Capítulo XXXII · II
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Se me llamó a Cumbres Borrascosas a los quince días de dejarnos usted —dijo—; y obedecí con alegría por consideración a Catherine. Mi primera entrevista con ella me apenó y me sobrecogió: había cambiado tanto desde nuestra separación. El señor Heathcliff no me explicó sus motivos para mudar de parecer respecto a mi venida; sólo me dijo que me necesitaba y que estaba harto de ver a Catherine: yo debía hacer del saloncito mi estancia habitual y tenerla a ella conmigo. Bastaba con que él se viese obligado a verla una o dos veces al día. Ella pareció complacida con esta disposición; y poco a poco introduje a escondidas gran cantidad de libros y otros objetos que habían formado su entretenimiento en la Granja; y me lisonjeaba pensando que lo pasaríamos con pasable comodidad. La ilusión duró poco. Catherine, contenta al principio, en breve lapso se volvió irritable e inquieta. Por una parte, se le había prohibido salir del jardín, y le desazonaba tristemente verse confinada a sus estrechos límites a medida que avanzaba la primavera; por otra, al atender los quehaceres de la casa, me veía obligada a dejarla sola con frecuencia y ella se quejaba de soledad: prefería reñir con Joseph en la cocina a estar en paz en su recogimiento. No me importaban sus escaramuzas; pero a menudo Hareton se veía obligado a acudir a la cocina también cuando el amo deseaba tener la casa para él solo; y aunque al principio ella se marchaba a su llegada o se unía silenciosa a mis ocupaciones, evitando mirarlo o dirigirle la palabra —y a pesar de que él se mostraba siempre tan hosco y callado como era posible—, al cabo de un tiempo ella mudó de proceder y se volvió incapaz de dejarlo en paz: hablándole con segundas, comentando su estupidez e indolencia y expresando su extrañeza de cómo podía soportar la vida que llevaba, cómo podía pasarse una tarde entera mirando fijamente al fuego y dando cabezadas.
—Es exactamente como un perro, ¿verdad, Ellen? —observó una vez—, ¿o como un caballo de tiro? Cumple su faena, devora su comida ¡y duerme eternamente! ¡Qué mente tan vacía y lúgubre debe de tener! ¿Sueñas alguna vez, Hareton? Y si sueñas, ¿de qué van tus sueños? ¡Pero si no sabes hablarme!
Luego lo miró; pero él no quiso abrir la boca ni volver a mirarla.
—Acaso esté soñando ahora —continuó ella—. Ha sacudido el hombro como sacude Juno el suyo. Pregúntale, Ellen.
—¡El señor Hareton le pedirá al amo que la mande arriba si no se porta bien! —dije yo. No sólo había sacudido el hombro, sino que había apretado el puño como tentado de usarlo.
—Sé por qué Hareton no habla jamás cuando estoy en la cocina —exclamó en otra ocasión—. Teme que me ría de él. Ellen, ¿qué te parece? Se puso a aprender a leer por sí mismo una vez; y porque me reí, quemó sus libros y lo dejó: ¿no fue un tonto?
—¿Y no fue usted perversa? —dije yo—. Respóndame a eso.
—Tal vez lo fuese —prosiguió ella—; pero no contaba con que fuese tan bobo. Hareton, si te diese un libro, ¿lo aceptarías ahora? ¡Voy a probar!
Puso en su mano uno que había estado leyendo; él lo tiró al suelo y masculló que si ella no paraba le rompería el cuello.
—Bueno, lo dejaré aquí —dijo ella—, en el cajón de la mesa; y me voy a acostar.
Luego me susurró que vigilase si él lo tocaba, y se marchó. Pero él no quiso acercarse; y así se lo comuniqué por la mañana con gran decepción por su parte. Vi que le pesaba la pertinaz hosquedad e indolencia del mozo: su conciencia le reprochaba haberle quitado las ganas de instruirse, cosa que había logrado eficazmente. Mas su ingenio se puso a trabajar para remediar el mal: mientras yo planchaba o me ocupaba en otras labores sedentarias que no podía hacer bien en el saloncito, ella traía algún tomo ameno y me lo leía en voz alta. Cuando Hareton estaba allí, por lo general se detenía en un pasaje interesante y dejaba el libro por ahí tirado: eso lo hizo repetidas veces; pero él era terco como una mula y, en vez de morder el anzuelo, con mal tiempo se ponía a fumar con Joseph; y permanecían sentados como autómatas, uno a cada lado del fuego, el viejo por fortuna demasiado sordo para entender sus perversas tonterías, como las habría llamado, y el joven esforzándose cuanto podía por parecer indiferente a ellas. En las tardes serenas este último salía de caza y Catherine bostezaba, suspiraba y me importunaba para que hablase con ella, echando a correr hacia el patio o el huerto en el instante en que yo empezaba; y, como último recurso, lloraba y decía que estaba cansada de vivir: que su vida era inútil.
