Cumbres borrascosas·Episodio 55

Capítulo XXXI

~11 min · 2137 palabras

Ayer fue un día luminoso, sereno y helado. Fui a las Cumbres según me había propuesto: mi ama de llaves me suplicó que le llevase unas líneas de su parte a su joven señorita, y no me negué, pues la digna mujer no era consciente de nada inconveniente en su petición. La puerta principal estaba abierta, pero la recelosa cancela permanecía atrancada como en mi última visita; llamé e invoqué a Earnshaw de entre los bancales del huerto: descorrió la cadena y entré. El mozo es un rústico tan bien parecido como pueda verse. Me fijé con particular atención en él esta vez; pero a todas luces se esfuerza al máximo en sacar el menor partido de sus prendas.

Pregunté si el señor Heathcliff estaba en casa. Respondió que no, pero que estaría de vuelta para la hora del almuerzo. Eran las once y anuncié mi propósito de entrar y aguardarlo; ante lo cual tiró inmediatamente los aperos al suelo y me acompañó, en calidad de perro guardián, no como sustituto del anfitrión.

Entramos juntos: Catherine estaba allí, ocupándose en preparar algunas verduras para la comida próxima; tenía un aspecto más mohíno y menos animado que cuando la vi por primera vez. Apenas levantó los ojos para reparar en mí y prosiguió con su labor mostrando el mismo desprecio hacia las formas comunes de cortesía que en anteriores ocasiones; sin responder a mi reverencia ni a mis buenos días con el menor acuse de recibo.

«No parece tan amable —pensé— como la señora Dean querría hacerme creer. Es una belleza, es verdad; pero no un ángel».

Earnshaw le ordenó con aspereza que se llevase sus bártulos a la cocina. «Llévatelos tú mismo», dijo ella empujándolos lejos de sí en cuanto hubo terminado; y retirándose a un taburete junto a la ventana, empezó a tallar figuras de aves y fieras con las mondas de los nabos en su regazo. Me acerqué a ella fingiendo desear contemplar el jardín y, según me figuraba, dejé caer con destreza la carta de la señora Dean sobre su regazo sin que Hareton lo advirtiese; pero ella preguntó en voz alta: «¿Qué es eso?», y la arrojó de sí.

—Una carta de su antigua conocida, el ama de llaves de la Granja —respondí yo, contrariado de que delatase mi bondadosa acción y temeroso de que pudiera imaginarse que era una misiva propia. Con gusto la habría recogido ante aquella noticia, pero Hareton se le adelantó: la agarró y se la guardó en el chaleco, diciendo que el señor Heathcliff debía verla primero. Ante aquello, Catherine volvió silenciosa el rostro hacia la pared y, con mucho sigilo, sacó el pañuelo y se lo llevó a los ojos; y su primo, tras luchar un instante por reprimir sus sentimientos más blandos, extrajo la carta y la tiró al suelo junto a ella, con el ademán más desabrido de que fue capaz. Catherine la recogió y la leyó con avidez; luego me hizo unas cuantas preguntas tocantes a los moradores, racionales e irracionales, de su antiguo hogar; y contemplando las colinas, murmuró para sus adentros:

—¡Cuánto me gustaría estar cabalgando a lomos de Minny allá abajo! ¡Cuánto me gustaría estar trepando allá arriba! ¡Oh, estoy cansada... estoy harta, Hareton! —Y apoyó su hermosa cabeza hacia atrás contra el alféizar, entre un bostezo y un suspiro, y decayó en una expresión de tristeza abstraída, sin importarle ni saber si la observábamos.

—Señora Heathcliff —dije yo tras permanecer algún tiempo en silencio—, ¿no es consciente de que soy un conocido suyo? Tan íntimo que me parece extraño que no se acerque a hablar conmigo. Mi ama de llaves jamás se cansa de hablar de usted y alabarla; ¡y se llevará un gran disgusto si regreso sin noticias de usted o de su parte, salvo que recibió su carta y no dijo nada!

Pareció extrañarse de estas palabras y preguntó:

—¿Le tiene aprecio Ellen a usted?

—Sí, mucho —respondí yo con cierta vacilación.

—Debe decirle —continuó ella— que contestaría a su carta, pero no dispongo de materiales para escribir: ni siquiera un libro del que pudiera arrancar una hoja.

—¡Sin libros! —exclamé—. ¿Cómo se las arregla para vivir aquí sin ellos?, si me permite tomarme la libertad de preguntar. Aunque provisto de una gran biblioteca, a menudo me aburro muchísimo en la Granja; ¡quítenme mis libros y caería en la desesperación!

