Capítulo XXXIV · I
~12 min · 2429 palabras
Durante algunos días tras aquella velada el señor Heathcliff evitó encontrarse con nosotros en las comidas; con todo, no quiso consentir formalmente en excluir a Hareton y a Cathy. Sentía aversión a ceder tan por entero a sus sentimientos, prefiriendo más bien ausentarse; y comer una vez cada veinticuatro horas parecía sustento suficiente para él.
Una noche, después de que la familia estuviese acostada, lo oí bajar las escaleras y salir por la puerta principal. No le oí volver a entrar y por la mañana vi que seguía fuera. Estábamos entonces en abril: el tiempo era apacible y templado, la hierba tan verde como la lluvia y el sol podían dejarla y los dos manzanos enanos junto al muro meridional estaban en plena floración. Tras el desayuno, Catherine insistió en que yo sacase una silla y me sentase con mi labor bajo los abetos del extremo de la casa; y engatusó a Hareton, ya enteramente restablecido de su accidente, para que cavara y arreglase su huertecillo, el cual había sido trasladado a aquel rincón por influjo de las quejas de Joseph. Me recreaba yo con desahogo en la fragancia primaveral circundante y en el hermoso y suave azul del cielo sobre mi cabeza, cuando mi señorita, que había corrido hacia la cancela a procurarse unas raíces de prímula para un borde, regresó a medio cargar y nos informó de que el señor Heathcliff regresaba. «Y me ha hablado», añadió con semblante perplejo.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Hareton.
—Me dijo que me largase a escape —respondió ella—. Pero tenía un aspecto tan distinto de su semblante habitual que me detuve un instante a mirarlo boquiabierta.
—¿Cómo? —inquirió él.
—Pues casi luminoso y jovial. No, nada de casi: ¡sumamente excitado, extraviado y gozoso! —respondió ella.
—Las caminatas nocturnas le divierten, pues —observé yo, fingiendo indiferencia, aunque en realidad estaba tan sorprendida como ella y deseosa de cerciorarme de la verdad de su aseveración, pues ver al amo con aspecto dichoso no era espectáculo de todos los días. Inventé un pretexto para entrar. Heathcliff permanecía junto a la puerta abierta; estaba pálido y temblaba; con todo, ciertamente, había un extraño fulgor gozoso en sus ojos que alteraba el aspecto de su rostro entero.
—¿Tomará algo de desayunar? —dije—. ¡Debe de tener hambre tras corretear toda la noche! —Deseaba descubrir dónde había estado, pero no me agradaba preguntárselo derechamente.
—No, no tengo hambre —respondió él, volviendo la cabeza y hablando con bastante desdén, como si adivinase que yo intentaba indagar el motivo de su buen humor.
Me sentí perpleja: no sabía si no sería aquélla una ocasión propicia para brindarle una pizca de amonestación.
—No me parece prudente andar errando fuera de casa —observé— en vez de estar en la cama: no es juicioso, al menos en esta estación tan húmeda. Me atrevo a decir que pescará un fuerte resfriado o una fiebre: ¡ya le pasa algo ahora mismo!
—Nada que no pueda soportar —respondió él—; y con el mayor placer, con tal de que me dejes en paz: entra y no me molestes.
Obedecí; y al pasar noté que respiraba tan aprisa como un gato.
«¡Sí! —pensé para mis adentros—, vamos a tener un acceso de enfermedad. No concibo qué habrá estado haciendo».
Aquel mediodía se sentó a comer con nosotros y recibió de mis manos un plato colmado, como si pretendiese desquitarse del ayuno anterior.
—No tengo ni resfriado ni fiebre, Nelly —observó en alusión a mis palabras de la mañana—; y estoy dispuesto a hacer honor a la comida que me sirves.
Tomó el cuchillo y el tenedor y se disponía a empezar a comer cuando las ganas parecieron extinguirse de improviso. Los dejó sobre la mesa, miró con avidez hacia la ventana y luego se levantó y salió. Lo vimos pasear de un lado a otro del jardín mientras concluíamos nuestra comida, y Earnshaw dijo que iría a preguntarle por qué no comía: temía que lo hubiésemos disgustado de algún modo.
—Y bien, ¿viene? —exclamó Catherine cuando su primo regresó.
—No —respondió él—; pero no está enfadado: parecía extraordinariamente complacido a decir verdad; sólo que le impacienté al hablarle dos veces y entonces me mandó marchar con vosotras: se asombraba de que pudiese desear la compañía de nadie más.
Puse su plato a calentar en el guardafuego; y al cabo de una o dos horas volvió a entrar, estando ya la estancia despejada, sin mostrarse en ningún grado más sereno: la misma antinatural —era antinatural— apariencia de gozo bajo sus cejas negras; la misma palidez exangüe y sus dientes visibles de cuando en cuando en una suerte de sonrisa; su cuerpo vibrando, no como quien tiembla de frío o debilidad, sino como vibra una cuerda tensada al límite: una honda conmoción más bien que un temblor.
«Preguntaré qué ocurre —pensé—; o si no, ¿quién lo haría?». Y exclamé: «¿Ha recibido alguna buena noticia, señor Heathcliff? Parece extraordinariamente animado».
