Capítulo XXXIV · II
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Yo no hablaría de tal modo, señor Heathcliff —interpuse yo—. Deje el testamento por un tiempo: ¡aún vivirá para arrepentirse de sus muchas injusticias! Jamás esperé que sus nervios llegasen a desquiciarse: lo están en el presente de manera asombrosa, no obstante, y casi enteramente por su propia culpa. El modo en que ha pasado estos tres últimos días rendiría a un titán. Tome algún alimento y descanse un poco. No tiene más que mirarse en un espejo para ver cómo necesita ambas cosas. Sus mejillas están hundidas y sus ojos inyectados en sangre como los de una persona que se muere de hambre y se queda ciega por falta de sueño.
—No es culpa mía no poder comer ni descansar —respondió él—. Te aseguro que no es por ningún designio preconcebido. Haré ambas cosas tan pronto como me sea posible. ¡Pero igual podrías ordenar a un hombre que lucha en el agua que descanse a un brazo de distancia de la orilla! Debo alcanzarla primero y luego descansaré. Bien, no te preocupes por el señor Green: en cuanto a arrepentirme de mis injusticias, ninguna injusticia he cometido y de nada me arrepiento. Soy demasiado feliz; y sin embargo no soy bastante feliz todavía. La dicha de mi alma mata a mi cuerpo, pero no logra saciarse a sí misma.
—¿Feliz, amo? —exclamé—. ¡Extraña felicidad! Si quisiera escucharme sin enojarse, podría brindarle algún consejo que le haría más dichoso.
—¿Qué consejo es ése? —preguntó—. Dilo.
—Es usted consciente, señor Heathcliff —dije yo—, de que desde que tenía trece años ha llevado una vida egoísta y anticristiana, y probablemente apenas haya tenido una Biblia en las manos durante todo ese tiempo. Debe de haber olvidado el contenido del Libro y tal vez no disponga de holgura para escudriñarlo ahora. ¿Podría ser perjudicial mandar a llamar a alguien —a algún pastor de cualquier confesión, no importa cuál— para que se lo explique y le muestre cuán lejos se ha extraviado de sus preceptos, y cuán indigno será de su gloria a menos que se opere una mudanza antes de morir?
—Te estoy más bien agradecido que enojado, Nelly —dijo él—, pues me recuerdas el modo en que deseo ser sepultado. Han de llevarme al camposanto al atardecer. Tú y Hareton podéis, si gustáis, acompañarme; y cuidad muy especialmente de que el sacristán obedezca mis instrucciones respecto a los dos ataúdes. Ningún clérigo hace falta que venga, ni es preciso que se diga nada sobre mí... Te digo que casi he alcanzado mi cielo; y el de los demás carece por entero de valor y codicia para mí.
—¿Y suponiendo que perseverase en su obstinado ayuno y muriese por ese medio, y se negaran a sepultarlo en el recinto sagrado de la iglesia? —dije yo, escandalizada ante su impía indiferencia—. ¿Cómo le sentaría eso?
—No harán tal cosa —respondió él—: y si lo hiciesen, me trasladaríais en secreto; ¡y si lo descuidáis, comprobaréis prácticamente que los muertos no quedan aniquilados!
En cuanto oyó moverse a los demás miembros de la familia se retiró a su cubil y respiré con más libertad. Pero por la tarde, mientras Joseph y Hareton andaban en sus quehaceres, entró de nuevo en la cocina y, con mirada extraviada, me ordenó que fuese a sentarme en la sala: quería tener a alguien consigo. Me negué, diciéndole con franqueza que sus extrañas palabras y modales me atemorizaban y que no tenía ni el temple ni la voluntad de hacerle compañía a solas.
—Creo que me tomas por un demonio —dijo con su risa lúgubre—: algo demasiado horrible para morar bajo un techo decente. —Luego, volviéndose hacia Catherine, que estaba allí y que se refugió detrás de mí al verlo llegar, añadió con tono burlón—: ¿Vendrás tú, pichona? No te haré daño. ¡No! Para ti me he vuelto peor que el mismo diablo. Bien, ¡hay alguien que no rehúye mi compañía! ¡Por Dios bendito!, es implacable. ¡Oh, maldita sea! Es indeciblemente demasiado para que la carne y la sangre lo soporten... incluso las mías.
