Cumbres borrascosas·Episodio 49

Capítulo XXVII · I

~13 min · 2612 palabras

Transcurrieron siete días, señalando cada uno su curso por la ya rápida alteración en el estado de Edgar Linton. El estrago que los meses habían causado con anterioridad era ahora emulado por los estragos de unas pocas horas. A Catherine de buena gana habríamos querido seguir engañándola; pero su propio ánimo perspicaz rehusó dejarse engañar: adivinó en secreto y caviló sobre la terrible probabilidad, que gradualmente maduraba en certidumbre. No tuvo valor para mencionar su paseo a caballo cuando llegó el jueves; yo lo mencioné por ella y obtuve autorización para mandarla salir al aire libre, pues la biblioteca, donde su padre permanecía un breve rato al día —el escaso lapso que soportaba estar sentado—, y su alcoba, se habían convertido en todo su mundo. Le escocía cada momento que no la hallaba inclinada sobre la almohada de su padre o sentada a su lado. Su rostro palideció de desvelos y pesares, y mi amo gustoso la despidió hacia lo que se lisonjeaba sería un feliz cambio de aires y compañía, extrayendo consuelo de la esperanza de que ella no quedaría del todo sola tras su muerte.

Tenía la idea fija, según colegí por varias observaciones que dejó caer, de que, puesto que su sobrino se le parecía físicamente, se le parecería también en espíritu; pues las cartas de Linton apenas contenían indicaciones de su defectuoso carácter. Y yo, por perdonable flaqueza, me abstuve de corregir el error, preguntándome qué bien habría en perturbar sus últimos momentos con noticias que no tenía poder ni oportunidad de aprovechar.

Aplazamos nuestra excursión hasta la tarde; una dorada tarde de agosto: cada soplo de aire procedente de las colinas estaba tan henchido de vida que parecía que quienquiera que lo respirase, aun hallándose moribundo, pudiera revivir. El semblante de Catherine era idéntico al paisaje: sombras y rayos de sol cruzaban por él en rápida sucesión; pero las sombras permanecían más tiempo y la luz del sol era más fugaz; y su pobre corazoncito se reprochaba a sí mismo incluso aquel olvido pasajero de sus cuitas.

Distinguimos a Linton aguardando en el mismo paraje que había escogido antes. Mi joven ama desmontó y me dijo que, puesto que estaba resuelta a quedarse muy poco tiempo, sería mejor que yo sujetase el poni y permaneciese a caballo; pero me negué: no quería arriesgarme a perder de vista ni por un minuto la custodia que se me había confiado; de modo que subimos juntas por la ladera de brezo. El señorito Heathcliff nos recibió con mayor animación en esta ocasión; no la animación de un buen humor, ciertamente, ni tampoco de la alegría: se parecía más bien al miedo.

—¡Es tarde! —dijo, hablando entrecortadamente y con dificultad—. ¿No está tu padre muy enfermo? Creí que no vendrías.

—¿Por qué no eres sincero? —exclamó Catherine, tragándose el saludo—. ¿Por qué no puedes decir de una vez que no me quieres aquí? ¡Es extraño, Linton, que por segunda vez me hayas hecho venir aquí a propósito, al parecer tan sólo para afligirnos a entrambos, y sin ninguna otra razón!

Linton se estremeció y la miró, mitad suplicante, mitad avergonzado; pero la paciencia de su prima no bastaba para soportar semejante conducta enigmática.

—Mi padre está muy enfermo —dijo ella—; ¿y por qué se me llama lejos de su cabecera? ¿Por qué no enviaste a alguien a dispensarme de mi promesa, cuando deseabas que no la cumpliese? ¡Vamos! Deseo una explicación: los juegos y las frivolidades están completamente desterrados de mi pensamiento; ¡y no puedo estar ahora pendiente de tus melindres!

—¡Mis melindres! —murmuró él—. ¿Cuáles son? ¡Por amor del cielo, Catherine, no me mires con tanta furia! Despréciame cuanto quieras; soy un desdichado despreciable y cobarde: no se me puede desdeñar bastante; pero soy demasiado ruin para tu cólera. Odia a mi padre, y guárdame a mí el desprecio.

