Cumbres borrascosas·Episodio 05

Capítulo III · II

~10 min · 2082 palabras

No es sino su huésped, caballero —exclamé en voz alta, deseoso de ahorrarle la humillación de poner en evidencia su cobardía—. Tuve la desdicha de gritar en sueños a causa de una pesadilla pavorosa. Lamento haberle turbado.

—¡Que Dios le confunda, señor Lockwood! ¡Ojalá estuviera usted en el...! —comenzó mi anfitrión, posando la palmatoria sobre una silla porque le resultaba de todo punto imposible mantenerla firme—. ¿Y quién le indicó esta habitación? —prosiguió, clavándose las uñas en las palmas y apretando los dientes para refrenar las convulsiones de la mandíbula—. ¿Quién fue? ¡Ganas me dan de ponerlos de patitas en la calle ahora mismo!

—Fue su criada Zillah —repliqué, arrojándome al suelo y poniéndome las ropas a toda prisa—. Me tendría sin cuidado que lo hiciese, señor Heathcliff: bien merecido se lo tendría. Presumo que pretendía obtener otra prueba de que la casa está embrujada, a costa mía. Pues bien, lo está: ¡infestada de espectros y trasgos! Razón tiene en mantenerla clausurada, se lo aseguro. ¡Nadie le agradecerá una cabezada en semejante cubil!

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Heathcliff—, ¿y qué está haciendo? Acuéstese y termine de pasar la noche, ya que está aquí; pero, ¡por el amor de Dios!, no repita ese espantoso alarido: ¡nada podría disculparlo, a menos que le estuviesen degollando!

—¡Si esa diablesa llega a franquear la ventana, probablemente me habría estrangulado! —repliqué—. No estoy dispuesto a soportar de nuevo las persecuciones de sus hospitalarios antepasados. ¿Acaso no era el reverendo Jabez Branderham pariente suyo por parte de madre? Y esa bribona de Catherine Linton, o Earnshaw, o comoquiera que se llamase... debió de ser un engendro del demonio: ¡alma perversa! Me dijo que llevaba veinte años vagando por el mundo: ¡justo castigo a sus terrenales culpas, no me cabe la menor duda!

Apenas hube pronunciado estas palabras cuando recordé la asociación del nombre de Heathcliff con el de Catherine en el libro, detalle que se me había borrado por completo de la memoria hasta que aquel lance lo despertó. Me sonrojé ante mi ligereza; mas sin exteriorizar mayor conciencia de la ofensa, me apresuré a añadir: «La verdad es, señor, que pasé la primera parte de la noche...». Aquí me detuve de nuevo: estuve a punto de confesar que había estado «leyendo aquellos viejos volúmenes», lo cual habría descubierto mi conocimiento tanto de su contenido manuscrito como de lo impreso; de modo que, corrigiéndome, continué: «...deletreando el nombre garabateado en el alféizar de la ventana. Ocupación monótona, propicia para inducir al sueño, cual contar ovejas, o...».

—¡Qué demonios pretende usted decirme al hablarme de semejante guisa! —tronó Heathcliff con fiereza salvaje—. ¿Cómo... cómo se atreve, bajo mi propio techo? ¡Dios del cielo, está loco de atar para hablar así! —Y se golpeó la frente con rabia.

No supe si resentirme por aquel lenguaje o proseguir mis explicaciones; mas parecía tan hondamente afectado que me apiadé de él y continué detallando mis ensueños, aseverando que jamás había oído mentar el nombre de «Catherine Linton» con anterioridad, pero que el leerlo repetidas veces me causó una viva impresión que cobró cuerpo cuando mi imaginación escapó a mi dominio. Heathcliff fue replegándose gradualmente al amparo del lecho conforme yo hablaba, sentándose por fin casi oculto tras él. Adiviné, empero, por su respiración entrecortada y convulsa, que pugnaba por sofocar un arrebato de violencia emocional. No queriendo hacerle ver que advertía su tormento interior, proseguí mi aseo haciendo bastante ruido, miré el reloj y soliloquié sobre lo interminable de la noche: «¡Ni las tres en punto todavía! Habría jurado bajo juramento que eran las seis. El tiempo se estanca aquí: ¡sin duda debimos de acostarnos a las ocho!».

—Siempre a las nueve en invierno, y arriba a las cuatro —dijo mi anfitrión, reprimiendo un gemido; y, según me figuré por el vaivén de la sombra de su brazo, enjugándose una lágrima de los ojos—. Señor Lockwood —añadió—, puede trasladarse a mi cuarto: solo estorbará bajando tan temprano, y su infantil chillido me ha mandado el sueño al mismísimo infierno.

