Cumbres borrascosas·Episodio 02

Capítulo II · I

~10 min · 1984 palabras

La tarde de ayer se presentó brumosa y desapacible. Estuve a punto de quedarme junto al fuego de mi despacho, en vez de chapotear entre brezales y lodazales rumbo a Cumbres Borrascosas. Al subir de almorzar, sin embargo (nótese bien: almorcé entre las doce y la una; el ama de llaves, una venerable dama que venía agregada a la propiedad como parte del mobiliario, no pudo o no quiso comprender mi petición de que me sirviese a las cinco), al subir las escaleras con tan perezoso propósito y franquear la puerta de la estancia, sorprendí a una fregona de hinojos rodeada de cepillos y cubos de carbón, levantando una polvareda infernal mientras ahogaba las brasas con montones de ceniza. Aquel espectáculo me hizo recular al instante: cogí el sombrero y, tras una caminata de cuatro millas, llegué a la cancela del jardín de Heathcliff justo a tiempo para escapar a los primeros copos algodonosos de una ventisca.

En aquella desolada cima la tierra estaba endurecida por una escarcha negruzca y el viento me hacía tiritar hasta el tuétano. Incapaz de soltar la cadena, salté por encima y, corriendo por la calzada de losas orlada de zarzales desmedrados, llamé en vano para ser admitido hasta que me hormiguearon los nudillos y los mastines se pusieron a aullar.

«¡Miserables moradores! —exclamé para mis adentros—; bien merecen el perpetuo aislamiento de su especie por su villana rusticidad. Al menos yo no mantendría mis puertas atrancadas a plena luz del día. Me da igual: ¡he de entrar!». Así resuelto, ainsi la aldaba y la sacudí con vehemencia. El avinagrado rostro de Joseph asomó entonces la cabeza por un postigo circular del granero.

—¿Qué se le ofrece? —gritó—. El amo está allá abajo, en el redil. Dé la vuelta por el extremo del pajar si quiere hablar con él.

—¿No hay nadie dentro que me abra la puerta? —voceé yo en respuesta.

—No está sino la señora, y ella no le abrirá aunque arme semejante escándalo hasta que anochezca.

—¿Por qué? ¿Acaso no puede decirle quién soy, eh, Joseph?

—¡Ni hablar! Yo no tengo vela en este entierro —masculló la testa, desapareciendo de la abertura.

La nieve empezó a arreciar con espesura. Asía de nuevo el picaporte para ensayar otra tentativa cuando un joven sin chaqueta, cargando una horquilla al hombro, apareció en el patio posterior. Me indicó por señas que le siguiese y, tras cruzar un lavadero y una explanada pavimentada que contenía una carbonera, una bomba de agua y un palomar, arribamos por fin a la estancia inmensa, cálida y acogedora donde había sido recibido la víspera. Resplandecía deliciosamente al fulgor de un fuego gigantesco, alimentado con carbón, turba y leña; y junto a la mesa, dispuesta para una copiosa cena campestre, tuve la dicha de advertir a la «señora», un ser cuya existencia jamás había sospechado. Hice una reverencia y aguardé, creyendo que me invitaría a tomar asiento. Ella me miró, recostada en su butaca, y permaneció inmóvil y muda.

—¡Tiempo borrascoso! —comenté—. Me temo, señora de Heathcliff, que la puerta habrá de pagar los platos rotos de la calma con que atienden sus criados: me costó Dios y ayuda conseguir que me oyeran.

No despegó los labios. Yo la miré fijamente; ella sostuvo la mirada: en cualquier caso, clavó sus pupilas en mí de una manera fría y despectiva, sumamente embarazosa y desagradable.

—Siéntese —dijo el muchacho con aspereza—. No tardará en venir.

Obedecí; carraspeé y llamé a la bribona de Juno, quien en esta segunda entrevista se dignó mover la punta misma de la cola en señal de reconocerme.

—¡Un animal espléndido! —reanudé la plática—. ¿Piensa desprenderse de las crías, señora?

—No son míos —repuso la amable anfitriona, con más desabrimiento del que el propio Heathcliff habría empleado.

—¿Ah, sus favoritos se encuentran entre aquellos? —proseguí, señalando hacia un cojín oscuro lleno de lo que parecían gatos.

—¡Extraña elección de favoritos! —observó con desdén.

