Cumbres borrascosas·Episodio 04

Capítulo III · I

~14 min · 2768 palabras

Mientras me guiaba escaleras arriba, me recomendó que ocultase la vela y procurase no hacer el menor ruido; pues su amo albergaba una extraña manía respecto a la habitación donde me alojaba y jamás consentía de buen grado que nadie pernoctase en ella. Le pregunté la causa. Respondió que la ignoraba: apenas llevaba un año o dos viviendo en la casa y ocurrían tantas cosas raras que no se atrevía a alimentar curiosidades.

Harto aturdido para sentir curiosidad yo mismo, eché el cerrojo y miré alrededor en busca de la cama. Todo el ajuar consistía en una silla, un arcón ropero y una enorme caja de roble con aberturas cuadradas practicadas en lo alto, semejantes a las ventanillas de una diligencia. Acercándome a semejante estructura, miré en su interior y advertí que se trataba de una singular suerte de lecho a la antigua usanza, concebido con gran ingenio para obviar la necesidad de que cada miembro de la familia dispusiese de aposento propio. En rigor, formaba un pequeño camarín, y el alféizar de una ventana que quedaba encerrada en su interior hacía las veces de mesa.

Descorrí los paneles de madera, me metí dentro con la palmatoria, volví a cerrarlos y me sentí a salvo de la vigilancia de Heathcliff y de cualquier otro morador.

El alféizar donde deposité la luz albergaba unos cuantos libros mohosos apilados en un rincón, y aparecía cubierto de inscripciones garrapateadas sobre la pintura. Aquellos letreros, sin embargo, no eran otra cosa que un mismo nombre repetido en toda suerte de caracteres, grandes y menudos: Catherine Earnshaw, mudado aquí y allá en Catherine Heathcliff, y más adelante en Catherine Linton.

Presa de una lánguida modorra, apoyé la frente contra el cristal y continué deletreando maquinalmente Catherine Earnshaw, Heathcliff, Linton, hasta que mis párpados se cerraron; mas no llevaban cinco minutos en reposo cuando un destello de letras blancas brotó de las tinieblas, vivas cual espectros: el aire hervía de Catherines; y sacudiéndome para disipar aquel nombre pertinaz, descubrí que la mecha de la vela descansaba reclinada sobre uno de los rancios volúmenes, perfumando la estancia con un olor a badana quemada.

La despabilé y, sumamente desasosegado bajo la influencia del frío y de una persistente náusea, me incorporé y abrí el tomo dañado sobre mis rodillas. Era un Nuevo Testamento impreso en caracteres apretados y con un hedor insoportable a humedad; una guarda en blanco ostentaba la inscripción: «Catherine Earnshaw, su libro», y una fecha de hacía cerca de un cuarto de siglo.

Lo cerré y fui tomando uno tras otro hasta examinarlos todos. La biblioteca de Catherine era selecta, y su lastimoso estado de deterioro acreditaba que había sido bien aprovechada, si bien no siempre para un fin estrictamente devoto: apenas un solo capítulo había escapado a comentarios a pluma y tinta —o al menos a la traza de ellos— que colmaban cada resquicio en blanco dejado por la imprenta. Algunos eran frases sueltas; otras partes cobraban la forma de un diario formal, garabateado con caligrafía infantil y vacilante. En lo alto de una hoja suelta (un verdadero tesoro, probablemente, al dar con ella) me regocijó sobremanera contemplar una excelente caricatura de mi compadre Joseph, tosca mas trazada con singular brío. Un vivo interés despertó en mi ánimo hacia la desconocida Catherine, y me consagré al punto a descifrar sus desteñidos jeroglíficos.

«Un domingo atroz —comenzaba el párrafo inferior—. Ojalá mi padre estuviese de vuelta. Hindley es un sustituto aborrecible; su trato con Heathcliff es atroz. H. y yo pensamos rebelarnos: esta misma tarde dimos el primer paso.

»Todo el santo día ha diluviado sin tregua; no pudimos ir a la iglesia, de suerte que Joseph se empeñó en congregar una asamblea en el desván; y mientras Hindley y su mujer se solazaban abajo al amor de una lumbre confortable —haciendo cualquier cosa menos leer sus Biblias, respondo de ello—, a Heathcliff, a mí y al desventurado zagal se nos ordenó coger los devocionarios y subir. Nos alinearon en hilera sobre un saco de grano, tiritando y suspirando, anhelando que Joseph tiritase también para que abreviase su homilía por su propio pellejo. ¡Vana ilusión! El sermón se prolongó tres horas cabales; y aun así mi hermano tuvo la desfachatez de exclamar cuando nos vio bajar: «¿Cómo, ya han terminado?». Las tardes dominicales solían consentirnos jugar con tal de no armar demasiado estruendo; ahora un simple susurro basta para hacernos arrinconar.

