Cumbres borrascosas·Episodio 06

Capítulo IV · I

~8 min · 1580 palabras

¡Qué vanas veletas somos los mortales! Yo, que había determinado mantenerme al margen de todo trato social y agradecido a mi buena estrella el haber dado por fin con un rincón donde tal trato resultaba casi impracticable; yo, pobre desdichado, tras batallar hasta el crepúsculo contra el abatimiento y la soledad, me vi compelido al cabo a arriar bandera; y so pretexto de recabar informes tocantes a las necesidades de mi hacienda, rogué a la señora Dean, al subirme la colación, que tomase asiento mientras cenaba, anhelando con fervor que demostrase ser una comadre consumada que supiese espolear mi ánimo o arrullarme con su parloteo.

—Lleva usted viviendo aquí un tiempo considerable —comencé—; ¿no me dijo que dieciséis años?

—Dieciocho, señor: vine cuando se casó la señora para servirla; y al morir ella, el amo me retuvo como ama de llaves.

—De veras.

Siguióse una pausa. No era una chismosa, según me temí; a menos que fuese tocante a sus propios asuntos, y estos difícilmente podían interesarme. No obstante, tras meditar unos instantes con los puños apoyados en sendas rodillas y una sombra de cavilación sobre su curtido rostro, exclamó: «¡Ah, cómo han cambiado los tiempos desde entonces!».

—Sí —observé—, habrá presenciado usted no pocas mudanzas, presumo.

—Así es, señor: y pesadumbres también —dijo ella.

«¡Oh, desviare la conversación hacia la estirpe de mi arrendador! —pensé para mis adentros—. ¡Excelente asunto para empezar! Y esa linda joven viuda... me gustaría conocer su historia: si es oriunda de la comarca o, como parece más verosímil, una flor exótica a la que estos huraños indígenas se niegan a reconocer por pariente». Con tal designio pregunté a la señora Dean por qué Heathcliff arrendaba la Granja de los Tordos prefiriendo habitar en un paraje y una vivienda tan sumamente inferiores. «¿Acaso no es bastante acaudalado para mantener la hacienda en buen estado?», inquirí.

—¿Acaudalado, señor? —repuso ella—. Tiene Dios sabe cuánto dinero, y cada año acrecienta su caudal. Sí, sí, es bastante rico para morar en una mansión más suntuosa que esta; pero es muy cicatero, sumamente agarrado; y si abrigaba la intención de mudarse a la Granja de los Tordos, en cuanto supo de un buen inquilino no pudo soportar perder la ocasión de embolsarse unos cientos más. ¡Es extraño que los hombres sean tan codiciosos cuando están solos en el mundo!

—¿Tuvo un hijo, según parece?

—Sí, tuvo uno... pero ha muerto.

—¿Y esa joven dama, la señora de Heathcliff, es su viuda?

—Sí.

—¿Y de dónde procedía en su origen?

—Pues verá, caballero, es hija de mi difunto amo: Catherine Linton era su nombre de doncella. Yo la crie a mis pechos, ¡pobrecita criatura! Bien quise yo que el señor Heathcliff se trasladase aquí, y así habríamos estado juntas de nuevo.

—¡Cómo! ¿Catherine Linton? —exclamé atónito. Mas un minuto de reflexión me convenció de que no era mi espectral Catherine—. Entonces —proseguí—, ¿el apellido de mi predecesor era Linton?

—Así era.

—¿Y quién es ese Earnshaw, Hareton Earnshaw, que vive con el señor Heathcliff? ¿Guardan parentesco?

—No; es sobrino de la difunta señora de Linton.

—¿Primo carnal de la señorita, por tanto?

—Sí; y su difunto marido era primo suyo también: el uno por vía materna y el otro por la paterna; pues Heathcliff desposó a la hermana del señor Linton.

—Veo que la fachada de Cumbres Borrascosas ostenta el nombre de «Earnshaw» grabado sobre el dintel. ¿Constituyen una vieja alcurnia?

—Antiquísima, señor; y Hareton es el último vástago de ella, así como nuestra señorita Cathy lo es de los nuestros... es decir, de los Linton. ¿Ha estado usted en Cumbres Borrascosas? Le ruego me perdone la indiscreción, ¡pero me agradaría sobremanera saber cómo se halla ella!

—¿La señora de Heathcliff? Parecía gozar de cabal salud y es muy hermosa; sin embargo, no la juzgué demasiado dichosa.

—¡Válgame Dios, no me extraña! ¿Y qué opinión le mereció el amo?

—Un sujeto bastante rudo, señora Dean. ¿No es ese su temple?

—¡Áspero cual filo de sierra y duro cual pedernal! Cuanto menos trate usted con él, tanto mejor.

—Habrá padecido no pocos vaivenes en la existencia para tornarse semejante misántropo. ¿Conoce usted algo de su historia?

—Es la historia de un cuclillo, señor... Lo sé todo acerca de él, salvo dónde nació, quiénes fueron sus padres y de qué manera amasó su caudal al principio. ¡Y Hareton ha sido despojado cual pajarillo implume! El desventurado mozo es el único en toda la feligresía que no sospecha de qué modo se le ha embaucado.

