Cumbres borrascosas·Episodio 07

Capítulo IV · II

~6 min · 1183 palabras

Hindley y Cathy se contentaron con mirar y escuchar hasta que se restableció la calma; luego, ambos se consagraron a registrar los bolsillos de su padre en pos de las dádivas prometidas. El primero era un zagal de catorce años, mas cuando sacó lo que debió de haber sido un violín triturado en pedazos menudos dentro del sayón, rompió en sonoro llanto; y Cathy, al enterarse de que el amo había extraviado su fusta por atender al advenedizo, manifestó su humor haciendo muecas y escupiendo a aquella ridícula criaturita, granjeándose por su osadía un soberano bofetón de su padre para enseñarle modales más limpios. Se negaron en redondo a admitirlo en su lecho, ni aun en su alcoba; y yo, no siendo más juiciosa que ellos, lo deposité en el descansillo de la escalera confiando en que a la mañana siguiente se hubiese marchado. Por ventura, o bien atraído al escuchar su voz, se arrastró hasta la puerta de la estancia del señor Earnshaw, y allí lo descubrió este al salir de su cámara. Averiguóse cómo había llegado hasta allí; me vi obligada a confesar y, en premio a mi cobardía y desapego, fui expulsada de la casa.

Esta fue la primera presentación de Heathcliff en la familia. Al regresar pocos días más tarde (pues no consideré perpetuo mi destierro), hallé que le habían bautizado con el nombre de «Heathcliff»: era el apelativo de un hijo que había muerto en la tierna infancia, y le ha servido desde entonces tanto de nombre de pila como de apellido. La señorita Cathy y él intimaron bien pronto; pero Hindley le aborrecía: y a decir verdad yo sentía lo mismo, martirizándole y haciéndole la vida imposible de una manera vergonzosa; pues yo carecía de la madurez precisa para calibrar mi injusticia y la señora jamás intercedió en su favor al verle atropellado.

Parecía un niño taciturno y paciente; curtido, acaso, en los malos tratos: aguantaba los golpes de Hindley sin pestañear ni verter una lágrima, y mis pellizcos solo le arrancaban una honda bocanada de aire y abrir los ojos de par en par, como si se hubiera lastimado por accidente sin que nadie tuviese la culpa. Semejante resignación enfurecía al viejo Earnshaw cuando descubría a su hijo persiguiendo a la «pobre criatura desamparada», como él le llamaba. Cobró un afecto singular por Heathcliff, creyendo a pies juntillas cuanto decía (a decir verdad, hablaba poquísimo y casi siempre con la verdad por delante), y mimándole muy por encima de Cathy, quien era harto revoltosa y díscola para ser la preferida.

De suerte que desde el principio mismo sembró la cizaña en el hogar; y a la muerte de la señora de Earnshaw, acaecida antes de cumplirse dos años, el joven amo había aprendido a considerar a su padre como un opresor antes que como un amigo, y a Heathcliff como a un usurpador del cariño paterno y de sus propios privilegios; agriándosele el ánimo al reconcomerse en aquellos agravios. Yo me compadecí de él por un tiempo; mas cuando los niños cayeron enfermos de sarampión y hube de cuidarlos, asumiendo de golpe las fatigas de una mujer cabal, mudé de sentir. Heathcliff estuvo gravemente indispuesto; y en los peores trances me exigía a su cabecera: presumo que sentía lo mucho que me desvelaba por él y carecía del discernimiento para colegir que lo hacía por mandato inexorable. No obstante, he de reconocer que fue la criatura más apacible que jamás aya velado una nodriza. La diferencia entre él y los otros me obligó a ser menos parcial. Cathy y su hermano me martirizaban sin tregua; él era sumiso cual cordero, aunque era la dureza de su temple, no la dulzura, lo que le hacía no causar el menor estorbo.

Salió adelante, y el médico aseveró que se debía en gran medida a mis desvelos, colmándome de elogios por mi celo. Me envanecí con sus alabanzas y me ablandé hacia el ser que me las había granjeado, perdiendo así Hindley a su última aliada. Con todo, no conseguía querer ciegamente a Heathcliff y a menudo me preguntaba qué hallaba mi amo tan digno de admiración en aquel muchacho hosco, quien jamás, que yo recuerde, pagó su indulgencia con la menor señal de gratitud. No era insolente con su bienhechor: era simplemente impasible; si bien conocía a la perfección el ascendiente que ostentaba sobre su corazón y era consciente de que le bastaba abrir los labios para que la casa entera se doblegara a sus deseos. Por vía de ejemplo, recuerdo que el señor Earnshaw compró una vez un par de potros en la feria parroquial y regaló uno a cada zagal. Heathcliff escogió el más gallardo, mas este quedó cojo al poco tiempo; y cuando lo descubrió, le dijo a Hindley:

—Tienes que cambiarme el caballo: no me gusta el mío; y si te niegas, le contaré a tu padre las tres palizas que me has propinado esta semana y le mostraré mi brazo, que está negro de cardenales hasta el hombro. —Hindley le sacó la lengua y le ararreó un par de sopapos en las orejas—. Más te valdrá hacerlo de buen grado —insistió Heathcliff, retrocediendo hacia el cobertizo (estaban en el establo)—; tendrás que pasar por ello, y si hablo de estos golpes los pagarás con creces. —«¡Lárgate, perro!», gritó Hindley, amenazándole con una pesa de hierro empleada para tasar patatas y forraje—. Tírala —repuso él, plantándose inmóvil—, y le diré cómo te ufanabas de que me echarías a la calle tan pronto como él muera, a ver si no te deshereda a ti de inmediato. —Hindley la arrojó, acertándole de lleno en el pecho; el mozo rodó por tierra, mas se incorporó al punto, lívido y sofocado; y de no habérselo impedido yo, se habría presentado ante el amo para que sus magulladuras abogaran por su causa, delatando al culpable—. «¡Toma mi potro entonces, gitano de Satanás! —dijo el joven Earnshaw—. Y ruego al cielo que te rompa la crisma: tómalo y condénate, ¡mendigo advenedizo!, y sonsácale a mi padre cuanto posee; pero luego muéstrale lo que eres, engendro del diablo... ¡Y toma esto, ojalá te reviente los sesos de una coz!»

Heathcliff se había adelantado para desatar la bestia y trasladarla a su propio pesebre; cruzaba por detrás de sus ancas cuando Hindley remató su arenga derribándolo bajo los cascos del animal y, sin detenerse a comprobar si sus deseos se cumplían, huyó a escape a toda prisa. Me asombró presenciar la serenidad con que el muchacho se levantó del suelo y prosiguió con su propósito: mudó las sillas y aparejos y se sentó luego sobre un haz de heno a domeñar el vahído que el recio impacto le había producido antes de entrar en la casa. Le persuadí fácilmente de que me permitiese achacar las contusiones a un tropiezo con el caballo: poco le importaba qué cuento se refiriese con tal de haberse salido con la suya. Tan rara vez se quejaba, en verdad, de pendencias semejantes que llegué a considerarlo desprovisto de rencor: me engañé por entero, como pronto comprobará usted.

Fin del Episodio 7 · de 61

Capítulo IV · II

Siguiente Episodio 8~8 minCapítulo V“Con el andar del tiempo, la salud del señor Earnshaw comenzó a declinar.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.