No volvió a solicitar la compañía de nadie más. Al anochecer se retiró a su alcoba. A lo largo de toda la noche y bien entrada la mañana le oímos gemir y murmurar para sí. Hareton estaba ansioso por entrar; pero le ordené que buscase al señor Kenneth y que éste entrase a verlo. Cuando llegó el médico y solicité entrada intentando abrir la puerta, la hallé cerrada con llave; y Heathcliff nos mandó a todos al infierno. Dijo que estaba mejor y que lo dejaran en paz; de modo que el médico se marchó.
La tarde siguiente fue muy lluviosa: llovió a cántaros ciertamente hasta rayar el alba; y al dar mi paseo matinal alrededor de la casa observé que la ventana del amo se abría y cerraba mecida por el viento, y la lluvia entraba de lleno en el aposento. «No puede estar en la cama —pensé—: esos aguaceros lo empaparían de parte a parte. Debe de haberse levantado o salido. Mas no me andaré con más rodeos: iré resueltamente a mirar».
Habiendo logrado franquear la entrada con otra llave, corrí a descorrer los paneles del lecho, pues la estancia estaba vacía; apartándolos rápidamente con la mano, asomé la vista. El señor Heathcliff yacía allí, tendido de espaldas. Sus ojos se clavaron en los míos tan vivos y fieros que me estremecí; y luego pareció sonreír. No pude creer que estuviese muerto; pero su rostro y su garganta estaban lavados por la lluvia, las ropas de la cama chorreaban y él permanecía por completo inmóvil. La celosía, batiéndose de un lado a otro, había rozado una de sus manos apoyada en el alféizar; no manaba sangre de la piel rasgada, y cuando le apliqué los dedos, ya no cupo duda alguna: ¡estaba muerto y tieso!
Eché el cerrojo a la ventana; le aparté de la frente sus largos cabellos negros; intenté cerrarle los ojos: para extinguir, si era posible, aquella espantosa y vívida mirada de triunfo antes de que ningún otro la contemplase. No quisieron cerrarse: parecían mofarse de mis esfuerzos; ¡y sus labios entreabiertos y sus afilados dientes blancos se mofaban también! Asaltada por un nuevo acceso de cobardía, llamé a gritos a Joseph. Joseph subió arrastrando los pies y haciendo ruido, pero se negó resueltamente a tocarlo.
—¡El diablo se ha llevado su alma —gritó—, y bien puede quedarse con el pellejo de propina, que nada me importa! ¡Je! ¡Qué perverso se ve, haciéndole muecas a la muerte! —y el viejo pecador sonrió con mofa. Creí que se disponía a dar una cabriola alrededor de la cama; pero serenándose de pronto, cayó de rodillas, alzó las manos y dio gracias porque el legítimo amo y la antigua estirpe hubiesen sido restituidos en sus derechos.
Me sentí anonadada por el tremendo suceso; y mi memoria de manera inevitable recurrió a los tiempos pasados con una especie de opresiva tristeza. Pero el pobre Hareton, el más agraviado de todos, fue el único que de veras sufrió hondamente. Permaneció sentado junto al cadáver toda la noche, llorando con amargo desgarro. Apretó su mano y besó aquel rostro sarcástico y salvaje que todos los demás rehuían contemplar; y le lloró con aquel hondo pesar que brota espontáneamente de un corazón generoso, por muy duro que sea como el acero templado.
El señor Kenneth se hallaba perplejo sobre qué dolencia había causado la muerte del amo. Oculté el hecho de que no había ingerido nada durante cuatro días por temor a que aquello acarreara complicaciones; y además estoy persuadida de que no se abstuvo a propósito: fue consecuencia de su extraña enfermedad, no la causa.