—¡Tonterías! —exclamó Catherine encendida en ira—. ¡Muchacho tonto y necio! ¡Y míralo!, ¡tiembla como si de veras fuera a pegarle! No necesitas encargar desprecio, Linton: cualquiera lo tendrá espontáneamente a tu servicio. ¡Quita! Me volveré a casa: es una locura arrancarte del fuego del hogar y fingir... ¿qué fingimos? ¡Suelta mi vestido! Si te compadeciese por llorar y mostrarte tan asustado, deberías rechazar semejante piedad. Ellen, dile lo vergonzosa que es esta conducta. Levántate y no te degrades hasta ser un reptil abyecto... ¡no lo hagas!

Con el rostro bañado en lágrimas y una expresión de agonía, Linton había arrojado su cuerpo sin fuerzas por el suelo: parecía presa de las convulsiones de un terror atroz.

—¡Oh! —sollozó—. ¡No puedo soportarlo! Catherine, Catherine, soy un traidor también, ¡y no me atrevo a decírtelo! Pero si me dejas, ¡me matarán! Querida Catherine, mi vida está en tus manos; y dijiste que me amabas, y si me amases, no te haría daño. ¿Verdad que no te irás? ¡Bondadosa, dulce, buena Catherine! Y tal vez accedas... ¡y él me dejará morir contigo!

Mi señorita, al presenciar su intensa angustia, se inclinó para levantarlo. El antiguo sentimiento de indulgente ternura venció a su enojo y se sintió profundamente conmovida y alarmada.

—¿Acceder a qué? —preguntó ella—. ¿A quedarme? Dime el significado de estas extrañas palabras y lo haré. ¡Contradices tus propias palabras y me desconciertas! Sosiégate y sé franco, y confiesa de una vez todo lo que te pesa en el corazón. Tú no querrías perjudicarme, Linton, ¿verdad? ¿No permitirías que ningún enemigo me hiciese daño si pudieras evitarlo? Creeré que eres un cobarde para ti mismo, pero no un cobarde traidor a tu mejor amiga.

—Pero mi padre me amenazó —jadeó el muchacho, apretando sus consumidos dedos—, ¡y le temo... le temo! ¡No me atrevo a decírtelo!

—¡Oh, bien! —dijo Catherine con desdeñosa compasión—. Guarda tu secreto: yo no soy ninguna cobarde. Sálvate tú: ¡yo no tengo miedo!

La magnanimidad de ella desató las lágrimas de él: lloró con desesperación, besando las manos que lo sostenían, y con todo no logró cobrar valor para hablar francamente. Yo cavilaba sobre cuál podría ser el misterio y estaba resuelta a que Catherine jamás sufriese en beneficio de él ni de nadie con mi consentimiento, cuando, oyendo un susurro entre el brezo, alcé la vista y vi al señor Heathcliff casi encima de nosotros, bajando de las Cumbres. No dirigió una sola mirada hacia mis compañeros, aunque estaban lo bastante cerca para que los sollozos de Linton fuesen audibles; pero saludándome en el tono casi cordial que con nadie más adoptaba, y de cuya sinceridad no pude evitar dudar, dijo:

—Es un acontecimiento verte tan cerca de mi casa, Nelly. ¿Cómo os va por la Granja? Cuenta. Corre el rumor —añadió en tono más bajo— de que Edgar Linton está en su lecho de muerte: ¿acaso exageran su enfermedad?

—No; mi amo se está muriendo —respondí—: es la pura verdad. ¡Triste suceso será para todos nosotros, pero una bendición para él!

—¿Cuánto durará, a tu juicio? —preguntó.

—No lo sé —dije yo.

—Porque —continuó él mirando a los dos jóvenes, que estaban clavados bajo su mirada (Linton parecía como si no se atreviese a moverse ni a alzar la cabeza, y Catherine no podía moverse por consideración a él)—, porque ese muchacho de ahí parece resuelto a ganarme la partida; ¡y le agradecería a su tío que se diera prisa y se marchara antes que él! ¡Vaya! ¿Lleva el cachorro mucho tiempo jugando a ese juego? Ya le di algunas lecciones sobre los lloriqueos. ¿Se muestra por lo general animado con la señorita Linton?

—¿Animado? No... ha dado muestras de la mayor congoja —respondí—. Al verlo, yo diría que en vez de corretear con su amada por las colinas, debería estar en la cama bajo los cuidados de un médico.