—¿De dónde habrían de venirme buenas noticias? —dijo él—. Estoy animado de hambre; y al parecer no debo comer.
—Su comida está aquí —repliqué yo—; ¿por qué no la toma?
—No la quiero ahora —masculló apresuradamente—: aguardaré a la cena. Y Nelly, de una vez por todas, permíteme rogarte que alejes de mí a Hareton y a la otra. No deseo que nadie me moleste: deseo tener este lugar para mí solo.
—¿Hay algún nuevo motivo para este destierro? —inquirí—. Dígame por qué está tan extraño, señor Heathcliff. ¿Dónde estuvo anoche? No le hago la pregunta por vana curiosidad, sino...
—Haces la pregunta por muy vana curiosidad —me interrumpió con una risotada—. Con todo, te responderé. Anoche estuve en el umbral del infierno. Hoy me hallo a la vista de mi cielo. Tengo los ojos clavados en él: ¡apenas tres pies me separan! Y ahora, ¡más te valdría marcharte! No verás ni oirás nada que te asuste si te abstienes de fisgar.
Habiendo barrido el hogar y limpiado la mesa, me retiré, más perpleja que nunca.
No volvió a salir de la casa aquella tarde y nadie perturbó su soledad, hasta que a las ocho juzgué conveniente, aunque sin ser llamada, llevarle una vela y la cena. Estaba apoyado en el alféizar de una celosía abierta, mas no mirando afuera: su rostro se volvía hacia la penumbra interior. El fuego se había reducido a cenizas; la estancia estaba llena del aire húmedo y tibio de la tarde nublada; y todo tan silencioso que no sólo se distinguía el murmullo del arroyo de Gimmerton allá abajo, sino su oleaje y sus gorgoteos sobre los guijarros o entre las grandes piedras que no lograba cubrir. Proferí una exclamación de desagrado al ver el lúgubre hogar y empecé a cerrar las hojas de las ventanas una tras otra hasta llegar a la suya.
—¿Debo cerrar ésta? —pregunté a fin de despertarlo, pues no se movía.
La luz destelló sobre sus facciones al hablar. ¡Oh, señor Lockwood, no puedo expresar qué terrible sobresalto experimenté ante aquella visión momentánea! ¡Aquellos ojos negros y profundos! ¡Aquella sonrisa y aquella palidez cadavérica! No me pareció el señor Heathcliff, sino un duende maligno; y en mi terror ladeé la vela hacia la pared y me quedé a oscuras.
—Sí, ciérrala —respondió con su voz familiar—. ¡Vaya torpeza manifiesta! ¿Por qué pusiste la vela en horizontal? Anda, ve deprisa y trae otra.
Salí a toda prisa sumida en un tonto estado de pavor y le dije a Joseph: «El amo desea que le lleves luz y reanimes el fuego». Pues no me atrevía a entrar yo misma de nuevo en aquel instante.
Joseph cargó unas ascuas en la pala y fue; pero regresó al punto trayendo la bandeja de la cena en la otra mano, explicando que el señor Heathcliff se iba a la cama y no quería nada de comer hasta la mañana. Le oímos subir las escaleras de inmediato: no se dirigió a su alcoba habitual, sino que entró en la del lecho de paneles; su ventana, como mencioné antes, es lo bastante ancha para que cualquiera pase a través de ella; y se me antojó que tramaba otra correría nocturna de la que prefería que no tuviésemos sospecha alguna.
«¿Es un espectro o un vampiro?», cavilé. Había leído acerca de tales espantosos demonios encarnados. Y luego me puse a reflexionar en cómo lo había cuidado en su niñez y lo había visto crecer hasta la juventud y lo había seguido a lo largo de casi toda su vida, y qué absurdo despropósito era ceder a semejante sentimiento de horror. «Pero ¿de dónde vino aquella pequeña criatura oscura, acogida por un hombre de bien para su propia ruina?», murmuraba la Superstición mientras yo me adormecía hacia la inconsciencia. Y empecé, medio en sueños, a fatigarme imaginando algún linaje adecuado para él; y repitiendo mis vigilias nocturnas, recorrí su existencia una vez más con sombrías variaciones, imaginando al fin su muerte y su sepelio, de los cuales todo cuanto puedo recordar es que me sentía sumamente mortificada por tener que dictar una inscripción para su tumba y consultar al sacristán al respecto; y como no tenía apellido y no podíamos precisar su edad, nos vimos obligados a contentarnos con la sola palabra: «Heathcliff». Eso se cumplió al pie de la letra: así lo hicimos. Si entra usted en el camposanto, leerá en su lápida únicamente eso y la fecha de su fallecimiento.
El alba me devolvió el sentido común. Me levanté y salí al huerto en cuanto hubo luz bastante para comprobar si había pisadas bajo su ventana. No había ninguna. «Se ha quedado en casa —pensé— y hoy estará bien». Preparé el desayuno para la servidumbre, según era mi costumbre habitual, pero les dije a Hareton y a Catherine que tomasen el suyo antes de que el amo bajase, pues se levantaba tarde. Prefirieron tomarlo al aire libre, bajo los árboles, y les dispuse una pequeña mesa para acomodarlos.