El señor Heathcliff, que se mostraba cada vez más reacio a la compañía humana, casi había desterrado a Earnshaw de su aposento. Debido a un accidente a comienzos de marzo, el mozo quedó durante unos días fijo en la cocina: se le reventó la escopeta mientras andaba solo por las colinas; una esquirla le cortó el brazo y perdió bastante sangre antes de poder llegar a casa. La consecuencia fue que por fuerza se vio condenado al fuego del hogar y al reposo hasta reponerse. A Catherine le convenía tenerlo allí: de todos modos, la hacía aborrecer su cuarto del piso de arriba más que nunca; y me obligaba a buscar ocupaciones abajo para poder hacerme compañía.
El lunes de Pascua Joseph fue a la feria de Gimmerton con unas cabezas de ganado; y por la tarde yo estaba ocupada planchando ropa blanca en la cocina. Earnshaw permanecía sentado, ceñudo como siempre, en el rincón de la chimenea, y mi señorita mataba una hora ociosa haciendo dibujos en los cristales de la ventana, variando su entretenimiento con ahogados arranques de canciones, exclamaciones en susurro y rápidas miradas de fastidio e impaciencia en dirección a su primo, quien fumaba imperturbable mirando las brasas del hogar. Ante la advertencia de que ya no podía tolerar que me tapase la luz, se trasladó al umbral del hogar. Presté poca atención a sus movimientos, pero al cabo la oí comenzar: «He descubierto, Hareton, que quiero... que me alegro... que me gustaría que fueses mi primo ahora, si no te hubieses vuelto tan arisco conmigo y tan rudo».
Hareton no dio respuesta.
—¡Hareton, Hareton, Hareton! ¿Me oyes? —continuó ella.
—¡Déjame en paz! —gruñó él con inflexible aspereza.
—Deja que te quite esa pipa —dijo ella, alargando con cautela la mano y arrebatándosela de la boca.
Antes de que pudiese intentar recuperarla, ya estaba rota y detrás del fuego. Le soltó una maldición y agarró otra.
—Detente —exclamó ella—; debes escucharme primero; y no puedo hablar mientras esas nubes me flotan en la cara.
—¿Quieres irte al diablo —exclamó él con fiereza— y dejarme tranquilo?
—No —insistió ella—, no quiero: no sé qué hacer para que me hables; y tú estás resuelto a no entender. Cuando te llamo estúpido no quiero decir nada malo: no quiero decir que te desprecie. Vamos, me harás caso, Hareton: eres mi primo y has de reconocerme.
—¡Nada quiero tener que ver contigo, ni con tu asqueroso orgullo, ni con tus malditas burlas! —respondió él—. Al infierno me iré en cuerpo y alma antes de volver a mirarte siquiera de reojo. ¡Quítate de en medio ahora mismo, en este instante!
Catherine frunció el ceño y se retiró al asiento de la ventana mordiéndose el labio y procurando, mediante el tarareo de una extraña melodía, ocultar una creciente inclinación a sollozar.
—Debería hacer las paces con su prima, señor Hareton —intervine yo—, ya que se arrepiente de su descaro. Le reportaría un gran bien: haría de usted otro hombre tenerla por compañera.
—¡Una compañera! —gritó él—. ¡Cuando me odia y no me cree digno ni de limpiar sus zapatos! No, aunque me convirtiese en rey, no me dejaré despreciar por buscar su afecto nunca más.
—¡No soy yo quien te odia, eres tú quien me odia a mí! —lloró Cathy, sin disimular ya su congoja—. Me odias tanto como el señor Heathcliff, y más aún.
—Eres una maldita embustera —comenzó Earnshaw—: ¿por qué lo he hecho enfurecerse entonces tomando partido por ti un centenar de veces? Y eso cuando tú te burlabas de mí y me despreciabas, y... ¡Sigue importunándome y entraré ahí dentro a decir que me has echado de la cocina!
—No sabía que hubieses tomado partido por mí —respondió ella secándose los ojos—; y yo me sentía tan desgraciada y resentida con todo el mundo; pero ahora te lo agradezco y te ruego que me perdones: ¿qué otra cosa puedo hacer?
Volvió al hogar y le tendió francamente la mano. Él se ensombreció y frunció el entrecejo como un nubarrón de tormenta, manteniendo los puños resueltamente apretados y la mirada clavada en el suelo. Catherine, por instinto, debió de adivinar que era terca obstinación y no antipatía lo que motivaba aquella conducta reacia; pues tras permanecer indecisa un instante, se inclinó y estampó en la mejilla de él un suave beso. La pícara creyó que yo no la había visto y, retrocediendo, volvió a ocupar su puesto junto a la ventana muy modosita. Sacudí la cabeza en señal de reproche y entonces ella se sonrojó y me susurró: «¡Bueno! ¿Qué debía haber hecho, Ellen? No quiso estrecharme la mano ni quiso mirarme: de algún modo tenía que mostrarle que le aprecio... que quiero que seamos amigos».
