Capítulo IX · I
~9 min · 1835 palabras
Carta de Mina Harker a Lucy Westenra.
«Buda-Pesth, 24 de agosto.
«Mi querida Lucy:
«Sé que estarás deseando saber todo lo que ha pasado desde que nos despedimos en la estación de ferrocarril de Whitby. Pues bien, querida, llegué a Hull sin novedad, tomé el barco a Hamburgo y desde allí el tren hasta aquí. Siento que apenas puedo recordar nada del viaje, salvo que sabía que iba al encuentro de Jonathan y que, como tendría que hacer de enfermera, valía más que durmiera todo lo posible... Encontré a mi amor, oh, tan delgado, pálido y con aspecto débil. Toda la resolución ha desaparecido de sus queridos ojos, y aquella serena dignidad que te dije que tenía en el rostro se ha esfumado. No es más que una sombra de lo que fue, y no recuerda nada de lo que le ha sucedido desde hace mucho tiempo. Al menos, quiere que lo crea, y yo nunca se lo preguntaré. Ha sufrido una terrible conmoción y me temo que podría exigir demasiado a su pobre cerebro si intentara recordarla. La hermana Ágata, que es una criatura excelente y enfermera nata, me dice que deliraba diciendo cosas espantosas mientras estaba fuera de sí. Quise que me dijera cuáles eran, pero ella se limitaba a santiguarse y a decir que nunca lo contaría; que los delirios de los enfermos son secretos de Dios, y que si una enfermera, debido a su vocación, llega a oírlos, debe respetar su deber. Es una alma dulce y bondadosa, y al día siguiente, al ver que estaba preocupada, volvió a sacar el tema y, tras decir que jamás podría mencionar aquello sobre lo que deliraba mi pobre querido, añadió: «Esto te puedo decir, querida: no se trataba de nada malo que él hubiera hecho por sí mismo; y tú, como su futura esposa, no tienes por qué preocuparte. No te ha olvidado ni lo que te debe. Su miedo se debía a cosas grandes y terribles de las que ningún mortal puede hablar». ¡Cierto es que la buena mujer creyó que yo podría estar celosa por si mi pobre querido se había enamorado de otra muchacha! ¡La idea de que yo tuviera celos por Jonathan! Y, sin embargo, querida, déjame que te lo susurre, sentí una oleada de alegría al saber que ninguna otra mujer era motivo de problemas. Ahora estoy sentada junto a su lecho, desde donde puedo ver su rostro mientras duerme. ¡Se está despertando!...
«Cuando despertó me pidió el abrigo, pues quería sacar algo del bolsillo; le pregunté a la hermana Ágata y ella trajo todas sus cosas. Vi que entre ellas estaba su cuaderno de notas, y estuve a punto de pedirle que me dejara mirar —pues ya sabía entonces que podría hallar alguna pista sobre su problema—, pero supongo debió de ver mi deseo en mis ojos, ya que me mandó hacia la ventana, diciendo que quería estar completamente solo un momento. Luego me llamó y, cuando me acerqué, tenía la mano sobre el cuaderno y me dijo muy solemnemente:—
«—Wilhelmina —supe entonces que hablaba totalmente en serio, pues nunca me había llamado por ese nombre desde que me pidió que me casara con él—, tú sabes, querida, lo que opino sobre la confianza entre marido y mujer: no debe haber secretos ni ocultamientos. He sufrido una gran conmoción, y cuando intento pensar en qué consiste siento que la cabeza me da vueltas, y no sé si todo fue real o el sueño de un loco. Sabes que he tenido fiebre cerebral, y eso equivale a estar loco. El secreto está aquí, y yo no quiero saberlo. Quiero retomar mi vida aquí, con nuestro matrimonio. Pues, querida, habíamos decidido casarnos en cuanto se completaran los trámites. ¿Estás dispuesta, Wilhelmina, a compartir mi ignorancia? Aquí está el libro. Tómalo y consérvalo, léelo si quieres, pero no me dejes saberlo nunca; a menos que, en verdad, recaiga sobre mí el solemne deber de volver a las horas amargas, dormido o despierto, cuerdo o loco, registradas aquí. Se dejó caer hacia atrás, exhausto, y puse el libro bajo su almohada y lo besé. Le he pedido a la hermana Ágata que suplicue a la superiora que nuestra boda sea esta tarde, y estoy esperando su respuesta...
«Ha venido a decirme que se ha mandado llamar al capellán de la iglesia de la misión inglesa. Nos casaremos dentro de una hora, o en cuanto despierte Jonathan...
«Lucy, el momento ha llegado y ha pasado. Me siento muy solemne, pero muy, muy feliz. Jonathan se despertó un poco después de la hora, todo estaba listo y se incorporó en la cama, apoyado en almohadas. Respondió a su «sí, quiero» con firmeza y fuerza. Apenas podía hablar; tenía el corazón tan encogido que hasta esas palabras parecían ahogarme. Las queridas hermanas fueron tan amables. ¡Dios mediante, nunca, nunca las olvidaré, ni las graves y dulces responsabilidades que he asumido! Debo hablarte de mi regalo de bodas. Cuando el capellán y las hermanas me dejaron a solas con mi esposo —oh, Lucy, es la primera vez que escribo las palabras «mi esposo»—, me dejaron a solas con mi esposo, saqué el libro de debajo de su almohada, lo envolví en papel blanco y loaté con un trocito de cinta azul pálido que llevaba al cuello, lo sellé sobre el nudo con lacre y, como sello, utilicé mi alianza de bodas. Luego lo besé y se lo enseñé a mi esposo, diciéndole que lo guardaría así y que sería una señal externa y visible para ambos durante toda nuestra vida de que confiábamos el uno en el otro; que jamás lo abriría a menos que fuera por su propio bien o por el de algún deber ineludible. Entonces él tomó mi mano en la suya —y, oh, Lucy, era la primera vez que tomaba la mano de su esposa— y dijo que era la cosa más preciada de todo el ancho mundo, y que volvería a pasar por todo el pasado para ganársela, de ser necesario. El pobre querido pretendía decir una parte del pasado, pero aún no puede pensar en el tiempo, y no me extrañará si al principio confunde no solo el mes, sino el año.