—Siempre estaba leyendo cuando los tenía —dijo Catherine—; y el señor Heathcliff jamás lee; de modo que se le metió en la cabeza destruir mis libros. Hace semanas que no diviso uno solo. Tan sólo una vez busqué entre las provisiones teológicas de Joseph, con gran irritación por su parte; y una vez, Hareton, di con una provisión secreta en tu cuarto: algo de latín y griego y algunos cuentos y poesías, todos viejos amigos. Me traje estos últimos aquí... ¡y tú los recogiste como una urraca recoge cucharas de plata, por el mero vicio de robar! De nada te sirven a ti; o bien los ocultaste con el mezquino ánimo de que, ya que tú no puedes disfrutarlos, nadie más lo haga. ¿Acaso tu envidia aconsejó al señor Heathcliff que me despojase de mis tesoros? Pero la mayor parte de ellos los llevo grabados en la mollera e impresos en el corazón, ¡y de ésos no puedes privarme!

Earnshaw se puso rojo como un pimiento cuando su prima hizo esta revelación de sus secretas acumulaciones literarias, y balbuceó una indignada desmentida a sus acusaciones.

—El señor Hareton está deseoso de acrecentar su caudal de conocimientos —dije yo acudiendo en su auxilio—. No siente envidia, sino emulación de los logros de usted. Será un docto erudito dentro de unos años.

—Y quiere que yo me hunda en la condición de zopenca entretanto —respondió Catherine—. Sí, lo oigo intentar deletrear y leer para sí mismo, ¡y menudos disparates dice! Ojalá repitieses Chevy Chase tal como lo hiciste ayer: fue de lo más cómico. Te oí; ¡y te oí hojear el diccionario para buscar las palabras difíciles, y luego soltar maldiciones porque no podías descifrar las explicaciones!

El joven consideró a todas luces demasiado injusto que se burlasen de él por su ignorancia y luego se burlasen por intentar remediarla. Yo abrigaba un parecer semejante; y recordando la anécdota de la señora Dean sobre su primera tentativa por disipar las tinieblas en que había sido educado, observé: «Pero, señora Heathcliff, todos hemos tenido un principio y todos tropezamos y vacilamos en el umbral; si nuestros maestros nos hubiesen despreciado en vez de ayudarnos, todavía tropezaríamos y vacilaríamos hoy».

—¡Oh! —respondió ella—. No deseo poner coto a sus conocimientos; con todo, no tiene derecho a adueñarse de lo que es mío ¡y ponérmelo en ridículo con sus viles equivocaciones y malas pronunciaciones! Esos libros, tanto en prosa como en verso, están consagrados para mí por otros recuerdos; ¡y detesto verlos degradados y profanados en su boca! Además, entre todos ellos ha escogido mis piezas predilectas, las que más me gustaba recitar, como si lo hiciera por deliberada maldad.

El pecho de Hareton se agitó en silencio durante un minuto: se debatía bajo una viva sensación de mortificación e ira que no resultaba tarea fácil reprimir. Me levanté y, con la idea caballerosa de aliviar su azoramiento, me aposté en el vano de la puerta contemplando el panorama exterior desde allí. Él siguió mi ejemplo y abandonó la estancia; mas reapareció al poco rato llevando media docena de volúmenes en las manos, que arrojó al regazo de Catherine exclamando: «¡Tómalos! ¡Jamás quiero volver a oír de ellos, ni a leerlos, ni a pensar en ellos nunca más!».

—No los quiero ahora —respondió ella—. Los asociaré contigo y los odiaré.

Abrió uno que a todas luces había sido hojeado a menudo y leyó un fragmento con el tono arrastrado de un principiante; luego se rio y lo arrojó lejos de sí. «Y escucha», continuó provocadora, comenzando un verso de una vieja balada del mismo modo.

Pero el amor propio del mozo no pudo soportar más tormento: oí, y no del todo desaprobadoramente, un correctivo manual propinado a su deslenguada lengua. Aquella personilla insolente había hecho cuanto estaba en su mano por herir los sensibles aunque incultos sentimientos de su primo, y un argumento físico era el único medio de que disponía para ajustar las cuentas y devolver sus efectos a la causante. Después recogió los libros y los arrojó al fuego. Leí en su semblante qué angustia le costaba ofrecer semejante sacrificio al despecho. Me figuré que mientras ardían recordaba el placer que ya le habían procurado, y el triunfo y gozo siempre creciente que de ellos había anticipado; y me figuré adivinar asimismo el acicate de sus secretos estudios. Se había conformado con el trabajo diario y con toscos placeres animales hasta que Catherine se cruzó en su camino. La vergüenza de su desprecio y la esperanza de su aprobación fueron sus primeros acicates hacia miras más altas; y en vez de protegerlo de lo uno y ganarlo para lo otro, sus esfuerzos por elevarse habían producido exactamente el resultado contrario.

