Capítulo XXVII · II
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Catherine le alargó otra taza y se secó la cara. Sentí verdadero asco ante la serenidad de aquel pequeño miserable, ya que no temía por su propio pellejo. La angustia que había mostrado en el páramo se disipó tan pronto como entró en Cumbres Borrascosas; de modo que deduje que lo habían amenazado con un tremendo estallido de furia si fracasaba en atraernos con engaños hasta allí; y una vez conseguido eso, no abrigaba más temores inmediatos.
—Papá quiere que nos casemos —continuó él tras sorber un poco de té—. Y sabe que tu papá no nos dejaría casarnos ahora; y teme que yo me muera si esperamos; de modo que habremos de casarnos por la mañana y tú has de quedarte aquí toda la noche; y si haces lo que él desea, volverás a casa al día siguiente y me llevarás contigo.
—¡Llevarte con ella, engendro lastimero! —exclamé—. ¿Casarte tú? ¡Vamos, ese hombre está loco, o nos cree a todas estúpidas! ¿Y te figuras que esa hermosa señorita, esa muchacha sana y robusta, va a atarse a un monicaco moribundo como tú? ¿Abrigas la idea de que nadie, y menos aún la señorita Catherine Linton, te querría por marido? Merecerías una tanda de azotes por habernos traído aquí con tus ruines tretas de quejica; y... ¡no pongas esa cara tan boba ahora! Tengo unas ganas inmensas de sacudirte con fuerza por tu despreciable traición y tu imbécil vanidad.
Le propiné de hecho una ligera sacudida; pero le provocó la tos y recurrió a su habitual expediente de gemir y llorar, y Catherine me reprendió.
—¿Quedarme toda la noche? No —dijo ella, mirando despacio a su alrededor—. Ellen, prenderé fuego a esa puerta si es preciso, pero he de salir.
Y habría comenzado la ejecución de su amenaza de inmediato, pero Linton volvió a alarmarse por su querida persona. La rodeó con sus dos débiles brazos sollozando: «¿No me aceptarás y me salvarás? ¿No me dejarás ir a la Granja? ¡Oh, querida Catherine!, no debes marcharte y dejarme después de todo. ¡Tienes que obedecer a mi padre... tienes que hacerlo!».
—Tengo que obedecer al mío —replicó ella— y librarlo de esta cruel zozobra. ¡Toda la noche! ¿Qué se figuraría? Estará ya angustiado. O romperé o quemaré una salida de esta casa. ¡Cállate! Tú no corres peligro alguno; pero si me estorbas... ¡Linton, quiero a papá más que a ti!
El pavor mortal que sentía hacia la ira del señor Heathcliff devolvió al muchacho su elocuencia de cobarde. Catherine estaba casi trastornada; con todo, persistió en que debía volver a casa y probó a su vez con súplicas, persuadiéndolo de que sofocase su egoísta congoja. Mientras se hallaban así ocupados, reingresó nuestro carcelero.
—Vuestras bestias se han marchado al trote —dijo—, y... ¡vamos, Linton!, ¿gimoteando otra vez? ¿Qué te ha estado haciendo ella? Anda, anda, termina y vete a la cama. En un mes o dos, muchacho, podrás pagarle sus tiranías actuales con mano vigorosa. Te estás consumiendo de puro amor, ¿no es verdad?, de ninguna otra cosa en el mundo; ¡y ella te tendrá! ¡Hala, a la cama! Zillah no estará aquí esta noche; debes desnudarte tú solo. ¡Chist! ¡Cierra el pico! Una vez en tu cuarto no me acercaré a ti: no tienes por qué temer. Por casualidad lo has hecho de forma pasable. Yo me ocuparé de lo demás.
Pronunció estas palabras manteniendo la puerta abierta para que pasara su hijo, y este último se escabulló exactamente como lo haría un perrillo de aguas que sospechase que la persona que lo acompaña planea darle un pisotón traicionero. La cerradura volvió a quedar asegurada. Heathcliff se acercó al fuego, donde mi señorita y yo permanecíamos en silencio. Catherine alzó la vista e instintivamente se llevó la mano a la mejilla: la proximidad del hombre le avivaba una dolorosa sensación. Cualquier otro habría sido incapaz de contemplar aquel ademán infantil con dureza, pero él la miró con ceño torvo y masculló: «¡Vaya! ¿Conque no me tienes miedo? Tu valor está bien disimulado: ¡pareces condenadamente asustada!».
