Drácula·Episodio 29

Capítulo X · III

~7 min · 1432 palabras

Cuidado, no hay que decir nada de esto. Si nuestro joven enamorado aparece de imprevisto, como la otra vez, ni una palabra para él. Eso lo asustaría de inmediato y también le daría celos. No debe haber nada. ¡Y ya está!»

Cuando volví, me miró con atención y luego dijo:

—No estás mucho peor. Vete a la habitación, túmbate en el sofá y descansa un rato; luego desayuna bien y ven aquí conmigo.

Seguí sus órdenes, pues sabía cuán justas y sensatas eran. Yo había cumplido mi parte, y ahora mi siguiente deber era mantener mis fuerzas. Me sentía muy débil, y en esa debilidad perdí algo del asombro ante lo sucedido. Sin embargo, me quedé dormido en el sofá, preguntándome una y otra vez cómo había hecho Lucy un retroceso tan grande, y cómo la habían podido drenar de tanta sangre sin que quedara señal alguna en ninguna parte. Creo que debí de seguir con mis dudas en sueños, pues, durmiendo y desvelado, mis pensamientos volvían siempre a los pequeños pinchazos en su garganta y al aspecto deshilachado y agotado de sus bordes, por diminutos que fuesen.

Lucy durmió hasta entrada la mañana, y al despertar se encontraba bastante bien y fuerte, aunque ni mucho menos tanto como el día anterior. Cuando Van Helsing la hubo visto, salió a dar un paseo y me dejó a cargo de ella, con la estricta orden de no apartarme ni un momento. Pude oír su voz en el vestíbulo, preguntando el camino a la oficina de teégrafos más cercana.

Lucy charló conmigo libremente y parecía no darse cuenta en absoluto de que hubiera pasado algo. Intenté mantenerla entretenida e interesada. Cuando su madre subió a verla, no pareció notar cambio alguno, sino que me dijo agradecida:

—Le debemos tanto, doctor Seward, por todo lo que ha hecho; pero de verdad que ahora debe cuidar de no agotarse demasiado. Usted mismo tiene mal color. Le hace falta una esposa que le cuide y le mime un poco; ¡eso es lo que le hace falta! —Al hablar, Lucy se puso carmesí, aunque solo fue por un momento, pues sus pobres y consumidas venas no podían soportar por mucho tiempo una afluencia de sangre tan insólita a la cabeza. La reacción llegó en forma de una palidez extrema al dirigir hacia mí unos ojos suplicantes. Sonreí, asentí y me puse el dedo en los labios; con un suspiro, se dejó caer de nuevo entre sus almohadas.

Van Helsing regresó al cabo de dos horas y al poco me dijo: —Ahora vete a casa, come bien y bebe lo necesario. Hazte fuerte. Yo me quedo aquí esta noche y me desvelaré yo mismo con la pequeña señorita. Tú y yo debemos vigilar el caso, y no debemos permitir que nadie más lo sepa. Tengo razones graves. No, no las preguntes; piensa lo que quieras. No temas pensar ni siquiera lo más improbable. Buenas noches.

En el vestíbulo, dos de las sirvientas se me acercaron y me preguntaron si ellas, o alguna de las dos, podían velar a la señorita Lucy. Me suplicaron que las dejase; y cuando les dije que era deseo del doctor Van Helsing que uno de los dos velara, me pidieron con bastante compasión que intercediera ante el «caballero extranjero». Me conmovió mucho su amabilidad. Tal vez sea porque ahora estoy débil, y tal vez porque era por causa de Lucy, que su devoción se manifestaba; pues una y otra vez he visto muestras similares de la bondad de la mujer. Volví aquí a tiempo para una cena tardía; hice mi ronda —todo iba bien— y puse esto por escrito mientras esperaba el sueño. Ya viene.

◇

11 de septiembre.—Esta tarde fui a Hillingham. Encontré a Van Helsing de excelente humor y a Lucy mucho mejor. Poco después de mi llegada, llegó un paquete grande del extranjero para el Profesor. Lo abrió con gran solemnidad —fingida, por supuesto— y mostró un gran atado de flores blancas.

«Estas son para usted, señorita Lucy», dijo.

«¿Para mí? ¡Oh, doctor Van Helsing!»

