Capítulo XXIX
~11 min · 2276 palabras
La tarde siguiente al sepelio, mi joven señorita y yo permanecíamos sentadas en la biblioteca, ya meditando lúgubremente —una de nosotras con desesperación— en nuestra pérdida, ya aventurando conjeturas respecto al sombrío porvenir.
Acabábamos de convenir en que el mejor destino que podía aguardar a Catherine sería una autorización para continuar residiendo en la Granja, al menos durante la vida de Linton, permitiéndose a éste reunirse con ella allí y a mí permanecer como ama de llaves. Parecía un arreglo harto ventajoso para poder abrigar esperanzas; y sin embargo yo las abrigaba y empezaba a animarme ante la perspectiva de conservar mi hogar, mi empleo y, sobre todo, a mi querida señorita, cuando un criado —uno de los despedidos que aún no se había marchado— entró apresurado y dijo que «aquel demonio de Heathcliff» venía cruzando el patio: ¿debía cerrarle la puerta en las narices?
De haber estado lo bastante locas para ordenar semejante proceder, no habríamos tenido tiempo. No se anduvo con ceremonias de llamar ni anunciar su nombre: era el dueño y se valió del privilegio del dueño para entrar directamente sin decir una sola palabra. El rumor de la voz de nuestro informante lo guió hacia la biblioteca; entró y, haciendo una seña a aquél para que saliese, cerró la puerta.
Era la misma estancia a la que había sido introducido como huésped dieciocho años atrás: la misma luna brillaba por la ventana y el mismo paisaje otoñal se extendía afuera. Todavía no habíamos encendido ninguna vela, pero toda la habitación resultaba visible, incluso los retratos de la pared: la espléndida cabeza de la señora Linton y la agraciada efigie de su esposo. Heathcliff avanzó hacia el hogar. El tiempo tampoco había alterado apenas su persona: allí estaba el mismo hombre, su rostro cetrino algo más pálido y sereno, su complexión una o dos arrobas más pesada tal vez, y ninguna otra diferencia. Catherine se había levantado con el impulso de huir al verlo.
—¡Detente! —dijo sujetándola por el brazo—. ¡Basta de escapatorias! ¿Adónde irías? Vengo a llevarte a casa; y espero que seas una hija obediente y no alientes a mi hijo a nuevas desobediencias. Me vi en apuros sobre cómo castigarlo al descubrir su parte en este negocio: es una telaraña tan débil que un pellizco lo aniquilaría; ¡pero ya verás por su aspecto que ha recibido su merecido! Lo bajé una tarde, antes de ayer, y me limité a sentarlo en una silla, sin tocarlo después. Mandé salir a Hareton y nos quedamos solos en la habitación. Al cabo de dos horas llamé a Joseph para que se lo llevase arriba otra vez; y desde entonces mi presencia produce en sus nervios el mismo efecto que un espectro; y me figuro que me ve a menudo aun cuando no estoy cerca. Hareton dice que se despierta y chilla por las noches horas enteras llamándote para que lo protejas de mí; y te guste o no tu precioso cónyuge, tienes que venir: ahora es asunto tuyo; te cedo todo mi interés en él.
—¿Por qué no dejar que Catherine continúe aquí —supliqué yo— y enviarle al señorito Linton? Ya que los odia a ambos, no los echará de menos: tan sólo pueden ser una plaga diaria para su corazón desnaturalizado.
—Estoy buscando inquilino para la Granja —respondió él—; y quiero a mis hijos a mi alrededor, desde luego. Además, esa mozuela me debe sus servicios a cambio del pan que come. No voy a mantenerla en el lujo y la ociosidad una vez que Linton se haya ido. Date prisa y prepárate ya; y no me obligues a emplear la fuerza.
—Iré —dijo Catherine—. Linton es todo cuanto tengo que amar en este mundo, y aunque usted ha hecho lo que ha podido para hacerlo odioso a mis ojos y a mí a los de él, no puede lograr que nos odiemos el uno al otro. ¡Y lo desafío a que le haga daño cuando yo esté delante, y lo desafío a que me infunda miedo a mí!
—Eres una defensora bien jactanciosa —replicó Heathcliff—; pero no te quiero lo bastante para lastimarlo a él: recibirás todo el provecho del tormento mientras dure. No seré yo quien lo haga odioso para ti: será su propio y dulce espíritu. Está amargado como la hiel por tu deserción y sus consecuencias: no esperes agradecimiento por esta noble devoción. Le oí pintar a Zillah un cuadro encantador de lo que haría si fuese tan fuerte como yo: la inclinación está ahí, y su propia flaqueza aguzará su ingenio para hallar un sustituto a la fuerza.