—Lo estará dentro de un día o dos —masculló Heathcliff—. Pero primero... ¡levántate, Linton! ¡Levántate! —gritó—. No te arrastres por el suelo: ¡arriba en este mismo instante!

Linton se había desplomado de nuevo postrado en otro paroxismo de miedo impotente, causado por la mirada que su padre le dirigió, supongo: no había otra cosa que motivase tal humillación. Hizo varios esfuerzos por obedecer, pero sus escasas fuerzas quedaron aniquiladas por el momento y volvió a caer hacia atrás con un quejido. El señor Heathcliff avanzó y lo levantó para apoyarlo contra un ribazo de césped.

—Ahora bien —dijo con reprimida ferocidad—, me estoy enfadando... y si no dominas ese mezquino espíritu tuyo... ¡maldita sea!, ¡levántate de inmediato!

—Lo haré, padre —jadeó él—. Tan sólo déjame en paz o me desmayaré. He hecho lo que deseabas, bien seguro estoy. Catherine te dirá que yo... que yo he estado alegre. ¡Ah! Quédate a mi lado, Catherine; dame la mano.

—Toma la mía —dijo su padre—; ponte en pie. Así está bien... ella te prestará el brazo: eso es, mírala a ella. Se imaginaría usted que soy el mismo diablo, señorita Linton, para suscitar semejante horror. Tenga la bondad de acompañarlo hasta la casa, ¿quiere? Se estremece si lo toco.

—¡Querido Linton! —susurró Catherine—. No puedo ir a Cumbres Borrascosas: papá me lo ha prohibido. Él no te hará daño: ¿por qué tienes tanto miedo?

—Jamás podré volver a entrar en esa casa —respondió él—. ¡No he de volver a entrar sin ti!

—¡Alto! —exclamó su padre—. Respetaremos los escrúpulos filiales de Catherine. Nelly, llévalo adentro, y seguiré tu consejo acerca del médico sin tardanza.

—Bien hará —le respondí—. Pero yo debo permanecer con mi señorita: cuidar de su hijo no es asunto mío.

—Eres muy testaruda —dijo Heathcliff—, bien lo sé; pero me obligarás a pellizcar a la criatura y hacerla chillar antes de que despierte tu caridad. Ven entonces, mi héroe. ¿Estás dispuesto a regresar escoltado por mí?

Se acercó una vez más e hizo ademán de agarrar al frágil ser; pero retrocediendo con espanto, Linton se aferró a su prima y le imploró que lo acompañase con una insistencia frenética que no admitía negativa. Por mucho que yo lo desaprobara, no pude impedírselo a ella; a decir verdad, ¿cómo habría podido rehusar ella misma? Qué era lo que lo llenaba de pavor no teníamos modo de discernirlo; pero allí estaba, impotente bajo sus garras, y cualquier nuevo motivo parecía capaz de sumirlo en la demencia por el terror. Llegamos al umbral; Catherine entró y yo me quedé aguardando a que condujese al enfermo hasta una silla, esperando que saliese al punto; cuando el señor Heathcliff, empujándome hacia adelante, exclamó: «Mi casa no está apestada, Nelly; y hoy tengo ganas de mostrarme hospitalario: siéntate y permíteme cerrar la puerta».

La cerró y echó además la llave. Me sobresalté.

—Tomaréis el té antes de regresar a casa —añadió—. Estoy solo. Hareton se ha ido con parte del ganado a los Lees, y Zillah y Joseph han salido en viaje de recreo; y aunque estoy acostumbrado a la soledad, prefiero gozar de alguna compañía interesante si puedo conseguirla. Señorita Linton, tome asiento junto a él. Le ofrezco cuanto tengo: el presente apenas es digno de aceptarse, pero no tengo otra cosa que brindar. Me refiero a Linton. ¡Cómo me mira fijamente! ¡Es curioso qué sentimiento tan feroz experimento hacia cualquier ser que parezca temerme! De haber nacido donde las leyes fuesen menos severas y los gustos menos refinados, me regalaría con una lenta vivisección de esos dos como entretenimiento vespertino.

Tomó aliento, dio un puñetazo sobre la mesa y juró para sus adentros: «¡Por los infiernos!, los odio».

—¡Yo no le temo a usted! —exclamó Catherine, que no pudo oír la última parte de sus palabras. Avanzó hacia él resuelta, centelleando sus ojos negros de cólera y determinación—. ¡Deme esa llave: la quiero! —dijo—. No comería ni bebería aquí aunque me muriese de hambre.

