Cumbres borrascosas·Episodio 48

Capítulo XXVI

~8 min · 1563 palabras

El verano ya había dejado atrás su esplendor cuando Edgar consintió al fin a regañadientes en ceder a sus súplicas, y Catherine y yo partimos en nuestro primer paseo a caballo para reunirnos con su primo. Era un día bochornoso y sofocante: desprovisto de sol, pero con un cielo demasiado aborregado y caliginoso para amenazar lluvia; y nuestro lugar de encuentro se había fijado en el mojón del cruce de caminos. Al llegar allí, no obstante, un pastorcillo enviado como mensajero nos dijo: «El señorito Linton está justo de este lado de las Cumbres y nos quedaría muy agradecido si avanzásemos un poco más».

—Entonces el señorito Linton ha olvidado la primera orden de su tío —observé—: nos mandó mantenernos en tierras de la Granja, y aquí nos salimos de ellas enseguida.

—Bueno, daremos la vuelta a los caballos en cuanto lleguemos hasta él —respondió mi compañera—; nuestra excursión discurrirá en dirección a casa.

Pero cuando llegamos hasta él, y eso fue apenas a un cuarto de milla de su propia puerta, vimos que no traía caballo; y nos vimos obligadas a desmontar y dejar que los nuestros pastasen. Yacía sobre el brezo aguardando nuestra llegada y no se levantó hasta que estuvimos a unas pocas yardas. Entonces caminó con tanta debilidad y tenía un semblante tan pálido que exclamé al punto: «¡Pero cómo, señorito Heathcliff, no se encuentra usted en condiciones de disfrutar de un paseo esta mañana! ¡Qué mal aspecto tiene!».

Catherine lo examinó con pena y asombro: trocó la exclamación de júbilo que asomaba a sus labios en otra de alarma, y la felicitación por aquel encuentro tanto tiempo demorado en una ansiosa pregunta de si se encontraba peor que de costumbre.

—¡No... mejor... mejor! —jadeó él tembloroso, reteniendo la mano de ella como si necesitase de su apoyo, mientras sus grandes ojos azules vagaban tímidamente por su figura; las ojeras que los rodeaban transformaban en demacrado extravío la lánguida expresión que antaño poseyeron.

—Pero has estado peor —insistió su prima—; peor que cuando te vi por última vez; estás más delgado, y...

—Estoy cansado —la interrumpió presuroso—. Hace demasiado calor para caminar, descansemos aquí. Y por la mañana a menudo me siento descompuesto... papá dice que crezco demasiado deprisa.

Poco satisfecha con la explicación, Cathy se sentó y él se recostó a su lado.

—Esto se parece a tu paraíso —dijo ella, haciendo un esfuerzo por parecer alegre—. ¿Te acuerdas de aquellos dos días que convinimos en pasar en el sitio y del modo que a cada uno le pareciese más grato? Esto es casi como el tuyo, sólo que hay nubes; pero son tan suaves y aterciopeladas: es más agradable que la luz directa del sol. La semana próxima, si puedes, bajaremos a caballo al parque de la Granja y probaremos el mío.

Linton no parecía acordarse de aquello de lo que ella hablaba, y a todas luces le costaba gran trabajo sostener cualquier clase de conversación. Su falta de interés por los temas que ella suscitaba y su idéntica incapacidad para contribuir a su entretenimiento eran tan manifiestas que ella no pudo disimular su decepción. Una alteración indefinible se había apoderado de toda su persona y porte. El mal humor que antes podía trocarse en cariño con mimos había cedido paso a una apatía lánguida; había menos del carácter caprichoso de un niño que se irrita y molesta a propósito para ser consolado, y más de la taciturna cerrazón de un enfermo crónico que rechaza todo consuelo y está pronto a considerar la franca alegría ajena como un insulto. Catherine advirtió, tan bien como yo, que él juzgaba más bien un castigo que un deleite soportar nuestra compañía; y no vaciló en proponer al poco rato que nos marchásemos. Aquella proposición, de manera inesperada, arrancó a Linton de su letargo y lo sumió en un extraño estado de turbación. Miró temeroso hacia las Cumbres, suplicándole que se quedase otra media hora al menos.

—Pero creo —dijo Cathy— que estarías más cómodo en casa que sentado aquí; y hoy veo que no puedo entretenerte con mis historias, canciones y parloteos: te has vuelto más juicioso que yo en estos seis meses; apenas te apetecen ahora mis diversiones; de lo contrario, si pudiese entretenerte, me quedaría con mucho gusto.

—Quédate para descansar tú misma —respondió él—. Y, Catherine, no pienses ni digas que me encuentro muy mal: es este tiempo plomizo y el calor lo que me atonta; y antes de que llegaseis caminé un buen trecho, mucho para mí. Dile a mi tío que disfruto de una salud pasable, ¿quieres?

—Le diré que tú lo afirmas, Linton. Yo no podría asegurar que lo estás —observó mi señorita, extrañada ante su obstinada aseveración de lo que a todas luces era una falsedad.