—Ahora sí tengo miedo —respondió ella—, porque si me quedo, papá será un desdichado; ¿y cómo puedo soportar hacerlo desdichado... cuando él... cuando él...? ¡Señor Heathcliff, déjeme volver a casa! Le prometo casarme con Linton: a papá le gustaría que lo hiciese, y yo lo quiero. ¿Por qué desea obligarme a hacer lo que haré voluntariamente por mí misma?
—Que se atreva a forzarla —grité yo—. ¡Hay leyes en esta tierra, a Dios gracias, bien que las hay, aunque estemos en un rincón apartado! ¡Yo denunciaría aunque fuese mi propio hijo: y esto es un delito grave sin fuero eclesiástico!
—¡Silencio! —dijo aquel rufián—. ¡Al diablo con tus alaridos! No quiero que tú hables. Señorita Linton, gozaré extraordinariamente pensando que su padre será un desdichado: no pegaré ojo de pura satisfacción. No podría haber dado con un modo más seguro de fijar su residencia bajo mi techo durante las próximas veinticuatro horas que haciéndome saber que seguiría semejante consecuencia. En cuanto a su promesa de casarse con Linton, yo cuidaré de que la cumpla; pues no saldrá de este lugar hasta que se haya consumado.
—¡Envíe a Ellen entonces para hacerle saber a papá que estoy a salvo! —exclamó Catherine llorando amargamente—. O cásenos ahora. ¡Pobre papá! Ellen, creerá que estamos perdidas. ¿Qué haremos?
—¡Él no! Creerá que te has cansado de cuidarlo y te has escapado en busca de un poco de diversión —respondió Heathcliff—. No puedes negar que entraste en mi casa por tu propia voluntad, despreciando sus órdenes en contra. Y es del todo natural que desees divertirte a tu edad, y que te canses de atender a un enfermo, y ese enfermo tan sólo tu padre. Catherine, sus días más felices terminaron cuando empezaron los tuyos. Te echó maldiciones, me atrevo a decir, por venir al mundo (yo lo hice, al menos); y cuadraría a la perfección que te maldijese al marcharse él de él. Yo me uniría a él. ¡No te quiero! ¿Cómo habría de quererte? Llora cuanto quieras. Por lo que alcanzo a ver, ésa será tu principal distracción en adelante; a menos que Linton compense otras pérdidas: y tu previsor progenitor parece figurarse que podrá hacerlo. Sus cartas de consejo y consuelo me entretuvieron sobremanera. En la última recomendaba que mi joya cuidase de la suya, y que fuese bondadoso con ella cuando la consiguiera. Cuidadoso y bondadoso... qué paternal. Pero Linton necesita todo su caudal de cuidados y atenciones para sí mismo. Linton sabe hacer muy bien de pequeño tirano. Se encargará de torturar a cualquier cantidad de gatos con tal de que se les arranquen los dientes y se les corten las garras. Podrás contarle a su tío hermosas historias sobre su bondad cuando regreses a casa, te lo aseguro.
—¡En eso tiene usted razón! —dije yo—. Explique el carácter de su hijo. Muestre su parecido con usted mismo: ¡y entonces espero que la señorita Cathy se lo piense dos veces antes de apechugar con semejante basilisco!
—No me importa mucho hablar de sus amables cualidades ahora —respondió él—, porque o bien ella lo acepta o bien permanece prisionera, y tú junto con ella, hasta que vuestro amo muera. Puedo reteneros a ambas bien ocultas aquí. ¡Si lo dudas, anímala a retractarse de su palabra y tendrás ocasión de juzgarlo!
—No me retractaré de mi palabra —dijo Catherine—. Me casaré con él antes de una hora si puedo marcharme a la Granja de los Tordos después. Señor Heathcliff, es usted un hombre cruel, pero no es un demonio; y no va usted, por mera malicia, a destruir irrevocablemente toda mi felicidad. Si papá creyera que lo he abandonado a propósito y si muriese antes de mi regreso, ¿podría yo soportar seguir viva? He dejado de llorar: pero me voy a arrodillar aquí, junto a sus rodillas; ¡y no me levantaré ni apartaré los ojos de su rostro hasta que me mire! ¡No, no vuelva la cara! ¡Míreme! No verá nada que le provoque. No le odio. No estoy resentida porque me haya pegado. ¿No ha amado usted jamás a nadie en toda su vida, tío? ¿Nunca? ¡Ah, debe mirar al menos una vez! Soy tan desdichada que no podrá evitar sentir lástima y apiadarse de mí.