—Y a mí también —contesté—. Pasearé por el patio hasta que aclare el día y luego me marcharé; y no ha de temer una reiteración de mi visita. Estoy ya bien curado de buscar solaz en la sociedad, sea del campo o de la villa. Un hombre sensato debería hallar compañía suficiente en sí mismo.

—¡Deliciosa compañía! —masculló Heathcliff—. Coja la vela y vaya adonde le plazca; me reuniré con usted en seguida. No salga al patio, empero: los perros están sueltos; y en la casa Juno monta la guardia; en rigor, solo puede usted rondar por la escalera y los pasillos. ¡Pero lárguese ya, bajaré en un par de minutos!

Obedecí en cuanto a desalojar el cuarto; mas ignorando adónde conducían los estrechos corredores, me detuve y fui testigo involuntario de una muestra de superstición por parte de mi arrendador que desmentía de modo singular su aparente juicio. Se encaramó a la cama y abrió la ventana de golpe, deshaciéndose mientras forcejeaba en un llanto incontrolable y desgarrador. «¡Entra, entra! —sollozaba—. ¡Cathy, ven, por piedad! ¡Oh, ven... una vez más! ¡Amor de mi alma, escúchame esta vez, Catherine, por fin!». El espectro exhibió el habitual capricho de los aparecidos: no dio muestra alguna de su presencia; pero la nieve y el ventarrón penetraron con furia arremolinada, alcanzando incluso mi posición y apagando la luz de mi vela.

Había tal congoja en el torrente de desconsuelo que acompañaba a aquel desvarío que mi compasión me hizo pasar por alto su demencia, y me retiré a hurtadillas, en parte enojado por haber escuchado y apesadumbrado por haber relatado mi ridícula pesadilla, toda vez que provocaba tal agonía, si bien la causa última rebasaba mi comprensión. Descendí con sigilo a los aposentos inferiores y vine a dar a la trasera de la cocina, donde unas ascuas recogidas cuidadosamente me permitieron reanimar la palmatoria. Nada se movía salvo una gata atigrada que surgió de la ceniza saludándome con un maullido quejumbroso.

Dos escaños curvados semicirculares cercaban el hogar; en uno me tendí yo a la larga y la gata se encaramó al otro. Ambos cabeceábamos ya cuando alguien invadió nuestro refugio: era Joseph, que descendía con paso arrastrado por una escalerilla de madera que se perdía en el techo a través de una trampilla, vía de acceso a su desván, según colegí. Lanzó una mirada siniestra a la llamita que yo había avivado entre los hierros, apartó a la gata de su asiento y acomodándose en el hueco, procedió a embutir tabaco en una pipa de tres pulgadas. Mi presencia en su santuario fue considerada a todas luces una insolencia demasiado bochornosa para dignarse comentarla: se llevó la boquilla a los labios en silencio, se cruzó de brazos y empezó a arrojar bocanadas de humo. Le dejé disfrutar del deleite sin importunarle; y tras apurar la última voluta y exhalar un hondo suspiro, se levantó y se marchó con la misma solemnidad con que había venido.

Un paso más ágil se escuchó a continuación; abrí la boca para dar los buenos días pero volví a cerrarla sin consumar el saludo, pues Hareton Earnshaw rezaba sus devociones sotto voce en una letanía de juramentos dirigidos contra cada objeto que tropezaba a su paso, mientras revolvía un rincón en busca de una pala con que abrir senda entre los ventisqueros. Miró por encima del respaldo del escaño hinchando las narices y se cuidó tan poco de trocar cumplidos conmigo como con la gata. Adiviné por sus aprestos que la salida quedaba expedita y, dejando mi duro lecho, amagué con seguirle. Lo advirtió y propinó un golpe a la puerta interior con el mango de la pala, dando a entender con un gruñido inarticulado que aquel era el sitio adonde debía encaminarme si deseaba mudar de aposento.

Daba acceso a la sala principal, donde las mujeres estaban ya en pie: Zillah atizando llamaradas en la chimenea con un fuelle monumental y la señora de Heathcliff, arrodillada junto al hogar, leyendo un libro al resplandor de la lumbre. Mantenía la mano interpuesta entre el ardor del fogón y sus ojos, y parecía absorta en su tarea, interrumpiéndola solo para regañar a la sirvienta por cubrirla de chispas o para apartar de cuando en cuando a un perro que arrimaba el hocico con excesivo atrevimiento a su rostro. Me sorprendió ver a Heathcliff allí también. Se hallaba junto al fuego de espaldas a mí, ultimando una escena borrascosa con la pobre Zillah, quien de cuando en cuando suspendía su afán para alzarse la punta del mandil y soltar un quejido indignado.

