Cumbres borrascosas·Episodio 03

Capítulo II · II

~7 min · 1440 palabras

Concluido el trámite de la cena sin que nadie mediara una sola palabra de charla sociable, me acerqué a una ventana para cerciorarme del tiempo. Triste espectáculo me aguardaba: la noche cerrada se había desplomado prematuramente y el cielo y los cerros se confundían en un vendaval encarnizado de ventisca y nieve asfixiante.

—No creo que me sea posible regresar ahora a casa sin un guía —no pude evitar exclamar—. Los caminos estarán ya sepultados; y, aun cuando estuviesen despejados, apenas distinguiría un palmo delante de mis narices.

—Hareton, mete esa docena de ovejas bajo el cobertizo del pajar. Quedarán enterradas si pasan la noche en el corralón; y colócales un tablón delante —dijo Heathcliff.

—¿Qué debo hacer entonces? —inquirí con creciente irritación.

No hubo contestación alguna a mi demanda; y al volverme solo vi a Joseph que entraba con un caldero de gachas para los perros, y a la señora de Heathcliff inclinada sobre el fuego, entreteniéndose en quemar un haz de pajuelas que se le habían caído de la repisa al guardar el bote de té en su lugar. El criado, tras soltar la carga, echó una mirada crítica a la estancia y con voz cascada y destemplada espetó: «¡Me asombra cómo tiene la desfachatez de estarse ahí ociosa y holgazaneando cuando todos han salido a faenar! Pero usted no vale un ardite y es inútil hablar: jamás corregirá sus malas mañas y se irá derecha al infierno, ¡igualita que su madre!».

Imaginé por un instante que aquella pieza oratoria iba dirigida a mí y, bastante indignado, di un paso hacia el vejestorio con la intención de echarlo a patadas por la puerta. La señora de Heathcliff, sin embargo, me contuvo con su réplica.

—¡Viejo hipócrita desvergonzado! —contestó ella—. ¿No teme que se lo lleve el diablo en cuerpo y alma cada vez que pronuncia su nombre? Le advierto que se guarde de provocarme, ¡o pediré su rapto infernal como merced singular! ¡Alto ahí, mire aquí, Joseph! —prosiguió, tomando un libro voluminoso y oscuro del estante—; le mostraré cuánto he progresado en las artes negras: pronto estaré capacitada para barrer esta casa de indeseables. La vaca bermeja no murió por azar, ¡y sus reumas difícilmente pueden contarse entre las bendiciones de la providencia divina!

—¡Oh, malvada, perversa! —gimió el anciano—. ¡Que el Señor nos libre de todo mal!

—¡No, réprobo, es usted un réprobo réprobo y maldito! ¡Lárguese o le haré verdadero daño! ¡Los moldearé a todos en cera y arcilla, y el primero que traspase los linderos que yo fije... no diré lo que le aguarda, pero ya verá! ¡Fuera de aquí, que le estoy clavando la mirada!

La pequeña bruja infundió una fingida malignidad en sus hermosos ojos, y Joseph, temblando presa de un pavor genuino, salió a escape rezando y balbuciendo «¡perversa!» mientras se alejaba. Juzgué que su proceder respondía a una suerte de humor sombrío; y viéndonos solos, procuré interesarla en mi apuro.

—Señora de Heathcliff —le dije con seriedad—, ha de disculparme por importunarla. Me atrevo a hacerlo porque, con ese rostro, estoy seguro de que no puede evitar ser bondadosa de corazón. Indíqueme por piedad algunos puntos de referencia para encontrar el camino a casa: ¡sé tan poco de cómo orientarme por aquí como usted de cómo viajar a Londres!

—Tome el camino por donde vino —repuso, arrellanándose en una silla con una vela y el pesado libro abierto ante sí—. Es un consejo sumario, pero el más certero que puedo darle.

—¿De suerte que si oye decir que han hallado mi cadáver en una turbera o en un hoyo colmado de nieve, su conciencia no le susurrará que ha tenido parte de culpa?

—¿Y por qué habría de hacerlo? Yo no puedo acompañarle. Ni siquiera me consentirían llegar al pie del muro del huerto.

—¡Usted! Sentiría en el alma pedirle que traspusiese el umbral por complacerme en una noche semejante —exclamé—. Deseo que me explique el rumbo, no que me lo muestre; o bien que persuada al señor Heathcliff para que me facilite un criado.

—¿A quién? No estamos más que él mismo, Earnshaw, Zillah, Joseph y yo. ¿A cuál de todos preferiría?

—¿No hay ningún zagal en la hacienda?

—No; esos somos todos.

—Por consiguiente, se deduce que me veo forzado a permanecer aquí.

—Eso arréglelo con su patrón. Yo no tengo nada que ver con ello.