Si el beso convenció a Hareton no sabría decirlo: tuvo mucho cuidado durante unos minutos de que no se le viese la cara, y cuando al fin la levantó, se hallaba lamentablemente perplejo sobre adónde dirigir los ojos.
Catherine se entretuvo en envolver un hermoso libro con esmero en papel blanco; y habiéndolo atado con un pedazo de cinta y puesto la dirección: «Al señor Hareton Earnshaw», me pidió que fuese su embajadora y entregase el presente a su destinatario.
—Y dile que si lo acepta iré a enseñarle a leerlo bien —dijo ella—; y que si lo rechaza, me subiré arriba y no volveré a importunarlo jamás.
Lo llevé y repetí el mensaje, ansiosamente observada por mi remitente. Hareton no quiso abrir los dedos, de modo que se lo deposité sobre la rodilla. Tampoco lo tiró al suelo. Regresé a mi labor. Catherine apoyó la cabeza y los brazos sobre la mesa hasta que oyó el leve crujido del envoltorio al ser retirado; entonces se acercó con sigilo y se sentó sosegadamente al lado de su primo. Él temblaba y su rostro resplandecía: toda su rudeza y toda su hosca aspereza lo habían abandonado; no logró cobrar valor al principio para proferir una sola sílaba en respuesta a la mirada inquisitiva de ella y a su petición murmurada.
—Di que me perdonas, Hareton, hazlo. Puedes hacerme tan dichosa pronunciando esa pequeña palabra.
Masculló algo inaudible.
—¿Y serás mi amigo? —añadió Catherine en tono interrogante.
—No, te avergonzarás de mí todos los días de tu vida —respondió él—; y cuanto más me conozcas, más te avergonzarás; y no puedo soportarlo.
—¿Conque no serás mi amigo? —dijo ella, sonriendo con dulzura de miel y arrimándose bien a él.
No alcancé a oír más palabras inteligibles, pero al mirar de nuevo alrededor percibí dos semblantes tan radiantes inclinados sobre la página del libro aceptado, que no dudé de que el tratado había quedado ratificado por ambas partes; y los enemigos eran, desde entonces, aliados jurados.
La obra que estudiaban estaba llena de costosos grabados; y aquéllos y su posición encerraban encanto sobrado para mantenerlos inmóviles hasta que Joseph regresó a casa. El pobre hombre quedó estupefacto ante el espectáculo de Catherine sentada en el mismo banco con Hareton Earnshaw, apoyando la mano en el hombro de éste; y desconcertado ante la tolerancia de su favorito a semejante cercanía: le conmovió demasiado hondamente para permitirle observación alguna al respecto aquella noche. Su emoción sólo se traslució en los inmensos suspiros que exhaló mientras abría solemnemente su gran Biblia sobre la mesa y depositaba sobre ella unos sucios billetes de banco sacados de su cartera, fruto de las transacciones de la jornada. Al cabo llamó a Hareton desde su asiento.
—Llévale esto al amo, muchacho —dijo—, y quédate allí. Yo me subiré a mi cuarto. Este antro no es decente ni propio para nosotros: tendremos que ahuecar el ala y buscar otro sitio.
—Vamos, Catherine —dije yo—, nosotras también debemos «ahuecar el ala»: he terminado de planchar. ¿Está lista para subir?
—¡No son todavía las ocho! —respondió ella levantándose de mala gana—. Hareton, dejaré este libro sobre la repisa de la chimenea y traeré más mañana.
—Cualquier libro que dejes me lo llevaré a la sala —dijo Joseph—, y mucho será si vuelves a encontrarlo; ¡así que haz lo que gustes!
Cathy lo amenazó con que la biblioteca de él pagaría por la suya; y sonriendo al pasar junto a Hareton, subió cantando las escaleras: con el corazón más ligero, me atrevo a asegurar, de lo que jamás lo había tenido bajo aquel techo antes, excepto quizás durante sus primeras visitas a Linton.
La intimidad así comenzada creció con rapidez, si bien tropezó con interrupciones pasajeras. No se podía civilizar a Earnshaw con un simple deseo, y mi señorita no era ninguna filósofa ni un modelo de paciencia; pero tendiendo el ánimo de entrambos hacia un mismo punto —amando el uno y deseando estimar, y amando el otro y deseando ser estimado—, consiguieron al final alcanzarlo.
Ya ve usted, señor Lockwood, que resultaba bastante fácil ganarse el corazón de la señora Heathcliff. Pero ahora me alegro de que usted no lo intentase. La coronación de todos mis deseos será la unión de esos dos. A nadie envidiaré el día de su boda: ¡no habrá mujer más dichosa que yo en toda Inglaterra!
Fin del Episodio 57 · de 61
Capítulo XXXII · II
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