Cumbres borrascosas·Episodio 58

Capítulo XXXIII · I

~10 min · 1963 palabras

Al día siguiente de aquel lunes, no pudiendo Earnshaw todavía atender sus ocupaciones habituales y permaneciendo por tanto en la casa, no tardé en descubrir que resultaría impracticable retener a mi custodia a mi lado como hasta entonces. Bajó las escaleras antes que yo y salió al jardín, donde había visto a su primo realizando alguna labor liviana; y cuando fui a avisarles para que viniesen a desayunar, vi que ella lo había persuadido de desmontar un gran trecho de tierra de groselleros y zarzamoras, y ambos estaban atareados proyectando traer plantas desde la Granja.

Me aterré ante la devastación consumada en una escasa media hora: los groselleros negros eran la niña de los ojos de Joseph, y ella acababa de plantar su proyecto de arriate de flores justo en medio de ellos.

—¡Toma! ¡Todo esto se le mostrará al amo —exclamé— en cuanto se descubra! ¿Y qué disculpa tienen ustedes que ofrecer por tomarse semejantes libertades con el huerto? ¡Tendremos una buena trifulca por culpa de esto, ya lo verán! Señor Hareton, ¡me asombra que no tenga usted más juicio que ponerse a armar semejante estropicio por orden de ella!

—Había olvidado que eran de Joseph —respondió Earnshaw algo desconcertado—; pero le diré que fui yo quien lo hizo.

Siempre comíamos con el señor Heathcliff. Yo ocupaba el puesto de ama de casa al servir el té y trinchar, de modo que era indispensable a la mesa. Catherine por lo común se sentaba junto a mí, pero hoy se arrimó más a Hareton; y pronto advertí que no guardaría mayor prudencia en su amistad de la que había guardado en su enemistad.

—Ahora cuidado con hablar y hacerle demasiado caso a su primo —fueron mis instrucciones en susurros al entrar en la sala—. Con seguridad irritará al señor Heathcliff y se pondrá furioso con ambos.

—No pienso hacerlo —respondió ella.

Un minuto después se le había arrimado y estaba clavando prímulas en su plato de gachas.

Él no se atrevía a hablarle allí: apenas se atrevía a mirarla; y con todo ella continuó con sus chanzas hasta que por dos veces estuvo el mozo a punto de soltar la risa. Fruncí el ceño y entonces ella dirigió una mirada hacia el amo, cuyos pensamientos estaban ocupados en otros asuntos ajenos a su compañía, según mostraba su semblante; y ella se puso seria por un instante, escrutándolo con honda gravedad. Después se volvió y reanudó sus tonterías; al fin Hareton soltó una risa sofocada. El señor Heathcliff se sobresaltó: su mirada examinó con rapidez nuestros rostros. Catherine sostuvo la suya con su habitual expresión de nerviosismo y reto a la vez, la cual él aborrecía.

—Menos mal que estás fuera de mi alcance —exclamó él—. ¿Qué demonio te posee para mirarme de hito en hito continuamente con esos ojos infernales? ¡Bájalos! Y no vuelvas a recordarme tu existencia. Creí haberte curado de reír.

—Fui yo —masculló Hareton.

—¿Qué dices? —exigió el amo.

Hareton bajó la vista a su plato y no repitió la confesión. El señor Heathcliff lo miró un instante y luego, en silencio, reanudó su desayuno y su interrumpida meditación. Habíamos terminado casi y los dos jóvenes prudente y disimuladamente se separaron más, de modo que no anticipé mayor alboroto durante aquella sesión, cuando Joseph apareció en la puerta revelando por su labio tembloroso y sus ojos furibundos que el ultraje cometido contra sus preciosos arbustos había sido descubierto. Debió de ver a Cathy y a su primo por aquel paraje antes de examinarlo, pues mientras sus mandíbulas se movían como las de una vaca rumiando y hacían difícil entender sus palabras, comenzó:

—¡Exijo mi jornal y me tengo que marchar! Había tenido por meta morir donde había servido durante sesenta años; y pensé que me subiría mis libros al desván y todos mis bártulos, y que ellas se quedasen con la cocina para ellas solas, por amor de la paz. ¡Duro era renunciar al fuego de mi propio hogar, pero pensé que podía hacer eso! Mas ahora me ha quitado mi huerto, ¡y por vida mía, amo, que no puedo aguantarlo! Doble usted la cerviz al yugo si quiere; yo no estoy acostumbrado a ello y un viejo no se acostumbra fácilmente a cargas nuevas. ¡Antes prefiero ganarme el bocado y el trago con un martillo picando piedra en el camino!

