Cumbres borrascosas·Episodio 54

Capítulo XXX

~12 min · 2494 palabras

He hecho una visita a las Cumbres, pero no la he visto desde que se marchó: Joseph sujetaba la puerta cuando acudí a preguntar por ella y no quiso dejarme pasar. Dijo que la señora Linton estaba «atareada» y que el amo no estaba en casa. Zillah me ha contado algo sobre cómo les van las cosas; de otro modo apenas sabría quién vive y quién ha muerto. Considera a Catherine soberbia y no le tiene simpatía, según colijo de sus palabras. Mi señorita le pidió alguna ayuda cuando llegó por primera vez; pero el señor Heathcliff le dijo a Zillah que se ocupase de sus propios asuntos y dejase que su nuera se valiera por sí misma; y Zillah accedió gustosa, siendo como es una mujer egoísta y de miras estrechas. Catherine mostró el enojo de una niña ante aquel abandono; lo pagó con desprecio, y así alistó a mi informante entre sus enemigos tan firmemente como si le hubiese infligido un grave agravio. Tuve una larga conversación con Zillah hace unas seis semanas, poco antes de que usted llegase, un día en que nos encontramos en el páramo; y esto es lo que me relató.

—Lo primero que hizo la señora Linton —dijo— al llegar a las Cumbres fue subir corriendo las escaleras sin darnos siquiera las buenas tardes a Joseph y a mí; se encerró en el cuarto de Linton y permaneció allí hasta la mañana. Luego, mientras el amo y Earnshaw desayunaban, entró en la estancia y preguntó toda temblorosa si se podía mandar a llamar al médico: su primo estaba gravísimo.

—«¡Ya lo sabemos! —respondió Heathcliff—; pero su vida no vale un ardite y no gastaré un ardite en él».

—«Pero no sé qué hacer —dijo ella—; ¡y si nadie me ayuda, se morirá!».

—«¡Sal de esta habitación —gritó el amo— y que no vuelva a oír una sola palabra sobre él! A nadie aquí le importa lo que sea de él; si a ti te importa, haz de enfermera; si no, enciérralo bajo llave y déjalo».

—Luego empezó a importunarme a mí, y le dije que bastante lata había tenido ya con aquel cargante; cada uno tenía su tarea, y la suya era cuidar de Linton: el señor Heathcliff me había ordenado que le dejase a ella ese trabajo.

—Cómo se las arreglaron juntos no sabría decirlo. Me figuro que él se irritaba muchísimo y se lamentaba día y noche; y ella tuvo bien escaso reposo: cualquiera lo adivinaría por su cara blanca y sus ojos apagados. A veces entraba en la cocina medio desatinada y miraba como si de buena gana suplicase auxilio; pero yo no iba a desobedecer al amo: jamás me atrevo a desobedecerlo, señora Dean; y aunque me parecía mal que no se mandase llamar a Kenneth, no me correspondía a mí aconsejar ni quejarme, y siempre me negué a meterme donde no me llamaban. Una o dos veces, tras habernos acostado, se me ocurrió abrir de nuevo la puerta y la vi sentada llorando en lo alto de la escalera; y entonces me encerré a toda prisa por miedo a conmoverme e intervenir. Me dio lástima entonces, bien seguro; pero no quería perder mi empleo, ya me entiende.

—Al fin, una noche entró resueltamente en mi cuarto y me dio un susto de muerte diciéndome: «Dígale al señor Heathcliff que su hijo se está muriendo... estoy segura de que se muere esta vez. Levántese al instante y dígaselo».

—Habiendo pronunciado estas palabras, se desvaneció de nuevo. Permanecí un cuarto de hora escuchando y temblando. Nada se movía: la casa estaba en silencio.

—«Se equivoca —me dije—. Ha superado la crisis. No hace falta que los moleste»; y empecé a dar cabezadas. Pero mi sueño se quebró por segunda vez ante un agudo repique de la campanilla —la única campanilla que tenemos, puesta a propósito para Linton—; y el amo me llamó a voces para que fuese a ver qué ocurría y les advirtiese que no consentiría que se repitiese semejante estrépito.

—Transmití el mensaje de Catherine. Él soltó una maldición para sus adentros y a los pocos minutos salió con una vela encendida y se encaminó a la alcoba de ellos. Yo lo seguí. La señora Heathcliff estaba sentada junto al lecho con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Su suegro se acercó, arrimó la luz al rostro de Linton, lo contempló y lo tocó; después se volvió hacia ella.

—«Y bien, Catherine —dijo—, ¿cómo te sientes?».

—Ella permaneció muda.

—«¿Cómo te sientes, Catherine?», repitió él.

—«Él está a salvo y yo soy libre —respondió ella—: debería sentirme bien; pero —prosiguió con una amargura que no pudo ocultar—, ¡me ha dejado usted luchar sola contra la muerte durante tanto tiempo que sólo siento y veo muerte! ¡Me siento como la muerte!».