Por desgracia, era un montón de conejos muertos. Volví a carraspear y me aproximé más al fuego, reiterando mi apreciación sobre la bravura de la noche.

—No debió usted haber salido —dijo ella, levantándose y alcanzando de la repisa de la chimenea dos de los botes de hojalata pintada.

Antes se hallaba al resguardo de la luz; ahora pude contemplar con nitidez su silueta entera y su semblante. Era esbelta y a todas luces apenas rebasaba la adolescencia: una figura admirable y la carita más exquisita que jamás haya tenido el deleite de contemplar; facciones menudas, tez muy blanca, bucles rubios o más bien áureos cayendo sueltos sobre su cuello delicado; y unos ojos que, de haber traslucido una expresión apacible, habrían resultado irresistibles. Por fortuna para mi corazón impresionable, el único sentimiento que manifestaban vacilaba entre el desdén y una suerte de desesperación, singularly impropia de verse allí. Los botes quedaban casi fuera de su alcance; amagué con ayudarla, pero ella se revolvió como se revolvería un avaro si alguien intentase ayudarle a contar sus monedas de oro.

—No necesito su auxilio —espetó con sequedad—; puedo alcanzarlos sola.

—¡Le ruego me disculpe! —me apresuré a contestar.

—¿Acaso le han invitado a tomar el té? —inquirió, anudándose un delantal sobre su limpio vestido negro y sosteniendo una cucharada de hebras sobre la tetera.

—Agradeceré una taza —respondí.

—¿Le han invitado? —repitió con terquedad.

—No —dije, esbozando una media sonrisa—. Pero usted es la persona indicada para hacerlo.

Arrojó el té al recipiente, cuchara incluida, y volvió a sentarse en un arrebato de enojo; el entrecejo fruncido y el labio inferior prominente, cual criatura a punto de romper en llanto.

Entretanto, el mancebo se había echado a la espalda una prenda de abrigo manifiestamente andrajosa y, plantándose erguido ante la lumbre, me midió de reojo, exactamente igual que si mediara entre ambos una enemistad a muerte aún no vengada. Empecé a dudar si se trataba de un criado o no: tanto su atuendo como su lenguaje eran rústicos, desprovistos por completo de la distinción apreciable en el señor y la señora de Heathcliff; sus espesos rizos castaños eran toscos e indómitos, sus patillas invadían las mejillas cual pelaje de oso y sus manos estaban curtidas como las de un gañán ordinario; no obstante, su porte era desenvuelto, casi arrogante, y no mostraba nada del celo servil de un doméstico para con la dueña de la casa. A falta de pruebas fehacientes sobre su condición, juzgué prudente abstenerme de reparar en su extraña conducta; y cinco minutos después, la entrada de Heathcliff me alivió en cierta medida de mi incómoda tesitura.

—¡Ya ve usted, caballero, cómo he venido según lo prometido! —exclamé, fingiendo jovialidad—; y temo que la cellisca me retenga aquí durante media hora, si puede usted brindarme asilo por ese lapso.

—¿Media hora? —dijo él, sacudiéndose los copos blancos de la ropa—. Me asombra que elija lo más cerrado de una nevada para salir a vagabundear. ¿Sabe que corre el albur de perderse en las ciénagas? Quienes conocen estos páramos al dedillo yerran el camino en noches semejantes, y le aseguro que no hay visos de que el tiempo amaine por el momento.

—Acaso pueda proporcionarme un guía de entre sus mozos, que podría pernoctar en la Granja hasta mañana... ¿Podría prescindir de alguno?

—No, de ninguno.

—¡Vaya por Dios! En tal caso, habré de confiar en mi propia sagacidad.

—¡Hum!

—¿Va a preparar el té de una vez? —exigió el del capote andrajoso, mudando su fiera mirada de mí hacia la señorita.

—¿Va a tomar él alguna taza? —preguntó ella, volviéndose hacia Heathcliff.

—¡Prepárelo y cállese! —fue la respuesta, proferida con tal salvajismo que me hizo estremecer. El tono con que pronunció aquellas palabras revelaba una índole genuinamente perversa. Dejé de inclinarme a considerar a Heathcliff un hombre cabal. Cuando los preparativos tocaron a su fin, me conminó con un: «Vamos, señor, acerque su silla». Y todos, incluido el rústico mozo, nos congregamos en torno a la mesa, reinando un silencio sepulcral mientras despachábamos la colación.

