Capítulo XXXIII · II
~6 min · 1165 palabras
Alzaron los ojos a la par para encontrarse con el señor Heathcliff: tal vez nunca haya reparado usted en que sus ojos son exactamente iguales, y son los de Catherine Earnshaw. La Catherine actual no tiene otro parecido con ella salvo la anchura de la frente y cierta curvatura en la aleta de la nariz que la hace parecer algo altiva, quiera o no. En Hareton el parecido llega más lejos: es singular en todo momento, pero entonces resultaba particularmente sorprendente, porque sus sentidos estaban alerta y sus facultades despiertas a una insólita actividad. Supongo que aquel parecido desarmó al señor Heathcliff: avanzó hacia el hogar con turbación manifiesta, mas ésta se mitigó con rapidez al mirar al joven, o mejor dicho, mudó de carácter, pues allí seguía. Le quitó el libro de las manos, echó una mirada a la página abierta y se lo devolvió sin observación alguna, limitándose a hacer una seña a Catherine para que se retirara: su compañero apenas tardó en seguirla y yo me disponía a marcharme también, pero él me ordenó que permaneciese sentada.
—Es una pobre conclusión, ¿verdad? —observó tras cavilar un instante sobre la escena que acababa de presenciar—; ¿un absurdo desenlace para mis violentos empeños? ¡Consigo palancas y picos para demoler las dos casas, me adiestro para ser capaz de trabajar como un Hércules, y cuando todo está listo y en mi poder, me encuentro con que la voluntad de levantar una sola pizarra de cualquiera de los dos tejados se ha desvanecido! Mis viejos enemigos no me han vencido; ahora sería el momento oportuno de vengarme en sus representantes: podría hacerlo y nadie podría impedírmelo. Pero ¿de qué sirve? No tengo ganas de golpear: ¡no puedo tomarme la molestia de alzar la mano! Eso suena como si hubiese estado bregando todo este tiempo sólo para exhibir un hermoso rasgo de magnanimidad. Muy lejos está de ser ése el caso: he perdido la facultad de gozar con su destrucción y soy demasiado indolente para destruir por nada.
—Nelly, se aproxima una extraña mudanza; me hallo en su sombra en el presente. Tan escaso interés me despierta la vida cotidiana que apenas me acuerdo de comer y beber. Esos dos que han salido de la estancia son los únicos objetos que conservan una apariencia material nítida para mí; y esa apariencia me causa un dolor que raya en la agonía. De ella no quiero hablar y no deseo pensar; pero desearía de todo corazón que fuese invisible: su presencia sólo evoca sensaciones enloquecedoras. Él me conmueve de otro modo; y con todo, si pudiera hacerlo sin parecer loco, ¡jamás volvería a verlo! Tal vez me crea usted inclinado a volverme loco —añadió haciendo un esfuerzo por sonreír— si intento describir las mil formas de pasados recuerdos e ideas que él despierta o encarna. Pero usted no hablará de lo que le cuento; y mi mente está tan eternamente encerrada en sí misma que resulta tentador al fin volcarla ante otro ser.
—Hace cinco minutos Hareton parecía la personificación de mi juventud, no un ser humano; experimentaba hacia él tantas y tan diversas sensaciones que habría sido imposible tratarlo con juicio. En primer término, su asombroso parecido con Catherine lo ligaba terriblemente a ella. Eso, no obstante, que usted podría suponer lo más potente para subyugar mi imaginación, es en realidad lo de menos: pues ¿qué cosa no está ligada a ella para mí? ¿Y qué no me la recuerda? ¡No puedo bajar la mirada a este suelo sin que sus rasgos se dibujen en las baldosas! En cada nube, en cada árbol... llenando el aire por la noche y vislumbrada en cada objeto de día... ¡estoy rodeado por su imagen! Los rostros más comunes de hombres y mujeres —mis propias facciones— se mofan de mí con un parecido. ¡El mundo entero es un pavoroso repertorio de testimonios de que ella existió y de que la he perdido! Pues bien, la figura de Hareton era el espectro de mi amor inmortal; de mis desesperados empeños por mantener mi derecho; de mi degradación, mi orgullo, mi felicidad y mi angustia...
—Pero es locura repetirle estos pensamientos; tan sólo le servirá para comprender por qué, con mi repugnancia a estar siempre solo, su compañía no me reporta ningún alivio, sino más bien un agravamiento del tormento constante que padezco; y en parte contribuye a hacerme indiferente a cómo se lleven él y su prima. Ya no puedo prestarles atención alguna.
—Pero ¿qué quiere decir con una mudanza, señor Heathcliff? —pregunté alarmada por sus modales; aunque a mi juicio no corría peligro de perder el juicio ni de morir: estaba fuerte y sano; y en cuanto a su razón, desde niño se deleitaba en recrearse en cosas tenebrosas y abrigar extrañas fantasías. Podía padecer una monomanía en torno a su difunto ídolo; pero en cualquier otro punto su juicio estaba tan cabal como el mío.
—No lo sabré hasta que llegue —dijo él—; ahora apenas soy consciente de ello a medias.
—No siente ningún síntoma de enfermedad, ¿verdad? —pregunté.
—No, Nelly, ninguno —respondió.
—¿Entonces no teme a la muerte? —proseguí.
—¿Miedo? ¡No! —respondió él—. No albergo ni temor, ni presentimiento, ni esperanza de morir. ¿Por qué habría de tenerlos? Con mi recia constitución, mi modo templado de vivir y mis ocupaciones seguras, debería, y probablemente así será, permanecer sobre la tierra hasta que apenas me quede un cabello negro en la cabeza. ¡Y sin embargo no puedo continuar en este estado! Tengo que acordarme de respirar... ¡casi tengo que acordarme de que mi corazón palpite! Y es como curvar un muelle rígido: a la fuerza ejecuto el menor acto que no esté dictado por un solo pensamiento; y a la fuerza advierto nada vivo o muerto que no esté asociado a una idea universal. Tengo un único anhelo y todo mi ser y facultades ansían alcanzarlo. Han suspirado por él durante tanto tiempo y de forma tan inquebrantable que estoy convencido de que será alcanzado... y pronto... porque ha devorado mi existencia: me hallo sumido en la anticipación de su cumplimiento. Mis confidencias no me han aliviado; pero pueden explicar algunas fases de humor que muestro y que de otro modo serían inexplicables. ¡Oh, Dios! Es una lucha muy larga; ¡ojalá hubiese terminado!
Empezó a pasear por la estancia mascullando cosas terribles para sí, hasta el punto de que me sentí inclinada a creer, como decía Joseph, que la conciencia había convertido su corazón en un infierno terrenal. Me pregunté con inquietud cómo terminaría aquello. Aunque rara vez antes había revelado este estado de ánimo, ni aun con la mirada, era su temple habitual, no me cabía duda: él mismo lo afirmaba; mas ni un alma, por su porte general, habría conjeturado semejante verdad. Usted no lo hizo cuando lo vio, señor Lockwood; y en el período de que hablo estaba exactamente igual que entonces: tan sólo más apegado a la soledad continua y tal vez aún más lacónico en compañía.
Fin del Episodio 59 · de 61
Capítulo XXXIII · II
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