—¡Basta, idiota! —lo interrumpió Heathcliff—. ¡Abrevia! ¿De qué te quejas? No voy a meterme en ninguna disputa entre tú y Nelly. Por mí bien puede meterte en la carbonera si se le antoja.

—¡No es Nelly! —respondió Joseph—. No me iría por Nelly, bicho repugnante como es. ¡A Dios gracias, ella no puede robarle el alma a nadie! Nunca fue tan hermosa como para que uno no pudiera mirarla sin pestañear. ¡Es esa mozuela descarada y sinvergüenza la que ha embrujado a nuestro muchacho con sus ojos atrevidos y sus modales provocativos... hasta... ¡No!, ¡se me rompe el corazón! ¡Ha olvidado todo lo que hice por él y lo que lo crié, y ha ido y ha arrancado una hilera entera de los más hermosos groselleros del huerto! —y aquí rompió a lamentarse sin freno, quebrantado por la amargura de sus agravios y la ingratitud y peligroso estado de Earnshaw.

—¿Está borracho este tonto? —preguntó el señor Heathcliff—. Hareton, ¿es de ti de quien se queja?

—He arrancado dos o tres arbustos —respondió el joven—; pero voy a plantarlos otra vez.

—¿Y por qué los has arrancado? —dijo el amo.

Catherine metió baza discretamente.

—Queríamos plantar algunas flores allí —exclamó ella—. Yo soy la única culpable, pues yo deseaba que lo hiciese.

—¿Y quién demonios te dio permiso a ti para tocar una sola rama en esta finca? —exigió su suegro, muy sorprendido—. ¿Y quién te ordenó a ti que la obedecieses? —añadió, volviéndose hacia Hareton.

Este último se quedó sin habla; su prima replicó: «¡No debería escatimarme unas pocas yardas de tierra para que las adorne, cuando me ha quitado todas mis tierras!».

—¡Tus tierras, zopenca descarada! Jamás tuviste ninguna —dijo Heathcliff.

—Y mi dinero —continuó ella, devolviéndole la mirada colérica mientras mordía un pedazo de corteza, resto de su desayuno.

—¡Silencio! —exclamó él—. ¡Termina y lárgate!

—Y las tierras de Hareton y su dinero —prosiguió la temeraria criatura—. Hareton y yo somos amigos ahora; ¡y le contaré todo lo que respecta a usted!

El amo pareció desconcertado por un instante: palideció y se puso en pie, mirándola fijamente todo el tiempo con una expresión de odio mortal.

—Si me pega, Hareton le pegará a usted —dijo ella—; de modo que más le vale sentarse.

—Si Hareton no te saca de esta habitación, lo mandaré al infierno de un golpe —tronó Heathcliff—. ¡Bruja maldita! ¿Te atreves a pretender amotinarlo contra mí? ¡Fuera con ella! ¿Me oyes? ¡Échala a la cocina! ¡La mato, Ellen Dean, si consiente que vuelva a ponerse ante mis ojos!

Hareton intentó, por lo bajo, persuadirla de que se marchara.

—¡Sácala a rastras! —gritó él salvajemente—. ¿Te quedas ahí a charlar? —Y avanzó para ejecutar su propia orden.

—Ya no le obedecerá más a usted, hombre malvado —dijo Catherine—; y pronto lo detestará tanto como yo.

—¡Chist, chist! —masculló el joven con tono de reproche—. No consentiré que le hables así. Calla ya.

—Pero ¿no dejarás que me pegue? —gritó ella.

—Ven entonces —susurró él con apremio.

Era demasiado tarde: Heathcliff la había agarrado.

—¡Ahora vete tú! —le dijo a Earnshaw—. ¡Maldita bruja! Esta vez me ha provocado cuando no podía soportarlo; ¡y haré que se arrepienta para siempre!

