Cumbres borrascosas·Episodio 51

Capítulo XXVIII · I

~8 min · 1526 palabras

En la quinta mañana, o más bien tarde, se aproximó un paso diferente: más ligero y menudo; y esta vez la persona entró en el aposento. Era Zillah, ataviada con su mantón escarlata, una cofia de seda negra sobre la cabeza y una cesta de mimbre colgada del brazo.

—¡Válgame Dios, señora Dean! —exclamó—. ¡Vaya! ¡Qué de habladurías corren sobre usted en Gimmerton! ¡Jamás creí sino que se habían hundido ustedes en el pantano del Caballo Negro, y la señorita con usted, hasta que el amo me dijo que las habían encontrado y que las había alojado aquí! ¿Cómo? ¿Y debieron de alcanzar algún islote, seguro? ¿Y cuánto tiempo estuvieron en semejante atolladero? ¿Las salvó el amo, señora Dean? Pero no está usted tan demacrada... no lo ha pasado tan mal, ¿verdad?

—¡Su amo es un verdadero canalla! —respondí—. Pero responderá de ello. No tenía por qué haber inventado semejante patraña: ¡todo saldrá a la luz!

—¿A qué se refiere? —preguntó Zillah—. No es patraña de él: eso cuentan en la aldea... sobre que se habían perdido en la ciénaga; y le digo yo a Earnshaw al entrar: «¡Ah, señor Hareton, qué cosas más raras han ocurrido desde que me fui! Es una lástima bien grande por esa linda muchacha y por la hacendosa Nelly Dean». Él me miró fijamente. Creí que no había oído nada, de modo que le conté el rumor. El amo escuchó y se sonrió para sus adentros y dijo: «Si han estado en la ciénaga, ya han salido de ella, Zillah. Nelly Dean está alojada en este mismo instante en tu cuarto. Puedes decirle que levante el vuelo cuando subas; aquí tienes la llave. El agua del pantano se le subió a la cabeza y habría corrido hacia casa medio loca, pero la retuve hasta que recobró el juicio. Puedes mandarla a la Granja de inmediato, si se encuentra con fuerzas, y llevarle un recado de mi parte: que su señorita la seguirá a tiempo de asistir al entierro del caballero».

—¿El señor Edgar no ha muerto? —jadeé—. ¡Oh, Zillah, Zillah!

—No, no; siéntese, buena mujer —respondió ella—; todavía está usted bien desmejorada. No ha muerto; el doctor Kenneth cree que tal vez dure otro día más. Me lo encontré en el camino y le pregunté.

En vez de sentarme, agarré mis ropas de abrigo y me apresuré escaleras abajo, pues el paso estaba libre. Al entrar en la casa busqué con la mirada a alguien que me diese noticias de Catherine. La estancia estaba inundada de sol y la puerta permanecía abierta de par en par; pero nadie parecía hallarse a mano. Mientras vacilaba entre marcharme al instante o regresar a buscar a mi señorita, una ligera tos atrajo mi atención hacia el hogar. Linton yacía sobre el escaño, único ocupante, chupando un bastoncillo de caramelo y siguiendo mis movimientos con ojos apáticos. «¿Dónde está la señorita Catherine?», le exigí con severidad, suponiendo que podría asustarlo para que me informase al sorprenderlo así a solas. Él siguió chupando como un bobo.

—¿Se ha marchado? —dije.

—No —respondió él—; está arriba: no debe marcharse; no la dejaremos.

—¡No la dejarán, animalejo idiota! —exclamé—. Indíqueme su aposento de inmediato o le haré cantar bien claro.

—Papá la haría cantar a usted si intentase llegar allí —respondió él—. Dice que no debo ser blando con Catherine: es mi esposa y es vergonzoso que desee abandonarme. Dice que me odia y quiere que me muera para quedarse con mi dinero; pero no lo tendrá, ¡y no volverá a casa! ¡Jamás volverá!... ¡Puede llorar y estar enferma todo lo que quiera!

Reanudó su anterior ocupación cerrando los párpados, como si pretendiese quedarse dormido.

—Señorito Heathcliff —reanudé yo—, ¿ha olvidado toda la bondad que Catherine le dispensó el invierno pasado, cuando afirmaba usted amarla y cuando ella le traía libros, le cantaba canciones y acudía tantas veces entre el viento y la nieve para verlo? Lloraba por perderse una sola tarde porque usted se desilusionaría; y usted sentía entonces que ella era cien veces demasiado buena para usted: y ahora da crédito a las mentiras que cuenta su padre, aun sabiendo que los detesta a entrambos. Y se une a él contra ella. Hermosa gratitud es ésa, ¿no le parece?

La comisura de los labios de Linton decayó y apartó el caramelo de la boca.