»«Olvidáis que aquí tenéis un amo —dice el tirano—. ¡Descalabraré al primero que me saque de mis casillas! Exijo compostura y silencio absolutos. ¡Hola, mozo! ¿Has sido tú? Frances del alma, tírale del pelo al pasar: le he oído chasquear los dedos». Frances le tiró de los cabellos con entusiasmo y luego fue a sentarse en las rodillas de su marido, y allí se estuvieron como dos chiquillos mimados, besándose y diciéndose carantoñas durante horas enteras: zalamerías bobas de las que nosotros nos avergonzaríamos. Nos acomodamos lo mejor que pudimos en el hueco del aparador. Acababa yo de anudar nuestros delantales para improvisar una cortinilla cuando entra Joseph, de vuelta de las cuadras. Me desgarra la obra de las manos, me arrea un par de sopapos y grazna:

»«¡Apenas enterrado el amo, sin concluir el santo día del Señor y con la palabra del Evangelio sonando en vuestros oídos, y tenéis la osadía de holgar! ¡Debería daros vergüenza! ¡Sentaos ahí, criaturas perversas! Hartos libros píos hay si queréis leerlos: ¡sentaos y pensad en vuestras almas!».

»Diciendo esto, nos obligó a colocarnos de modo que recibiésemos del lejano fuego un rayo mortecino que nos permitiese atisbar los mamotretos que nos encasquetó. No pude tolerar semejante suplicio: así mi mugriento volumen por el lomo y lo arrojé a la perrera, jurando que aborrecía los libros de devoción. Heathcliff mandó el suyo al mismo paradero de un puntapié. ¡La que se armó entonces!

»«¡Señor Hindley! —voceó nuestro capellán—. ¡Señor, acuda pronto! ¡La señorita Cathy le ha arrancado las tapas al ‘Yelmo de la Salvación’ y Heathcliff ha estampado la bota sobre la primera parte de ‘La Ancha Senda de la Perdición’! Es de todo punto escandaloso que les consienta conducirse de semejante guisa. ¡Ay, el difunto amo les habría calentado bien las costillas, pero ya no está!».

»Hindley acudió a escape desde su paraíso junto al fuego y, asiendo a uno por el cuello y a la otra por el brazo, nos arrojó a ambos a la trasera de la cocina, donde, según aseveró Joseph, el Diablo nos llevaría tan seguro como que estábamos vivos. Y confortados de tal suerte, cada cual buscó su rincón para aguardar su advenimiento. Yo alcancé este libro y un tintero de un estante, empujé la puerta para que entrase claridad y he matado el tiempo escribiendo durante veinte minutos; pero mi camarada está impaciente y propone que nos apropiemos de la mantilla de la lechera y corramos por los brezales a su amparo. Hermosa sugerencia: y luego, si el viejo avinagrado entra, creerá confirmada su profecía. No podemos acabar más calados ni más ateridos bajo la lluvia de lo que ya estamos aquí».

◇

Supongo que Catherine llevó a cabo su designio, pues la frase siguiente mudaba de asunto: se volvía lastimera.

«¡Qué poco soñaba yo con que Hindley me hiciera llorar jamás de este modo! —escribía—. Me estalla la cabeza hasta el punto de no poder reposarla en la almohada, y sigo sin poder contener el llanto. ¡Pobre Heathcliff! Hindley le llama vagabundo y no le consiente sentarse a nuestra mesa ni comer con nosotros nunca más; y dice que él y yo no debemos jugar juntos, y amenaza con ponerle de patitas en la calle si desobedecemos sus órdenes. Ha estado censurando a nuestro padre (¿cómo se atrevió?) por haber tratado a H. con excesiva liberalidad, y jura que le rebajará al lugar que le corresponde...».

◇

Empecé a cabecear de modorra sobre la borrosa página: mi mirada oscilaba del manuscrito a la letra impresa. Distinguí un encabezamiento ornamentado en tinta roja: «Setenta veces siete, y el primero del septuagésimo primero. Pío discurso pronunciado por el reverendo Jabez Branderham en la capilla de Gimmerden Sough». Y mientras me devanaba los sesos, semiconsciente, intentando adivinar qué partido sacaría Jabez Branderham de su tema, me recosté en el lecho y quedé profundamente dormido. ¡Ay, funestas secuelas del mal té y del peor talante! ¿Qué otra cosa pudo haber motivado que pasase una noche tan espantosa? No recuerdo otra con la que pueda compararse desde que tuve uso de razón para sufrir.