Tenía la mano metida en sus cabellos; Hareton intentó librar las guedejas suplicándole que no le hiciese daño por aquella vez. Los ojos negros de Heathcliff centellearon: parecía dispuesto a despedazar a Catherine, y yo estaba a punto de arriesgarme a acudir en su auxilio cuando de pronto sus dedos se relajaron; mudó su presa de la cabeza al brazo de la muchacha y contempló fijamente su rostro. Luego se pasó la mano por los ojos, permaneció un momento para serenarse al parecer y, volviéndose de nuevo hacia Catherine, dijo con aparente calma: «¡Debes aprender a evitar ponerme furioso, o algún día te asesinaré de veras! Vete con la señora Dean y permanece a su lado; y limita tus insolencias a sus oídos. En cuanto a Hareton Earnshaw, ¡si veo que te hace caso, lo mandaré a ganarse el pan donde pueda hallarlo! Tu cariño hará de él un proscrito y un mendigo. Nelly, llévatela; y dejadme solo, ¡todos vosotros! ¡Dejadme!».

Saqué a mi señorita afuera: estaba demasiado contenta de haberse librado para resistirse; el muchacho la siguió y el señor Heathcliff tuvo la sala para él solo hasta la hora de comer. Yo había aconsejado a Catherine que comiese arriba; pero en cuanto él advirtió su asiento vacío, me mandó a buscarla. No dirigió la palabra a ninguno de nosotros, comió muy poco y salió inmediatamente después, indicando que no regresaría antes del anochecer.

Los dos nuevos amigos se instalaron en la casa durante su ausencia, donde oí a Hareton reprender con severidad a su prima cuando ella se ofreció a hacerle revelaciones sobre la conducta de su suegro para con el padre de él. Dijo que no consentiría que se profiriese una sola palabra en desdoro de él: aunque fuese el mismo diablo, no importaba; permanecería a su lado, y prefería mil veces que ella lo insultase a él como solía antes que arremetiese contra el señor Heathcliff. Catherine empezaba a enfadarse ante esto; pero él halló el medio de hacerla callar preguntándole qué le parecería que él hablase mal de su padre. Entonces comprendió ella que Earnshaw consideraba propia la reputación del amo y que estaba unido a él por lazos más fuertes de lo que la razón podía romper: cadenas forjadas por la costumbre que sería cruel intentar desatar. Mostró buen corazón desde entonces evitando tanto las quejas como las muestras de antipatía hacia Heathcliff, y me confesó su pesar por haber intentado sembrar cizaña entre él y Hareton: a decir verdad, no creo que haya vuelto a exhalar una sola sílaba contra su opresor en presencia de este último.

Concluido aquel leve desacuerdo volvieron a ser amigos y estuvieron tan ocupados como fue posible en sus respectivas tareas de discípulo y maestra. Entré a sentarme con ellos una vez concluido mi trabajo; y me sentí tan sosegada y reconfortada contemplándolos que no advertí cómo pasaba el tiempo. Ya sabe usted que ambos parecían en cierta medida mis propios hijos: hacía tiempo que me sentía orgullosa de una; y ahora estaba segura de que el otro sería fuente de pareja satisfacción. Su naturaleza honrada, cálida e inteligente sacudía con rapidez las sombras de ignorancia y degradación en que había sido educado; y las sinceras alabanzas de Catherine actuaban como acicate para su laboriosidad. El despeje de su mente iluminaba sus facciones y confería agilidad y nobleza a su semblante: apenas podía concebir que fuese el mismo individuo que había visto el día en que descubrí a mi señorita en Cumbres Borrascosas tras su expedición a los Riscos. Mientras yo me extasiaba y ellos trabajaban, cayó el crepúsculo y con él regresó el amo. Se topó con nosotros de forma enteramente inesperada entrando por la fachada principal, y tuvo una visión cabal de los tres antes de que pudiésemos levantar la cabeza para mirarlo. «Bien —pensé—, jamás hubo estampa más agradable ni más inocente, y sería una vergüenza manifiesta reñirlos». La rojiza lumbre del hogar resplandecía sobre sus dos hermosas cabezas y revelaba sus rostros animados por el ávido interés de dos niños; pues aunque él contaba veintitrés años y ella dieciocho, ambos tenían tantas novedades que sentir y aprender que ninguno experimentaba ni mostraba los sentimientos de la sobria y desengañada madurez.

Fin del Episodio 58 · de 61

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