—Sé que tiene mal natural —dijo Catherine—: es hijo de usted. Pero me alegro de tener yo uno mejor para perdonarlo; y sé que me ama, y por esa razón lo amo yo a él. Señor Heathcliff, usted no tiene a nadie que lo ame; y por desdichados que nos haga, nos quedará siempre la venganza de pensar que su crueldad brota de su propia y mayor desdicha. Es usted un desdichado, ¿no es verdad? ¿Solitario como el diablo y envidioso como él? ¡Nadie le ama... nadie llorará por usted cuando muera! ¡No querría ser usted por nada del mundo!
Catherine habló con una suerte de sombrío triunfo: parecía haber resuelto amoldarse al espíritu de su futura familia y extraer deleite de los pesares de sus enemigos.
—Te pesará ser tú misma dentro de un instante —dijo su suegro— si te quedas ahí un minuto más. ¡Largo de aquí, bruja, y recoge tus cosas!
Ella se retiró con desdén. En su ausencia empecé a suplicar el puesto de Zillah en las Cumbres, ofreciendo cederle a ella el mío; pero no quiso tolerarlo bajo ningún concepto. Me ordenó callar; y entonces, por primera vez, se permitió una mirada alrededor del aposento y a los retratos. Tras examinar el de la señora Linton, dijo: «Me llevaré ése a casa. No porque me haga falta, sino...». Se volvió bruscamente hacia el fuego y prosiguió con lo que, a falta de palabra mejor, debo llamar una sonrisa: «¡Te diré lo que hice ayer! Logré que el sacristán, que cavaba la tumba de Linton, retirara la tierra de la tapa del ataúd de ella, y lo abrí. Pensé por un momento que me quedaría allí: al volver a ver su rostro —¡es el suyo todavía!—, le costó buen trabajo apartarme; pero dijo que se alteraría si le daba el aire, de modo que aflojé uno de los costados del féretro y volví a cubrirlo: no del lado de Linton, ¡maldito sea!, ojalá lo hubiesen soldado en plomo. Y soborné al sacristán para que retire esa tabla cuando me entierren allí y saque la mía también; haré que lo dispongan así: ¡y para cuando Linton se nos una, no sabrá cuál es cuál!».
—¡Fue usted muy impío, señor Heathcliff! —exclamé—. ¿No se avergonzó de perturbar a los muertos?
—A nadie perturbé, Nelly —respondió él—; y me di algún sosiego a mí mismo. Ahora estaré muchísimo más tranquilo; y tendréis más probabilidades de mantenerme bajo tierra cuando llegue allí. ¿Perturbarla a ella? ¡No! Ella me ha perturbado a mí, noche y día, a lo largo de dieciocho años... incesantemente... sin tregua... hasta anoche; y anoche estuve tranquilo. Soñé que dormía el último sueño junto a aquella durmiente, con el corazón detenido y mi mejilla helada contra la suya.
—¿Y si se hubiese disuelto en la tierra, o algo peor, en qué habría soñado entonces? —dije yo.
—¡En disolverme con ella y en ser más dichoso todavía! —respondió él—. ¿Crees que temo alguna mudanza de semejante índole? Esperaba tal transformación al levantar la tapa, pero me complace más que no comience hasta que yo la comparta. Además, a menos que hubiese recibido una impresión clara de sus desapasionados rasgos, aquel extraño sentimiento difícilmente se habría disipado. Empezó de un modo singular. Sabes que me volví loco tras su muerte; y eternamente, de aurora a aurora, ¡le rogaba a su espíritu que regresase a mí! Tengo una fe ciega en los aparecidos: ¡abrigo la convicción de que pueden existir y existen entre nosotros! El día en que fue sepultada cayó una nevada. Por la noche fui al camposanto. Soplaba un viento desapacible como el invierno... todo alrededor estaba solitario. No temía que aquel imbécil de su marido subiese por la cañada a deshora, y ningún otro tenía asuntos que lo llevasen allí. Estando solo y consciente de que dos varas de tierra suelta eran la única barrera entre nosotros, me dije: «¡La tendré en mis brazos otra vez! Si está fría, creeré que es este viento del norte el que me hiela; y si está inmóvil, es el sueño». Tomé una pala de la caseta de herramientas y empecé a cavar con todas mis fuerzas... raspó el ataúd; me puse a trabajar con las manos; la madera comenzó a crujir en torno a los tornillos; estaba a punto de alcanzar mi propósito cuando me pareció oír un suspiro de alguien arriba, junto al borde de la tumba, e inclinándose hacia abajo. «¡Con sólo que consiga quitar esto —mascullé—, ojalá echen la tierra sobre ambos!», y tiré de la madera con más desesperación todavía. Se oyó otro suspiro, pegado a mi oído. Me pareció