Cumbres borrascosas·Episodio 52

Capítulo XXVIII · II

~6 min · 1183 palabras

—¡Catherine viene, querido amo! —susurré—; está viva y sana, y estará aquí, confío, esta misma noche.

Temblé ante los primeros efectos de aquella noticia: se incorporó a medias, miró con avidez alrededor del aposento y luego volvió a caer desmayado. Tan pronto como recobró el sentido, le referí nuestra obligada visita y el encierro en las Cumbres. Dije que Heathcliff me había obligado a entrar, lo cual no era del todo cierto. Dije lo menos posible contra Linton; ni tampoco describí toda la brutal conducta de su padre, pues mi intención era no añadir amargura, si podía evitarlo, a su copa ya rebosante.

Adivinó que uno de los propósitos de su enemigo consistía en asegurar los bienes muebles, tanto como la hacienda, a su hijo, o más bien a sí mismo; mas el porqué no aguardó a su fallecimiento era un enigma para mi amo, por ignorar cuán cercanamente él y su sobrino abandonarían este mundo juntos. Con todo, sintió que sería mejor alterar su testamento: en vez de dejar la fortuna de Catherine a la libre disposición de ella, resolvió ponerla en manos de fideicomisarios para el uso de ella en vida, y para sus hijos, si llegaba a tenerlos, después de ella. Por ese medio no podría recaer en el señor Heathcliff en caso de que muriese Linton.

Habiendo recibido sus órdenes, despaché a un hombre a buscar al procurador y a cuatro más provistos de armas servibles para reclamar a mi señorita de manos de su carcelero. Ambas comisiones se retrasaron hasta muy tarde. El criado solo regresó primero: dijo que el señor Green, el letrado, no estaba en casa cuando llegó y que tuvo que aguardar dos horas a que volviese; y luego el señor Green le dijo que tenía cierto asuntillo en la aldea que debía despachar, pero que estaría en la Granja de los Tordos antes del amanecer. Los cuatro hombres regresaron asimismo sin compañía. Trajeron la noticia de que Catherine estaba enferma: demasiado enferma para salir de su cuarto; y que Heathcliff no les permitió verla. Reprendí agriamente a aquellos necios por dar oídos a semejante patraña, la cual no quise transmitir a mi amo, resolviendo llevar a una cuadrilla entera a las Cumbres al romper el día y asaltarlas literalmente a menos que la prisionera nos fuese pacíficamente entregada. ¡Su padre ha de verla, juré y volví a jurar, aunque haya que matar a ese demonio sobre los umbrales de su propia puerta al intentar impedirlo!

Afortunadamente me ahorré el viaje y la molestia. Había bajado al piso inferior a las tres de la madrugada a buscar una jarra de agua; y cruzaba el vestíbulo con ella en la mano cuando un golpe seco en la puerta principal me hizo sobresaltarme. «¡Oh! Es Green —me dije serenándome—; sólo Green», y proseguí con intención de enviar a otro criado a abrir; pero el golpe se repitió: no muy fuerte, pero sí apremiante. Puse la jarra sobre el pasamanos y me apresuré a franquearle la entrada yo misma. La luna de la cosecha brillaba clara afuera. No era el procurador: mi dulce y pequeña señorita se arrojó a mi cuello sollozando: «¡Ellen, Ellen! ¿Vive papá?».

—¡Sí! —exclamé—; ¡sí, ángel mío, vive, a Dios gracias, y estás a salvo con nosotros de nuevo!

Quiso correr, sin aliento como estaba, escaleras arriba a la alcoba del señor Linton; pero la obligué a sentarse en una silla, la hice beber y le lavé el pálido rostro, frotándoselo con mi delantal hasta devolverle un leve color. Luego le dije que yo debía subir primero a anunciar su llegada, rogándole encarecidamente que dijese que sería feliz con el joven Heathcliff. Me miró fijamente, pero comprendiendo enseguida por qué le aconsejaba proferir semejante falsedad, me aseguró que no se quejaría.

No pude soportar hallarme presente en su encuentro. Permanecí fuera de la puerta de la alcoba un cuarto de hora y apenas me atreví a acercarme a la cama después. Todo transcurrió sosegado, sin embargo: la desesperación de Catherine fue tan silenciosa como la alegría de su padre. Ella lo sostuvo con aparente calma; y él clavó en los rasgos de ella sus ojos alzados, que parecían dilatarse en éxtasis.

Murió dichoso, señor Lockwood: así murió. Besando la mejilla de ella, murmuró: «¡Voy a reunirme con ella; y tú, hija adorada, vendrás a nosotros!», y no volvió a moverse ni a hablar jamás; mas continuó aquella mirada embelesada y radiante hasta que su pulso cesó de manera imperceptible y su alma partió. Nadie habría podido advertir el minuto exacto de su muerte, tan enteramente desprovista de agonía fue.

Ya fuese que Catherine hubiese agotado sus lágrimas o que el pesar fuese demasiado abrumador para dejarlas brotar, permaneció allí sentada con los ojos secos hasta que salió el sol: permaneció hasta el mediodía, y aún se habría quedado velando aquel lecho mortuorio de no haber insistido yo en que se apartara y descansase un poco. Fue una fortuna que lograse retirarla, pues a la hora del almuerzo apareció el letrado, tras haber pasado por Cumbres Borrascosas a recibir instrucciones sobre cómo conducirse. Se había vendido al señor Heathcliff: ése fue el motivo de su demora en obedecer el llamamiento de mi amo. Afortunadamente, ningún pensamiento de asuntos terrenales cruzó por la mente de este último para perturbarlo tras la llegada de su hija.

El señor Green se arrogó el derecho de mandar sobre todo y sobre todos en la finca. Dio aviso de despido a todos los criados con excepción de mí. Habría llevado su autoridad delegada hasta el extremo de insistir en que Edgar Linton no fuese sepultado al lado de su esposa, sino en la capilla con su familia. Existía el testamento, no obstante, para impedirlo, amén de mis enérgicas protestas contra cualquier infracción de sus disposiciones. El entierro se despachó con presteza; a Catherine, la señora de Linton Heathcliff ahora, se le toleró permanecer en la Granja hasta que el cadáver de su padre hubo salido de ella.

Ella me contó que su angustia había espoleado al fin a Linton a arrostrar el peligro de liberarla. Había oído a los hombres que yo envié discutir en la puerta y captó el sentido de la respuesta de Heathcliff. Aquello la desesperó. Linton, a quien habían conducido al saloncito poco después de mi marcha, se sintió tan aterrado que fue a buscar la llave antes de que su padre volviese a subir. Tuvo la astucia de abrir la puerta y volver a echar la llave sin cerrarla del todo; y a la hora en que debía acostarse, suplicó dormir con Hareton, y su petición fue concedida por una vez. Catherine se escapó a hurtadillas antes de rayar el alba. No se atrevió a probar las puertas por miedo a que los perros diesen la alarma; visitó los aposentos desiertos y examinó sus ventanas; y por fortuna, dando con la de su madre, se descolgó fácilmente por su celosía hasta el suelo sirviéndose del abeto contiguo. Su cómplice pagó caras las consecuencias de su participación en la fuga, a pesar de sus tímidas estratagemas.

Fin del Episodio 52 · de 61

Capítulo XXVIII · II

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