—Pues bien, señora Dean, constituirá una obra piadosa que me refiera algo acerca de mis vecinos: presiento que no pegaré ojo si me acuesto; de modo que tenga la bondad de sentarse a departir una hora.

—¡Con mil amores, caballero! Iré a buscar una labor de costura y me quedaré cuanto guste. Pero ha pescado usted un buen resfriado: le vi tiritar y es menester que tome unas gachas calientes para espantarlo.

La digna mujer se marchó diligente y yo me acurruqué más cerca del hogar; sentía la cabeza ardiendo y el resto del cuerpo gélido: amén de que mis nervios y mi cerebro se hallaban excitados hasta rayar en el delirio. Esto me hacía sentirme, no precisamente indispuesto, sino más bien temeroso (como aún lo estoy) de las graves secuelas de los sucesos de ayer y de hoy. Regresó al poco trayendo un cuenco humeante y un cestillo de labor; y tras colocar el primero en la repisa del hogar, arrimó su asiento, visiblemente complacida de hallarme tan comunicativo.

◇

Antes de venir a morar aquí —comenzó, sin aguardar más ruegos para desgranar su relato—, me pasaba la vida casi de continuo en Cumbres Borrascosas; porque mi madre había amamantado al señorito Hindley Earnshaw, el padre de Hareton, y yo me acostumbré a jugar con los niños: hacía recados también, ayudaba a recoger el heno y andaba suelta por la hacienda dispuesta a cualquier tarea que me encomendasen. Una hermosa mañana de estío —era a comienzos de la siega, lo recuerdo bien—, el señor Earnshaw, el viejo amo, bajó vestido de camino; y tras indicar a Joseph lo que debía hacerse durante la jornada, se volvió hacia Hindley, hacia Cathy y hacia mí —pues yo estaba tomando mis gachas con ellos— y le dijo a su hijo: «Y bien, muchacho, hoy voy a Liverpool: ¿qué quieres que te traiga? Puedes pedir lo que gustes, con tal de que sea menudo, pues habré de hacer el viaje de ida y vuelta a pie: sesenta millas por tramo, ¡buena tirada es!». Hindley pidió un violín, y luego preguntó a la señorita Cathy: apenas contaba seis años, pero era capaz de montar cualquier potro del establo, y pidió un látigo. A mí no me olvidó, pues poseía un corazón bondadoso, aunque a veces resultase riguroso. Me prometió un bolsillo colmado de peras y manzanas; y tras besar a sus pequeños, se despidió y partió.

A todos se nos antojó una ausencia interminable aquellos tres días, y a menudo preguntaba la pequeña Cathy cuándo regresaría a casa. La señora de Earnshaw le aguardaba para la hora de cenar en la tercera velada y fue posponiendo la comida hora tras hora; mas no se vislumbraba traza de su vuelta y al fin los chiquillos se cansaron de correr hasta la cancela a otear el camino. Luego anocheció; su madre quiso mandarlos a la cama, pero ellos suplicaron con afán que se les permitiese aguardar levantados; y hacia las once en punto levantóse suavemente el picaporte y entró el amo. Se dejó caer en una butaca riendo y suspirando a la vez, y nos previno a todos que nos apartásemos, pues venía medio muerto: no acometería otra caminata semejante por los tres reinos juntos.

—¡Y para colmo de males, venir muerto de espanto! —dijo, abriéndose el gabán que sostenía liado en sus brazos—. ¡Mira aquí, mujer! Jamás me vi tan descalabrado en mi vida; pero habrás de acogerlo como una dádiva de Dios, por más que sea tan oscuro casi como si procediera del mismísimo infierno.

Nos apiñamos a su alrededor y, por encima de la cabecita de la niña, atisbé a una criatura mugrienta, harapienta y de renegrida cabellera; bastante crecida ya para caminar y parlotear: en rigor, su semblante parecía más viejo que el de Catherine; mas al plantarlo en el suelo solo supo mirar en derredor y repetir una y otra vez una jerigonza que nadie acertaba a comprender. Yo sentí miedo y la señora de Earnshaw estuvo a punto de arrojarlo a la calle: montó en cólera preguntándole cómo tenía la desfachatez de meter a aquel rapaz gitano en la casa cuando tenían a sus propios hijos que alimentar y criar; qué pensaba hacer con él y si había perdido el juicio. El amo intentó excusar la ocurrencia, pero caía rendido de fatiga, y cuanto pude colegir en medio de los improperios de ella fue el relato de haberlo encontrado hambriento, desamparado y casi mudo en las calles de Liverpool, donde lo recogió e indagó por sus padres. Ni un alma sabía a quién pertenecía, dijo; y siendo su hacienda y su tiempo limitados, juzgó más acertado traérselo a casa de una vez que incurrir en gastos baldíos allí: pues estaba resuelto a no abandonarlo tal cual lo halló. En conclusión: mi señora se apaciguó a fuerza de refunfuños y el señor Earnshaw me ordenó lavarlo, mudarlo de ropa limpia y dejarlo dormir con los demás niños.

Fin del Episodio 6 · de 61

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