Al volver a entrar encontré al señor Heathcliff abajo. Él y Joseph conversaban sobre asuntos de labranza; daba instrucciones claras y minuciosas tocantes al tema debatido, pero hablaba con rapidez, volvía la cabeza continuamente hacia un lado y tenía la misma expresión excitada, aún más exagerada. Cuando Joseph abandonó la estancia tomó asiento en el lugar que por lo común elegía, y le puse un tazón de café delante. Se lo acercó y luego apoyó los brazos en la mesa y contempló la pared de enfrente, según supuse, examinando una porción concreta de arriba abajo con ojos brillantes e inquietos, y con un interés tan ávido que dejaba de respirar durante medio minuto seguido.
—Vamos —exclamé arrimándole un pedazo de pan a la mano—; coma y beba eso mientras esté caliente: lleva esperando casi una hora.
No reparó en mí y, con todo, sonrió. Antes habría preferido verle rechinar los dientes que sonreír de tal modo.
—¡Señor Heathcliff! ¡Amo! —grité—. ¡Por Dios, no se quede mirando como si viese una visión sobrenatural!
—Por Dios, no grites tan fuerte —respondió él—. Vuélvete y dime: ¿estamos solos?
—Desde luego —fue mi respuesta—; desde luego que lo estamos.
Con todo, le obedecí involuntariamente, como si no estuviese del todo segura. Con un ademán de la mano despejó un espacio vacío delante, entre las cosas del desayuno, y se inclinó hacia adelante para contemplar más a sus anchas.
Ahora advertí que no miraba a la pared; pues al contemplarlo a solas parecía exactamente como si mirase fijamente algo situado a dos varas de distancia. Y fuese lo que fuese, transmitía al parecer tanto placer como dolor en extremos exquisitos: al menos la expresión angustiada y a la vez arrobada de su semblante sugería esa idea. El objeto imaginario tampoco estaba fijo: sus ojos lo seguían con incansable diligencia y, aun al hablarme a mí, jamás se apartaban de él. En vano le recordé su prolongada abstinencia de alimento: si hacía ademán de tocar algo para complacer mis ruegos, si estiraba la mano para tomar un pedazo de pan, sus dedos se cerraban antes de alcanzarlo y permanecían sobre la mesa, olvidados de su cometido.
Permanecí sentada, dechado de paciencia, intentando desviar su absorta atención de aquella absorción que lo embargaba; hasta que se puso irritable y se levantó preguntándome por qué no le permitía tomarse su tiempo para comer, y diciendo que en la próxima ocasión no hacía falta que aguardase: que podía dejar las cosas en la mesa y marcharme. Habiendo pronunciado estas palabras abandonó la casa, paseó con lentitud por el sendero del huerto y desapareció por la cancela.
Las horas transcurrieron con angustiosa lentitud: cayó otra noche. No me retiré a descansar hasta tarde, y cuando lo hice, no pude dormir. Regresó pasada la medianoche y, en vez de acostarse, se encerró en la estancia de abajo. Escuché, me revolví en el lecho y al fin me vestí y bajé. Resultaba demasiado enojoso yacer allí mortificándome el cerebro con un centenar de vanos recelos.
Distinguí los pasos del señor Heathcliff midiendo el suelo sin descanso, y con frecuencia rompía el silencio mediante una honda inspiración semejante a un gemido. Mascullaba asimismo palabras sueltas; la única que alcancé a captar fue el nombre de Catherine, acompañado de algún apasionado vocablo de cariño o sufrimiento, y pronunciado como se hablaría a una persona presente: en voz baja y con fervor, arrancado de lo más hondo de su alma. No tuve valor para entrar derechamente en la estancia; pero deseaba apartarlo de su ensueño y por ello arremetí contra el fuego de la cocina, lo revolví y empecé a raspar las cenizas. Aquello lo hizo salir más pronto de lo que esperaba: abrió la puerta de inmediato y dijo: «Nelly, ven aquí... ¿ha amanecido? Entra con la luz».
—Están dando las cuatro —respondí—. Necesita una vela para subir: podría haber encendido una en este fuego.
—No, no deseo subir —dijo él—. Entra y enciéndeme a mí el fuego, y haz cualquier cosa que haya que hacer en la habitación.
—Tengo que avivar los carbones hasta ponerlos al rojo antes de poder llevarlos —le respondí, trayendo una silla y el fuelle.
Él vagaba de un lado a otro entretanto en un estado que rozaba la demencia, sucediéndose sus pesados suspiros tan tupidos que no dejaban espacio para la respiración común intermedia.
—Al romper el día mandaré a buscar a Green —dijo—; deseo hacerle algunas consultas legales mientras puedo dedicar un pensamiento a esos asuntos y mientras puedo obrar con calma. No he otorgado testamento todavía; y cómo disponer de mis bienes no acierto a determinarlo. Ojalá pudiera aniquilarlos de la faz de la tierra.
Fin del Episodio 60 · de 61
Capítulo XXXIV · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.