—¡Y el mismo aspecto tenía! Le di un poco de vino. Hareton y Joseph, que se habían despertado por el campanilleo y el ruido de pisadas y habían oído nuestra conversación desde fuera, entraron en aquel instante. Joseph se alegró, creo yo, del finiquito del muchacho; Hareton parecía algo preocupado, aunque estaba más absorto mirando fijamente a Catherine que pensando en Linton. Pero el amo le ordenó que se volviese a la cama: no necesitábamos su ayuda. Después hizo que Joseph trasladase el cadáver a su aposento y me mandó volver al mío, y la señora Heathcliff se quedó sola.

—Por la mañana me mandó a decirle que debía bajar a desayunar: se había desnudado y parecía dispuesta a dormir, y dijo que estaba enferma, de lo cual apenas me extrañé. Se lo comuniqué al señor Heathcliff y él respondió: «Bien, déjala en paz hasta después del entierro; y sube de cuando en cuando a llevarle lo que necesite; y en cuanto parezca encontrarse mejor, avísame».

Cathy permaneció en el piso de arriba una quincena, según Zillah, quien la visitaba dos veces al día y se habría mostrado algo más amigable, mas sus tentativas de creciente afecto fueron altiva y prontamente rechazadas.

Heathcliff subió una sola vez para mostrarle el testamento de Linton. Éste había legado la totalidad de sus bienes muebles, y los que habían sido de ella, a su padre: la pobre criatura fue amenazada o engatusada para cometer semejante acto durante la semana de ausencia de Catherine, cuando murió su tío. Con las tierras, al ser menor de edad, no pudo meterse. No obstante, el señor Heathcliff las ha reclamado y retenido por derecho de su esposa y por el suyo propio: supongo que legalmente; de todos modos Catherine, desprovista de dinero y de amigos, no puede perturbar su posesión.

—Nadie —dijo Zillah— se acercó jamás a su puerta, salvo en aquella única ocasión, excepto yo; y nadie preguntó nada por ella. La primera vez que bajó a la sala común fue un domingo por la tarde. Había gritado, cuando le subí la comida, que no podía aguantar por más tiempo estar pasando frío; y le dije que el amo se marchaba a la Granja de los Tordos y que Earnshaw y yo no teníamos por qué impedirle bajar; de modo que tan pronto como oyó trotar al caballo de Heathcliff hizo su aparición, enlutada de negro y con sus rizos rubios peinados hacia atrás detrás de las orejas con la sencillez de una cuáquera: no podía desenredárselos.

—Joseph y yo solemos ir a la capilla los domingos (la iglesia, ya sabe usted, no tiene párroco ahora, explicó la señora Dean; y llaman capilla al lugar de reunión de los metodistas o bautistas, no sabría decir cuál de los dos, en Gimmerton). Joseph se había marchado —continuó ella—, pero yo juzgué oportuno quedarme en casa. A la gente joven siempre le sienta mejor la vigilancia de una persona mayor; y Hareton, con toda su timidez, no es ningún modelo de buenos modales. Le hice saber que era muy probable que su prima se sentase con nosotros y que siempre había estado acostumbrada a ver respetado el día del Señor; de modo que más le valía dejar las escopetas y las chapuzas caseras a un lado mientras ella estuviese presente. Se encendió ante la noticia y echó una mirada a sus manos y a su ropa. El aceite de foca y la pólvora quedaron ocultos de la vista en un santiamén. Vi que tenía intención de hacerle compañía; y adiviné por sus modales que deseaba estar presentable; de modo que riéndome, como no me atrevería a reír cuando el amo anda cerca, me ofrecí a ayudarlo si quería y bromeé con su turbación. Se puso hosco y empezó a soltar tacos.

—Ahora bien, señora Dean —prosiguió Zillah al verme poco satisfecha con su actitud—, acaso crea usted que su señorita es demasiado refinada para el señor Hareton, y tal vez tenga razón; pero confieso que me encantaría rebajarle los humos un punto o dos. ¿Y de qué le servirán ahora todo su saber y sus dengues? Es tan pobre como usted o como yo: más pobre, apostaría; usted tiene sus ahorros y yo hago lo que puedo por esa misma senda.

Hareton consintió en que Zillah le prestara ayuda, y ella lo engatusó con halagos hasta ponerlo de buen humor; de modo que cuando Catherine llegó, olvidando a medias las anteriores ofensas de ella, intentó mostrarse agradable, según la relación del ama de llaves.

—La señora entró —dijo— tan gélida como un témpano y tan altiva como una princesa. Me levanté y le ofrecí mi asiento en el sillón. Nada de eso: frunció la nariz ante mi cortesía. Earnshaw se levantó también y la convidó a acercarse al escaño y sentarse bien cerca del fuego: estaba seguro de que se hallaba aterida.

—«He estado aterida un mes y más —respondió ella, recalcando la palabra con todo el desdén de que fue capaz».