—¿Acaso vino a Cumbres Borrascosas porque le odiase? —continué—. ¡Piense por sí mismo! En cuanto a su dinero, ella ni siquiera sabe que usted vaya a tener nada. ¡Y dice que está enferma, y a pesar de todo la deja sola, allá arriba en una casa extraña! ¡Usted, que ha sentido lo que es verse tan abandonado! Sabía compadecerse de sus propios padecimientos, y ella los compadeció también; ¡pero usted no se compadece de los de ella! Derramo lágrimas, señorito Heathcliff, ya me ve: una mujer de edad y tan sólo una criada; y usted, tras fingir tanto cariño y teniendo sobrados motivos para casi adorarla, se guarda cada lágrima para sí mismo y yace ahí tan a gusto. ¡Ah, es usted un muchacho desalmado y egoísta!

—No puedo quedarme con ella —respondió de mal humor—. No me quedaré solo con ella. Llora tanto que no puedo soportarlo. Y no quiere callarse, aunque le digo que llamaré a mi padre. Lo llamé una vez y él amenazó con estrangularla si no se calmaba; pero ella empezó de nuevo en cuanto él salió de la habitación, gimiendo y lamentándose durante toda la noche, aunque yo chillé de rabia porque no podía dormir.

—¿Ha salido el señor Heathcliff? —pregunté, advirtiendo que aquella miserable criatura era incapaz de condolerse de las torturas mentales de su prima.

—Está en el patio —respondió él—, hablando con el doctor Kenneth, quien dice que mi tío se muere de veras al fin. Me alegro, porque yo seré el amo de la Granja después de él. Catherine siempre hablaba de ella como de su casa. ¡No es suya! Es mía: papá dice que todo cuanto ella tiene es mío. Todos sus hermosos libros son míos; me ofreció dármelos, y también sus lindos pájaros y su poni Minny si conseguía la llave de nuestra habitación y la dejaba salir; pero le dije que no tenía nada que darme, que eran todos, absolutamente todos míos. Y entonces lloró y se quitó un pequeño relicario del cuello y dijo que me daría aquél: dos retratos en una cajita de oro, a un lado su madre y al otro mi tío cuando eran jóvenes. Eso fue ayer; dije que aquéllos eran míos también e intenté quitárselos. La malévola no quiso dármelos: me empujó y me lastimó. Grité... eso la asusta... oyó que venía papá y rompió las charnelas dividiendo el relicario, y me dio el retrato de su madre; el otro intentó ocultarlo; pero papá preguntó qué ocurría y se lo expliqué. Él me quitó el que yo tenía y le ordenó a ella que me entregara el suyo; ella se negó y él... él la derribó de un golpe, lo arrancó de la cadena y lo aplastó con el pie.

—¿Y se alegró usted de verla golpeada? —pregunté, teniendo mis propios designios al animarlo a hablar.

—Pestañeé —respondió él—; pestañeo al ver a mi padre golpear a un perro o a un caballo, pues lo hace con tanta fuerza. Con todo, me alegré al principio: merecía un castigo por haberme empujado; pero cuando papá se fue, me hizo acercarme a la ventana y me mostró la mejilla cortada por dentro contra los dientes, y la boca llenándose de sangre; y luego recogió los pedazos del retrato y fue a sentarse con la cara hacia la pared, y no me ha vuelto a dirigir la palabra desde entonces: y a veces pienso que no puede hablar por el dolor. No me gusta pensar eso; pero es una mala persona por llorar continuamente; y tiene un aspecto tan pálido y desencajado que me da miedo.

—¿Y puede usted conseguir la llave si quiere? —dije.

—Sí, cuando estoy arriba —respondió él—; pero no puedo subir las escaleras ahora.

—¿En qué aposento está? —pregunté.

—¡Oh! —gritó él—, a usted no se lo diré. Es nuestro secreto. Nadie, ni Hareton ni Zillah, debe saberlo. ¡Hala! Ya me ha cansado... ¡márchese, márchese! —Y apoyó la cara sobre el brazo y volvió a cerrar los ojos.

Juzgué que lo más acertado era marcharme sin ver al señor Heathcliff y traer auxilio para mi señorita desde la Granja. Al llegar allí, el asombro de mis compañeros de servidumbre al verme, y también su alegría, fue inmenso; y cuando oyeron que su señorita estaba a salvo, dos o tres se disponían a subir a toda prisa a gritar la noticia ante la puerta del señor Edgar: pero me reservé el anuncio para mí misma. ¡Qué cambiado lo encontré, incluso en aquellos pocos días! Yacía como una viva imagen de la tristeza y la resignación aguardando su muerte. Muy joven parecía: aunque su edad real era de treinta y nueve años, cualquiera le habría echado diez menos al menos. Pensaba en Catherine, pues murmuraba su nombre. Le toqué la mano y hablé.

Fin del Episodio 51 · de 61

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