sentir su aliento tibio desplazando el viento cargado de aguanieve. Sabía que no había cerca ningún ser vivo de carne y hueso; pero con tanta certeza como se percibe la aproximación de un cuerpo material en la oscuridad, aunque no pueda distinguirse, con idéntica certeza sentí que Cathy estaba allí: no bajo mis pies, sino sobre la tierra. Una repentina sensación de alivio fluyó desde mi corazón por todos mis miembros. Abandoné mi labor agónica y me sentí consolado al punto: indeciblemente consolado. Su presencia me acompañaba: permaneció mientras volvía a rellenar la tumba y me guió hasta casa. Puedes reírte si quieres; pero yo estaba seguro de que la vería allí. Estaba seguro de que estaba conmigo, y no pude evitar hablarle. Llegado a las Cumbres, corrí ansioso a la puerta. Estaba atrancada; y recuerdo que aquel maldito Earnshaw y mi esposa se opusieron a mi entrada. Recuerdo que me detuve a quitarle el aliento de una patada y luego subí corriendo a mi aposento y al de ella. Miré alrededor con impaciencia... la sentía a mi lado... ¡casi podía verla y sin embargo no podía! ¡Debí sudar sangre entonces por la angustia de mi anhelo, por el fervor de mis súplicas para alcanzar un solo destello! No obtuve ninguno. Se mostró, como tantas veces en vida, ¡un demonio para mí! Y desde entonces, ya más, ya menos, ¡he sido el juguete de esa intolerable tortura! ¡Infernal!, manteniendo mis nervios en tal tensión que de no haberse asemejado a cuerdas de tripa, tiempo ha que habrían cedido hasta la flaqueza de los de Linton. Cuando me sentaba en la casa con Hareton, parecía que al salir me encontraría con ella; cuando paseaba por los páramos, me encontraría con ella al regresar. Cuando salía de casa, me apresuraba a volver; ¡debía de estar en alguna parte de las Cumbres, estaba seguro! Y cuando dormía en su aposento... de allí me echaron. No podía yacer allí; porque en el instante en que cerraba los ojos, ella estaba o bien fuera de la ventana, o deslizando los cuarterones, o entrando en el cuarto, o incluso apoyando su querida cabeza en la misma almohada que cuando era niña; y tenía que abrir los párpados para ver. ¡Y así los abría y los cerraba cien veces por noche... para quedar siempre desengañado! ¡Me destrozaba! A menudo he gemido en voz alta, hasta el punto de que ese viejo bribón de Joseph creyó sin duda que mi conciencia hacía de diablo dentro de mí. Ahora, desde que la he visto, estoy apaciguado... un poco. ¡Era un extraño modo de matar: no por pulgadas, sino por fracciones de cabello, embaucándome con el espectro de una esperanza a lo largo de dieciocho años!
El señor Heathcliff hizo una pausa y se enjugó la frente: el cabello se le adhería a ella empapado de sudor; sus ojos permanecían clavados en las brasas rojizas del fuego, con las cejas no contraídas, sino alzadas junto a las sienes, lo que mitigaba el aspecto ceñudo de su semblante, pero le confería un aire peculiar de zozobra y una dolorosa apariencia de tensión mental volcada hacia un único y absorbente asunto. Apenas se dirigía a mí más que a medias, y yo guardé silencio. ¡No me gustaba oírle hablar! Al cabo de un breve espacio reanudó su meditación ante el retrato, lo descolgó y lo apoyó contra el sofá para contemplarlo con mayor ventaja; y mientras se hallaba así ocupado entró Catherine, anunciando que estaba lista para cuando ensillasen su poni.
—Envíalo mañana —me dijo Heathcliff; luego, volviéndose hacia ella, añadió—: Puedes prescindir de tu poni: es una hermosa tarde y no necesitarás ponis en Cumbres Borrascosas; para los viajes que hagas, tus propios pies te bastarán. Vamos.
—¡Adiós, Ellen! —susurró mi querida y pequeña señora. Al besarme, sentí sus labios como hielo—. Ven a verme, Ellen; no lo olvides.
—¡Cuídese bien de no hacer tal cosa, señora Dean! —dijo su nuevo padre—. Cuando desee hablar con usted vendré aquí. ¡No quiero sus fisgoneos en mi casa!
Le hizo una seña para que pasara delante de él; y lanzándome una mirada que me partió el corazón, ella obedeció. Los vi desde la ventana cruzar el jardín: Heathcliff trabó el brazo de Catherine bajo el suyo, si bien ella disputó el ademán al principio manifiestamente; y a zancadas rápidas la apresuró hacia la alameda, cuyos árboles los ocultaron.
Fin del Episodio 53 · de 61
Capítulo XXIX
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.