—¡Y tú, gandula...! —estalló al verme entrar, encarándose con su nuera y empleando un epíteto tan inofensivo como pato u oveja, pero comúnmente suplido por un guion—. ¡Ahí estás con tus holgazanerías de siempre! Los demás se ganan el pan: ¡tú vives de mi caridad! Guarda tus porquerías y ponte a hacer algo de provecho. Me pagarás el tormento de tenerte eternamente ante mis ojos... ¿me oyes, zorrilla condenable?

—Guardaré mis cosas porque puedes obligarme por la fuerza si me niego —repuso la joven, cerrando el libro y arrojándolo a una silla—. ¡Pero no haré nada más, aunque eches la lengua a pacer de tanto jurar, salvo lo que a mí me plazca!

Heathcliff alzó la diestra y la doncella retrocedió a prudente distancia, conocedora a todas luces de su contundencia. Desprovisto del menor anhelo de presenciar un duelo doméstico, avancé resueltamente como si ansiara disfrutar del calor de la lumbre e ignorase la reyerta interrumpida. Ambos tuvieron el comedimiento de suspender las hostilidades: Heathcliff se metió los puños en los bolsillos para alejarlos de la tentación; la señora de Heathcliff frunció el labio y se encaminó a un asiento apartado, donde cumplió su palabra permaneciendo inmóvil cual estatua durante el resto de mi estancia. Esta no fue larga. Rehusé acompañarles en el desayuno y, a los primeros albores del alba, aproveché la ocasión para fugarme al aire libre, claro ya, sereno y gélido como hielo impalpable.

Mi casero me gritó que aguardara antes de que alcanzara el extremo del huerto y se ofreció a guiarme a través del páramo. Buena falta me hizo, pues la loma entera era un proceloso océano blanco donde las ondas y vaguadas no reflejaban las verdaderas desigualdades del terreno: muchos hoyos se habían nivelado por completo y cadenas enteras de montículos de escombros de las canteras habían quedado borradas del plano que mi caminata de ayer grabó en mi memoria. Había observado a un lado de la ruta, a intervalos de seis o siete varas, una hilera de piedras hincadas que se prolongaba por toda la paramera; habíanselas erigido y blanqueado con cal con el propósito de servir de balizas en la oscuridad o cuando un temporal, como el presente, confundía los profundos cenagales de ambos márgenes con la senda firme; pero, salvo alguna mancha parda asomando aquí y allá, todo rastro de su presencia se había desvanecido, viéndose obligado mi lazarillo a advertirme de continuo que virase a derecha o izquierda cuando yo creía seguir con exactitud los meandros del camino.

Apenas cruzamos palabra, y se detuvo a la entrada del parque de los Tordos asegurando que allí ya no cabía extravío alguno. Nuestras despedidas se limitaron a una apresurada reverencia y proseguí adelante confiando en mis propias fuerzas, pues la caseta del guarda se hallaba deshabitada por el momento. La distancia desde la reja hasta la Granja es de dos millas: creo que me las apañé para convertirlas en cuatro, entre perderse por los arbolados y hundirse hasta el pescuezo en la nieve, percance que solo quien lo haya padecido sabrá justipreciar. En cualquier caso, fueren cuales fueren mis andanzas, el reloj daba las doce cuando entré en la casa; lo que arrojaba exactamente una hora por cada milla del trayecto habitual desde Cumbres Borrascosas.

Mi venerable huésped fija y sus satélites corrieron a recibirme exclamando tumultuosamente que me habían dado por muerto: todos conjeturaban que había perecido la noche anterior y cavilaban ya cómo organizar la búsqueda de mis despojos mortales. Les rogué que se calmasen al verme de vuelta y, entumecido hasta el corazón, me arrastré escaleras arriba, de donde, tras mudarme de ropa y pasear arriba y abajo treinta o cuarenta minutos para restablecer el calor animal, bajé a mi despacho débil como un gatito recién nacido: casi demasiado desfallecido para gozar de la alegre lumbre y del humeante café que la sirvienta había dispuesto para mi refrigerio.

Fin del Episodio 5 · de 61

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