«Bien, querida, ¿qué podía decirle? Solo pude responderle que era la mujer más feliz de todo el ancho mundo, y que no tenía nada que darle salvo a mí misma, mi vida y mi confianza, y que con ello iban mi amor y mi deber por todos los días de mi existencia. Y, querida, cuando me besó y me atrajo hacia sí con sus pobres y débiles manos, fue como una promesa solemnísima entre nosotros...
«Querida Lucy, ¿sabes por qué te cuento todo esto? No solo porque todo ello es dulce para mí, sino porque has sido, y eres, muy querida para mí. Fue un privilegio para mí ser tu amiga y guía cuando saliste de la escuela para prepararte para el mundo de la vida. Quiero que veas ahora, y con los ojos de una esposa muy feliz, hacia dónde me ha conducido el deber; para que en tu propia vida de casada tú también seas tan feliz como lo soy yo. Querida, que Dios Todopoderoso quiera que tu vida sea todo lo que promete: un largo día de sol, sin vientos duros, sin olvidar el deber, sin desconfianza. No debo desearte que no tengas dolor, pues eso nunca puede ser; pero sí espero que seas siempre tan feliz como lo soy yo ahora. Adiós, querida. Echaré esto al correo ahora mismo y, tal vez, te escriba muy pronto otra vez. Debo parar, pues Jonathan se está despertando; ¡tengo que atender a mi esposo!
«Tuya siempre con afecto,
«MINA HARKER.»
Carta de Lucy Westenra a Mina Harker.
«Whitby, 30 de agosto.
«Mi queridísima Mina:
«Océanos de amor y millones de besos, y ojalá estés pronto en tu propia casa con tu esposo. Desearía que vinieras a casa lo bastante pronto para alojarte aquí con nosotros. El aire fuerte repondría en seguida a Jonathan; a mí me ha repuesto por completo. Tengo un apetito voraz, estoy llena de vida y duermo muy bien. Te alegrará saber que he dejado por completo de sonámbula. Creo que no me he movido de la cama en una semana, eso cuando una vez me meto en ella por noche. Arthur dice que estoy engordando. A propósito, olvidé decirte que Arthur está aquí. Damos unos paseos a pie, en coche, a caballo, andamos en bote, jugamos al tenis y pescamos juntos; y lo amo más que nunca. Él me dice que me ama más, pero lo dudo, porque al principio me dijo que no podía amarme más de lo que lo hacía entonces. Pero esto es una tontería. Ahí está, llamándome. Así que por ahora no más de tu afectísima
»LUCY.
»P. D.—Mamá te manda recuerdos. Parece estar mejor, la pobre. »P. P. D.—Nos casamos el 28 de septiembre».
Diario del doctor Seward.
20 de agosto.—El caso de Renfield se vuelve aún más interesante. Ahora se ha calmado tanto que hay periodos de remisión en su furia. Durante la primera semana después de su ataque estuvo perpetuamente violento. Luego, una noche, justo cuando salía la luna, se calmó y se quedó murmurando para sí: «Ahora puedo esperar; ahora puedo esperar». El celador vino a avisarme, así que bajé de inmediato para echarle un vistazo. Seguía con la camisa de fuerza y en la celda acolchada, pero el aspecto congestionado había desaparecido de su rostro, y sus ojos tenían algo de su vieja suavidad suplicante —casi podría decir, «servil»—. Me satisfizo su estado actual y ordené que lo desataran. Los celadores dudaron, pero al final cumplieron mis deseos sin protestar. Fue curioso que el paciente tuviera suficiente sentido del humor como para advertir su desconfianza, pues, acercándose mucho a mí, dijo en un susurro, sin dejar de mirarlos de reojo:
«¡Creen que podría hacerle daño! ¡Imagínese a mí haciéndole daño a usted! ¡Los tontos!».
Resultaba reconfortante, de algún modo, para el orgullo descubrir que me separaban, incluso en la mente de este pobre loco, de los demás; pero aun así no sigo el hilo de su pensamiento. ¿He de deducir que tengo algo en común con él, de modo que debamos, por así decirlo, permanecer unidos; o tiene que obtener de mí algún bien tan descomunal que mi bienestar le sea necesario? Tendré que averiguarlo más adelante. Esta ni noche quiere hablar. Ni siquiera la oferta de un gatito o de un gato adulto lo tienta. Solo sabe decir: «No me interesan los gatos. Tengo más en qué pensar ahora, y puedo esperar; puedo esperar».
Al cabo de un rato lo dejé. El celador me dice que estuvo tranquilo hasta justo antes del amanecer, y que entonces empezó a inquietarse y a ponerse violento, hasta que por fin cayó en un paroxismo que lo agotó de tal modo que se desmayó cayendo en una especie de coma.
Fin del Episodio 24 · de 80
Capítulo IX · I
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