Empecé a soñar casi antes de perder la conciencia de mi paradero. Soñé que era de mañana y me ponía en camino de regreso a casa con Joseph por lazarillo. La nieve acumulaba varas de espesor en nuestra ruta; y mientras avanzábamos a trompicones, mi acompañante me mortificaba con incesantes reproches por no haberme provisto de un báculo de peregrino, asegurándome que jamás entraría en la casa sin uno y enarbolando ufano un pesado garrote con el cual daba a entender dicha dignidad. Por un momento juzgué absurdo requerir semejante arma para ganar acceso a mi propia residencia. Luego una nueva idea cruzó mi mente: no nos dirigíamos allí, sino que caminábamos para escuchar el sermón del célebre Jabez Branderham sobre el versículo de «Setenta veces siete»; y o bien Joseph, o el predicador, o yo mismo habíamos cometido el «Primero del Septuagésimo Primero» y debíamos ser públicamente exhibidos y excomulgados.

Llegamos a la capilla. En verdad he pasado ante ella en mis paseos un par de veces; se alza en una hondonada entre dos cerros: una hondonada alta, contigua a una ciénaga cuya humedad turbosa aseguran que surte los mismos efectos embalsamadores sobre los escasos cadáveres allí sepultados. El tejado se ha mantenido intacto hasta ahora; mas como el estipendio pastoral apenas alcanza las veinte libras anuales y la casa rectoral consta de dos piezas que amenazan venirse abajo y fundirse en una sola, ningún clérigo acepta hacerse cargo de la feligresía: sobre todo cuando corre la voz de que sus ovejas preferirían verle morir de inanición antes que incrementar la dotación en un solo penique de sus faltriqueras. En mi ensueño, empero, Jabez contaba con una concurrencia nutrida y atenta; y predicó... ¡Santo Dios, qué sermón!: dividido en cuatrocientas noventa partes, cada una equivalente a un sermón entero de púlpito y consagrada a debatir un pecado por separado. De dónde los sacó, no sabría decirlo. Poseía su particular manera de interpretar el pasaje bíblico, y antojábase preceptivo que el feligrés pecase de faltas distintas en cada ocasión. Eran de la índole más peregrina: transgresiones singulares que jamás habría imaginado de antemano.

¡Oh, qué cansancio me invadió! ¡Cómo me revolvía, bostezaba, cabeceaba y volvía en mí! ¡Cómo me pellizcaba y me punzaba, me frotaba los ojos, me ponía en pie y me volvía a sentar, y codeaba a Joseph para saber si terminaría alguna vez! Estaba condenado a oírlo hasta el cabo; finalmente alcanzó el «Primero del Septuagésimo Primero». En aquella coyuntura me sobrevino una súbita inspiración: sentí el impulso de alzarme y denunciar a Jabez Branderham como el autor del pecado que ningún cristiano debe perdonar.

—¡Caballero! —exclamé—: sentado entre estos cuatro muros, de una sentada, he sobrellevado y perdonado los cuatrocientos noventa epígrafes de su discurso. Setenta veces siete veces he cogido el sombrero dispuesto a marcharme; setenta veces siete me ha forzado usted desatinadamente a reasumir el asiento. ¡El cuadrigentésimo nonagésimo primero colma la medida! ¡Compañeros de martirio, a él! ¡Arrástrenlo abajo y háganlo pedazos, para que el lugar que le conoció no vuelva a saber de él jamás!

—¡Tú eres ese hombre! —bramó Jabez tras una solemne pausa, inclinándose sobre el almohadón del púlpito—. Setenta veces siete veces contrajiste la faz en vanos bostezos; setenta veces siete me aconsejé con mi espíritu diciendo: «¡Es flaqueza humana y también puede absolverse!». Pero ha sonado la hora del Primero del Septuagésimo Primero. ¡Hermanos, ejecutad sobre él la sentencia escrita! ¡Semejante gloria ostentan todos sus santos!