«Sí, querida mía, pero no para que juegue con ellas. Son medicinas». Aquí Lucy puso una mueca. «No, pero no son para tomar en infusión ni en forma nauseabunda, así que no necesita arrugar esa nariz tan encantadora, o le señalaré a mi amigo Arthur qué padecimientos tendrá que soportar al ver tanta hermosura que tanto ama así distorsionada. Ajá, mi linda señorita, eso pone la nariz tan bonita recta otra vez. Esto es medicinal, pero usted no sabe cómo. Lo pongo en su ventana, hago una bonita guirnalda y se la cuelgo al cuello para que duerma bien. ¡Oh, sí! Ellas, como la flor de loto, hacen que su problema se olvide. Huele tanto a las aguas del Leteo, y de aquella fuente de juventud que los conquistadores buscaron en las Floridas, y la encuentran demasiado tarde».

Mientras él hablaba, Lucy había estado examinando las flores y oliéndolas. Ahora las arrojó, diciendo, entre risas y disgusto:

—¡Oh, profesor, creo que solo me está gastando una broma! Vaya, estas flores no son más que ajos corrientes.

Para mi sorpresa, Van Helsing se levantó y dijo con toda su severidad, con la mandíbula de hierro apretada y las espesas cejas juntas:

—¡Bromas las justas conmigo! ¡Yo nunca bromeo! Hay un propósito implacable en todo lo que hago; y le advierto que no me contraríe. Tenga cuidado, por el bien de los demás si no es por el suyo. —Luego, al ver a la pobre Lucy asustada, como era de esperar, continuó con más suavidad—: Oh, pequeña señorita, querida mía, no me tema. Solo actúo por su bien; pero hay mucha virtud para usted en esas flores tan comunes. Mire, yo mismo las coloco en su habitación. Yo hago la guirnalda que ha de llevar puesta. ¡Pero silencio! No le diga nada a nadie que haga preguntas tan inquisitivas. Debemos obedecer, y el silencio es parte de la obediencia; y la obediencia ha de traerla fuerte y sana a los brazos amorosos que la esperan. Ahora quédese quieta un rato. Venga conmigo, amigo John, y me ayudará a adornar la habitación con mis ajos, que vienen desde Haarlem, donde mi amigo Vanderpool cría hierbas en sus invernaderos todo el año. Tuve que telegrafiar ayer, o no habrían estado aquí.

Entramos en la habitación llevándonos las flores. Las acciones del Profesor eran ciertamente extrañas y no se encontraban en ningún farmacopea de la que jamás hubiera oído hablar. Primero cerró las ventanas y les echó los pasadores con firmeza; luego, tomando un puñado de flores, las frotó por todos los marcos, como para asegurarse de que cada ráfaga de aire que pudiera entrar estuviera cargada con el olor a ajo. Después, con el manojo, frotó toda la jamba de la puerta, arriba, abajo y a cada lado, y alrededor de la chimenea de la misma manera. Todo aquello me pareció grotesco, y al poco dije:

—Bueno, profesor, sé que usted siempre tiene una razón para lo que hace, pero esto sin duda me desconcierta. Menos mal que no tenemos ningún escéptico aquí, o diría que está tramando algún sortilegio para espantar a un espíritu maligno.

—¡Tal vez lo esté! —respondió con tranquilidad mientras empezaba a hacer la guirnalda que Lucy habría de llevar al cuello.

Esperamos entonces mientras Lucy se arreglaba para pasar la noche, y cuando estuvo en la cama, él mismo vino a colocarle la guirnalda de ajos alrededor del cuello. Las últimas palabras que le dijo fueron:

—Cuide de no perturbarla; y aunque la habitación se sienta cargada, no abra esta noche ni la ventana ni la puerta.

—¡Lo prometo —dijo Lucy—, y les agradezco a ambos mil veces toda su amabilidad conmigo! ¡Oh, qué habré hecho para ser bendecida con unos amigos así!

Cuando salimos de la casa en mi carruaje de alquiler, que estaba esperando, Van Helsing dijo:

—Esta noche puedo dormir en paz, y bien que lo necesito; dos noches de viaje, mucha lectura en el día que mediaba, mucha ansiedad en el día siguiente, y una noche en vela sin pegar un ojo. Mañana por la mañana temprano me llama, y vamos juntos a ver a nuestra linda señorita, mucho más fuerte gracias al «hechizo» que he obrado. ¡Ja, ja!

Parecía tan seguro que yo, recordando mi propia seguridad de hacía dos noches y su funesto resultado, sentí temor y un vago terror. Debió de ser mi debilidad lo que me hizo dudar en contárselo a mi amigo, pero lo sentí aún más dentro, como lágrimas que no se derraman.

Fin del Episodio 29 · de 80

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