—Y vuelve a estar aquí el próximo jueves —continuó él, esquivando su mirada perpleja—. Y dale las gracias de mi parte por permitirte venir... mis más sentidas gracias, Catherine. Y... y si te encontraras con mi padre y te preguntase por mí, no le des a entender que he estado en extremo silencioso y estúpido; no pongas semblante triste y alicaído como estás haciendo ahora... se enfadará.

—¡Nada me importa su cólera! —exclamó Cathy, imaginando que sería ella el blanco de la misma.

—Pero a mí sí me importa —dijo su primo estremeciéndose—. No lo provoques contra mí, Catherine, porque es implacable.

—¿Es severo con usted, señorito Heathcliff? —pregunté yo—. ¿Se ha cansado de la indulgencia y ha pasado del odio pasivo al rencor activo?

Linton me miró, pero no respondió; y tras permanecer sentada a su lado otros diez minutos, durante los cuales la cabeza del muchacho cayó somnolienta sobre su pecho y no profirió palabra alguna salvo ahogados gemidos de fatiga o dolor, Cathy empezó a buscar solaz recogiendo arándanos y compartiendo el fruto de sus pesquisas conmigo: no se los ofreció a él, pues vio que prestarle más atención tan sólo lo fatigaría y molestaría.

—¿Ha pasado ya media hora, Ellen? —me susurró al oído por fin—. No sé por qué habríamos de quedarnos. Está dormido y papá estará esperando nuestro regreso.

—Bien, no debemos dejarlo dormido —respondí—; aguarda hasta que despierte y ten paciencia. ¡Tanta prisa tenías por partir, y tus ansias de ver al pobre Linton se han evaporado bien pronto!

—¿Por qué deseaba él verme? —replicó Catherine—. Antes, en sus humores más avinagrados, me resultaba más simpático que con este extraño temple de ahora. Es exactamente como si esta entrevista fuese una tarea que estuviera obligado a cumplir por temor a que su padre lo riñese. Pero difícilmente voy a venir para darle gusto al señor Heathcliff, sea cual sea el motivo que tenga para ordenar a Linton que sufra esta penitencia. Y aunque me alegro de que goce de mejor salud, lamento que sea mucho menos agradable y mucho menos cariñoso conmigo.

—¿Crees que tiene mejor salud, entonces? —dije.

—Sí —respondió ella—; porque siempre exageraba muchísimo sus dolores, ya lo sabes. No está pasablemente bien, como me pidió que le dijese a papá; pero es muy probable que esté mejor.

—En eso disiento de usted, señorita Cathy —observé—; yo conjeturaría que está muchísimo peor.

Linton se despertó en ese momento de su letargo con sobresalto aterrado, y preguntó si alguien había pronunciado su nombre.

—No —dijo Catherine—; a menos que haya sido en sueños. No concibo cómo te las arreglas para dar cabezadas al aire libre por la mañana.

—Creí oír a mi padre —jadeó él, alzando la mirada hacia el risco ceñudo sobre nosotros—. ¿Estáis seguras de que nadie habló?

—Completamente seguras —respondió su prima—. Tan sólo Ellen y yo discutíamos acerca de tu salud. ¿Estás de veras más fuerte, Linton, que cuando nos separamos en invierno? Si lo estás, de una cosa tengo la certeza de que no es más fuerte: de tu afecto por mí. Habla... ¿lo estás?

Las lágrimas brotaron de los ojos de Linton mientras respondía: «¡Sí, sí lo estoy!». Y todavía bajo el influjo de la voz imaginaria, su mirada vagaba arriba y abajo para descubrir a quien la hubiera emitido.

Cathy se levantó. «Por hoy debemos separarnos —dijo—. Y no te ocultaré que me ha decepcionado tristemente nuestro encuentro; aunque a nadie más que a ti se lo mencionaré: no es que le tenga ningún miedo al señor Heathcliff».

—¡Chist! —murmuró Linton—. ¡Por amor de Dios, calla! ¡Ya viene! —Y se aferró al brazo de Catherine, esforzándose por retenerla; mas ante aquel aviso ella se soltó con presteza y silbó a Minny, que acudió obediente como un perro.

—Estaré aquí el próximo jueves —gritó saltando a la silla—. ¡Adiós! ¡Deprisa, Ellen!

Y así lo dejamos, apenas consciente de nuestra marcha, tan absorto estaba anticipando la llegada de su padre.

Antes de llegar a casa, el enfado de Catherine se mitigó trocándose en una perpleja sensación de lástima y pesar, hondamente mezclada con vagas e inquietantes dudas acerca de las verdaderas circunstancias de Linton, físicas y de trato; dudas en las que yo participaba, si bien le aconsejé no decir demasiado, pues un segundo viaje nos permitiría juzgar con mayor acierto. Mi amo pidió relación de nuestras andanzas. Las palabras de agradecimiento de su sobrino le fueron debidamente transmitidas, tocando la señorita Cathy el resto con mucha cautela; yo asimismo arrojé escasa luz a sus preguntas, pues apenas sabía qué ocultar y qué revelar.

Fin del Episodio 48 · de 61

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