—¡Aparta tus dedos de salamandra y quítate de ahí o te daré una patada! —gritó Heathcliff, rechazándola con brutalidad—. Antes me dejaría abrazar por una serpiente. ¿Cómo demonios puedes soñar con hacerme zalamerías? ¡Te detesto!
Se encogió de hombros; se sacudió, a decir verdad, como si la carne se le erizara de repugnancia, y echó hacia atrás su silla, mientras yo me ponía en pie y abría la boca para soltar un torrente de improperios. Mas me quedé muda en mitad de la primera frase ante la amenaza de que a la siguiente sílaba que profiriese se me encerraría en un cuarto a mí sola. Se estaba haciendo de noche; oímos un rumor de voces en la cancela del jardín. Nuestro anfitrión salió apresuradamente al instante: él no perdía la cabeza; nosotras sí. Hubo una conversación de dos o tres minutos y regresó solo.
—Creí que habría sido su primo Hareton —le observé a Catherine—. ¡Ojalá llegase! ¿Quién sabe si no tomaría partido por nosotras?
—Eran tres criados enviados desde la Granja a buscaros —dijo Heathcliff, oyéndome—. Deberíais haber abierto una celosía y haber gritado; pero juraría que esa mocosa se alegra de que no lo hicierais. Está encantada de verse obligada a quedarse, de eso estoy seguro.
Al enterarnos de la oportunidad que habíamos perdido, dimos ambas rienda suelta a nuestro pesar sin freno alguno; y él nos dejó lamentarnos hasta las nueve de la noche. Entonces nos mandó subir al piso de arriba, por la cocina, a la alcoba de Zillah; y yo le susurré a mi compañera que obedeciese: tal vez lográsemos escapar por la ventana de allí, o entrar en un desván y salir por su tragaluz. La ventana, sin embargo, era estrecha, como las de abajo, y la trampilla del desván estaba a salvo de nuestros intentos, pues nos habían dejado encerradas bajo llave como antes. Ninguna de las dos se acostó: Catherine tomó posición junto a la celosía y aguardó ansiosa la mañana; un profundo suspiro fue la única respuesta que pude obtener a mis frecuentes ruegos de que intentase descansar. Yo me senté en una silla y me mecí hacia adelante y hacia atrás, juzgando con severidad mis muchos descuidos en el cumplimiento del deber, de los cuales, según se me antojó entonces, brotaban todas las desgracias de mis amos. No era ése el caso en la realidad, bien lo sé; pero sí lo era en mi imaginación durante aquella noche aciaga; y creí al propio Heathcliff menos culpable que yo.
A las siete en punto vino y preguntó si la señorita Linton se había levantado. Ella corrió hacia la puerta de inmediato y respondió: «Sí». «Sal entonces», dijo él abriéndola y tirando de ella hacia fuera. Me levanté para seguirla, pero él echó la llave de nuevo. Yo exigí que me soltase.
—Ten paciencia —respondió él—; te enviaré el desayuno dentro de un rato.
Golpeé los cuarterones y sacudí el picaporte con furia; y Catherine preguntó por qué seguía yo encerrada. Él respondió que debía procurar aguantar otra hora más, y se marcharon. Aguanté dos o tres horas; al cabo, oí unos pasos: no los de Heathcliff.
—He traído algo de comer —dijo una voz—; ¡abrid la puerta!
Obedeciendo presurosa, vi a Hareton cargado con comida suficiente para durarme todo el día.
—Toma —añadió, encasquetándome la bandeja en las manos.
—Quédate un minuto —empecé yo.
—¡Quiá! —exclamó él, y se retiró, sin hacer caso de cuantos ruegos pude proferir para detenerlo.
Y allí permanecí encerrada todo el día y toda la noche siguiente, y otra, y otra más. Cinco noches y cuatro días permanecí en total, sin ver a nadie más que a Hareton una vez cada mañana; y era un dechado de carceleros: hosco, mudo y sordo a todo intento de conmover su sentido de la justicia o de la compasión.
Fin del Episodio 50 · de 61
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