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