Heathcliff tenía la llave en la mano que descansaba sobre la mesa. Alzó la vista, presa de una especie de sorpresa ante la audacia de la muchacha; o posiblemente recordándole, por la voz y la mirada, a la persona de quien las había heredado. Ella arremetió contra el objeto y casi consiguió sacarlo de entre sus dedos relajados; mas la acción de ella lo devolvió al presente: lo recuperó con presteza.

—Ahora bien, Catherine Linton —dijo él—, apártate o te derribaré de un golpe; y eso enfurecerá a la señora Dean.

Sin cuidarse de aquella advertencia, ella aferró de nuevo su puño cerrado con el botín adentro. «¡Nos iremos!», repitió, empleando sus máximos esfuerzos para lograr que aquellos músculos de hierro se relajasen; y viendo que sus uñas no hacían mella, aplicó los dientes con bastante fuerza. Heathcliff me lanzó una mirada que me impidió intervenir un solo instante. Catherine estaba demasiado absorta en los dedos de él para fijarse en su rostro. Él los abrió de improviso y cedió el objeto de la disputa; pero antes de que ella lo hubiera asegurado bien, la agarró con la mano libre y, sentándola bruscamente sobre sus rodillas, le propinó con la otra una lluvia de bofetadas terribles a ambos lados de la cabeza, cualquiera de ellas suficiente para haber cumplido su amenaza de haber podido la muchacha caer al suelo.

Ante aquella diabólica violencia me abalancé sobre él furiosa. «¡Villano! —empecé a gritar—, ¡villano!». Un empellón en el pecho me hizo callar: soy corpulenta y pronto me falta el aliento; y entre eso y la ira, retrocedí tambaleándome aturdida, sintiéndome a punto de asfixiarme o de que se me rompiese un vaso sanguíneo. La escena concluyó en dos minutos; Catherine, libre ya, se llevó ambas manos a las sienes y se quedó como si no estuviera segura de si tenía aún las orejas pegadas a la cabeza o no. Temblaba como una caña, pobrecilla, y se apoyó contra la mesa por completo aturdida.

—Ya veis que sé cómo castigar a los niños —dijo el canalla con torva frialdad mientras se agachaba para recobrar la llave, que había caído al suelo—. ¡Ve con Linton ahora, como te he dicho, y llora a gusto! Mañana seré tu padre... todo el padre que tendrás dentro de pocos días... y recibirás una buena ración de eso. Puedes aguantar bastante; no eres ninguna débil: ¡tendrás una prueba diaria si vuelvo a pescar semejante demonio de genio en tus ojos!

Cathy corrió hacia mí en vez de hacia Linton, y cayó de rodillas apoyando su ardiente mejilla en mi regazo, llorando a voz en cuello. Su primo se había encogido en un rincón del escaño, callado como un ratón, felicitándose a sí mismo, me atrevo a decir, de que el castigo hubiese caído sobre otra y no sobre él. El señor Heathcliff, viéndonos a todas desconcertadas, se levantó y preparó expeditivamente el té él mismo. Las tazas y los platillos estaban ya dispuestos. Lo sirvió y me alargó una taza.

—Ahoga tu mal humor —dijo—. Y ayuda a tu traviesa consentida y al mío. No está envenenado, aunque lo haya preparado yo. Voy a salir a buscar vuestros caballos.

Nuestro primer pensamiento tras su marcha fue forzar una salida por alguna parte. Probamos la puerta de la cocina, pero estaba asegurada por fuera; miramos las ventanas: eran demasiado estrechas incluso para el menudito cuerpo de Cathy.

—Señorito Linton —grité, viendo que estábamos formalmente encarceladas—, usted sabe lo que persigue su diabólico padre, y ha de decírnoslo o le calentaré las orejas como él acaba de hacer con su prima.

—Sí, Linton, debes decirlo —dijo Catherine—. Por consideración a ti vine; y será perversamente ingrato por tu parte si te niegas.

—Dame un poco de té, tengo sed, y entonces os lo diré —respondió él—. Señora Dean, apártese. No me gusta que esté ahí de pie encima de mí. Vaya, Catherine, estás dejando caer tus lágrimas en mi taza. No beberé eso. Dame otra.

Fin del Episodio 49 · de 61

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