A esta intimación final, la congregación entera enarboló sus báculos de peregrino y se abalanzó en masa sobre mí; y yo, desprovisto de armas para mi defensa, me trabé en lucha con Joseph, mi más próximo y sanguinario agresor, para arrebatarle el suyo. En la refriega del gentío cruzáronse varios garrotes; golpes destinados a mí descargaron sobre cráneos ajenos. Al punto resonó la capilla entera con un estrépito de estacazos y contragolpes: la mano de cada hombre se alzó contra su prójimo; y Branderham, no queriendo permanecer ocioso, desahogó su celo en una granizada de recios golpes sobre los maderos del púlpito, los cuales retumbaron tan secamente que al fin, para mi indecible alivio, me despertaron. ¿Y qué era lo que había provocado tan tremendo cataclismo? ¿Qué objeto había desempeñado el papel de Jabez en la contienda? ¡Nada más que la rama de un abeto que rozaba mi ventana azotada por la ventisca y hacía castañear sus piñas secas contra los cristales! Escuché perplejo un instante; identifiqué la causa del disturbio, me di la vuelta y volví a adormilarme, soñando de nuevo: si cabe, aún de manera más desapacible que antes.

Esta vez recordaba hallarme tendido en el camarín de roble y oía con nitidez el viento huracanado y el batir de la nieve; percibía también el golpeteo fastidioso de la rama de abeto y lo achacaba a su causa verdadera. Mas me desazonaba tanto que resolví silenciarlo si era posible; y soñé que me levantaba e intentaba descorrer el pasador de la ventana. El gancho estaba soldado a la armella: circunstancia observada por mí en vigilia pero olvidada en el sueño. «¡Tengo que acallarlo sea como fuere!», murmuré, quebrando el cristal a puñetazos y alargando el brazo para asir la importuna rama; ¡en lugar de ella, mis dedos se cerraron sobre los dedos de una manita helada como el hielo!

El horror supremo de la pesadilla se apoderó de mí: intenté retirar el brazo, pero la mano se aferró a él con terquedad, y una voz de melancolía desoladora sollozó:

—¡Déjame entrar, déjame entrar!

—¿Quién eres? —pregunté, forcejeando entretanto por desasirme.

—Catherine Linton —repuso temblorosa (¿por qué pensé en Linton si había leído Earnshaw veinte veces antes que Linton?)—. ¡He vuelto a casa: me había extraviado en el páramo!

Mientras hablaba, vislumbré en la penumbra el rostro de una niña asomado a la ventana. El terror me tornó despiadado; y juzgando estéril intentar sacudirme a la criatura, atraje su muñeca sobre el cristal roto y la froté de un lado a otro hasta que la sangre brotó a borbotones empapando las sábanas. Aun así gemía: «¡Déjame entrar!», y mantenía su tenaz presa, enloqueciéndome casi de pavor.

—¡Cómo voy a hacerlo! —exclamé al cabo—. ¡Suéltame si quieres que te deje entrar!

Los dedos aflojaron la presa; retiré los míos de golpe a través del boquete, apilé apresuradamente los libros en pirámide contra él y me tapé los oídos para ahogar aquella súplica lastimera.

Se me antojó haberlos mantenido cubiertos más de un cuarto de hora; sin embargo, en cuanto volví a prestar atención, ¡allí resonaba de nuevo el lúgubre quejido implorante!

—¡Vete! —grité—. Jamás te dejaré entrar, ¡ni aunque supliques durante veinte años!

—Veinte años han pasado —se lamentó la voz—; veinte años. ¡Llevo veinte años vagando errante!

Al punto comenzó un leve rascado en el exterior y la hilera de libros tembló como empujada hacia adentro.

Intenté dar un salto, pero no pude mover un solo miembro; y rompí a gritar con desesperado frenesí.

Para mi confusión, descubrí que el grito no había sido imaginario: presurosos pasos se acercaban a la puerta de mi estancia; alguien la empujó con mano vigorosa y una luz vacilante brilló a través de las ventanillas del techo del lecho. Permanecí estremecido aún, enjugándome el sudor de la frente: el intruso pareció vacilar y murmuró para sí.

Por fin articuló a media voz, sin aguardar manifiestamente respuesta alguna:

—¿Hay alguien aquí?

Juzgué oportuno confesar mi presencia, pues reconocí la voz de Heathcliff y temí que emprendiera un minucioso registro si me mantenía en silencio.

Con tal propósito me revolví y descorrí los paneles. No olvidaré fácilmente la impresión que produjo mi acto.

Heathcliff se hallaba de pie junto a la entrada, en mangas de camisa y calzones, con la vela goteándole sobre los dedos y la faz tan lívida como la pared a sus espaldas. El primer crujido del roble le sobresaltó como una descarga eléctrica: la palmatoria saltó de sus manos a varios pies de distancia, y su turbación era tan extrema que apenas acertaba a recogerla del suelo.

Fin del Episodio 4 · de 61

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