—Espero que esto le sirva de escarmiento para no emprender más excursiones imprudentes por estos riscos —resonó la voz austera de Heathcliff desde el quicio de la cocina—. En cuanto a quedarse aquí, yo no dispongo de acomodo para forasteros: si se queda, habrá de compartir el lecho con Hareton o con Joseph.

—Puedo dormir en una butaca en esta misma estancia —repliqué.

—¡De ningún modo! Un desconocido es un desconocido, sea opulento o mendigo. ¡No me conviene permitir a nadie andar suelto por la casa mientras yo no vigilo! —soltó el descortés bellaco.

Ante semejante afrenta se colmó mi paciencia. Proferí una exclamación de asco y pasé de largo a su lado hacia el patio, tropezando con Earnshaw en mi precipitación. Reinaba tal oscuridad que no acertaba a vislumbrar la salida; y mientras daba vueltas a tientas, escuché otra muestra de su exquisita urbanidad recíproca. Al principio, el mozo pareció dispuesto a apiadarse de mi situación.

—Le acompañaré hasta la entrada del parque —dijo.

—¡Al infierno lo acompañarás! —gritó su amo, o cualquiera que fuese la relación que guardaban—. ¿Y quién va a atender a los caballos, eh?

—La vida de un hombre vale más que descuidar los caballos una noche: alguien tiene que ir —murmuró la señora de Heathcliff, con más benevolencia de la que yo esperaba.

—¡No porque tú lo ordenes! —replicó Hareton—. Si tanto te importa ese señorito, más te valiera estarte callada.

—¡Pues ojalá su espectro se te aparezca y te atormente, y ojalá el señor Heathcliff no encuentre otro arrendatario hasta que la Granja sea una ruina! —repuso ella con acritud.

—¡Oigan, oigan, ya les está echando maldiciones! —masculló Joseph, hacia el cual me había ido aproximando.

Se hallaba sentado a tiro de voz ordeñando las vacas a la lumbre de un farol, del cual me incauté sin miramientos; y gritando que lo devolvería a la mañana siguiente, eché a correr hacia el postigo más próximo.

—¡Amo, amo, que se roba el farol! —gritó el viejo, lanzándose en pos de mi retirada—. ¡Eh, Fiera! ¡Eh, Lobo, cójanlo, cójanlo!

Al abrir la poterna, dos monstruos peludos se abalanzaron a mi garganta derribándome en tierra y apagando la luz de un zarpazo; mientras una carcajada aunada de Heathcliff y Hareton coronaba mi cólera y humillación. Por fortuna, las bestias parecían más inclinadas a estirar las zarpas, bostezar y menear el rabo que a devorarme vivo; mas no me permitían el menor amago de levantarme, viéndome forzado a yacer en el fango hasta que a sus pérfidos dueños les plugo socorrerme. Entonces, desprovisto de sombrero y trémulo de furor, conminé a los bergantes a franquearme la salida —bajo su cuenta y riesgo si me retenían un minuto más— entre incoherentes conminaciones de represalia que, en su desmesurada virulencia, tenían ciertos ecos de la locura del rey Lear.

La vehemencia de mi agitación me provocó una copiosa hemorragia nasal, y mientras Heathcliff se desternillaba, yo continuaba increpándoles con furia. Ignoro cómo habría concluido aquel lance de no haber mediado una persona bastante más cuerda que yo y más caritativa que mi anfitrión: Zillah, la rolliza cocinera, quien al cabo salió al patio para inquirir la causa del alboroto. Creyó que alguno de ellos se había propasado a ponerme las manos encima; y no atreviéndose a increpar al amo, dirigió su artillería vocal contra el zagal.

—¡Vaya, señor Earnshaw! —gritó—. ¿Qué nueva fechoría trama ahora? ¿Acaso pensamos degollar a la gente a las puertas mismas de la casa? Veo que este sitio jamás será bueno para mí... ¡Miren al pobre caballero, si apenas puede respirar! ¡Sosegaos, sosegaos, no se puede tolerar esto! Entre adentro, señor, que yo le curaré: vamos, quédese quieto.

Diciendo esto, me arrojó de improvisation un jarro de agua helada por el pescuezo y me arrastró hacia el calor de la cocina. El señor Heathcliff nos siguió, extinguiéndose su regocijo pasajero en su habitual talante sombrío.

Me sentía sumamente indispuesto, mareado y desfallecido, viéndome así obligado por fuerza mayor a aceptar hospedaje bajo su techo. Indicó a Zillah que me sirviese un vaso de aguardiente y pasó luego a la cámara interior; entretanto ella se condolía de mi triste desventura y, cumplidas sus órdenes con lo que cobré un tanto de aliento, me condujo arriba para mostrarme el lecho.

Fin del Episodio 3 · de 61

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