—Y se buscó una silla para ella sola y la colocó a distancia de ambos. Habiendo permanecido sentada hasta entrar en calor, empezó a mirar a su alrededor y descubrió varios libros sobre el aparador; al punto se puso en pie de nuevo, estirándose para alcanzarlos; pero estaban demasiado altos. Su primo, tras contemplar sus esfuerzos un rato, cobró al fin valor para ayudarla: ella extendió su vestido y él se lo llenó con los primeros que le vinieron a mano.

—Aquello fue un gran adelanto para el mozo. Ella no le dio las gracias; no obstante, él se sintió complacido de que hubiese aceptado su auxilio y se aventuró a quedarse detrás mientras ella los examinaba, e incluso a inclinarse y señalar lo que le llamaba la atención en ciertos viejos grabados que contenían; ni tampoco se arredró por el modo descarado con que ella apartaba la página de su dedo: se contentó con retroceder un paso y mirarla a ella en vez de al libro. Ella continuó leyendo o buscando algo que leer. La atención de él pasó por grados a concentrarse por entero en el examen de los espesos y sedosos rizos de la joven: su rostro no podía verlo, y ella no podía verlo a él. Y tal vez no bien consciente de lo que hacía, sino atraído como un niño por una vela, al cabo pasó de mirar fijamente a tocar: alargó la mano y acarició un rizo, con tanta suavidad como si fuese un pajarillo. Podría haberle clavado un cuchillo en el cuello, tal fue el arrebato con que ella se volvió en redondo.

—«¡Apártate en este mismo instante! ¿Cómo te atreves a tocarme? ¿Qué haces ahí parado? —gritó con tono de asco—. ¡No puedo soportarte! Me volveré arriba si te acercas a mí».

—El señor Hareton retrocedió con la cara más boba que se pueda imaginar: se sentó en el escaño bien callado y ella continuó hojeando sus volúmenes otra media hora; al fin Earnshaw cruzó la estancia y me susurró al oído:

—«¿Quieres pedirle que nos lea, Zillah? Me aburre no hacer nada; y me gustaría... me gustaría oírla. No digas que he sido yo quien lo ha pedido, sino pídeselo por ti misma».

—«El señor Hareton desearía que nos leyese usted algo, señora —dije yo de inmediato—. Le parecería un gran favor... le quedaría muy agradecido».

—Frunció el ceño y, alzando la mirada, respondió:

—«El señor Hareton y la patulea entera de ustedes tendrán la bondad de entender que rechazo cualquier simulacro de amabilidad que tengan la hipocresía de ofrecerme. ¡Los desprecio y no tengo nada que decir a ninguno de ustedes! Cuando habría dado la vida por una sola palabra afectuosa, o incluso por ver el rostro de alguno de ustedes, todos se mantuvieron a distancia. ¡Pero no voy a quejarme ante ustedes! Me ha hecho bajar aquí el frío; no para entretenerlos ni para disfrutar de su compañía».

—«¿Qué podía haber hecho yo? —comenzó Earnshaw—. ¿Qué culpa tenía yo?».

—«¡Oh, tú eres una excepción! —respondió la señora Heathcliff—. Jamás eché de menos a un bicho como tú».

—«Pero me ofrecí más de una vez y pedí —dijo él encendiéndose ante el descaro de ella—, le pedí al señor Heathcliff que me dejase velar por ti...».

—«¡Cállate! ¡Saldré afuera o a donde sea antes que soportar tu desagradable voz en mi oído!», dijo mi señora.

—Hareton masculló que ¡por él bien podía irse al infierno!, y descolgando su escopeta no se contuvo ya más de sus ocupaciones dominicales. Habló ahora con bastante soltura; y ella en seguida consideró oportuno retirarse a su soledad: pero la helada arreciaba y, a pesar de su orgullo, se vio forzada a condescender con nuestra compañía más y más. Con todo, cuidé de que no volviese a burlarse de mi buena pasta: desde entonces he sido tan tiesa como ella misma; y no tiene a nadie que la quiera o la aprecie entre nosotros: y no se lo merece; pues con que le digan la menor palabra se eriza sin respeto a nadie. Le ladra al propio amo y casi lo desafía a que le dé una paliza; y cuanto más se la lastima, más venenosa se vuelve.

Al principio, al oír esta relación de boca de Zillah, resolví abandonar mi colocación, tomar una casita de campo y conseguir que Catherine viniese a vivir conmigo; pero el señor Heathcliff permitiría eso tan pronto como instalaría a Hareton en una casa independiente; y no veo remedio en el presente a menos que ella pudiese casarse de nuevo; y semejante proyecto no entra dentro de mis atribuciones concertarlo.

◇

Así concluyó la historia de la señora Dean. A pesar de los pronósticos del médico voy recobrando fuerzas con rapidez; y aunque estamos tan sólo en la segunda semana de enero, me propongo salir a caballo dentro de un día o dos y cabalgar hasta Cumbres Borrascosas para informar a mi arrendador de que pasaré los próximos seis meses en Londres; y si gusta, puede buscar a otro inquilino que ocupe la finca después de octubre. Por nada del mundo pasaría aquí otro invierno.

Fin del Episodio 54 · de 61

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