—¡Sí, ése es todo el provecho que una bestia como tú puede sacar de ellos! —gritó Catherine chupándose el labio lastimado y contemplando la conflagración con ojos indignados.

—Más te valdría cerrar el pico ahora —respondió él con fiereza.

Y su agitación le impidió seguir hablando: avanzó apresurado hacia la entrada, donde le franqueé el paso. Pero antes de haber cruzado los umbrales de la puerta, el señor Heathcliff, subiendo por la calzada, se topó con él y, posándole la mano sobre el hombro, preguntó: «¿Qué pasa ahora, muchacho?».

—Nada, nada —dijo, y se soltó para apurar su dolor y su cólera en soledad.

Heathcliff lo siguió con la mirada y suspiró.

—Será curioso que yo mismo me desbarate los planes —masculló, inconsciente de que yo estaba detrás de él—. Pero cuando busco a su padre en su rostro, ¡la encuentro a ella cada día más! ¿Cómo demonios puede parecerse tanto? Apenas puedo soportar verlo.

Bajó los ojos al suelo y entró taciturno. Había una expresión inquieta y ansiosa en su semblante que jamás había observado en él antes; y parecía más enjuto de carnes. Su nuera, al divisarlo por la ventana, escapó de inmediato a la cocina, de modo que me quedé solo.

—Me alegro de verle fuera de casa de nuevo, señor Lockwood —dijo en respuesta a mi saludo—; por motivos egoístas en parte: no creo que pudiera reponer fácilmente su falta en este desierto. Me he preguntado más de una vez qué le trajo por aquí.

—Un vano capricho, me temo, señor —fue mi respuesta—; o bien un vano capricho está a punto de llevarme en volandas. Partiré para Londres la semana próxima; y debo advertirle de que no siento inclinación a conservar la Granja de los Tordos más allá de los doce meses que convine en arrendar. Creo que no volveré a vivir allí.

—¡Ah, de veras! ¿Se ha cansado de estar desterrado del mundo? —dijo él—. Pero si viene a suplicar que le perdone el pago de un sitio que no piensa ocupar, su viaje es inútil: jamás cedo en exigir lo que se me debe a nadie.

—No vengo a suplicar nada al respecto —exclamé bastante irritado—. Si lo desea, ajustaré cuentas con usted ahora mismo —y saqué mi cartera del bolsillo.

—No, no —respondió con frialdad—; dejará atrás lo bastante para cubrir sus deudas si no regresa: no tengo tanta prisa. Siéntese y almuerce con nosotros: a un huésped que está a salvo de repetir su visita por lo general se le puede dar una buena acogida. ¡Catherine!, trae las cosas: ¿dónde estás?

Catherine reapareció llevando una bandeja de cuchillos y tenedores.

—Puedes almorzar con Joseph —masculló Heathcliff aparte— y permanecer en la cocina hasta que se haya marchado.

Ella obedeció sus instrucciones con suma puntualidad: tal vez no tuviese tentación alguna de transgredirlas. Viviendo entre patanes y misántropos, probablemente no sea capaz de apreciar a gente de mejor laya cuando se cruza con ella.

Con el señor Heathcliff, adusto y saturnino por un lado, y Hareton por completo mudo por el otro, celebré una comida harto desapacible y me despedí temprano. Me habría marchado por la puerta trasera para echar una última mirada a Catherine y molestar al viejo Joseph; pero Hareton recibió orden de traer mi caballo y mi anfitrión en persona me acompañó hasta la cancela, de modo que no pude cumplir mi deseo.

«¡Qué lúgubre se vuelve la vida en esa casa! —reflexioné mientras cabalgaba camino abajo—. ¡Qué realización de algo más romántico que un cuento de hadas habría sido para la señora de Linton Heathcliff si ella y yo hubiésemos trabado afecto, tal como deseaba su buena nodriza, y hubiésemos emigrado juntos hacia la animada atmósfera de la ciudad!».

Fin del Episodio 55 · de 61

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