Pensé que, si yo había concitado aquel nubarrón, era mi deber esforzarme por disiparlo. No podían permanecer todos los días tan hoscos y taciturnos; y resultaba inconcebible, por agrio que fuese su genio, que aquel ceño adusto universal constituyese su semblante cotidiano.

—Es curioso —comencé a decir en el intervalo entre apurar una taza de té y recibir otra—; es curioso cómo la costumbre moldea nuestras inclinaciones e ideas. Muchos no concebirían la dicha en un destierro tan absoluto del mundo como el que usted disfruta, señor Heathcliff; sin embargo, me atrevería a sostener que, rodeado de su familia y con tan adorable señora como numen tutelar de su morada y de su corazón...

—¡Mi adorable señora! —interrumpió él, con un sarcasmo rayano en lo diabólico en su faz—. ¿Dónde se halla... mi adorable señora?

—La señora de Heathcliff, su esposa, quise decir.

—Bien, sí... ¡Ah, pretende usted insinuar que su espíritu ha asumido el papel de ángel custodio y vela por el destino de Cumbres Borrascosas aun cuando su cuerpo ya no existe! ¿Es eso?

Al advertir mi torpeza, intenté enmendarla. Debí haber caído en la cuenta de que mediaba una disparidad de edad harto marcada entre ambos para que fuesen marido y mujer. El uno rondaba los cuarenta: una época de vigor maduro en la cual los hombres rara vez alimentan la ilusión de ser amados apasionadamente por doncellas; ensueño reservado para consuelo de nuestros años otoñales. La otra no parecía haber cumplido los diecisiete.

Entonces me iluminó una sospecha: «El patán que tengo al lado, que bebe el té en un cuenco y come el pan con las manos mugrientas, debe de ser su esposo: Heathcliff hijo, naturalmente. He aquí las consecuencias de vivir sepultada en vida: ¡se ha arrojado en brazos de ese zafio por puro desconocimiento de que existían hombres mejores! Una verdadera lástima; tendré sumo cuidado de no hacerle lamentar su elección». Esta última reflexión acaso parezca vanidosa, mas no lo era: mi vecino me antojaba poco menos que repulsivo, y sabía por experiencia que yo resultaba razonablemente agraciado.

—La señora de Heathcliff es mi nuera —declaró Heathcliff, corroborando mi conjetura. Lanzó al hablar una mirada singular en dirección a ella: una mirada cargada de odio, a menos que sus músculos faciales fuesen tan perversos que se negasen, al revés que en los demás mortales, a traducir los dictados de su alma.

—¡Ah, por supuesto, ahora lo comprendo! Es usted el afortunado dueño de tan bienhechora hada —observé, dirigiéndome a mi taciturno vecino.

Aquello fue peor aún: el joven se puso cárdeno y apretó los puños con toda la traza de meditar una agresión inmediata. Mas pareció serenarse en el acto y ahogó la furia en una maldición brutal dirigida a mi persona, la cual, no obstante, fingí no haber escuchado.

—Desafortunado en sus conjeturas, caballero —observó mi huésped—; ninguno de los dos goza del privilegio de poseer a su benévola ninfa: su consorte ha muerto. Le dije que era mi nuera, por consiguiente debió de estar casada con mi hijo.

—¿Y este joven caballero es...?

—No es hijo mío, ciertamente.

Heathcliff volvió a sonreír con sorna, como si achacarle la paternidad de semejante oso fuese una chanza un punto audaz en demasía.

—Me llamo Hareton Earnshaw —gruñó el interpelado—, ¡y le aconsejo que guarde el debido respeto a mi nombre!

—No he faltado al respeto en modo alguno —fue mi respuesta, riéndome para mis adentros ante la gravedad solemne con que se presentaba.

Me clavó la mirada más tiempo del que me plugo sostenerle el reto, por temor a sentirme tentado de propinarle un par de bofetadas o hacer ostensible mi hilaridad. Empecé a sentirme indiscutiblemente fuera de lugar en aquel ameno círculo doméstico. La lúgubre atmósfera moral superaba y neutralizaba con creces el reconfortante abrigo físico que me rodeaba, y resolví andarme con pies de plomo antes de aventurarme bajo aquel tejado por tercera vez.

Fin del Episodio 2 · de 61

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