Le dimos sepultura, para escándalo de todo el vecindario, tal como él había deseado. Earnshaw y yo, el sacristán y seis hombres para portar el féretro formaban la totalidad del cortejo. Los seis hombres se marcharon en cuanto lo hubieron descendido a la fosa: nosotros nos quedamos a ver cómo la cubrían. Hareton, con el rostro bañado en lágrimas, cortó céspedes verdes y los depositó sobre la tierra parda con sus propias manos: en el presente está tan lisa y verde como los túmulos que la acompañan... y confío en que su morador duerma tan profundamente como ellos. Mas la gente del campo, si les pregunta usted, juraría sobre la Biblia que él anda: hay quienes aseguran habérselo encontrado cerca de la iglesia, y por el páramo, e incluso dentro de esta misma casa. Cuentos vanos, dirá usted, y lo mismo digo yo. Con todo, ese viejo que está junto al fuego de la cocina afirma que los ha visto a los dos asomados a la ventana de su alcoba cada noche lluviosa desde su muerte; y algo extraño me sucedió a mí hace cosa de un mes. Me dirigía a la Granja una tarde —una tarde oscura que amenazaba tormenta— y, justo a la vuelta de las Cumbres, me topé con un pastorcillo que llevaba una oveja y dos corderitos delante; lloraba amargamente y supuse que los corderos se habrían espantado y no querían obedecer.
—¿Qué te ocurre, rapaz? —le pregunté.
—Allí están Heathcliff y una mujer, debajo del risco —sollozó—, y no me atrevo a pasar a su lado.
Yo nada vi; pero ni las ovejas ni él quisieron avanzar, de modo que le dije que tomase el camino de más abajo. Probablemente él mismo suscitó los fantasmas pensando, al cruzar los páramos en soledad, en las tonterías que había oído repetir a sus padres y camaradas. Con todo, no me gusta salir a oscuras ahora; y no me gusta quedarme a solas en esta lúgubre casa: no puedo evitarlo; me alegraré cuando ellos la abandonen y se trasladen a la Granja.
—¿Se marchan a la Granja, entonces? —dije yo.
—Sí —respondió la señora Dean—, tan pronto como se casen, y eso será el día de Año Nuevo.
—¿Y quién vivirá aquí entonces?
—Pues Joseph cuidará de la casa y tal vez un muchacho para hacerle compañía. Vivirán en la cocina y el resto permanecerá cerrado.
—¿Para uso de aquellos aparecidos que gusten de habitarla? —observé yo.
—No, señor Lockwood —dijo Nelly sacudiendo la cabeza—. Creo que los muertos están en paz; pero no está bien hablar de ellos con ligereza.
En aquel momento la cancela del jardín chirrió: los caminantes regresaban.
—Ellos no le temen a nada —mascullé, viendo su llegada por la ventana—. Juntos desafiarían a Satanás y a todas sus legiones.
Al pisar los umbrales de la puerta y detenerse a echar una última mirada a la luna —o más exactamente, a mirarse el uno al otro bajo su luz—, sentí un impulso irresistible de huir de ellos de nuevo; y deslizando una propina en la mano de la señora Dean y sin hacer caso de sus reparos ante mi descortesía, me desvanecí por la cocina al tiempo que ellos abrían la puerta de la casa; y así habría confirmado a Joseph en su juicio acerca de las alegres indiscreciones de su compañera de servidumbre de no haberme reconocido por fortuna como un sujeto respetable gracias al dulce tintineo de un soberano a sus pies.
Mi caminata de regreso se alargó por un desvío en dirección a la iglesia. Al hallarme al pie de sus muros advertí que la ruina había progresado incluso en siete meses: más de una ventana mostraba huecos negros desprovistos de vidrios y las pizarras sobresalían aquí y allá fuera de la línea recta del tejado, destinadas a ser arrancadas gradualmente por las tormentas otoñales venideras.
Busqué, y pronto descubrí, las tres lápidas sobre la ladera contigua al páramo: la del medio, gris y medio sepultada en el brezo; la de Edgar Linton, únicamente armonizada por el césped y el musgo que trepaban por su pie; la de Heathcliff, todavía desnuda.
Me demoré en torno a ellas bajo aquel benigno cielo: contemplé las polillas revolotear entre el brezo y las campanillas, escuché el suave viento respirar a través de la hierba, y me pregunté cómo podría nadie imaginar jamás sueños intranquilos para los durmientes de aquella tierra tan serena.
Fin del Episodio 61 · de 61
Capítulo XXXIV · II
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